sábado, 8 de julio de 2017

QUE LE SANGRE LA BOCA

A María Elena, con cariño y respeto



Te despides de tus amigos en el corredor y te quedas mirándolos atravesar la calle y

dispersarse en distintas direcciones. La cuadra está tranquila: apenas el ruido de los

pocos vehículos que pasan interfiere el silencio. Muy pocas personas circulan por la

acera. Miras a todas partes: ya no ves a ninguno de los que hasta hace unos pocos

minutos estuvieron aquí, en tu casa, reunidos contigo. Haces una mueca y repasas

con la vista las flores que cuidas con esmero en el jardín. Las disfrutas una vez más.

La calma se nota en todas partes. Es una mañana como otra cualquiera, variada

solamente por esta reunión celebrada en tu casa, en la que tus amigos y tú han

conversado un par de horas sobre la situación del país y durante la cual tú les has

leído una carta, más bien un documento que piensas dirigir al Primer Secretario del

Partido, pidiéndole, no sólo a nombre tuyo, sino también a nombre de estos que

estuvieron aquí y que aprobaron el contenido de ese documento: cambios,

reformas, y una amnistía general que ponga en libertad a los miles de presos

políticos que colman las cárceles del país. Intentas sonreír, pero otra mueca

deforma tus labios. Recuerdas que uno de esos amigos que apoyaron tu proyecto

te dijo que aunque estaba dispuesto a firmarlo no confiaba en obtener ningún

resultado de esa gestión que él calificó de inútil. A esta hora los vecinos comienzan

sus gestiones y trajines culinarios: la calle sólo se anima cuando llega algo al

mercadito, a la carnicería, a la bodega. Vuelves a mirar tus flores. Su olor te llega

a veces hasta dentro de la casa, por eso las cuidas con esmero, y porque dan un

toque de colorido que hace acogedores el jardín y la casa. Entras. Cierras la puerta

y pasas el cerrojo. Es una medida de precaución que tomas sólo por complacer

a tu mamá, que tantas veces te lo ha rogado. Te diriges a la cocina y viertes un

resto de café de un termo viejo en una taza. Todavía está caliente. Te tomas el

café y te acercas a la ventana del fondo, desde donde puedes ver el movimiento

de un grupo de personas, los hombres sin camisa, con picos y palas, abriendo una

trinchera a unos pocos metros de la calle lateral. En todas partes se abren, y se

abren huecos y pozos y refugios bajo tierra, porque el enemigo puede lanzar una

invasión contra la isla en el más inesperado momento: hace más de treinta años

que los medios de difusión masiva controlados por el gobierno repiten lo mismo y

hay que estar preparados para lo peor. Regresas al fregadero y te pones a limpiar 

los vasos y los platillos que dejaron tus amigos. Entonces sientes murmullos

que te llegan desde el frente de tu casa: seguro llegó algo, pero irás a comprarlo

más tarde, ahora estás cansada y debe haber mucha gente en la cola. Además,

debes preparar el almuerzo para tu hija y para ti: tu hija está al llegar y como

siempre debe traer un hambre atroz, según ella misma te dice cada vez que le

abres la puerta. Tú también tienes hambre, pero no mucha. Estás sola: tu mamá

se fue a ver a su hermana en las afueras y no regresará hasta por la noche. No te

gusta estar sola, y menos como están las cosas, tu mamá te lo repite diariamente:

no te quedes sola en la casa, cualquier cosa puede suceder, pero tú no le haces

caso y aunque no te gusta, casi siempre estás sola, a no ser cuando vienen tus

amigos del pequeño núcleo opositor pacífico que tú misma creaste y que insiste

desde hace algún tiempo en lograr mejorías sin disponer de espacio para 

proclamar sus planes, sus ideas, sus objetivos. Te das cuenta de que los murmullos

han aumentado, de que son ya voces de gente que parece estar frente a tu casa

o en los alrededores. Caminas hasta la sala y te asomas a las persianas. Y en

efecto, en la acera y en la calle ves un grupo de personas que mira la fachada de

tu casa, conversando, señalando, pronunciando palabras y frases que no puedes

descifrar, pues casi todos las pronuncian al mismo tiempo. Sin dudas, esa gente

viene a buscar algo aquí, en tu casa. Pero ¿qué? A buscarte a ti quizás. ¿Para

qué? ¿Por qué tantos? Porque pasan de treinta a ojos vista. Te quedas frente a las

persianas, apenas separadas para poder ver sin que te vean, y comienzas a

elucubrar al tiempo en que hasta tus oídos llegan ya las primeras palabras más o

menos entendibles: gusana... ajo, que salga la... de su madre... trai... salga ya esa

gusana, cabrona... y cosas por el estilo. Ahora el murmullo se ha convertido en una

algarabía desorganizada que sube de tono por segundos. Te pones en tensión

cuando dos hombres corpulentos abren la cerquita del jardín y cruzan, y detrás de

ellos comienzan a entrar los demás y atropellan las flores, pisotean los helechos,

gritan, llegan hasta la escalera del portal... Cierras las persianas y te quedas como

en éxtasis. ¿Qué es esto?, ¿qué quiere esa gente?, ¿qué se propone hacer aquí en

mi casa, conmigo? Las preguntas, las dudas, te sobrecogen de momento, porque

ya no ves lo que sucede detrás de las persianas y presientes que algo muy malo

puede sucederte. Ahora sólo oyes palabrotas, gritos, ofensas, y no ves cómo afuera

algunos transeúntes se han detenido a mirar y se han situado en la acera del frente

mientras los conductores de vehículos motores que pasan miran con curiosidad,

pero siguen de largo. Varios vecinos se asoman a sus puertas y ventanas, pero se

quedan esperando sin decir ni hacer nada. Ya casi todo el grupo se ha colado en

el jardín, algunos han subido al corredor y uno de ellos les pide silencio y en voz

alta dice que estamos aquí para repudiar la actitud negativa de esta gusana

traidora y vendepatria que le está haciendo el juego al enemigo y... te tapas los

oídos para no seguir oyendo esas voces aclamando al que habla, sus gritos

posteriores, sus pasos que se acercan a la puerta, y al dejar libres tus oídos sientes

golpes en la puerta, golpes fuertes, seguidos, resonantes, y palabras: sal de ahí,

so gusana de mierda, que te vamos a dar un escarmiento. La puerta se quiebra,

se raja, se rompe, vamos, hija de puta, da la cara, y ves cómo salta el picaporte,

el cerrojo, cómo se despedazan los listones de madera, te llegó la hora, so puta,

y ya no tienes dudas: se trata de una de esas turbas que se ven últimamente y que

están organizadas por el Partido, conocidas como "brigadas de respuesta rápida",

que siempre aparecen en el momento preciso, en el lugar preciso, o como ahora

cuando menos se las espera, y siempre arremeten contra los opositores del régimen.

La bulla de esa gente furiosa no te deja concentrarte en alguna salida posible, en

alguna fórmula milagrosa que te salve de esa avalancha de odio y violencia que

se apresta a penetrar tu reino. Ahora sólo sientes miedo. Y piensas cómo ha ido

cambiando el panorama de este tipo de amedrentación: antes sólo usaban las

palabras, le salían al paso a comentarios, opiniones y quejas de la población en

las colas, en las terminales, en las calles, ahora se atreven a mucho más: la palabra

es seguida por la acción, la ofensa, los golpes. Te descuidaste: te creíste a salvo, no

le hiciste caso a tu mamá, citaste a tus amigos para que aprobaran y firmaran ese

documento que has dejado sobre la mesita de la sala, ahora olvidado, porque

todo esto pasa por tu mente en segundos: los golpes, los gritos, ya la puerta cede,

ya se desbarata, y no sabes qué hacer, el miedo te mantiene inmóvil en el medio

de la sala, sientes las gotas de sudor resbalar por tus mejillas, por tus axilas, por todo

tu cuerpo, das unos pasos, miras a todos los rincones de la sala, ¿buscando qué

cosa?, no atinas, qué cosa, qué es lo mejor que pudieras hacer, y miras la puerta

desvencijada que ahora se desploma: la han echado abajo y por fin los ves: los

tienes frente a ti, hombres y mujeres con caras sudadas, con ojos de furia, con

marcadas intenciones de arremeter contra ti, de destrozarte. Pero se detienen y te

miran desafiantes. Entonces tu miedo desaparece de un tirón. Los miras, tú también

desafiante y furiosa, pero no tienes tiempo ni siquiera para pronunciar alguna

palabrota, una frase de defensa, de ataque, porque varios de ellos se adelantan,

te toman por los hombros, te zarandean, te gritan insultos asquerosos y amenazas

mientras tú no puedes ni siquiera balbucir: una mano gruesa te aprieta la boca,

otra te coge por los cabellos y te hala, algunas mujeres te empujan y curiosean en

la sala, otras se meten en los cuartos, en la cocina, en el baño, mírenla, qué les

parece, pendeja, ahora vas a ver, so pendeja, so puta, y los gritos, gusana de

mierda, los empujones, vendepatria, asquerosa, puta, y casi no puedes respirar, pero

muerdes muy fuerte la mano que te tapa la boca y entonces también gritas,

vociferas, ofendes, abusadores, desgraciados, maricones, con una mujer sola, hijos

de puta, y el primer bofetón te rompe el labio superior, sientes gotas de sangre

correr entre las comisuras, y una de ellas te grita de pronto, pero qué maricona,

miren lo que encontré, y te vuelves, ella está leyendo el documento, algunos se le

acercan, otros te sujetan y te vuelven a tapar la boca, miren esto, ¡qué cabrona!,

y esa mujer lee en voz alta, los gritos se interrumpen y el documento llega a los oídos

de toda esta gente que ya casi no cabe en la sala de tu casa... Cuando la mujer

termina de leer el documento se te acerca y te escupe en la cara, puta mala,

pendeja, gusana, vamos a entregarla a la policía, no, primero se va a comer esto,

y entre dos hombres fuertes te aprietan la nariz y la mujer te introduce en la boca

la carta, te la empuja, tratas de escupirla, pero tienes que respirar y abres la boca,

sientes sus dedos penetrar en tu boca con el papel estrujado y ya húmedo, y te

meten bien adentro el papel, sientes náuseas, ahora te vas a tragar este papel,

hija de puta, y otros mueven tus labios, tu mandíbula, te empujan el papel, algunos

trozos pasan por tu garganta, los sientes con asco, arqueas, vas a vomitar, pero

logras contenerte, no, ahora no, aquí no, delante de esta gente no, vamos, vamos,

compañeros, vamos a sacarla de aquí, vamos a llamar a la policía, y en un

descuido de quienes te sujetan escupes los restos de la carta en el suelo, gritas,

lloras, hablas, pero ya es inútil, tus fuerzas te abandonan, otro bofetón te aturde, te

tambaleas, y entre varios te sacan al corredor, te caes, la mujer que leyó el

documento te toma por los cabellos sueltos, desgreñados, y te arrastra por encima

de las flores despedazadas de tu jardín. Mientras, en la calle y en algunas casas

muchos ojos curiosos observan en silencio. Desfalleces, casi no puedes oír los gritos

y las cosas que te dicen. Allá dentro de la casa algunas mujeres tiran tus cosas, tus

adornos, sobre el piso, destrozándolo todo: tus cristales, tus lámparas, tus muebles,

y después salen todos y te sacan al jardín y a la calle, donde te sujetan con esfuerzo

porque ya no puedes mantenerte en pie. Una de ellas te golpea otra vez con toda

su fuerza, para que aprendas, maricona de mierda, so gusana, ahora te vas a cagar

en tu madre, y vamos a coger a todos tus amiguitos también, ya verás, y la sangre

te cubre el mentón, algunas gotas caen en tu blusa, casi no puedes ver ni oír, pero

ves horrorizada a tu hija en la esquina que se ha detenido como en una foto fija

cinematográfica. Entonces se lanza a correr hacia la turba, suéltenla, cobardes,

abusadores, suéltenla, pero ya casi no la oyes, ya sólo llegan hasta tus oídos

palabras mutiladas por tu desvanecimiento, y no alcanzas a ver cómo detienen a

tu hija a media cuadra, cómo la empujan y la sujetan para que no llegue hasta

aquí, y no puedes oír cómo una de esas mujeres enfurecidas grita bien alto, ante

las miradas de los transeúntes y de los vecinos congregados y asomados a las

puertas y ventanas, algunos de los cuales se preguntan, comentan en voz baja sin

hacer nada más, bien alto para que todos oigan, que le sangre la boca, que le

sangre, esta ciudadana es una gusana descarada y agente del enemigo, véanla

todos, así se van a ver todos los vendepatrias, y ya todo es oscuridad, silencio, paz,

no has resistido este empuje violento, te has desmayado a tiempo, este horror ha

sido demasiado para tus nervios destrozados como tu casa, tu jardín, tus cosas, que

le sangre la boca, este horror de pesadilla, que le sangre, que no debe, que no

puede ser cierto, que le sangre, pero “para el horror basta un ojo de asombro”, que

le sangre la boca, y las voces se alejan, se disuelven, se desvanecen, que le sangre,

que le sangre, que le sangre...



Augusto Lázaro

@lazarocasas38

Santiago de Cuba, en los 90...





sábado, 3 de junio de 2017

PLAZA VACANTE


--La Secretaria está reunida.

Fue como si le dieran una bofetada: las mismas palabras que siempre repetían, la

justificación omnipotente, la mágica excusa. Con qué facilidad se quitaban de

encima a un ser humano, independientemente del problema que fuera a tratar. Y

eso en todas partes y a todos los niveles. Tenía los minutos contados, pero decidió

que su problema no podía prolongarse más. Tenía que esperar. "Esperar se ha

convertido en la acción cotidiana más normal: esperar para ver a un funcionario,

esperar un ómnibus en una parada, esperar para comprar las viandas racionadas

en el mercadito, esperar en la cola del cine". Y el que espera desespera, pensó en

ese momento en el que le soltaron a manera de saludo: la Secretaria está reunida.

La muchacha le sonrió y le dijo siéntese, compañera, indicándole una butaca

pullman color rojo, una butaca como para permanecer en ella un largo rato,

cómoda, esperando. Pensó también que debía haber comprado una revista en

el estanquillo. No tenía nada con qué entretenerse y la espera podía ser larga.

La muchacha concentraba su atención en unos fails que tenía sobre el buró y

apenas notaba su presencia. "Para ella sólo soy alguien que viene a pedir algo

o a plantear algún problema, porque es verdad que nadie viene a agradecer o

a felicitar. El hombre se siente más tocado por sus penas que por sus alegrías".

Pero ella tenía que ocuparse de sus propias penas: no podía aliviar ni mucho

menos evitar las penas de la humanidad. Por eso había acudido y por eso había

decidido esperar una vez más, a pesar de la cita concedida después de mucha

insistencia telefónica. Una voz desde dentro llamó a la muchacha. A los pocos

minutos ésta regresó.

--Compañera, ya puede pasar.

"¿Dónde se meterían los demás?", se preguntó al entrar en el despacho y no ver a

ninguno de los presuntos reunidos. El despacho estaba limpio y ordenado aunque

con los mismos aditamentos de todos los despachos que ella conocía: fotos de

dirigentes, cortinas tupidas, aire acondicionado, una mesita con un VEF 206 y por

supuesto papeles, fails y los consabidos teléfonos. "¿Por qué la gente hablará tanto

por teléfono?". Miró hacia los aparaticos, uno rojo y otro negro. "Una conversación

impersonal, como si uno estuviera hablando con una grabadora", meditó.

--Siéntese, compañera.

Las mismas palabras de la recepcionista. Se preguntó por qué la gente se habría

vuelto tan monótona. Se sentó en otra butaca también pullman y también color

rojo. Observó en silencio. Esperó. La Secretaria dejó sus documentos y le clavó los

ojos como si la descubriera en ese momento. Entonces ella le explicó que era la

compañera que optaba por una plaza de profesora de literatura, que había leído

la convocatoria en el periódico, se había presentado, y su clase comprobatoria

resultó bien acogida por los miembros del Departamento que la presenciaron, y

que después habían pasado días y semanas y no le habían informado nada.

--Y eso me preocupa, pues el curso está a punto de comenzar y...

Se quedó callada. Recordó las veces que había ido a la Facultad a averiguar,

donde sólo le habían dicho que esperara, que ese trámite siempre se demoraba,

que allí todo siempre se demoraba. Ese silencio había generado en ella una

ansiedad que se fue convirtiendo en angustia en los últimos días, hasta que pidió

la cita y hoy por fin llegó hasta aquí, al más alto nivel, a la mata, como le había

sugerido Mario comentando su preocupación. Pero eso no lo dijo. "¿Qué puede

importarle a ella mi ansiedad, mi angustia?". ¿Qué podía importarle? Ella, la

Secretaria del Partido, tenía muchas otras cosas en que ocupar su tiempo.

--Conozco su caso, compañera -la Secretaria sonrió y se acomodó en su silla

giratoria-. No hay ningún problema. Lo que sucede es que revisando su expediente

notamos algo que nos llamó la atención.

--¿Algo?

Siempre había algo, como siempre había un pero, pero en esta ocasión ella estaba

segura de que no le faltaba ningún dato, ningún documento, ni un solo detalle. "No

me explico. Si ha habido algo, sea lo que sea, ¿por qué no me lo han notificado?

¿Por qué me hacen esperar y esperar y me tienen así, preocupada, sin saber a qué

atenerme?". ¡Algo! Había algo, pero ¿qué podía ser? Recorrió uno por uno todos los

detalles, los documentos, los papeles solicitados. No encontró nada que pudiera

faltar, que pudiera estar mal. ¿Qué había hecho entonces que se le pudiera

señalar? Ella no aspiraba a presidenta de la república, no: era una simple plaza de

profesora de literatura en la Universidad. ¿Por qué tanto misterio?

--Sí, compañera. Mire -la Secretaria buscó en una gaveta del buró, extrajo un fail y

sacó un memorando que leyó para sí, moviendo la cabeza-: esto, precisamente

Cuadros nos remitió su expediente, aqui está todo -y le mostró el memorando muy

rápidamente para que ella lo viera sin poder leerlo-: lo que nos llamó la atención

fue que no encontramos en ningún lugar su integración a la defensa de la patria.

Eso nos extrañó, y más en una persona joven como usted.

"¿Así que era eso?". Pensó en las múltiples gestiones que tuvo que hacer para al

fin trasladarse a la cabecera de la provincia con su hija cuando decidió casarse

con Mario, cómo tuvo que batallar por su baja en Cultura, donde trabajaba allá

en el municipio donde antes vivía. Pensó en los viajes, en las visitas a funcionarios

de distintas dependencias, en los papeles. "Un país de papel", le había dicho Mario

la primera vez que se acostó con él, pasando del epílogo erótico a la actual

situación del país, tema muy difícil de eludir incluso en momentos de placer como

aquellos que pasaba con él en su casa, antes de casarse. Pensó en el tiempo que

le había dedicado a las explicaciones, los informes, las solicitudes, los trámites para

poder trasladarse con todas sus cosas en regla a esta ciudad donde había decidido

establecerse. No era fácil: se necesitaba de dos virtudes que a ella no le sobraban:

paciencia y aguante. Y sobre todo se necesitaba de sangre de cangrejo para

poder soportar a ciertos funcionarios que malamente sabían dar respuestas

programadas a las preguntas de cualquier ciudadano. Pero pensó especialmente

en su preparación para la clase comprobatoria desde que ella y Mario habían

convenido en que se presentara por la oferta del periódico local. "Pero nada de

eso importa. Lo que importa realmente es mi integración a la defensa". Algo que se

decía tanto y tan solemnemente que perdía su fuerza en el abuso. Como tantas y

tantas consignas que se repetían hasta el aburrimiento. "¿Cómo pude olvidarme,

precisamente ahora cuando la provincia está con esa efervescencia de declararse

lista para la defensa?". Había fallado. Y eso la molestaba más.

--Por eso fue que el Partido decidió congelar su proceso, hasta que esto se aclarara.

¿Comprende?

Pero ella no podía comprender. A ella nadie le había informado de que su proceso

estuviera congelado, ni siquiera podía imaginarse semejante situación. "¡Qué

palabrita! Está de moda. Pero también pasará, como tantas que han quedado en la

historia sin ninguna trascendencia". Se acordó de sus tiempos de estudiante... ella se

había incorporado a las milicias desde que comenzó sus estudios superiores. Cómo

olvidarse de las caminatas, de las prácticas de tiro, de los fusiles que tuvo que armar

y desarmar y limpiar tantas veces, de las clases teóricas sobre la guerra moderna,

de los simulacros de combate con supuestos enemigos. Y se acordó muy bien de las

horas vividas entre viejas y nuevas amigas, entre compañeros de verdad con los

que había compartido sacrificios, chistes verdes y latas de conservas. No, aquellos

tiempos ella no podía olvidarlos. Quizás fueron los tiempos que más la marcaron,

que más gratos recuerdos le dejaron para siempre en la memoria. Y todo eso ella lo

había hecho por conciencia, voluntariamente, sin que nadie la embullara, la

presionara, la obligara. Eso era precisamente lo que tenía de hermoso tanto y tanto

sacrificio, sudor y vigilia. Y ahora esto otro que no podía comprender. Ella se había

alejado de las milicias, pero ella misma no sabía por qué. Quería creer que el tiempo

apenas le alcanzaba para tanto corre corre, para buscar un trabajo que la

acomodara a su nueva residencia en la ciudad, para atender a su hija, a su mamá

que padecía una enfermedad molesta desde hacía muchos años. Quizás por

eso no se había preocupado por tener un carné que indicara que ella pertenecía a

una unidad determinada. "Es curioso cómo los carnés se han convertido en una

tabla rasa de categoría en las definiciones: si los tienes no hay problemas, hagas lo

que hagas, si no los tienes enseguida empiezan las dudas, las sospechas, las

esperas..."

--No obstante -la voz de la Secretaria cortó tajantemente sus pesquisas-, teniendo en

cuenta sus buenas referencias, su expediente, todo eso, yo creo que su problema se

puede resolver fácilmente -la Secretaria escribió algo en un papel y se lo entregó.

sonriéndole-. Mire -agregó, poniéndose de pie-: vaya allí a Cuadros con este papel

y entrégueselo a la compañera Kelly, de mi parte. Ella le va a dar una planilla que

usted debe llevar al área de atención de su zona con su carné y su inscripción en la

unidad militar donde usted se incorpore. Allí la firman, le ponen un cuño y entonces

me la trae a mí directamente. ¿Comprende?

Marnia se puso de pie, tomó el papelito y lo guardó en su bolso.

--Comprendo -dijo.

Le dio las gracias a la Secretaria del Partido y salió del despacho, sonriéndole a la

recepcionista. Su cuerpo chocó con el calor de fuera. El cielo se había nublado

totalmente...



Augusto Lázaro

@lazarocasas38

(fragmento independiente de la novela EL AULA SUCIA publicada en El Cuiclo)

domingo, 7 de mayo de 2017

UNA MINIMA PIEZA

Entraron en el lobby: un espacio limpio decorado con gusto cuyos muebles

despertaron la admiración del joven por lo cómodos que se veían o quizás por el

cansancio que sentía tras el largo recorrido, y donde la muchacha exclamó ¡brrr!,

cruzando sus brazos sobre el pecho, por el impacto que le produjo el aire

acondicionado que estremeció su cuerpo. El colocó la mochila en el suelo, mirando

al portero, como disculpándose. Ya habían discutido lo que debían decir y después

del primer golpe de vista a aquel acogedor salón se dirigieron hacia la carpeta.

"Buenas tardes". La carpetera se volvió y les regaló una sonrisa en todo su esplendor.

"Buenas tardes", respondió. Sus dientes eran tan blancos y parejos que parecían

postizos. O quizás lo fueran. Después de preguntarles "¿qué desean?" miró de

soslayo a su compañera de turno, haciéndole una mueca que los jóvenes no

vieron. "Por favor, queremos saber si en este hotel se pueden hospedar cubanos".

La carpetera puso cara de asombro, miró a su compañera y después los miró, y otra

vez sus labios se ensancharon. Ahora la amabilidad se le notaba a cien metros de

distancia. "Pero compañeros -hizo un gesto de consternación y a la vez de sorpresa-,

¿cómo no van a poder hospedarse cubanos aquí? ¡Por supuesto que sí!". Entonces

el muchacho lanzó su segunda pregunta una vez más: "Y... dígame, por favor,

¿tienen ustedes alguna habitación disponible?". La carpetera hizo otro gesto, como

de condolencia ante un doliente, y les dijo en voz muy baja, acercando su cabeza

por encima del mostrador: "¡Ay, compañero, cuánto lo sentimos, pero en este

momento no tenemos ninguna habitación disponible!"...



Un mes antes habían decidido pasar unos días en la capital, que ella no conocía, y

se dirigieron a la oficina central de turismo en Santiago de Cuba. "Sí, compañeros,

desde aquí se puede reservar para La Habana, con cuarenta y cinco días de

anticipación, pero sólo para los hoteles NEW YORK e ISLA DE CUBA". Aunque el joven

había estado en la capital en varias ocasiones, esos nombres no le dijeron nada.

Pero no le fue difícil encontrar a alguien que conociera esos hoteles, pues quien

deseara hospedarse en aquella ciudad por los trámites oficiales para la población

a través de Turismo, solamente tenía esas opciones. "Pero... y tantos buenos hoteles

que hay en La Habana -le preguntó a su tío que viajaba con frecuencia- ¿por qué

no se puede reservar para ellos?". Porque su tío le había dicho que no se le ocurriera

llevar a su novia a ninguno de esos tugurios, como los llamó, donde -según una

experiencia recordada con mucha amargura- las ratas se paseaban por los pasillos

como si fueran las propietarias del inmueble. "¿New York? ¿Isla de Cuba? Ni te

atrevas, jovencito, esas pocilgas las tiene Turismo para los infelices que no tienen

dólares. Olvídate de ellos". El muchacho compró un mapa turístico de La Habana

y se sentó con su novia en un parque a planear dónde les gustaría hospedarse. "Si

nada más son unos días -le dijo, sonriéndole y acariciándole el áspero cabello-, no

veo por qué tiene que ser tan difícil. ¿Por qué no nos lanzamos y allá en la misma

capital hacemos la gestión, directamente en los hoteles?".



Caminaron despacio, tomados de las manos, rumbo al malecón: el mar salpicaba

los bancos formados por el muro, pero sus olas no impedían que numerosas parejas

se sentaran a descansar o a dejar que el tiempo les corriera por el ocio de sus

cuerpos mientras la ciudad se desplazaba hacia el sur, como escapando a un

destino de agua y salitre que en los últimos años había dejado su huella en las

descascaradas paredes de los edificios que se alzaban frente al inmenso azul. Se

detuvieron ante el muro: estaban sudados, cansados y sucios, pero oyendo el golpe

de las olas en los arrecifes se miraron y sonrieron, besándose súbitamente: sí, eso

tenían a su favor: eran jóvenes y estaban enamorados. ¿Qué más necesitaban?

"Mira, sólo nos queda aquél". Señaló la fachada del hotel Deauville que contrastaba

en su azul con el mar que casi lo tocaba al llegar al malecón. Se sentaron en el

muro. Ella comenzó a hojear una revista española que llevaba en sus manos y se

detuvo mirando una foto de un par de extranjeros algo gordos y rechonchos que

reposaban en una tumbona junto a la piscina de algún hotel de lujo. "¿Leíste esto?",

le preguntó, colocándole la revista sobre las piernas y poniendo su índice sobre el

pie de foto: El turista protegido. Su novio dijo "sí" y volvió la cabeza, pero ella leyó

con atención:



              Gozando de los privilegios que las autoridades le confieren, el turista

               puede en Cuba comprar en tiendas especiales todo tipo de artículos,

               equipos y alimentos sin ninguna restricción, obviar las colas, no sufrir

               los apagones, conducir a gran velocidad y disfrutar de los más

               paradisíacos lugares de la isla, con sólo mostrar su carta de

               presentación ante el buró de Cubatur más cercano: el dólar.



"¿Y ahora qué hacemos?" -la joven cerró la revista y la guardó en la mochila. Si no

podían resolver una habitación les esperaba una noche incierta y larga, pues no

conocían a nadie de confianza a donde ir a carenar. "Bueno... -él señaló un zaguán

oscuro en los bajos de un edificio del frente- en último caso... -y miró a su novia con

cautela mientras se rascaba la cabeza- en último caso allí creo que hay una

posada... una noche se pasa como quiera, ¿verdad?". La muchacha hizo una

mueca y se puso muy seria: la idea de pasar una noche en "semejante sitio" le

parecía tan absurda que no pudo imaginarse que fuera una broma. "No es

gracioso", le dijo, virándole la cara. El muchacho sacó una agenda vieja donde

había anotado cuidadosamente los lugares visitados durante todo el día, obviando

cualquier nueva alusión a la posada. Ella lo miró, resignada a pasar una noche en la

terminal de ómnibus, pues a esa hora y sin haber resuelto nada, ya no tendrían otra

cosa que hacer que regresar a su ciudad, frustrados, olvidándose de su ilusión de

pasar unos días en La Habana en una especie de microvacaciones añoradas. Y por

supuesto, apuntarse en la lista de espera, en la terminal, significaba eso: una noche

cuando menos en vela, tirados en el piso, rodeados de gente dormitando,

conversando, fumando, de llanto de niños, de calor... pero qué remedio: tampoco

se le ocurría nada. "A ver la lista -le dijo, tomando la agenda y repasando uno por

uno los hoteles-. En éste -señaló el primero que habían visitado temprano en la

mañana- nos preguntaron si éramos extranjeros, ¿te acuerdas? -y no pudo evitar

una sonora carcajada que enseguida desapareció de su boca para convertirse en

mueca. Había sido en el hotel Victoria: cuando llegaron a la capital tomaron un

taxi, dirigiéndose al Vedado para comenzar por los lugares que él le había dicho

que eran los mejores para una grata estancia en la ciudad-. "Sí -dijo el joven

también resignado, y también molesto-, nunca me voy a olvidar de todo este

peregrinaje..."



Había sido su debut más de diez horas antes: el mismo espacio, el mismo decorado,

los mismos muebles, y sobre todo la misma sonrisa esplendorosa de la carpetera que

después recibirían en los demás hoteles, y que al verlos entrar dubitativos y nerviosos

al lobby comentó muy bajito con su compañera de turno: "¿De qué país serán estos

negritos?, porque no parece que tengan muchos dólares". Y siguieron ocho hoteles

más, por el orden que él había escrito en su agenda, según el mapa que compró en

Santiago: primero los mejores del Vedado, más tarde, alejándose de la zona menos

sucia de la capital, los más aceptables del centro, hasta llegar muy cerca de la

ciudad vieja, recibiendo en todos la amable negativa que los condujo al malecón,

a este muro donde ahora estaban descansando y meditando qué podían hacer, y

observando de soslayo el edificio del último hotel que les quedaba por visitar. La

lista era un tesoro de respuestas anotadas con rigor por quien fuera, allá lejos, al

oriente de la isla, un alumno eminente de las ciencias exactas: "No, compañeros,

este hotel es solamente para turistas extranjeros" (hotel Presidente)... "No, lo siento

mucho, pero no hay habitaciones disponibles" (hotel Capri)... "Aquí no tenemos

ninguna, pero miren: lléguense al Colina, dos cuadras más arriba, a lo mejor allí

encuentran alguna habitación" (hotel Habana Libre)... "Qué va, el hotel está lleno...

¿ustedes son turistas?" (hotel Colina)... "No, no hay ninguna disponible ahora, pero

vengan mañana a ver... vengan mañana por la mañana a ver si hay alguna lista

o alguna cancelación" (hotel Vedado)... "¿Una habitación disponible? Figúrense

que Cubatur nos mandó unos cuarenta uruguayos que llegaron en una delegación

ahí que... figúrense cómo está esto" (hotel Saint John)... "No, no tenemos. ustedes

son... ¿de qué país, por favor?" (hotel Inglaterra)... "¡Ay, compañero, cuánto lo

sentimos!, pero en este momento no hay ninguna habitación libre" (hotel Lincoln)...

y sólo les faltaba ese que ella estaba mirando, todavía con alguna muy remota

esperanza, pero sin decírselo a su novio, que parecía ensimismado, con la mirada

perdida en un punto indescifrable de la distancia azul... Entonces la muchacha

recordó, con una media sonrisa de ironía, aquella vez que se había destacado en

su aula de noveno grado, allá en Santiago, analizando el poema Tengo de Nicolás

Guillén, como parte del estudio de Literatura Cubana, en la que siempre había

obtenido notas de sobresaliente:



Tengo, vamos a ver,

que siendo un negro

nadie me puede detener

a la puerta de un dancing o de un bar

o bien en la carpeta de un hotel

y gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar...



"¡Oye!" -la voz del muchacho la sacó de su éxtasis. "¡Ay, Joaquín! Si tú supieras en lo

que estaba pensando"... Pero no se lo dijo. Estaba pensando en que le hubiera

gustado ver al poeta nacional recorriendo con ellos las calles de la Habana, en su

peregrinar infructuoso por esa maravilla de colores, limpieza, climatización, perfume

y bombillos fluorescentes, uniformes impecables, etc., en el que habían intentado

ejecutar sus versos sin ningún resultado positivo. "Sí, Joaquín, estaba en el limbo", fue

lo que le dijo, evitando desconsolarlo aún más. "Si esto sigue así -le dijo él,

guardando su agenda y dándose palmadas en las rodillas-, dentro de poco vamos

a poder hacer lo que hacen esos millonarios jactanciosos de las películas

americanas". "¿Qué cosa?" "Encender un cigarro con un billete... claro que con un

billete de diez pesos cubanos, o de cincuenta, porque en definitivas, ya casi no nos

sirven para nada", y entre ambos jóvenes se produjo un silencio de recordación y de

añoranza: ellos sólo conocían la realidad de los años que habían vivido en esta

geografía, y estaban acostumbrados a la impronta de la Revolución, pero

últimamente el panorama que desfilaba ante sus ojos era muy distinto a lo que

sus maestros les habían recalcado: ahora ellos se maravillaban con sus ojos de

asombro: playas de arena limpísima, ron de alta calidad Havana Club, Banco

Internacional de Comercio, Varadero, hoteles cinco estrellas, Suchel, Iberostar en el

Caribe, Eau de Parfum Alicia Alonso, Rent-a-car, Cosmo-service, Viajes Divermez,

Guitart, La Bamba discoteca, Meliá, Cayo Coco, Asis Tours, Summer in Havana, Photo

Service, Cubacel, Esicuba, Tauro carnes, Copiadores y equipos de fax, Servi Cupet,

Habaguanex S. A., tiendas duty free, Espacio para todo y para todos, La Bodeguita

del Medio, El Floridita, Havanatour, Stadt Bag's S. A., Confort sobre ruedas, Easy

shopping, Tecun, Rumbos, Cubamar, Marina Hemingway, Etecsa, Transgaviota,

Imagen tours, Cubanacán S. A., Clínica dental "Cira García", Servimed, Havanautos,

Cohíba, Tropicana, La Maison, Ventas a bordo, Habano for men, Cubalse,

Perfumería Mariposa, Colonia Nao, Jugos de frutas Tropical Island... y todo un

universo encantado que sumía a los jóvenes de la isla en una especie de sopor ante

el inacabable desfile de nombres, títulos, letreros, anuncios, fachadas, equipos,

dibujos, pinturas, vallas, carteles comerciales, en fin, que los dejaban como

hipnotizados sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando para que se vieran

envueltos en ese mundo fastuoso de colores, luz y brillo que crecía en Cuba y que

ellos sólo podían observar pasivamente desde la distancia, sin traspasar los límites

marcados por esos billetes que los millonarios jactansiosos usaban para encender sus

puros en las películas americanas que diariamente pasaban por los dos canales de

la televisión nacional...



"La peor gestión es la que no se hace", dijo el joven. "Tienes razón", dijo la muchacha,

y se pusieron de pie, se arreglaron sus ropas, se pasaron las manos por la cabeza y a

falta de espejo, con los dedos trataron de quitar cualquier gramo de suciedad que

pudieran tener en sus rostros. El se colgó al hombro la mochila y ella le cruzó el brazo

por la cintura. Entonces se dirigieron a su última esperanza.



Entraron en el lobby: un espacio limpio, decorado con gusto, cuyos muebles

despertaron la admiración del joven por lo cómodos que se veían o quizás por el

cansancio que sentía tras el largo recorrido, y donde la muchacha exclamó ¡brrr!

cruzando sus brazos sobre el pecho, por el impacto que le produjo el aire

acondicionado que estremeció su cuerpo. El colocó la mochila en el suelo, mirando

al portero como disculpándose. Ya habían discutido lo que debían decir, y después

del primer golpe de vista a aquel acogedor salón, se dirigieron hacia la carpeta...



Augusto Lázaro

Santiago de Cuba, en los años interminables del período especial...

http://laenvolvencia.blogspot.com