domingo, 8 de octubre de 2017

DESDE EL PUNTO DE VISTA POLITICO


El alumno, decididamente, se merecía un 2. Marnia pensaba que él mismo lo sabía.

Sin embargo, insistía con una perseverancia que rebasaba los límites de cualquier

paciencia. "Es la tercera vez que tengo que calificarlo. ¿Será que todo el mundo

tiene que graduarse con un título universitario? Porque hasta en Suiza hay gente que

limpia las calles y cultiva la tierra". Pero Salomón quería graduarse, y a toda costa, y

por encima de todos los pronósticos. Marnia se lo había dicho:

--Mira, Salomón, ya no puedo ayudarte más de lo que te he ayudado, créeme que

lo siento de verdad.

El alumno no dijo nada y bajó la cabeza. Marnia sintió pena por él: era un buen

muchacho sin dudas, pero decididamente merecía un 2. Cuando el alumno se

convenció de que ella no iba a hacer nada más se dio a la tarea de pedir, reclamar

y rogar a los jefes del colectivo y del Departamento. Ambos lo comentaron con

Marnia. Primero se atrevió con Liliana, después presentó una solicitud por escrito

dirigida a Ernesto, y por último acudió nada menos que a la Decana, solicitándole

un despacho. "De verdad que este Salomón los tiene grandes, a pesar de que no

levanta más de metro y medio", pensó Marnia cuando Liliana le habló del caso.

--Nosotros tenemos la culpa -dijo en un aparte con Liliana y Violeta-: no hemos

sabido mantener la distancia alumno-profesor, los consentimos, los mimamos

demasiado, sobre todo a este tipo de alumnos.

--Es verdad -dijo Liliana-, hay profesores que hasta lloran cuando un caso así se les

presenta.

--No hemos sido capaces de enseñarles a los educandos a aceptar un suspenso

cuando se lo merecen -añadió Marnia-. Díganme qué alumno ha recibido un 2 en

un trabajo de diploma. Aquí todos se gradúan. Después, en la calle, cargan con el 2

en todas partes. Porque si algo no perdona, eso es la calle.

Violeta no quiso quedarse callada:

--Bueno, esa es la herencia del promocionismo. Así que ahora...

Liliana apoyó a Marnia cuando se entrevistó con Salomón.

--Es que ya te hemos dado varias oportunidades -le dijo, aunque después le confesó

a Marnia que estuvo a punto de ceder ante las súplicas del muchacho. "Casi se me

arrodilla", le contó Liliana.

Pero la jefa inmediata de Marnia no era fácil de convencer. Tampoco Ernesto, que

utilizó la misma vía que el alumno y le envió una respuesta por escrito, rechazando

la posibilidad de un nuevo examen.

--Sí, compañeros, ustedes tienen razón: Salomón es un muchacho bueno, serio, muy

educado, muy decente, todo lo que ustedes quieran -dijo Ernesto en una reunión de

análisis de varios casos similares-, pero yo creo que no le hacemos un favor a su

país dándole un título que no se ha ganado.

Cuando el asunto llegó a la Decana ya Salomón había agotado todos los recursos.

Incluso había planteado que él necesitaba ese aprobado para poder ir a su país en

las vacaciones. Cuántas cosas más conversaría y con quiénes no lo supo Marnia, el

asunto ya caía pesado y ella estaba renuente a mencionarlo. Una mañana se lo dijo:

"por favor, Salomón, no vuelvas a mencionarme ese dichoso dos". La Decana

estaba, como siempre, atiborrada de trabajo, de reuniones, de papeles, y demoró

en concederle el despacho a Salomón. Ya había concluido el plazo de los últimos

exámenes y Marnia estaba algo aliviada de su carga por esos trajines. Al menos no

tenía tantas reuniones. "Si algún día algún economista matemático se interesara por

sacar el cálculo de lo que hemos perdido o dejado de hacer por estar de reunión

en reunión, no van a faltar los suicidios". A veces ella, que era una profesora de filas

-no pertenecía al Partido ni ocupaba ningún cargo en la sección sindical ni en la

Administración- tenía hasta tres reuniones el mismo día. "La verdad que es preferible

ir a la agricultura, por lo menos allí no me duele la cabeza". Una mañana Marnia se

encontró un memorando en su mesa de trabajo: necesito que venga a mi

despacho en cuanto llegue. Lo firmaba Milagros, la Decana. Como siempre que la

citaban para algo sin informarle nada, se generó en todo su cuerpo ese estado de

ansiedad que no había podido superar. Pero se sentó en su sitio con la nota en las

manos y la releyó. La Decana. Y urgente. ¿Qué habría hecho? Su memoria repasó

la agenda, buscando alguna clase no impartida, un informe no entregado a

tiempo, la ausencia a alguna reunión importante. Pero no, no había caído en

ningún incumplimiento. Colocó la nota en su carpeta y se dispuso a enfrentar ese

encuentro no planificado. La Decana se encontraba sola en su despacho y la hizo

pasar enseguida.

--¿Cómo le va? -le preguntó a manera de saludo.

La sorprendió con eso, porque en realidad Marnia no estaba muy segura de poder

responder con certeza si le iba bien o mal o regular. ¿Cómo le iba realmente en la

Universidad? No había pensado en eso, metida en esa baraúnda de tareas, clases y

reuniones, sin contar el tiempo que debía dedicar a la preparación de conferencias,

seminarios y exámenes,  fuera del edificio. No obstante, le dijo a la Decana que más

o menos bien. Milagros sonrió.

--Me alegro de que le vaya bien -le dijo.

Marnia pensó entonces que ese bien era válido sólo para ella, porque habría que

preguntarle a sus compañeros del Departamento y sobre todo a sus alumnos.

¿Cómo la verían sus alumnos? ¿Qué pensarían de ella? Porque consentidos y

mimados y todo eso, los alumnos tenían criterios muy firmes y entablar un debate

con ellos no era fácil. "Sí, sería bueno preguntarles, o que otros les preguntaran, a ver

qué responden. Es interesante saber cómo lo ven a uno los demás, porque uno

mismo siempre se ve bien, a veces demasiado bien, y uno es en realidad como lo

ven los demás. Ah, si fuera así de fácil, todos seríamos un plus ultra de lo bueno. Y

todos no somos tan buenos". La voz de la Decana la hizo reaccionar.

--Bien. Yo quería conversar con usted sobre ese alumno suyo que desaprobó su

asignatura, ese alumno extranjero...

Entonces Marnia se acordó de Salomón. "Ese cabrón todavía dando guerra". Pensó

en sus protestas, con el tono de humildad que acostumbraba utilizar, en sus pedidos,

en sus solicitudes, en su perseverancia. Y por supuesto, dedujo que al fin se había

entrevistado con la Decana.

--Según me han informado, no hay dudas de que ese alumno se merece el dos que

usted le ha dado -Milagros se quitó los espejuelos y la miró, muy seria-. En eso no hay

problemas. Ya Liliana y Ernesto me dijeron que ustedes han tratado de ayudarlo.

--Los tres hemos tratado. Y varias veces.

--Sí, claro. Lamentablemente, parece que ese alumno no asimila esa asignatura. O

será que tiene dificultades con el idioma, tan distinto al que ellos hablan en su país.

La Decana se refirió al comportamiento intachable de Salomón, lo que ya resultaba

aburrido para Marnia. Pero como ocurría muchas veces, la inteligencia no tenía que

estar relacionada con la buena actitud, igual que la belleza en las mujeres, tantas

veces alejada de sus méritos mentales. La vida era absurda, pero era la vida, lo

demás era querer fabricar sueños irrealizables, aunque hermosos, y Marnia estaba ya

bastante escarmentada en su batalla para arreglar el mundo. "No, pretender ese

cambio está más allá de la posibilidad humana". Tras un silencio embarazoso, la

Decana le planteó que había oído que Salomón quería irse a su país en el verano y

que ya había logrado vencer otras asignaturas con las que tenía similares

problemas. Por lo tanto, para lograr su deseo tenía que aprobar la que Marnia

impartía, pues eso estaba establecido por el gobierno de su país.

--Es la única que le falta -le dijo Milagros lastimosamente.

Marnia pensó si ella sería demasiado exigente, si sería una cuadrada como

abundaban en la Universidad, si sería uno de esos profesores que no es capaz de

transigir, de comprender, de perdonar, pero se acordó de Liliana y de Ernesto, que

pensaban como ella. Entonces se preguntó qué habían hecho los profesores que

ayudaron a Salomón a aprobar sus respectivas asignaturas.

--Nosotros -la Decana no aclaró quiénes eran nosotros-... hemos analizado el caso

de ese alumno, ya desde el punto de vista político, y...

Marnia no necesitaba escuchar más. Le dio por pensar en un puente  construido por

un ingeniero al que se hubiera concedido el título como un favor: esos casos

abundaban en la Universidad. Sobre el puente corría una rastra cargada de piezas y

equipos, una rastra larga y ancha y alta, pesada, abarrotada, con catorce ruedas

que pulverizaban hasta las piedras que encontraban a su paso. Y de pronto,

cuando la rastra se hallaba en la mitad del puente, éste se derrumbaba

estrepitosamente...

--¡Profesora! ¿Usted me está escuchando?

Marnia volvió a la realidad del despacho y le pidió a la Decana que disculpara su

distracción.

--Se ve un poco cansada. La verdad que este trabajo nuestro no es coser y cantar.

La Decana se volvió a colocar sus espejuelos y ordenó un poco los papeles que

tenía sobre el buró.

--Pues le decía -continuó- que nosotros habíamos decidido consultar con usted para

que por favor considerara la posibilidad... -hizo una pausa, moviendo la cabeza-

claro que una última posibilidad, de ayudar a este muchacho a ver si puede al fin

sacar su asignatura.

--Comprendo -dijo Marnia.

Y ahora tenía a Salomón frente a ella, esperando su reacción ante la hoja con el

último examen que el alumno acababa de entregarle.



Augusto Lázaro

(Santiago de Cuba, en los 80, cosas de la Universidad)

@lazarocasas38


domingo, 17 de septiembre de 2017

KAPUT II

Mírate al espejo. No quieres mirarte, pero tienes que hacerlo, a no ser que te dejes la

barba y el bigote y no tengas que afeitarte. Vamos, mírate. ¿Qué ves? Lo que ves

todos los días y que no te gusta ver: te has vuelto feo, ya no tienes aquel atractivo

que tenías hace veinte años, cuando todavía podías aspirar a la conquista de

alguna jovencita. Ya no. Te has vuelto feo, y esa verdad es el primer golpe que

recibes cada amanecer, cuando te levantas y te miras al espejo. Pero además,

estás viejo, otra evidencia a la que no quisieras tener que rendirte. Feo y viejo. Y

medio calvo. Y cada día descubres en el maldito espejo alguna nueva arruga que

lastra más tu rostro. ¡Ah! Y hasta la salud, que siempre ha sido tu baluarte, se te está

deteriorando, aunque por el momento no es nada preocupante, quizás dentro de

algunos años, cuando se convierta en una limitante más en tu camino hacia la

nada. Porque tú, como cualquier mortal, caminas hacia la nada y diariamente,

cuando abres los ojos en tu cama, te repites en voz alta: "un día más... un día

menos", en esa especie de ripios filosóficos que no te sirven para consolarte... Tus

achaques comenzaron cuando descubriste que se te caían las cosas con mucha

más frecuencia que diez años atrás: rompías vasos, tropezabas con las puertas,

enredabas tus pies en el cable de los auriculares del televisor: Juan Torpín. ¿Y el

chorrito? ¡Ah! ¡El chorrito! Eso ya pasó de la molestia a la humillación, a la

autohumillación, ya que nadie te ve cuando orinas. Pero tú mismo te avergüenzas

de que ahora el chorrito (ya no es un chorro) de orines se gobierne a sí mismo, y

caiga a la izquierda, a la derecha, fuera de la taza, y cuando crees que has

terminado de vaciar la vejiga te das cuenta de que continúan saliendo unas

goticas que no sabes cómo atajar a tiempo para que no dejen huellas en los

calzoncillos, o peor aún, en los pantalones, si ya estás vestido. Cuando esto te

sucede, sólo atinas a exclamar, con dolor y con rabia: "no soy más que un pobre

hombre", porque no puedes hacer nada para remediarlo. Tu padre te lo dijo

cuando eras un niño: "hijo, lucha por superarte, por ser alguien, huye de la pobreza,

porque un hombre pobre de pobre hombre nunca pasa". Recuerdas esas palabras

con exactitud, porque aparte de todo lo demás eres pobre, no tienes ni para

invitar a una mujer a tomar un café. ¡Ah! ¡Qué panorama el tuyo! Sin atractivo

físico, sin la juventud perdida para siempre, sin aquel pelo negro que tanto le

gustaba acariciar a tu madre, sin amor, sin familia, sin hogar, sin trabajo, sin dinero,

y lo peor de tantos sines, sin perspectivas de mejora en tu incierto futuro,

marioneteándote en el centro de este vendaval de gestiones baladíes, intentos

infructuosos, esfuerzos agotadores que sólo te han facilitado acceder a un subsidio

miserable que te salva de caer en la mendicidad. ¿Te lo imaginas? ¡Tú, mendigo! A

tus años. Y con tu inteligencia, tu cultura, tu talento, con esa gran capacidad de

trabajo y de organización que demostraste desde que comenzaste a trabajar. ¿De

qué te ha servido todo eso? ¡Ah!... Anda, sigue mirándote. Pero no rompas el espejo

de un puñetazo, él no tiene la culpa y además podrías herirte y tienes que evitar

cualquier nueva calamidad. Serénate. Pero sigue pensando, sí, que a veces a ti te

complace atormentarte con tu situación y tus problemas: ¿cuánto hace que no te

acuestas con una mujer? Incluso, ¿cuánto hace que no besas los labios de una

mujer? Y cuando lo sueñas, te despiertas y comprendes que ese cuerpo de mujer

que tanto necesitas sentir entre tus brazos se ha escapado de tu imaginación, te

sientas en la cama a pensar que el tiempo sigue transcurriendo y que ya dentro de

poco no podrás siquiera pensar en disfrutar de ese placer postergado quizas ya

definitivamente. ¿La viagra? Cómo no. Si no tienes ni para entrar en el IMAX, ¿cómo

carajos podrías adquirirla cuando la necesitaras? Deja de soñar, hijo, o mejor, viejo,

acuérdate de tu colega Calderón, que hace poco dieron una conferencia sobre su

teatro. Sí, ya. Ya ni siquiera te mandan esas invitaciones para acudir como público a

los actos culturales. Se cansaron de invitarte, como tú nunca asistías. Al principio sí, a

la Casa de América, al Círculo de Bellas Artes, a la FNAC, pero te paraste en seco y

te dijiste: ¿por qué cojones no me invitan a dar un recital? y se acabó. "Para llenar

espacio, para eso sí, pues al carajo". Relacionas esas invitaciones con los soldados

que los jefes envían como carne de cañón mientras ellos viven inmersos entre los

placeres humanos y divinos. Pero haces bien en no asistir a esos actos donde otros

que han triunfado roban cámara y público: ¿para envidiarlos y amargarte la vida

preguntándote por qué ellos sí y tú no? No, no, no. Haces muy bien en no ir. Es que

tú te mandas un oficio que le traquetea la picha: publicar en España para gente

como tú es un círculo vicioso que rota y rota sin cesar: para darte a conocer tienes

que publicar, pero para publicar tienes que ser un conocido. ¡Manda huevos! Mejor

hubieras pasado como fontanero, a lo mejor alguna vieja aburrida adinerada te

contrataba para que le arreglaras las tuberías de su casa vieja que desde que su

marido liquidó está sin agua... Y de diversiones, distracciones, esparcimientos, ¡ni

hablar! El único esparcimiento que todavía te queda porque puedes disfrutarlo

gratis es la lectura. Pues a seguir leyendo. Esa costumbre (¿manía, vicio, escape?)

no la has perdido ni en los peores momentos de tu vida. Y ahora estás en el peor,

precisamente, aunque sigues leyendo. Quizás buscas en los libros lo que no puedes

encontrar en ninguna otra cosa. Pero ya deja de mirarte y de compadecerte.

Cuídate mucho de parecer un aguafiestas o un rompegrupos en los lugares donde

tienes que acudir, recuerda que un agripino siempre cae mal y nadie se va a

compadecer de ti, nadie te va a echar una mano si te ven amargucho, porque

la tragedia no le mola a nadie. En persona, porque por la tele parece que la gozan.

Es inútil, viejo, aunque la realidad te pese como si tuvieras una piedra de molino

colgada en el cuello. ¡Ay, mi amigo! ¡Estás frito! Siete años en este país y mameyes.

Este país te ignora, ni siquiera sabe que existes y que estás metido en él hasta los

tuétanos. Y ya es demasiado tarde para emprender nuevos derroteros: estás

cansado y a tu edad (volver a) comenzar es un sueño de viejo imbécil. ¡Siete

largos años! Quizás escogiste el país equivocado. Aquí tu inteligencia, tu cultura,

tu talento, no interesan a nadie. Por eso te revientas, porque cualquier idiota,

cualquier guarro, cualquier piojoso y grosero que sólo provoca risas en otros

idiotas que asisten a esos programas que pasan por la tele, puede conseguir en

un día lo que tú no has conseguido en siete años, ni en toda tu vida, y mucho,

muchísimo más: no sólo fama, sino también fortuna y a veces hasta gloria. ¡Ay!

¡Bendito país! Pero vives aquí y aquí vas a morirte irremediablemente, dentro de

diez años o tal vez mañana mismo, eso nadie lo sabe, porque antes era en el

llamado País Vasco y los fines de semana, pero ahora puede ser en toda España

a cualquier hora y cualquier día: vas caminando por la Gran Vía y ¡PUM!, un

coche bomba te manda para el otro barrio sin previo aviso. Y lo peor, vas a

morirte como estás ahora: feo, viejo, calvo, pobre, solo, desconocido, ignorado,

y quizás hasta rechazado por esta sociedad, porque ¿qué proyección social tú

tienes? ¡Ninguna! Esta sociedad no te ha dado la más mínima oportunidad de

destacarte, de servirla como bien pudieras. Esa es la verdad apabullante que te

martiriza diariamente cuando a pesar de no querer hacerlo, piensas y meditas

en tu situación y en tu futuro. ¡Ja! Es grotesco, ¿eh? Un hombre de tu edad

martirizándose por el futuro, como si el futuro existiera para ti, como si para ti

existiera alguna remota esperanza. Hay que reírse, majete. Te tocó joderte en

esta vida: cuarenta y cinco años perdidos bajo dos dictaduras que al final te

empujaron a este exilio tormentoso y hostil, y siete años aquí, buscando la

puerta de salvación que por lo menos al final de tu vida te trajera un poco

de alegría. Porque te la mereces, coño, bastante que has sufrido, bastante que

te han jodido los todopoderosos soberbios y déspotas que arruinaron tu país. Pero

¡ay!, lo que no sucede en siete años no va a suceder en catorce. Siete largos años

de malvivir con limosnas estatales entre múltiples penurias que quienes te ven en la

calle con los dientes al aire no pueden imaginarse, careciendo hasta de cosas tan

elementales que cualquier hijo de vecino tiene con sólo acercarse a una tienda.

¡Ah! Pero estás cansado, sí. A falta de oídos receptivos ajenos te lo repites siempre:

"estoy cansado, coño, muy cansado de andar y desandar, caminando, subiendo

y bajando escaleras, solicitando citas, llenando formularios, entrevistándome con

utópicos empleadores, no ya de mi especialidad, ¡ni soñarlo!, no, si yo lo único que

quiero es un trabajo, así sea de portero de finca". Pero ni eso aparece, a pesar de

que este país te concedió el asilo que tenía implícito encargarse de integrarte en

esta sociedad. Y ¡ja!, ñiringas, hijo, si te he dado el asilo no me acuerdo. Suerte y al

toro. Entonces, al regresar a tu cuarto alquilado en un apartamento sin salón donde

compartes el reducido espacio con un par de tipos que tú no escogiste y que no

tienen nada, absolutamente nada en común contigo, te tiras en el camastro que

se hunde hasta casi tocar el suelo, miras al techo y te pones a pensar una vez más

qué será de tu vida dentro de muy poco tiempo: vivir en sociedad, en la vejez, y

quién sabe si con alguna enfermedad que te impida valerte por ti mismo y eso sí

sería la mundial, porque pueden ingresarte, por compasión, en una de esas casas

de ancianos minusválidos desamparados, enfermos o chenenes, donde sólo se ven

caras agrias y arrugadas, y donde sólo se oyen quejidos, lamentos, llantos, gritos,

para al final morir ignorado y humillado mientras "el mundo sigue andando" con

tus ojos cerrados para siempre. ¡Sí señor! "¿Por qué he fracasado tan injustamente

en este país?", te preguntas, y rememoras a aquellos que te ayudaron a decidirte,

que no tienen la culpa de nada, pero que bien podrían echarte una mano, ahora

que es cuando más la necesitas. ¿No será que quienes podrían ayudarte a salir de

este marasmo no se acuerdan de ti, o peor aún, que tú no les importas? Acuérdate

de que en esta sociedad tan libre, tan democrática, tan respetuosa de los derechos

humanos, nadie recibe, nadie contesta, nadie ayuda, y menos al que no tiene

como tú ni dónde caerse muerto. Bueno, no tanto, puedes caerte muerto en ese

cuartucho que estás obligado a habitar, ya que no puedes permitirte algo decente

para al menos continuar sobreviviendo con tranquilidad, sin que el casero entre y

salga de tu cuarto cuando le salga de los cojones, con el pretexto de que limpia,

arregla, cambia sábanas y fundas, metiendo las narices en tus cosas, y tú

maldiciendo tu total falta de privacidad, de intimidad... "esperando el carrito", como

te decía don Francisco Santa Cruz-Pacheco Riverí, tu vecino, allá en tu tierra natal,

cuando soñabas con hacer realidad este sueño inocente de la idealización que

habías hecho de esta sociedad. Pero mejor no te acuerdes de tu tierra, viejo, que

también te acordarás de tus hijos, a los que no has podido enviarles ni un dólar

como cualquier exiliado acostumbra a enviar y eso te pondrá de mala leche, con

un humor de perro viejo famélico y mugriento. ¡No! Mejor no te acuerdes. Recordar

no es muy edificante que digamos, y menos cuando todo lo que puede recordarse

es negativo. Así que pasa. Y mejor ríete, mejor búrlate de tu propia desgracia.

Anda, vístete, coge calle, camina, distráete, mira las tiendas, los edificios, la gente,

suda un poco, que eso es beneficioso para expeler las toxinas, y ve a comer con

los babosos. Total, si no levantas la vista del plato mientras comes ni cuenta te darás

de esas otras desgracias, algunas mayores que las tuyas, que "amenizan" tus diarios

almuerzos, y gracias a las monjitas, consagradas a servir sin aspirar a nada, ejemplos

de solidaridad, de humanismo, que deberían imitar los políticos, que según tú

ninguno sería capaz de sacrificio semejante. Pues eso. Deja ya ese libraco que

cuenta la vida fatal de grandes escritores que se suicidaron. ¿A qué viene esa

lectura? Porque tú no te vas a suicidar, ¿verdad que no? ¡No! Claro que no. Los

cubanos no se suicidan, muchacho, por muy jodidos que estén se aferran a esta tan

puñetera vida que tanto los maltrata. Siempre esperan que algo ocurra, que el

milagro se produzca, que la varita mágica los toque con su halo divino. Y tú, que

todavía eres un ser cubano, aunque te empeñes en negarlo, sigues confiando en

eso: en ese golpe de la suerte que un día tocará tu puerta. Vamos, hombre, no

pierdas el sentido del humor que siempre destacó tu personalidad. "Al mal tiempo

buena cara". Y a confiar, a esperar el milagro, aunque te repitas, cuando el

pesimismo, que alguien dijo que era un optimismo muy bien informado, arremete:

"pero coño, que aparezca pronto el toque mágico, no vaya a ser cosa que cuando

llegue, el milagro sea póstumo"...



Augusto Lázaro


@lazarocasas38

(publicado en el libro HOMBRES, MATERIAL SENSIBLE, de Joana Bonet, editado por Random House Mondadori, S. A. en mayo de 2003, en España)





domingo, 6 de agosto de 2017

92 HORITAS


Sábado 29 de abril de 2006, 14.00 hrs. Acabo de llegar de hacer las compras de la

 

semana y me dispongo a pasarme nada menos que ¡92 horas!... encerrado en mi

 

casa, sin salir ni siquiera a llevar la basura hasta el contenedor. ¡92 horitas!, como lo

 

oyen (o lo leen): hoy sábado hasta medianoche 10, mañana domingo todo el día

 

24, el lunes todo el día 24, el martes todo el día 24, y el miércoles hasta las 10 en

 

que por fin me decida a coger sol un rato, otras 10, o sea, nenes: 92 horas, ni un

 

segundo menos. Pero no, hombre, no, no estoy como una cabra, qué va, ni con la

 

gripe A tampoco, no te digo, ni condenado a reclusión domiciliaria, qué voy a

 

estar, qué ocurrencia, vaya, ni padezco de agorafobia (aunque confieso que me

 

encantan los espacios cerrados: en ellos me siento, sobre todo cuando hace un frío

 

de tres pares, algo así como cobijado, protegido, arrullado por ese espacio que me

 

acoge con verdadero placer, pero eso no viene al caso, al menos por ahora). No.

 

Es que yo los domingos nunca salgo, y como el lunes 1º de mayo y el marte 2 son

 

feriados, pues tampoco pisaré la calle, que los feriados son peores que los mismos

 

domingos y no se ve en la calle ni un mendigo con un cartelito. No. En esos días las

 

calles están más vacías que la esperanza de mi pobre amigo Marcelo de sacarse el

 

euromillón y salir de su aburrida situación de pobre de solemnidad. Porque eso tiene

 

la pobreza, que además de ser maligna es muy aburrida, y eso es lo peor que tiene

 

la muy cabrona. Pues eso, sí. Dice Marcelo que esta ciudad (no dice de mierda,

 

pero lo piensa) padece, o mejor dicho, hace padecer a sus habitantes inocentes

 

nada menos que ¡6 plagas! permanentes: frío, calor, lluvia, viento, polvo y ruido.

 

Cuando no hace un frío que te miniaturiza los huevos hace un calor que te derrite

 

la musculatura, cuando la lluvia no te ensopa hasta calarte la mandolina, el viento

 

se te pega en las mejillas y casi te empuja, arañándotelas literalmente, y cuando el

 

polvo no se te enchurra en los zapatos y los pantalones oscuros, el ruido te deja de

 

tapia y casi no oyes el pitazo del coche que por poco te manda para allá de un

 

tirón. Pero yo creo que a Marcelo le han faltado algunas otras plagas que padece

 

esta ubre (sic) y que padecen sus cinco millones de habitantes (que dentro de

 

poco van a ser tantos que no van a caber y entonces... bueno, vecino, ya

 

veremos...). ¿Que qué voy a hacer durante esas 92 horas metido en mi casa como

 

una babosa acurrucada en su concha? ¡Ahhhhh! Pues lo mismitico que hago

 

cuando no hay ningún puente, ni corto ni largo, y tengo que salir a la calle para

 

deleitarme con tantísimas y tan atractivas variedades que engalanan mis paseos:

 

asearme, desayunar, escribir tonterías en el IBM que ni El Tato se atrevería a intentar

 

deglutir, leer libros, revistas, periódicos, suplementos, tabloides, que es lo que más

 

hago diariamente, porque es un placer que tiene la gran ventaja de que es gratis,

 

además de solitario, silencioso, calmante, único, oír música, alimentarme, trajinar

 

con mis cosas y con las cosas del piso, que aunque no son mías es como si lo fueran,

 

porque tengo que darles mantenimiento no remunerado, a pesar de que pago un

 

alquiler que no voy a decir de cuánto porque hasta yo me asusto. Y por la noche

 

ver alguna que otra plasta de las menos malas que pasan por la caja idiota para

 

idiotas que consumimos las teleidioteces, y que conste, que yo me cuento entre

 

ellos, entre los idiotas, y en sus primeras filas, vamos. Ah, ¿que por qué no salgo a

 

coger fresco y así me entretengo por ahí? ¡Ahhh otra vez! Bueno, es cierto que para

 

gustos se han hecho las salidas (y las entradas) y que todo es según el color y eso, y

 

también que cada cual ve lo que le rodea según su estado de ánimo y su cuenta

 

bancaria, pero vamos, que la calle no es una feria colorida y con sonidos estéreo de

 

instrumentales de esos que aquí ninguna emisora se digna a pasar nunca (algo que

 

nunca me he podido explicar) y etc. Salir a la calle, leyentes (o a las calles) mientras

 

se está a pie o caminando, que parece lo mismo pero no es igual es encontrarse

 

en el paseo, dentro o fuera de los transportes tan espectaculares, las gracias de los

 

mozalbetes ociosos con sus patas encima de los asientos, el humo de los fumadores

 

implacables que te lo echan casi en tus mismas narices (y cuidado con protestarles),

 

los gritones que parece que están sordos y berrean como carneros trashumantes

 

para trasmitirse las tonterías que se les ocurren o para comentar los últimos partidos

 

de fútbol de sus equipos que están en picada sin que el cabrón presidente del club

 

haga algo para salvarlos de la ruina, los olores indescifrables que pululan por todos

 

los rincones, las zanjas, huecos, barandas, que impiden el libre traslado a patitas si

 

es que no quieres perder media hora esperando el transporte, los pedigüeños que te

 

salen donde menos tú te imaginas que vas a encontrártelos, entre ellos los genios

 

musicales del Metro, cada día más y más desafinados y con más opciones para que

 

se conviertan en concursantes televisivos de algún realllity show, y ya que estamos

 

en el Metro del Horror... los apretujones, empujones, pisotones... mejor ni hablar de

 

"uno de los mejores metros del mundo", sí, que vuela, por supuesto, y... las revistas

 

esas de famosetes con menos vergüenza que los políticos, que ya es decir, que

 

hojean sin siquiera leer muchas señoras que por su aspecto y almanaque ya no

 

están para ilusionarse con quitapellejos (léase liftings) y futuros (?) de millones y

 

Mercedes con Bautistas al volante de completo uniforme, el contenedor volcado

 

con regueros de papeles y basuras, el perro con las tripas tiradas en un charco de

 

no se sabe qué sustancia rojiverdosa (¡qué asco, carajo!), las fachadas que piden a

 

gritos uno o dos remozamientos desde los cincuenta... en fin, ciudadanos, que para

 

ver tanta mierda de otros me quedo con la mía, que será mierda también, sí, pero

 

es mi mierda, y tengo que disparármela aunque no me guste su olor ni lo demás.

 

No señor. De calle nada. ya bastante tengo con imaginarme lo que voy a ver una

 

vez más cuando no me quede más remedio que salir: las plagas, los olores, los

 

ruidos, los gordos, los idiotas (ambos in crescendo), basuras, cagadas de palomas,

 

papeles y más papeles desbordados o lanzados al suelo, inmisericordemente, gente

 

y gente por doquier, los lugares abarrotados, las discusiones en grupos, altavoces

 

humanos, ¡ay!, y... no, no, no. Ni pensarlo, majines. De eso nada. Déjenme aquí

 

metido como un macao terco, que así no veo nada y paso. Porque para ver y

 

disfrutar de cosas bellas, que las hay también, hombre, hay que tener pastilla, y yo

 

de pastilla lo único que tengo es aero-red para cuando no pueda expulsar los gases

 

del estómago por algún exceso de chocolatería, que es uno de mis pocos vicios.

 

Ayer mismo en la calle, como que ya por la edad estoy perdiendo las facultades,

 

aplasté un gran trozo de vidrio inglés que... ¿que no saben lo que es el vidrio inglés?

 

Si eso lo saben hasta los concursantes de los bolos y las pelotas... pues hijos míos, el

 

vidrio inglés es una cosa que de lejos parece mierda... y de cerca lo es. Nada, caca

 

de perro, que eso está de moda, y cuando regresé a mi casita, a trajinar con el

 

puto zapato embarrado para quitarle el olorcito, coño, que a pesar de mi extrema

 

restregada con jabón, lejía, betún, champú, desodorante, matacucarachas,

 

detergente y otros menesteres limpiadores, como decía mi pobre madre (q. D. t. e.

 

s. s. g.): la tengo interpretada en las narices (la mierda, por supuesto). Si por lo

 

menos el dichoso can hubiera sido el mío... pero es que yo no tengo can alguno.

 

No es que no me gusten los animales (en la ciudad hay varios millones, de dos y de

 

cuatro paticas, sí señor), es que ya no estoy para eso, vamos. Pues así las cosas, ya lo

 

dijo Gerónimo, el de Magia Roja: "¡nada por todas partes!" Sí. Aunque el autor, un

 

tal Geldherode, erró la palabra, pues debió decir ¡mierda por todas partes!, que

 

sería lo certero. Tal vez si hubiera conocido este laberinto de asfalto donde por

 

suerte vivimos (?) habría usado esa palabra, tan definidora para tantas cosas, para

 

tantas circunstancias y ocasiones. Pues sí. ¿La calle? Pues ahí se las dejo. Disfrútenla.

 

Paseen mucho, que eso es bueno para la salud. Cojan fresco, respiren aire puro si lo

 

encuentran, y así cuando regresen y se encierren en sus habitaciones o se sienten

 

en sus sofás a ver la tele, no les quedará más remedio que repetir la frase hecha y el

 

lugar común: "¡hogar, dulce hogar!". Yo aquí con mis 92 horitas, como un oso en

 

invierno, con el ventilador en la tercera velocidad, en short y camiseta (o sin ella si la

 

canícula se pone pesadita). Y ustedes, que disfruten de la calle, parientes. Buenas

 

noches y buena suerte... Ah, se me olvidaba: es que la Nati se fue al pueblo con su

 

querida madre que se moría de deseos de pasarse unos días allá, y como la noble

 

señora está ya de tirar, la pobre, no podía ir sola, y se lo dijo: oye, hija, ¿por qué no

 

aprovechamos este puente de 4 días para ir al pueblo, que tengo muchas ganas

 

de ver a mi gente? Y la Nati, como es tan buena hija y tan complaciente, pues allá

 

voy con mamá... y yo aquí, con la gran compañía de las 92 horas sonándome en

 

los oídos como un jazz con vitafón... Pues eso, gente, que disfruten de la calle, es

 

toda suya. Y otra vez buenas noches y buena suerte... que dicen que es loca. La

 

suerte, no la calle, vamos.

 

 

 

Augusto Lázaro

 

@lazarocasas38