domingo, 26 de octubre de 2014

EL AULA SUCIA 46

Cuando le concedieron la palabra, Marnia se puso de pie, y miró uno por uno a los

compañeros del Departamento que se encontraban en la asamblea. Había estado

pensándolo un buen rato, hasta que al fin se decidió: no podía quedarse con los

deseos de exponer su opinión, aunque el hacerlo le acarreara problemas y estar en

la mirilla de los dirigentes del Partido, que últimamente estrechaban el cerco en el

que ya la tenían encerrada. "Después de todo, ¿no dijo el Apóstol que el hombre

que no dice lo que piensa no es un hombre honrado?", había dicho en la última

reunión de su Departamento ante las reprimendas de Elvira. Venciendo su

nerviosismo, comenzó diciendo que habría que analizar el sistema nacional de la

enseñanza a todos los niveles, porque ella pensaba que podía mejorarse bastante.

--Yo veo que desde que el niño comienza el mismo pre-escolar lo atosigan de

palabras, de frases, de consignas, sobre asuntos que el niño no puede comprender.

Hasta le hablan de la guerra, de la sangre, de la violencia, de la muerte, y quizás

yo esté equivocada, pero el mundo infantil es otra cosa, ¿por qué sacrificárselo a

ese niño que ya tendrá tiempo suficiente para enterarse del horror?

Dijo que cuando un estudiante llegaba a la Universidad traía un almacén de

materiales y estudios políticos que lejos de ayudarle a integrarse en ese centro le

dificultaban su total asimilación de los estudios superiores.

--Son alumnos que apenas conocen las tablas aritméticas, la conjugación del

verbo amar en el presente del indicativo, y si acaso algunas capitales de países

americanos, aunque están al día en los asuntos políticos y almacenan en sus

cerebros todas las directrices ideológicas que les han echado encima en la

enseñanza secundaria.

Añadió que si creían que exageraba hicieran la prueba que ella había hecho en su

Departamento con otras compañeras, que aunque se mantuvo en secreto ahora

ella iba a mostrarles con sus sorprendentes resultados, en los que se notaba el poco

nivel de los educandos en materias necesarias para su graduación superior.

--Por eso yo me pregunto qué es lo que pasa con nuestro sistema nacional de

enseñanza. ¿Es correcto? ¿Es aplicable? ¿Da resultados? Porque hablando en plata,

una gran parte de la enseñanza en general consiste en materiales y manuales sobre

ideología y sí, está bien, acepto lo que me van a decir, que eso es necesario, sí, pero

aquí todo es necesario y pecar por exceso es tan negativo como lo contrario. Y por

cierto, hay que decir que muchos de esos estudios de ciencias sociales y políticas

que les impartimos a nuestros estudiantes ya hace rato que han sido desechados en

casi todas las Universidades del planeta, y yo aprovecho para hacerle un llamado a

la dirección del plantel a que se ponga al día en estas cuestiones tan importantes y

necesarias.

Continuó su intervención enumerando lo que ella entendía que funcionaba mal en

el sistema nacional de enseñanza del país, como la intolerancia con las opiniones

de los alumnos sobre aspectos candentes de la situación del país o de otros países o

de problemas que existían en la sociedad cubana actual, o la manía de acusar a

cualquiera que opinara distinto al Partido de diversionismo ideológico, o el exceso

de justificación ante lo mal hecho, o la tendencia a culpar siempre a los estudiantes

y nunca a los profesores, ni a la dirección del centro, o la casi nula inormación que

llegaba a los alumnos sobre la historia del país que no fuera la que se refería a la

Revolución y a sus líderes, o...

--Y en definitivas, compañeros, yo creo que un discurso por sí solo muy poco puede

hacer para desarrollar nuestro país, para elevar nuestra calidad de vida, para

resolver tantos y tantos problemas que tenemos, conocidos o no, y en fin, que es

muy bonito eso de la actitud revolucionaria, sí, pero si el que la tiene no conoce ni

las capitales de los países de América Latina, no creo que pueda servir de gran

ayuda para la construcción del socialismo, porque yo me pregunto si la mejor

actitud revolucionaria no es en nuestro caso ser un buen profesor y trasmitir a los

alumnos los conocimientos que les servirán en el futuro para echar adelante esos

grandes planes de desarrollo que tenemos y que no se pueden echar adelante

sólamente con buenas intenciones y con discursos políticos...

Y para terminar, Marnia, que estaba sudando y muy nerviosa, hizo una síntesis de

los errores que se cometían en la Universidad, siendo el más grave haber despedido

a los mejores profesores que tenía el centro por el simple hecho de que pensaban

con sus propias cabezas y no se dejaban encasillar en el esquema impuesto por el

Partido ante el cual nadie puede discrepar ni mucho menos opinar públicamente

en contra.

--Y lo más importante, compañeros: estamos graduando a cientos de estudiantes

que no se merecen el título universitario y los lanzamos a la calle a hacer

barbaridades y a poner el nombre de nuestro trabajo por el suelo. Porque aquí,

como han manifestado muchos de los futuros graduados, cualquiera se gradúa,

tenga o no méritos, capacidad y conocimientos que avalen esa graduación...

Antes de sentarse, Marnia miró a su alrededor: silencio absoluto. Pensó que no había

dicho todo lo que tenía que decir, pero se sentía muy cansada y no podía más.

Creía que había planteado lo correcto, y que lo había hecho con el fin de mejorar

la enseñanza en general, de mejorar el trabajo en la Universidad, de terminar con lo

mal hecho. Pero de pronto se sintió como una idiota: había sido ilusa si pensaba

que le iban a hacer caso. ¿Quién era ella para que nada menos que el sacrosanto

Partido fuera a hacerle caso? Ilusa y atrevida. Se sintió molesta consigo misma,

pensando que quizás no debió ni siquiera hablar en la asamblea. En definitivas, allí

todo el mundo ganaba trescientos, cuatrocientos, hasta más, y todo el mundo

quería seguir ganando eso, por lo que la casi totalidad del profesorado aceptaba

las cosas y no abría su boca para discrepar de ninguna orientación del Partido ni de

la Rectoría, y así aseguraban su permanencia tranquila y sin crearse problemas. ¿Era

eso lo mejor, lo más honesto, lo más honrado, lo más decente? No tenía una

respuesta clara a esas interrogantes. Lo hecho, hecho estaba, y ahora tendría que

esperar a ver qué hacían sus dirigentes por haber tenido el atrevimiento de erigirse

en voz acusadora de quienes pensaban igual pero callaban y no tenían valor de

enfrentarse al poder absoluto que regía los destinos del país. Lo único real era que

nadie había interrumpido su intervención y ella no sabía si eso era bueno o malo...

En la mesa presidencial de la asamblea Elvira se inclinó hacia Gabriela para

susurrarle algo al oído y esta última anotó algo en su cuaderno de apuntes.

(continuará)

Augusto Lázaro

@augustodelatorr


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sábado, 18 de octubre de 2014

EL AULA SUCIA 45


--Amor, ya salí de mi tercera evaluación, y salí bien. Mira, aquí tienes la copia.

Mario ojeó el contenido de las hojas mecanografiadas. Sonrió.

--A mí jamás me evalúan. Una vez me dijeron que mi evaluación tenían que hacerla

los asesores de La Habana, porque parece que aquí, en Cultura, no hay ninguna

persona que ellos consideren que está por encima de mí, culturalmente hablando.

Marnia le reprochó su autosuficiencia con los ojos. A pesar de que la Universidad

tenía una bien ganada fama de ser un centro que volvía locos a sus profesores, sin

dudas en esas cuestiones marchaba a la vanguardia: allí todos los trabajadores eran

evaluados cada año, todos tenían su carné de salud actualizado, percibían sus

salarios sin retraso, etc. Y en el organismo de Mario las cosas no marchaban tan

ordenadamente.

--No en balde la gente dice que Cultura es un desastre. En tu centro la organización

está brillando... -y Marnia sonrió- por su ausencia.

Se recostaron al balcón y comenzaron a comentar sobre la gente que pasaba o

que invertía su tiempo de ocio en los bancos del parque, en los bajos del edificio.

Todos los días, cuando Marnia no estaba a esa hora en la Universidad, hacían lo

mismo, hasta que llegaba Aimée, alrededor de las 12.45: entonces comenzaba el

ritual del almuerzo.

--Sí, Cultura es un desastre. Allí nadie sabe la hora que tiene su propio reloj. Y de

salarios ni hablar. Mírame a mí: treinta años como Asesor Literario y gano sólamente

$250.00, porque me dicen que no soy un graduado de ahora. ¿Te imaginas?

Los niños de la primaria comenzaron a llegar. Aimée se demoraba casi siempre, se

escabullía del control parental, inventaba cuentos, aunque a veces era cierto que

la maestra la retenía, a ella o a todos, por algún motivo.

--De todos modos yo preferiría trabajar en un organismo como el tuyo. En el mío hay

muchos ojos encima de mí, y eso me tiene en tensión permanente.

Algunas mujeres del edificio se pasaban casi todo el día en los bancos del parque.

Algunos jóvenes también. Mario los miró, y trató de acordarse de cuando él era un

adolescente, en qué se entretenía, pero a su memoria no le llegó ninguna imagen

suya ni de sus amigos sentados en un banco de un parque horas y horas sin hacer

otra cosa que mirarle el culo a las muchachas que pasaban.

--Pues yo quisiera trabajar un tiempo en la Universidad, a ver si a mí me iban a clavar

los ojos así como te los clavan a ti. Fíjate que tú empezaste el otro día, como quien

dice, y ya ganas sesenta pesos más que yo. ¡Sesenta pesos! Y tienes casi veinte años

menos.

Una muchachita del edificio del fondo retozaba con varios varones, ella de pie y

ellos en un banco. Vestía un short apretadísimo que dejaba ver los cachetes de sus

nalgas, lo que hacía que los muchachos se alborotaran y que Mario se la comiera

con los ojos, bajo la mirada de reproche de su mujer.

--Ten cuidado, no vayas a convertirte en un viejo verde cuando te caigan unos

cuantos años más.

Los ómnibus y los camiones que pasaban hacían un ruido de torno. A veces, cuando

ellos veían algún programa en español en la tele y pasaba uno de esos vehículos

llenos de piezas de repuesto inventadas e incrustadas "a la cañona" en su carrocería

se quedaban en ascuas a no ser que se levantaran y corrieran a pegarse a la

bocina del televisor. Eso molestaba a Mario, por eso prefería los programas con

subtítulos, o sea, películas y seriales con letras en español. Sabía inglés, pero el ruido

no lo perdonaba.

--Dentro de poco tiempo este va a ser un país de sordos.

A las 12.42 por el reloj de Mario apareció la figurita de Aimée por la parada del

ómnibus, a menos de cuarenta metros del parque.

--Por ahí viene Aimée. Déjame ponerme en onda. Ya todo está hecho, así que a

prepararse para calmar el hambre.

--Para eso siempre estoy preparado -dijo Mario.

--Ya lo sé. Un día te vas a quedar en la mesa sin poder levantarte.

--Pues como decía mi primo Lalo: "me muero, pero muero lleno", que a veces es

mejor que vivir vacío. ¿Tú no crees?

(continuará)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


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sábado, 11 de octubre de 2014

EL AULA SUCIA 44

Problemas, problemas, problemas... soy un saco de problemas, Mario me lo dijo un

día: tú eres una mujer generadora de problemas y no me explico por qué, porque

todas las mujeres tienen problemas con sus maridos, con sus hijos, con su familia,

pero coño, ¿también con el trabajo?, eso es el colmo, y yo también los tengo, ya

hace tiempo que estoy confrontando problemas con Gabriela y con Elvira, sobre

todo con Elvira, pero ahora también con el sindicato, el colmo dentro del colmo, ya

Oscar me lo dijo: si sigues así no te voy a poder defender como hasta ahora, ja, ja,

defender, como si yo fuera una acusada y él un abogado, y además, si sigo así

cómo, porque yo lo único que hago es dar mis clases y llevarme bien con todo el

mundo, y si siempre digo lo que pienso, y si lo que pienso no se ajusta a lo que piensa

el Partido, a lo que piensa el Sindicato, que es lo que está establecido que deben 

pensar todos, es porque mi naturaleza es así de rebelde y yo no me puedo quedar

en silencio cuando delante de mí se dice o se hace una barbaridad, y ya me estoy

dando cuenta de que aquí en esta Universidad el que no se somete no progresa, y

a veces hasta puede correr la misma suerte que el profesor Pardo y que otros de los

que apenas se mencionan sus nombres, pero a mí eso me tiene sin cuidado, yo no

nací para que me marioneteen, no, yo no nací para eso, hasta Mario, que es mi

marido y es el hombre que está dispuesto a hacer por mí lo más inverosímil, sí,

cualquier sacrificio, correr mi misma suerte, todo, como me lo ha demostrado,

cuando se pasa de rosca se lo suelto así de zopetón, no, Mario, no vayas a

intentar marionetearme, que yo tengo una cabeza para pensar y soy un ser humano

y no un muñeco ni un robot, y mucho menos un carnero dócil, y a veces soy yo la

que se pasa de rosca con él, pero es que no me puedo contener, no señor, no, y

ahora esta gente la ha cogido conmigo, parece que para ellos pensar con la

propia cabeza es un delito, como dice la muy mojona de Elvira: compañeros, el

Partido es la inteligencia, es el cerebro rector de nuestra sociedad, no se puede

cuestionar ni una sola de sus orientaciones, porque eso sería cuestionar al pueblo,

y eso sería como ponerse en contra del pueblo, porque el Partido no es más que la

voz de nuestro pueblo, de este pueblo que lo sigue y que está dispuesto a seguirlo

hasta el final, que por supuesto no puede ser otro que la victoria, ¡puaf!, un vomitivo

cada vez que esa puñetera abre la boca, la calabacita, como le dicen algunos

alumnos, porque se queda dormida dando clases, pero al fin y al cabo, al carajo

todo eso, seguiré dando mis clases y diciendo lo que me venga en ganas, qué se

habrán creído, a mí no me van a marionetear, que ni lo sueñen, en definitivas yo

no digo nada que no sea la verdad, y cada vez que me pregunten algo, les

respondo con mi cabeza lo que yo considere que es lo correcto, con mi cabeza y

no con la sacrosanta cabeza del sacrosanto Partido, que yo no soy militante ni nada

que se le parezca, y no me voy a preocupar por tanta mierda, porque todo esto no

es otra cosa que una mierda, que me estoy poniendo nerviosa, duermo mal, y mis

relaciones con Mario y con Aimée se están deteriorando, y todo por la dichosa

Universidad, por sus barbaridades, y por mi forma de ser, que reconozco que soy

un poco revencúa, pero es mi forma de ser y no puedo cambiar, así que a partir

de ahora al carajo lo demás, y lo que sea sonará...

(continuará)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


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sábado, 4 de octubre de 2014

EL AULA SUCIA 43

--Así que los alumnos despidieron el miedo?

Mario toma un sorbo de café y enciende un cigarro.

--Dijeron bastantes cosas, sí. Para como está la situación allí...

Marnia se acomoda en una tumbona plegable y observa a su marido que lanza

bocanadas al cielo raso.

--Si todos los alumnos se pusieran de acuerdo, la dirección del Partido tendría que

cambiar sus métodos. Cuando yo era estudiante había más unidad. Cuando el

Secretario de lo que entonces se llamaba la Asociación de Alumnos se paraba en la

puerta del aula y gritaba ¡huelgaaa!, no quedaba allí ni el profesor.

Ella mueve la cabeza y lo mira de frente.

--Cuando tú eras estudiante, querido, eran otros tiempos. Tú mismo me has contado

que entonces los estudiantes ni siquiera sabían cuántos partidos políticos había en el

país.

El aplasta el cabo del cigarro en un cenicero improvisado y se inclina hacia ella.

--Claro, porque entonces los estudiantes invertían su tiempo en recibir sus clases y no

hacían otra cosa. Y por supuesto, ningún partido político se dedicaba a meterse con

nosotros, ni a presionarnos, ni a adoctrinarnos, porque no teníamos que rendirle

pleitesía a ninguno.

Se quedan en silencio unos minutos. El comienza a juguetear con una de sus piernas

y le hace cosquillas. Ella sonríe, y con su otra pierna comienza a golpear la mano

que le estira los dedos.

--A veces pienso -dice Marnia- que es mejor haber nacido en este tiempo, así no se

sufre como tú que estás sufriendo porque tienes un punto de comparación -hace

una pausa y retira sus piernas, colocándolas encima del borde de la tumbona-. Yo,

como desde que tengo uso de razón sólo conozco esto, no extraño nada, no añoro

nada. Claro, sé que todo esto es una mierda, pero no tengo idea de cómo fue tu

tiempo de estudiante, que de seguro que también tendría sus mierdas, ¿no?

Mario se repliega y la mira, sonriente. Luego se acomoda. Los dos se recuestan y

dejan descansar sus miradas en la puerta del balcón, a través de la cual, sentados

en esa misma posición, sólo ven las nubes blancas y el cielo azul pálido. A esa hora

todo está tranquilo allá afuera, y ellos sienten la modorra del descanso.

--Puede que tengas razón. Incluso yo a veces pienso que lo mejor sería ser un

estúpido. Así no me daría cuenta de toda la mierda que padecemos y soportamos.

No me daría cuenta de nada. Fíjate cómo la mayoría de la gente casi no se da

cuenta de lo que está pasando. Al menos, viven menos angustiados.

--Claro que no se dan cuenta, porque la mayoría de la población, como yo, nació y

se crió después del triunfo de la Revolución, y desde que abrió los ojos lo único que

está viendo y oyendo es que esto es lo bueno, que esto es lo mejor, que esto es lo

único, que todo lo pasado es malo, que patatín y que patatán. Y sin ninguna

opinión en contra, imagínate.

Mario se levanta. Recoge la tacita y el cenicero y los lleva a la cocina. Desde la

puerta le dice que pensándolo mejor a él no le gustaría ser un estúpido, ni vivir como

un estúpido, pero sí preferiría tener ahora quince años y vivir en ese sopor de la

aceptación y el conformismo.

--¡Ay, Mario! Si yo no te conociera. Tú no naciste para adaptarte a este medio ni

para conformarte con él.

--No, pero ¿qué puedo hacer? ¿Te acuerdas de lo que nos dijo Caner la última vez

que estuvo aquí? Nos dijo que este es el pueblo más desarmado del planeta. ¿Te

acuerdas?

--Más o menos. Y tiene razón. ¿Qué puede hacer la gente, si ni siquiera puede

disponer de un cuchillo afilado?

--¿Y antes? Porque cuando la dictadura de Batista los revolucionarios les quitaban

las armas a los policías y a los casquitos. ¡Y bien que se las quitaban!

--Pero antes había otra realidad y la gente sabía, conocía, tú mismo me lo has

dicho, porque yo no conocí esa realidad. Antes, la gente estaba... digamos, mejor

informada. Sí, eso mismo, mejor informada.

--Claro, tenía todos los medios de difusión masiva privados al alcance y casi todos

eran enemigos de Batista. Batista sólo tenía un periódico. ¡Ah! Pero ahora los nuevos

jerarcas han aprendido de aquello y por eso no le dan chance a nadie.

--O sea, que la gente no puede hacer nada.

--Bueno... -Mario sigue trajinando en la cocina, sin saber lo que está haciendo en

realidad-, algo podría hacerse, sí. Sí. Algo podría hacerse, cómo no.

--¿Tú, por ejemplo? ¿Tú podrías hacer algo? Vamos, querido.

--Yo solo no. Yo no tengo complejo de Cristo. No, claro que no. Yo solo no puedo

hacer ni hostia. ¿Y quién me seguiría?

--Pues entonces caemos en el círculo vicioso: nadie puede hacer nada, porque...

¿cuántos pensarán como tú? No, nadie puede hacer nada, y aquí la gente está en

otra cosa: el que se va, se va, y el que se queda sólo piensa en irse, y los demás que

se jodan.

--Sí, tienes razón. Conformarse... resignarse... bonitas palabras para un pueblo que se

está desintegrando, ¿eh?

--¡Ay, Mario!, mira que tú y yo gastamos tiempo hablando de lo mismo, viejo. Ya ni

siquiera comentamos el último libro que leímos, ni la película que vimos anoche en

la tele. ¿Qué nos pasa? ¿Es que esto no se puede evitar?

En eso sienten el timbre y oyen la voz de Aimée que dice "mami, ábreme". Marnia le

abre. Enseguida que entra, la niña va hacia el refrigerador, lo abre, y saca un batido

que tenía guardado, se lo empina, y después va hasta su cuarto a registrar sus cosas,

y regresa con un juego de parchís, y les dice "voy al otro edificio a jugar con Jazmín

y su hermanita", y sale, antes de que su madre le diga que está bien, que puede ir,

que no se demore, que tiene que bañarse, etc. Mario se rasca la cabeza y se vuelve

a sentar junto a Marnia. Y piensa, todavía riéndose de lo que ella le dice, "esta niña

no calienta la casa", que es verdad que la vida de los dos se está convirtiendo en un

diálogo monótono, rutinario, inútil, monotemático, como posiblemente la vida de la

inmensa mayoría de los cubanos. Mario piensa que eso no puede obviarse, aunque

quizás ellos podrían darle un tono de variante, porque Marnia ha dado un puntillazo

al clavo ardiendo de sus intimidades: su vida, últimamente, es sólo eso: levantarse y

soportar la escasez de jabón, de pasta dental, de detergente, de alimentos, los

apagones interminables, el calor, la falta de agua, averiguar qué llegó al mercadito

y a la carnicería y a la bodega, si hoy despacharán el pan temprano o tarde (los

apagones controlan la producción en todos los niveles), si van a poner el gas este fin

de semana, si les toca el kerosén en el próximo reparto... en fin, que Mario concluye

en que él y su mujer tienen que hacer un esfuerzo por darle a su vida de casados

algún aliciente, un incentivo que no los desboque por el precipicio del tedio que

terminaría derrotando su amor. Pero ¿qué?, ¿cómo?, ¿de qué forma librarse de la

cotidianeidad? Y se lo dice.

--¿Cómo? -ella se levanta, se estira el short, y se revuelve el pelo. Lo mira fijamente

unos segundos-. Pues mira, se me ocurre que para empezar, podríamos ir esta noche

a ver esa obra de teatro que ha causado tanto revuelo... ¿cómo se llama?

Mario se levanta, también se riega el pelo y la mira, con una sonrisa irónica.

--¿Cómo se llama? Primero pregúntame cuál es el tema de la obra. Después me

invitas... porque tú me invitas, ¿no?

Marnia se acerca a la cocina.

--¿Quieres más? -le pregunta, mostrándole el termo de café.

--Claro. Pero antes déjame decirte que esa obra ha causado tanto revuelo porque

trata sobre los problemas que confrontan los jóvenes para no convertir sus vidas en

una rutina miserable... por algo Cultura quiere retirarla de la escena. ¿Te das cuenta?

¿Te das cuenta de lo difícil que resulta nuestra hermosa realidad?

--Toma -le dice Marnia y le alcanza la tacita en la que ella ya ha tomado un sorbo.

--De todos modos, si quieres, nos vamos al teatro esta noche. Y cuando salgamos,

nos imaginamos que estamos caminando por las calles de París, y que hace un frío

de esquimal, y que tú me abrazas y me dices que estás medio tullida, y etc. ¿No te

parece que echar a volar nuestra imaginación es una buena fórmula para

olvidarnos de la realidad que nos rodea?

Salen al balcón a mirar a la gente. Abajo, el parque del edificio siempre está

animado, los vecinos conversan sobre lo mismo, y a veces se consuelan pensando

que algún día tendrán un nuevo tema de conversación.

--Mercy me dijo que quizás se llegue hoy por aquí. Está con el asunto de su salida.

--¿Por fin se decidió?

--Por fin. Se va del país. Creo que piensa casarse con ese extranjero. Lo que no sé es

cómo se llevará a Merceditas, porque no todos los hombres cargan con una hija

ajena.

--Como yo.

--Como tú. Aunque en  tu caso, tu y Aimée se han compenetrado de tal forma que

no parecen padrastro e hijastra, sino padre e hija.

--A pesar de los pesares.

--Claro, como todo en la vida, siempre hay un pero, a veces varios.

--En fin, que no te he oído decir si vamos al teatro esta noche.

--Bueno... -Marnia queda pensativa, pero no sobre el teatro, sino sobre su hermana

que dentro de poco saldrá del país y será un punto menos de apoyo para ella.

Siempre estuvieron muy unidas desde que eran un par de vejigas malcriadas que se

pasaban el día mataperreando por las calles polvorientas de Dos Caminos de San

Luis. También su madre estaba enferma, el asma no le daba tregua, y ella tendría

que darle sus vueltas, y este fin de semana quería ir a verla, pero tenía una jornada

de trabajo voluntario en la Universidad.

--Sí, ya sé, últimamente tus trabajos llamados voluntarios se han hecho más

frecuentes y más inútiles. Ir a limpiar lo que las empleadas de limpieza no limpian, ir

a recoger la basura que los empleados de áreas verdes no recogen.. esa gente

debe estarse partiendo de la risa a costa de ustedes, los tontos que van allí a

hacerles el trabajo. Pero además de ser una tontería por parte de ustedes, es una

inmoralidad ir a hacerle el trabajo a empleados que cobran por hacerlo.

--No te alebrestes, querido, que tú sabes cómo son esas cosas.

--Claro que lo sé. Y claro que esos trabajos voluntarios tuyos vas a tener que

espaciarlos un poco, porque esta jodedera me saca de quicio. Y óyeme una cosa:

este fin de semana te vas a ver a tu mamá, que cuando ella te falte te vas a dar

cuenta de que una madre no se sustituye con todas las Universidades del planeta...

(continuará)



Augusto Lázaro


@augustodelatorr


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sábado, 27 de septiembre de 2014

EL AULA SUCIA 42

--Es cierto, algunos de nosotros incumplimos nuestra principal tarea, que es asistir a

clases, pero hay que analizar por qué no asistimos, porque lo más fácil es plantear

que somos indisciplinados, poco serios, apáticos...

--Para eso estamos aquí, Alejandro.

--Sí, pero ya nos hemos reunido muchas veces para eso, y el caso es que siempre

nos echan un sermón y nos hacen una promesa que jamás se cumple y nos

proponen un plan que nunca se ejecuta.

--Alejandro tiene razón, profesora. No es la primera vez que nos reunimos las dos

partes para discutir este problema de la incomunicación alumno-profesor.

--De acuerdo, David, pero fíjate que hoy estamos aquí todos los profesores de la

Facultad y algunos invitados, está la Dirección, está el Partido, está la UJC, y están

ustedes, los alumnos, y la FEU. Yo creo que tenemos suficiente marterial humano

para analizar, discutir, buscarle una solución al problema. O a los problemas, si son

varios, como oigo que dicen por ahí.

--Pero yo pienso que los demás problemas se relacionan con éste.

--Bien, bien. Ya comenzamos por oír a los alumnos, después hablaremos nosotros

como profesores, y al final todo el que quiera dar una opinión al respecto. Aquí todo

el mundo va a hablar, todo el mundo va a decir lo que quiera decir, y se van a

plantear todos los problemas que se tengan que plantear. Y ustedes, alumnos,

tiene luz verde. Ustedes me conocen y saben que yo no hablo por hablar.

--Permiso para hablar.

--A ver, Enriqueta, tira tú la primera piedra.

--Mire, profesora, yo pienso que la razón fundamental por la que muchos de nosotros

faltamos a clases es que tenemos varios profesores que no son capaces de

motivarnos. ¿Qué pasa? Que venimos aquí a sentarnos en una silla incómoda, en un

aula calurosa, durante un par de horas, y lo que oímos es una repetición mecánica

de un texto escrito por otro. Y eso no es muy edificante que digamos, ¿no?

--Permiso, profe. Sobre eso que dice Ketty: mejor nos quedamos en la casa, en short

y chancletas, con el libro en la mano y una música suave como fondo, y si tenemos

un buen ventilador a mano, en menos tiempo matamos el gallo y sin pasar trabajos

con el transporte.

--Por eso hay veces que nos sorprenden leyendo una novela en plena clase, porque

mire, usted sabe que hay profesores que lo que hacen es leernos la bibliografía, que

deben sabérsela de memoria, y si acaso comentar algo de lo que viene en el

programa o en el texto y óigame, así no se entusiasma nadie.

--Pero no todos los profesores son así, Ramón.

--Cierto, profe, pero tampoco todos los alumnos faltamos a clases.

--Teresa.

--Yo quiero poner un ejemplo: ¿algunos de ustedes han asistido a una clase de la

profesora Liliana?

--No empiecen conmigo...

--Muchos de nosotros, Tere.

--Pues bien, a que no encuentran una silla vacía en una clase de Liliana. ¿Y por

qué? Pues hay que ir a verla, para que vean cómo hay que dar una clase.

--No te pongas colorada, Liliana, tus alumnos te están haciendo justicia.

--Cojan a otro, muchachos, y suéltenme algún día.

--También es verdad que nosotros llegamos aquí con muchos lastres, porque los

profesores que tuvimos en la enseñanza media no fueron capaces de darnos la

base que se necesita para entrar en la Universidad.

--Y sin embargo, henos aquí.

--Y aquí nos fundimos, o desertamos, o lo que es peor: nos graduamos de todas

maneras, compañeros, y salimos a la calle a hacer barbaridades, o a no hacer

nada, porque eso es otra cosa: aquí el que no deserta se gradúa, todo el mundo se

gradúa, aunque no conozca ni la tabla de multiplicar.

--Tienes razón, David, pero eso es un problema muy complejo, y creo que ustedes,

aunque son muy jóvenes, conocen la historia de la formación de profesores en este

país tras el triunfo de la Revolución, y conocen la herencia que encontró la

Revolución al llegar al poder. Pero no se asusten, no les voy a repetir la historia, no.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer? ¿Sacar de aquí a esos profesores que a juicio de

ustedes no son capaces de motivarlos para que asistan a clases? Eso tendríamos

que analizarlo muy cuidadosamente. Y en todo caso, si sacáramos de aquí a esos

profesores, o a algunos de ellos, ¿a quiénes pondríamos en su lugar? ¿Y a quiénes

ponemos en la enseñanza media? Porque un profesor no se fabrica apretando un

botón.

--Ni con buenos deseos tampoco.

--Bueno, profe, sí, usted tiene razón , pero yo creo que por lo menos habría que ver

por qué se ha llegado a esta situación, cómo empezó a gestarse este problema,

quién o quiénes son culpables... porque esas cosas a nosotros no nos las explican.

--Bueno, Ramón, yo creo que con eso no resolveríamos nada. El mal está hecho, y

tiene raíces muy hondas.

--Cierto, profesora, pero ¿hasta cuándo tenemos que arrastrar ese mal?

--Te confieso que no lo sé, Gelasio. El Partido lo ha analizado, pero el Partido no es

un mago, aunque hay quienes piensan que sí.

--Con permiso. Otra cosa: mire, profe, usted sabe que aquí hay alumnos que pasan

los exámenes y los aprueban, y algunos con muy buenas notas. Pues resulta que son

alumnos que nunca asisten a esas clases de que hablábamos. Copian la materia

por algún compañero, se justifican, vienen, y salen bien. Para mí, eso es una muestra

de que asistir a clases no es imprescindible.

--Bien, compañeros. Yo creo que este asunto de la motivación en las clases, o de la

falta de motivación, no vamos a poder resolverlo aquí ahora, por decreto. Si la

compañera Gabriela me permite...

--Adelante, Elvira.

--Miren: yo creo que se podrían hacer dos cosas: una, permitir que los alumnos no

asistan a clases, como he oido que opinan algunos, pero eso sería inadmisible,

porque... bueno, eso sería apartarse de las normas establecidas... y otra, hacer un

trabajo fuerte con esos profesores que señalan los alumnos... un trabajo político con

ellos, a ver cómo pueden resolver ese problema y mejorar sus clases.

--A ver, Reinaldo.

--Mire, profe, eso que dice la profesora Elvira de faltar a clases autorizadamente..,.

--No, Reinaldo, ya yo aclaré que eso sería inadmisible, porque...

--Perdóneme, déjeme aclarar bien. Mire, faltar a clases a mí me parece que no sería

la mejor solución. No, no sería la mejor solución. Yo creo que si eso se autoriza, las

aulas se quedarán vacías... ¿Se ríen? Pero en fin, yo lo que creo es que se podrían

hacer exámenes, oposiciones, pruebas, evaluaciones, no sé, algo que permita que

sólo los profesores que están verdaderamente capacitados sean profesores de la

Universidad.

--Bueno, ¿qué opinan los de la mesa?

--Eso me parece una idea descabellada. Es irrealizable.

--Yo no sé cómo podría hacerse eso. Primero tendría que aprobarlo el Ministerio,

claro.

--Sí, eso sería lo ideal, pensándolo bien, pero... lo que tú señalabas: ¿qué haríamos

con esos profesores que quedaran fuera? Porque eso es un problema muy, pero muy

delicado.

--No sólo delicado, eso es un problema ético, social, político... hasta económico.

--Vamos a ver: lo que dice Marnia me parece correcto, eso es un problema muy

delicado, compañeros, hay que pensar muy bien las cosas, no soltarlas así como

así. Hay que hacer un informe sobre todas estas cosas, de todas estas ideas, de las

proposiciones, a ver. Y hay que elevarlo enseguida.

--Permiso. Elevarlo, pero defendiendo nuestra posición, profe, porque siempre que

elevamos algo, aunque lo hagamos con cien firmas, si hay un funcionario de esos en

las altas esferas que no está de acuerdo, lo plancha.

--Raúl tiene razón, compañeros. Pero hay que hacer algo, porque nuestra

Universidad se está convirtiendo en una escuela nacional.

--Bueno, bueno, está bien. Hay otras cosas... por aquí tengo muchas notas, muchas...

--Permiso, profesora. Una cosa que también nos golpea mucho: la comunicación del

profesor con sus alumnos depende mucho, a mi modo de ver, de la confianza que

esos alumnos tengan en el profesor. Y vamos a llamar a las cosas por sus nombres,

¿eh? ¿Qué confianza se puede tener en un profesor que dice las cosas a medias, o

que incluso oculta las cosas?

--Explícate, Orlando, que eso no está claro.

--Miren, compañeros: a veces yo mismo le he preguntado algo a algún profesor,

algo sobre un asunto que no se nos ha informado oficialmente, pero que todo el

mundo conoce por comentarios que siempre se hacen en los pasillos, por rumores,

por...

--Si pusieras un ejemplo concreto ganaríamos en claridad.

--Pues lo pongo, profesora. Miren: cuando aquí se decidió, no sé por qué ni por quién

sacar al profesor Pardo de la Universidad, no se nos informó nada, absolutamente

nada. Me refiero a cuando se tomó esa decisión, porque después sí se nos dijo...

--Sí, después, cuando hasta por las emisoras extranjeras estaban comentando la

noticia.

--Bueno, bueno, compañeros, no vamos a exagerar. Sigue, Orlando.

--Bueno, mi ejemplo: le pregunté a la profesora Elvira, aquí presente, como ella es la

Secretaria del Núcleo del Partido de Literatura, y ¿saben lo que me contestó?

--Sí, lo sabemos, te contestó que eso era un problema político y que no debía

discutirse en las aulas.

--¿Fue así o no fue así, compañera Elvira?

--Fue así. A mí me orientaron que si me preguntaran contestara eso.

--Por favor, hagan silencio, compañeros. Yo misma se lo orienté en la reunión del

Partido, Orlando. Eso fue lo que se determinó en aquel momento. Después, todos

tuvieron la información.

--Pues ahí lo tiene, profesora. Yo me pregunto: ¿por qué tenemos que esperar y

esperar, y enterarnos por fuentes ajenas a la Universidad? Oiganlo bien: ajenas a la

Universidad, sobre cosas que ocurren aquí, en la Universidad. ¿No es mejor decirlo

todo enseguida y así evitar las bolas, los rumores, hasta los inventos?

--Y lo que es peor, que si nos cogen comentando eso, Dios nos libre, hasta nos

pueden acusar de diversionismo ideológico.

--Ramón, que no es para tanto.

--Porque usted, compañero Oscar, como profesor, nunca ha tenido que soportar

que en un aula le echen una descarga por estar haciendo comentarios sobre los

problemas no aclarados oficialmente.

--¿Y quién tiene la culpa? ¿Por qué no han sido aclarados?

--Yo creo que ustedes tienen razón, muchachos. Yo por lo menos estoy de acuerdo

en que siempre hay que darles una respuesta clara a todas las preguntas, a menos

que no sepamos la respuesta, y en ese caso podemos remitir a quien pregunta a

alguien que sí la sepa.

--Yo no estoy de acuerdo contigo, Oscar. Yo, como profesora, no creo que los

alumnos tengan que conocerlo todo. ¿O es que aquí no hay cosas reservadas, o

incluso secretas? Cosas que no tiene por qué conocerlas todo el mundo.

--Discrepo con usted, profesora. Pienso que lo que se oculta no es honesto ni

ayuda.

--Silencio, compañeros, silencio. A ver, Enriqueta.

--Pienso igual que David. Lo que se oculta hace más daño que lo que se divulga.

Por lo menos aquí en la Universidad.

--Vamos a hacer silencio...

--Lo que pasa es que hay miedo de plantearle las cosas a los alumnos.

--¿Miedo a qué, Teresa? Aclara eso, por favor.

--Miedo, profesora. Hay miedo, y lo digo con toda responsabilidad.

--Yo estoy de acuerdo con Tere. Aquí hay miedo, señores. ¿Y saben lo que yo pienso

de todo esto? Pues yo pienso que quien tiene miedo sencillamente no está seguro de

su ideología.

--Si no hacemos silencio, si no pedimos la palabra, no podemos entendernos,

compañeros. ¡Por favor!

--Permiso, profe.

--A ver, Raúl.

--Miren, compañeros, aquí llevamos mucho tiempo cometiendo el mismo error. Yo le

hago esa crítica al Partido y a la dirección de la Universidad. Mucho secreteo,

mucho misterio, y eso no ayuda. Hay miedo a plantear las cosas claramente. ¿Por

qué? ¿Es que se hacen cosas mal hechas? Porque si yo estoy convencido de que

estoy haciendo algo justo y correcto, no tengo por qué tener miedo a decirlo, ni a

hacerlo.

--Opino igual que Raúl. El caso de ese profesor es un ejemplo diáfano. Se sacó de

aquí por problemas políticos, según se nos informó cuando el chisme hizo crisis. Pero

¿qué problemas políticos? Porque eso es otra cosa: está de moda eso de

encasquetarle a cualquiera que tiene problemas políticos, y muchas veces el tipo

no tiene ningún tipo de problemas.

--No, muchas veces el que los tiene es el que se los encasqueta.

--Te quedó bien eso, Gerardo.

--Bueno, eso sucede lo mismo con profesores que con alumnos.

--Sí, pero con los alumnos sucede mucho más, y mucho más frecuentemente.

--Señores, eso es muy delicado, hay que tener mucho cuidado, porque eso invalida

a cualquier ciudadano en este país.

--¿Y tú crees, Marnia, que los problemas políticos no tienen importancia?

--Yo creo que sí la tienen, Gabriela, pero también creo que primero habría que

determinar cuáles son esos problemas, porque mira, ahora mismo aquí estamos

planteando cosas que si las planteáramos en alguna reunión no oficial nos crearían

problemas políticos. Es un ejemplo, claro.

--Yo no creo que nada que se haya planteado aquí pueda crearle a nadie

problemas políticos.

--Permiso. usted no lo cree, profe, porque aquí lo estamos planteando en una

reunión oficial, como dijo la profesora Marnia, y en presencia del Partido. Otra cosa

sería que alguno de nosotros hiciera esos comentarios en privado.

--Mira, Elena, yo creo que este tipo de comentarios no tiene por qué hacerse en

privado.

--Por favor, compañeros, vamos a pedir la palabra.

--Discrepo con usted, profesora. Yo creo que cualquier persona tiene derecho a

hablar de lo que le parezca, ¿no? En su casa, en la calle, en la Universidad. ¿O es

que se le va a decir a la gente lo que puede y lo que no puede hablar en privado?

--Por favor, que hace rato que tengo la mano levantada.

--Sí, Pedro.

--La cuestión, compañeros, radica en eso que planteó Elisa: el Partido controla todo

lo que se puede o no se puede decir y comentar. Eso es todo. Y a mí eso me parece

un tremendo error.

--No estoy de acuerdo contigo, Pedro. El Partido no obliga a nadie a decir esto o

aquello. El Partido no es un instrumento represivo, como algunos de ustedes

pretenden hacer creer.

--Bien, compañeros, un poco de calma, ¿eh? A ver, Clarita.

--No, yo sólo quería decir que los problemas no pueden resolverse con teques. A

nosotros, a estas alturas, me parece que eso es una muestra de inmadurez de quien

los da.

--Correcto, Clarita, estoy contigo en eso.

--Es que yo no comprendo cómo es que todavía hay profesores que cuando se ven

en un aprieto cuando les hacemos preguntas de las que llaman capciosas, y eso,

apelan al teque, al patriotismo, como si con eso fueran a salir del paso, como si con

eso fueran a convencernos de lo que no estamos convencidos.

--¿De la mesa?

--Yo, por ejemplo... bueno, ustedes me conocen, yo no soy amiga de dar teques, no,

pero pienso que los alumnos no tienen por qué manejar todos los problemas que

maneja el Partido. No sólo los alumnos, ni siquiera todo el profesorado. Y me parece

que con eso no se ofende a nadie, no se humilla a nadie. El Partido tiene sus propios

problemas, sus propios asuntos, que considera que no todos deben ser del dominio

público. Creo que tiene ese derecho, ¿no? ¿Por qué tenemos que publicar esos

asuntos en la prensa?

--Sí, compañera Ada, pero entonces... ¿cómo encontramos nosotros explicaciones

autorizadas ante ciertas circunstancias políticas que no se publican en la prensa?

--¿Por ejemplo?

--Por ejemplo, un problema de índole internacional que no se haya publicado aquí,

pero sí en el extranjero.

--Permiso, profesora. Mire, perdóneme, pero yo creo que no hay que controlar ni

orientar nada. Sencillamente, que cada profesor piense con su cerebro y exponga

sus ideas, que conteste lo que él crea que debe contestar, de acuerdo a esas ideas,

no a las ideas de otros, que pueden estar equivocadas, ¿no? Porque cualquiera

puede equivocarse. O sea, cada cual que emita su opinión. La polémica a mí me

parece que redundaría más en beneficios colectivos que el esquematismo, la duda,

el temor...

--Chico, lo que tú quieres es implantar la anarquía.

--Yo no quiero implantar la anarquía, yo lo que quiero es que se me respete y se me

trate como a un ser humano pensante que soy y no como a un mongólico, como a

una marioneta.

--Por favor, compañeros, por favor, hagan silencio. Así no podemos continuar la

discusión. Hagan silencio y pidan la palabra. A ver, los compañeros de la mesa.

--Yo creo que esta reunión ha perdido sus objetivos, Gabriela.

--Oscar.

--Bueno, yo creo que podemos continuar, pero... es que me parece que los alumnos

están muy excitados, no sé...

--Doctora Morell, usted no ha dicho una palabra.

--Yo opino exactamente igual que Oscar.

--¿Alguien más? Los alumnos... sobre el mismo tema... allá atrás hay una especie de

miniasamblea, vamos a ver.

--Con permiso, profe. No, es que estábamos discutiendo aquí... no sólo las críticas

deben estar dirigidas a nuestros profesores, muchos de nosotros no deberíamos estar

aquí, estudiando en la Universidad... realmente creo que no estábamos preparados.

--Silencio, compañeros. Pidan la palabra. Reinaldo.

--Para ser justos tendríamos que depurar las filas de las dos partes.

--Yo creo que nos estamos desviando del asunto principal.

--Sí, yo estoy de acuerdo con Elvira, porque en definitivas, los que ya estamos aquí

vamos a continuar aquí, lo mismo profesores que alumnos. Por eso lo que tenemos

que hacer es resolver la situación con los que estamos y para los que estamos.

--De acuerdo.

--¿Más opiniones?

--Todo es importante, compañeros, porque miren: nosotros vamos a graduarnos y

vamos a salir de aquí, a trabajar, sin tener realmente una gran capacidad para

desempeñar un buen papel y contribuir al desarrollo del país, y eso no es más que

un globo.

--Alejandro, estabas calladito.

--Permiso, compañeros. Sí, eso es lo que sucede: un globo, lo que se maneja con

números fríos, y que no refleja de verdad la situación de la enseñanza universitaria

en nuestro país.

--Bien, bien. Primero hay que dejar bien claro eso de no decir las cosas, de ocultarlas

y de no dar respuestas, etc. Eso que ustedes plantearon. Miren: lo primero que

ustedes tienen que hacer es participar más activamente en esta lucha por mejorar

nuestra Universidad. Porque, tengo que decirlo aquí: ustedes no hacen nada

preguntando y recibiendo evasivas o teques. ¿No piensan lo mismo? Ustedes tienen

que exigir, protestar, plantear las cosas al nivel que sea necesario... ah, sí, pero

exigiéndose también ustedes mismos, siendo parte activa de esta lucha, haciendo

suyas todas las tareas del Partido, de la UJC, de la FEU, en fin, las tareas comunes

que en definitivas van a ayudar a mejorar nuestra enseñanza. Asumir su papel de

verdad, no sólo preguntando o cuestionando, formar parte de ese todo cuando ese

todo que somos tenga una victoria o un revés, y sentirse responsables ante cada

victoria y cada revés. Y entonces exigirnos más después, con moral, con

conocimiento de causa. Porque fíjense: si un profesor, citando un ejemplo anterior,

les da una respuesta ambigua o evasiva, como dicen ustedes, o les dispara un teque

que yo creo que tampoco es lo mejor, y ustedes se quedan tranquilos, callados,

hablando entre sí en los pasillos...

--Perdone, profe, pero es que a veces llevamos estos problemas a la UJC o al mismo

Partido y en ambas instancias nos dicen que eso se discutirá después, en su

oportunidad, y el caso es que pasa el tiempo y esa oportunidad no acaba de llegar,

y solamente cuando el problema hace crisis el Partido toma partido, y valga la

redundancia, y entonces se nos aclara la situación.

--O se intenta aclararnos la situación, Ramón, porque no siempre se logra. Como dijo

la profesora, el Partido no es un mago, ¿verdad?

--Yo creo que las ironías no conducen a nada, Gelasio.

--No son ironías, profesora, yo...

--Compañeros, vamos a referirnos a lo que estamos discutiendo. Vamos a dejar los

malos entendidos aparte.

--Por mí...

--No, compañera, los malos entendidos hay que hacerlos buenos.

--Bien, bien... A ver... ¿alguien más?

--Yo pregunto: y si nadie nos aclara una duda, una inquietud, ¿qué hacemos?

--Mira, Raúl, como profesor y como militante del Partido te digo que no existe nada

que no pueda aclararse. Además, yo estoy en la mejor disposición de atenderlos a

todos y de aclararles cuantas dudas tengan, siempre que estén al alcance de mi

cerebro, ¿no?, de mis conocimientos, que tampoco soy Leonardo da Vinci, ¿eh?

Pero si nadie les resuelve, vengan conmigo, ya verán que no tienen necesidad de

oír a ninguna emisora extranjera.

--¡Bravo por Oscar!

--Bueno, pero... supongamos que se nos aclara y que no estamos de acuerdo con

esa aclaración o con esa explicación que nos den, o con la medida, no sé...

--Silencio, compañeros. Vamos a pedir la palabra.

--Pues Ketty tiene razón, porque mire, yo estoy seguro de que usted, de que ustedes

todos nos darán la orientación correcta, sí, pero siempre desde el punto de vista del

Partido, ¿no? Pero como dijo Ketty: si no estamos de acuerdo...

--Pero muchacho, ¿cómo no van a estar de acuerdo con una orientación del

Partido?

--Mire, profesora, le voy a decir una cosa: ni el Partido ni usted ni ninguno de los

que estamos aquí somos infalibles, ¿no? Y nosotros, como seres pensantes, podemos

discrepar. ¿O no podemos?

--Vamos a hacer silencio, por favor.

--Yo creo que esta reunión se debe suspender, Gabriela.

--¿Suspenderse? ¿Por qué?

--Mira, Gabriela, tú que estás dirigiendo esta reunión, si se va a poner en entredicho

la opinión del Partido, yo me voy de aquí.

--Mire, profesora, eso no fue lo que...

--Cálmate, Elvira, que tú también estás un poco alterada.  Yo creo que todos

estamos un poco alterados, ¿no? Bueno, Enriqueta tiene derecho a discrepar, Elvira,

y nosotros a sacarla de su error. Vamos a ver si podemos entendernos. A ver,

compañeros, ¿alguien más quiere opinar sobre este asunto?

--Perdóneme, profesora, pero a mí me parece que no es ningún crimen no estar de

acuerdo con alguna orientación del Partido. No sé los demás.

--Yo creo que es normal, no se puede estar de acuerdo con todo, ¿o vamos a seguir

con esa falsa unanimidad?

--Señores, yo creo, y que me perdone la compañera del núcleo, que se ha hecho

una tragedia de una simple opinión contraria, que como dijo David, es lo más

normal que existe. Miren: mi marido y yo tenemos discrepancias, y algunas muy

serias, y a veces hasta nos fajamos allá en la casa... no se rían, que esto es muy serio.

Pues bie--Es cierto, algunos de nosotros incumplimos nuestra principal tarea, que es asistir a

clases, pero hay que analizar por qué no asistimos, porque lo más fácil es plantear

que somos indisciplinados, poco serios, apáticos...

--Para eso estamos aquí, Alejandro.

--Sí, pero ya nos hemos reunido muchas veces para eso, y el caso es que siempre

nos echan un sermón y nos hacen una promesa que jamás se cumple y nos

proponen un plan que nunca se ejecuta.

--Alejandro tiene razón, profesora. No es la primera vez que nos reunimos las dos

partes para discutir este problema de la incomunicación alumno-profesor.

--De acuerdo, David, pero fíjate que hoy estamos aquí todos los profesores de la

Facultad y algunos invitados, está la Dirección, está el Partido, está la UJC, y están

ustedes, los alumnos, y la FEU. Yo creo que tenemos suficiente marterial humano

para analizar, discutir, buscarle una solución al problema. O a los problemas, si son

varios, como oigo que dicen por ahí.

--Pero yo pienso que los demás problemas se relacionan con éste.

--Bien, bien. Ya comenzamos por oír a los alumnos, después hablaremos nosotros

como profesores, y al final todo el que quiera dar una opinión al respecto. Aquí todo

el mundo va a hablar, todo el mundo va a decir lo que quiera decir, y se van a

plantear todos los problemas que se tengan que plantear. Y ustedes, alumnos,

tiene luz verde. Ustedes me conocen y saben que yo no hablo por hablar.

--Permiso para hablar.

--A ver, Enriqueta, tira tú la primera piedra.

--Mire, profesora, yo pienso que la razón fundamental por la que muchos de nosotros

faltamos a clases es que tenemos varios profesores que no son capaces de

motivarnos. ¿Qué pasa? Que venimos aquí a sentarnos en una silla incómoda, en un

aula calurosa, durante un par de horas, y lo que oímos es una repetición mecánica

de un texto escrito por otro. Y eso no es muy edificante que digamos, ¿no?

--Permiso, profe. Sobre eso que dice Ketty: mejor nos quedamos en la casa, en short

y chancletas, con el libro en la mano y una música suave como fondo, y si tenemos

un buen ventilador a mano, en menos tiempo matamos el gallo y sin pasar trabajos

con el transporte.

--Por eso hay veces que nos sorprenden leyendo una novela en plena clase, porque

mire, usted sabe que hay profesores que lo que hacen es leernos la bibliografía, que

deben sabérsela de memoria, y si acaso comentar algo de lo que viene en el

programa o en el texto y óigame, así no se entusiasma nadie.

--Pero no todos los profesores son así, Ramón.

--Cierto, profe, pero tampoco todos los alumnos faltamos a clases.

--Teresa.

--Yo quiero poner un ejemplo: ¿algunos de ustedes han asistido a una clase de la

profesora Liliana?

--No empiecen conmigo...

--Muchos de nosotros, Tere.

--Pues bien, a que no encuentran una silla vacía en una clase de Liliana. ¿Y por

qué? Pues hay que ir a verla, para que vean cómo hay que dar una clase.

--No te pongas colorada, Liliana, tus alumnos te están haciendo justicia.

--Cojan a otro, muchachos, y suéltenme algún día.

--También es verdad que nosotros llegamos aquí con muchos lastres, porque los

profesores que tuvimos en la enseñanza media no fueron capaces de darnos la

base que se necesita para entrar en la Universidad.

--Y sin embargo, henos aquí.

--Y aquí nos fundimos, o desertamos, o lo que es peor: nos graduamos de todas

maneras, compañeros, y salimos a la calle a hacer barbaridades, o a no hacer

nada, porque eso es otra cosa: aquí el que no deserta se gradúa, todo el mundo se

gradúa, aunque no conozca ni la tabla de multiplicar.

--Tienes razón, David, pero eso es un problema muy complejo, y creo que ustedes,

aunque son muy jóvenes, conocen la historia de la formación de profesores en este

país tras el triunfo de la Revolución, y conocen la herencia que encontró la

Revolución al llegar al poder. Pero no se asusten, no les voy a repetir la historia, no.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer? ¿Sacar de aquí a esos profesores que a juicio de

ustedes no son capaces de motivarlos para que asistan a clases? Eso tendríamos

que analizarlo muy cuidadosamente. Y en todo caso, si sacáramos de aquí a esos

profesores, o a algunos de ellos, ¿a quiénes pondríamos en su lugar? ¿Y a quiénes

ponemos en la enseñanza media? Porque un profesor no se fabrica apretando un

botón.

--Ni con buenos deseos tampoco.

--Bueno, profe, sí, usted tiene razón , pero yo creo que por lo menos habría que ver

por qué se ha llegado a esta situación, cómo empezó a gestarse este problema,

quién o quiénes son culpables... porque esas cosas a nosotros no nos las explican.

--Bueno, Ramón, yo creo que con eso no resolveríamos nada. El mal está hecho, y

tiene raíces muy hondas.

--Cierto, profesora, pero ¿hasta cuándo tenemos que arrastrar ese mal?

--Te confieso que no lo sé, Gelasio. El Partido lo ha analizado, pero el Partido no es

un mago, aunque hay quienes piensan que sí.

--Con permiso. Otra cosa: mire, profe, usted sabe que aquí hay alumnos que pasan

los exámenes y los aprueban, y algunos con muy buenas notas. Pues resulta que son

alumnos que nunca asisten a esas clases de que hablábamos. Copian la materia

por algún compañero, se justifican, vienen, y salen bien. Para mí, eso es una muestra

de que asistir a clases no es imprescindible.

--Bien, compañeros. Yo creo que este asunto de la motivación en las clases, o de la

falta de motivación, no vamos a poder resolverlo aquí ahora, por decreto. Si la

compañera Gabriela me permite...

--Adelante, Elvira.

--Miren: yo creo que se podrían hacer dos cosas: una, permitir que los alumnos no

asistan a clases, como he oido que opinan algunos, pero eso sería inadmisible,

porque... bueno, eso sería apartarse de las normas establecidas... y otra, hacer un

trabajo fuerte con esos profesores que señalan los alumnos... un trabajo político con

ellos, a ver cómo pueden resolver ese problema y mejorar sus clases.

--A ver, Reinaldo.

--Mire, profe, eso que dice la profesora Elvira de faltar a clases autorizadamente..,.

--No, Reinaldo, ya yo aclaré que eso sería inadmisible, porque...

--Perdóneme, déjeme aclarar bien. Mire, faltar a clases a mí me parece que no sería

la mejor solución. No, no sería la mejor solución. Yo creo que si eso se autoriza, las

aulas se quedarán vacías... ¿Se ríen? Pero en fin, yo lo que creo es que se podrían

hacer exámenes, oposiciones, pruebas, evaluaciones, no sé, algo que permita que

sólo los profesores que están verdaderamente capacitados sean profesores de la

Universidad.

--Bueno, ¿qué opinan los de la mesa?

--Eso me parece una idea descabellada. Es irrealizable.

--Yo no sé cómo podría hacerse eso. Primero tendría que aprobarlo el Ministerio,

claro.

--Sí, eso sería lo ideal, pensándolo bien, pero... lo que tú señalabas: ¿qué haríamos

con esos profesores que quedaran fuera? Porque eso es un problema muy, pero muy

delicado.

--No sólo delicado, eso es un problema ético, social, político... hasta económico.

--Vamos a ver: lo que dice Marnia me parece correcto, eso es un problema muy

delicado, compañeros, hay que pensar muy bien las cosas, no soltarlas así como

así. Hay que hacer un informe sobre todas estas cosas, de todas estas ideas, de las

proposiciones, a ver. Y hay que elevarlo enseguida.

--Permiso. Elevarlo, pero defendiendo nuestra posición, profe, porque siempre que

elevamos algo, aunque lo hagamos con cien firmas, si hay un funcionario de esos en

las altas esferas que no está de acuerdo, lo plancha.

--Raúl tiene razón, compañeros. Pero hay que hacer algo, porque nuestra

Universidad se está convirtiendo en una escuela nacional.

--Bueno, bueno, está bien. Hay otras cosas... por aquí tengo muchas notas, muchas...

--Permiso, profesora. Una cosa que también nos golpea mucho: la comunicación del

profesor con sus alumnos depende mucho, a mi modo de ver, de la confianza que

esos alumnos tengan en el profesor. Y vamos a llamar a las cosas por sus nombres,

¿eh? ¿Qué confianza se puede tener en un profesor que dice las cosas a medias, o

que incluso oculta las cosas?

--Explícate, Orlando, que eso no está claro.

--Miren, compañeros: a veces yo mismo le he preguntado algo a algún profesor,

algo sobre un asunto que no se nos ha informado oficialmente, pero que todo el

mundo conoce por comentarios que siempre se hacen en los pasillos, por rumores,

por...

--Si pusieras un ejemplo concreto ganaríamos en claridad.

--Pues lo pongo, profesora. Miren: cuando aquí se decidió, no sé por qué ni por quién

sacar al profesor Pardo de la Universidad, no se nos informó nada, absolutamente

nada. Me refiero a cuando se tomó esa decisión, porque después sí se nos dijo...

--Sí, después, cuando hasta por las emisoras extranjeras estaban comentando la

noticia.

--Bueno, bueno, compañeros, no vamos a exagerar. Sigue, Orlando.

--Bueno, mi ejemplo: le pregunté a la profesora Elvira, aquí presente, como ella es la

Secretaria del Núcleo del Partido de Literatura, y ¿saben lo que me contestó?

--Sí, lo sabemos, te contestó que eso era un problema político y que no debía

discutirse en las aulas.

--¿Fue así o no fue así, compañera Elvira?

--Fue así. A mí me orientaron que si me preguntaran contestara eso.

--Por favor, hagan silencio, compañeros. Yo misma se lo orienté en la reunión del

Partido, Orlando. Eso fue lo que se determinó en aquel momento. Después, todos

tuvieron la información.

--Pues ahí lo tiene, profesora. Yo me pregunto: ¿por qué tenemos que esperar y

esperar, y enterarnos por fuentes ajenas a la Universidad? Oiganlo bien: ajenas a la

Universidad, sobre cosas que ocurren aquí, en la Universidad. ¿No es mejor decirlo

todo enseguida y así evitar las bolas, los rumores, hasta los inventos?

--Y lo que es peor, que si nos cogen comentando eso, Dios nos libre, hasta nos

pueden acusar de diversionismo ideológico.

--Ramón, que no es para tanto.

--Porque usted, compañero Oscar, como profesor, nunca ha tenido que soportar

que en un aula le echen una descarga por estar haciendo comentarios sobre los

problemas no aclarados oficialmente.

--¿Y quién tiene la culpa? ¿Por qué no han sido aclarados?

--Yo creo que ustedes tienen razón, muchachos. Yo por lo menos estoy de acuerdo

en que siempre hay que darles una respuesta clara a todas las preguntas, a menos

que no sepamos la respuesta, y en ese caso podemos remitir a quien pregunta a

alguien que sí la sepa.

--Yo no estoy de acuerdo contigo, Oscar. Yo, como profesora, no creo que los

alumnos tengan que conocerlo todo. ¿O es que aquí no hay cosas reservadas, o

incluso secretas? Cosas que no tiene por qué conocerlas todo el mundo.

--Discrepo con usted, profesora. Pienso que lo que se oculta no es honesto ni

ayuda.

--Silencio, compañeros, silencio. A ver, Enriqueta.

--Pienso igual que David. Lo que se oculta hace más daño que lo que se divulga.

Por lo menos aquí en la Universidad.

--Vamos a hacer silencio...

--Lo que pasa es que hay miedo de plantearle las cosas a los alumnos.

--¿Miedo a qué, Teresa? Aclara eso, por favor.

--Miedo, profesora. Hay miedo, y lo digo con toda responsabilidad.

--Yo estoy de acuerdo con Tere. Aquí hay miedo, señores. ¿Y saben lo que yo pienso

de todo esto? Pues yo pienso que quien tiene miedo sencillamente no está seguro de

su ideología.

--Si no hacemos silencio, si no pedimos la palabra, no podemos entendernos,

compañeros. ¡Por favor!

--Permiso, profe.

--A ver, Raúl.

--Miren, compañeros, aquí llevamos mucho tiempo cometiendo el mismo error. Yo le

hago esa crítica al Partido y a la dirección de la Universidad. Mucho secreteo,

mucho misterio, y eso no ayuda. Hay miedo a plantear las cosas claramente. ¿Por

qué? ¿Es que se hacen cosas mal hechas? Porque si yo estoy convencido de que

estoy haciendo algo justo y correcto, no tengo por qué tener miedo a decirlo, ni a

hacerlo.

--Opino igual que Raúl. El caso de ese profesor es un ejemplo diáfano. Se sacó de

aquí por problemas políticos, según se nos informó cuando el chisme hizo crisis. Pero

¿qué problemas políticos? Porque eso es otra cosa: está de moda eso de

encasquetarle a cualquiera que tiene problemas políticos, y muchas veces el tipo

no tiene ningún tipo de problemas.

--No, muchas veces el que los tiene es el que se los encasqueta.

--Te quedó bien eso, Gerardo.

--Bueno, eso sucede lo mismo con profesores que con alumnos.

--Sí, pero con los alumnos sucede mucho más, y mucho más frecuentemente.

--Señores, eso es muy delicado, hay que tener mucho cuidado, porque eso invalida

a cualquier ciudadano en este país.

--¿Y tú crees, Marnia, que los problemas políticos no tienen importancia?

--Yo creo que sí la tienen, Gabriela, pero también creo que primero habría que

determinar cuáles son esos problemas, porque mira, ahora mismo aquí estamos

planteando cosas que si las planteáramos en alguna reunión no oficial nos crearían

problemas políticos. Es un ejemplo, claro.

--Yo no creo que nada que se haya planteado aquí pueda crearle a nadie

problemas políticos.

--Permiso. usted no lo cree, profe, porque aquí lo estamos planteando en una

reunión oficial, como dijo la profesora Marnia, y en presencia del Partido. Otra cosa

sería que alguno de nosotros hiciera esos comentarios en privado.

--Mira, Elena, yo creo que este tipo de comentarios no tiene por qué hacerse en

privado.

--Por favor, compañeros, vamos a pedir la palabra.

--Discrepo con usted, profesora. Yo creo que cualquier persona tiene derecho a

hablar de lo que le parezca, ¿no? En su casa, en la calle, en la Universidad. ¿O es

que se le va a decir a la gente lo que puede y lo que no puede hablar en privado?

--Por favor, que hace rato que tengo la mano levantada.

--Sí, Pedro.

--La cuestión, compañeros, radica en eso que planteó Elisa: el Partido controla todo

lo que se puede o no se puede decir y comentar. Eso es todo. Y a mí eso me parece

un tremendo error.

--No estoy de acuerdo contigo, Pedro. El Partido no obliga a nadie a decir esto o

aquello. El Partido no es un instrumento represivo, como algunos de ustedes

pretenden hacer creer.

--Bien, compañeros, un poco de calma, ¿eh? A ver, Clarita.

--No, yo sólo quería decir que los problemas no pueden resolverse con teques. A

nosotros, a estas alturas, me parece que eso es una muestra de inmadurez de quien

los da.

--Correcto, Clarita, estoy contigo en eso.

--Es que yo no comprendo cómo es que todavía hay profesores que cuando se ven

en un aprieto cuando les hacemos preguntas de las que llaman capciosas, y eso,

apelan al teque, al patriotismo, como si con eso fueran a salir del paso, como si con

eso fueran a convencernos de lo que no estamos convencidos.

--¿De la mesa?

--Yo, por ejemplo... bueno, ustedes me conocen, yo no soy amiga de dar teques, no,

pero pienso que los alumnos no tienen por qué manejar todos los problemas que

maneja el Partido. No sólo los alumnos, ni siquiera todo el profesorado. Y me parece

que con eso no se ofende a nadie, no se humilla a nadie. El Partido tiene sus propios

problemas, sus propios asuntos, que considera que no todos deben ser del dominio

público. Creo que tiene ese derecho, ¿no? ¿Por qué tenemos que publicar esos

asuntos en la prensa?

--Sí, compañera Ada, pero entonces... ¿cómo encontramos nosotros explicaciones

autorizadas ante ciertas circunstancias políticas que no se publican en la prensa?

--¿Por ejemplo?

--Por ejemplo, un problema de índole internacional que no se haya publicado aquí,

pero sí en el extranjero.

--Permiso, profesora. Mire, perdóneme, pero yo creo que no hay que controlar ni

orientar nada. Sencillamente, que cada profesor piense con su cerebro y exponga

sus ideas, que conteste lo que él crea que debe contestar, de acuerdo a esas ideas,

no a las ideas de otros, que pueden estar equivocadas, ¿no? Porque cualquiera

puede equivocarse. O sea, cada cual que emita su opinión. La polémica a mí me

parece que redundaría más en beneficios colectivos que el esquematismo, la duda,

el temor...

--Chico, lo que tú quieres es implantar la anarquía.

--Yo no quiero implantar la anarquía, yo lo que quiero es que se me respete y se me

trate como a un ser humano pensante que soy y no como a un mongólico, como a

una marioneta.

--Por favor, compañeros, por favor, hagan silencio. Así no podemos continuar la

discusión. Hagan silencio y pidan la palabra. A ver, los compañeros de la mesa.

--Yo creo que esta reunión ha perdido sus objetivos, Gabriela.

--Oscar.

--Bueno, yo creo que podemos continuar, pero... es que me parece que los alumnos

están muy excitados, no sé...

--Doctora Morell, usted no ha dicho una palabra.

--Yo opino exactamente igual que Oscar.

--¿Alguien más? Los alumnos... sobre el mismo tema... allá atrás hay una especie de

miniasamblea, vamos a ver.

--Con permiso, profe. No, es que estábamos discutiendo aquí... no sólo las críticas

deben estar dirigidas a nuestros profesores, muchos de nosotros no deberíamos estar

aquí, estudiando en la Universidad... realmente creo que no estábamos preparados.

--Silencio, compañeros. Pidan la palabra. Reinaldo.

--Para ser justos tendríamos que depurar las filas de las dos partes.

--Yo creo que nos estamos desviando del asunto principal.

--Sí, yo estoy de acuerdo con Elvira, porque en definitivas, los que ya estamos aquí

vamos a continuar aquí, lo mismo profesores que alumnos. Por eso lo que tenemos

que hacer es resolver la situación con los que estamos y para los que estamos.

--De acuerdo.

--¿Más opiniones?

--Todo es importante, compañeros, porque miren: nosotros vamos a graduarnos y

vamos a salir de aquí, a trabajar, sin tener realmente una gran capacidad para

desempeñar un buen papel y contribuir al desarrollo del país, y eso no es más que

un globo.

--Alejandro, estabas calladito.

--Permiso, compañeros. Sí, eso es lo que sucede: un globo, lo que se maneja con

números fríos, y que no refleja de verdad la situación de la enseñanza universitaria

en nuestro país.

--Bien, bien. Primero hay que dejar bien claro eso de no decir las cosas, de ocultarlas

y de no dar respuestas, etc. Eso que ustedes plantearon. Miren: lo primero que

ustedes tienen que hacer es participar más activamente en esta lucha por mejorar

nuestra Universidad. Porque, tengo que decirlo aquí: ustedes no hacen nada

preguntando y recibiendo evasivas o teques. ¿No piensan lo mismo? Ustedes tienen

que exigir, protestar, plantear las cosas al nivel que sea necesario... ah, sí, pero

exigiéndose también ustedes mismos, siendo parte activa de esta lucha, haciendo

suyas todas las tareas del Partido, de la UJC, de la FEU, en fin, las tareas comunes

que en definitivas van a ayudar a mejorar nuestra enseñanza. Asumir su papel de

verdad, no sólo preguntando o cuestionando, formar parte de ese todo cuando ese

todo que somos tenga una victoria o un revés, y sentirse responsables ante cada

victoria y cada revés. Y entonces exigirnos más después, con moral, con

conocimiento de causa. Porque fíjense: si un profesor, citando un ejemplo anterior,

les da una respuesta ambigua o evasiva, como dicen ustedes, o les dispara un teque

que yo creo que tampoco es lo mejor, y ustedes se quedan tranquilos, callados,

hablando entre sí en los pasillos...

--Perdone, profe, pero es que a veces llevamos estos problemas a la UJC o al mismo

Partido y en ambas instancias nos dicen que eso se discutirá después, en su

oportunidad, y el caso es que pasa el tiempo y esa oportunidad no acaba de llegar,

y solamente cuando el problema hace crisis el Partido toma partido, y valga la

redundancia, y entonces se nos aclara la situación.

--O se intenta aclararnos la situación, Ramón, porque no siempre se logra. Como dijo

la profesora, el Partido no es un mago, ¿verdad?

--Yo creo que las ironías no conducen a nada, Gelasio.

--No son ironías, profesora, yo...

--Compañeros, vamos a referirnos a lo que estamos discutiendo. Vamos a dejar los

malos entendidos aparte.

--Por mí...

--No, compañera, los malos entendidos hay que hacerlos buenos.

--Bien, bien... A ver... ¿alguien más?

--Yo pregunto: y si nadie nos aclara una duda, una inquietud, ¿qué hacemos?

--Mira, Raúl, como profesor y como militante del Partido te digo que no existe nada

que no pueda aclararse. Además, yo estoy en la mejor disposición de atenderlos a

todos y de aclararles cuantas dudas tengan, siempre que estén al alcance de mi

cerebro, ¿no?, de mis conocimientos, que tampoco soy Leonardo da Vinci, ¿eh?

Pero si nadie les resuelve, vengan conmigo, ya verán que no tienen necesidad de

oír a ninguna emisora extranjera.

--¡Bravo por Oscar!

--Bueno, pero... supongamos que se nos aclara y que no estamos de acuerdo con

esa aclaración o con esa explicación que nos den, o con la medida, no sé...

--Silencio, compañeros. Vamos a pedir la palabra.

--Pues Ketty tiene razón, porque mire, yo estoy seguro de que usted, de que ustedes

todos nos darán la orientación correcta, sí, pero siempre desde el punto de vista del

Partido, ¿no? Pero como dijo Ketty: si no estamos de acuerdo...

--Pero muchacho, ¿cómo no van a estar de acuerdo con una orientación del

Partido?

--Mire, profesora, le voy a decir una cosa: ni el Partido ni usted ni ninguno de los

que estamos aquí somos infalibles, ¿no? Y nosotros, como seres pensantes, podemos

discrepar. ¿O no podemos?

--Vamos a hacer silencio, por favor.

--Yo creo que esta reunión se debe suspender, Gabriela.

--¿Suspenderse? ¿Por qué?

--Mira, Gabriela, tú que estás dirigiendo esta reunión, si se va a poner en entredicho

la opinión del Partido, yo me voy de aquí.

--Mire, profesora, eso no fue lo que...

--Cálmate, Elvira, que tú también estás un poco alterada.  Yo creo que todos

estamos un poco alterados, ¿no? Bueno, Enriqueta tiene derecho a discrepar, Elvira,

y nosotros a sacarla de su error. Vamos a ver si podemos entendernos. A ver,

compañeros, ¿alguien más quiere opinar sobre este asunto?

--Perdóneme, profesora, pero a mí me parece que no es ningún crimen no estar de

acuerdo con alguna orientación del Partido. No sé los demás.

--Yo creo que es normal, no se puede estar de acuerdo con todo, ¿o vamos a seguir

con esa falsa unanimidad?

--Señores, yo creo, y que me perdone la compañera del núcleo, que se ha hecho

una tragedia de una simple opinión contraria, que como dijo David, es lo más

normal que existe. Miren: mi marido y yo tenemos discrepancias, y algunas muy

serias, y a veces hasta nos fajamos allá en la casa... no se rían, que esto es muy serio.

Pues bien: nos fajamos, sí, pero como nos queremos y los dos estamos por la misma

causa, seguimos juntos, y no nos alarmamos por no pensar lo mismo.

--Pero compañeros, ¿es que nosotros tenemos que ser todos iguales? ¿Tenemos que

pensar todos lo mismo? Pues si eso es así, tráiganos los uniformes y las carrozas.

--¿Tú lo ves, Gabriela? Con esas ironías no se puede continuar.

--Compañeros, por favor, no se extralimiten. Vamos a dar las opiniones con seriedad.

A ver, Elisa, que te veo ahí un poco apurada por hablar.

--No, yo sólo quería proponer que hagamos un receso, porque me parece que ahí

afuera hay una meriendita que nos vendría muy bien. ¿Qué ustedes creen?

(continuará)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

http://laenvolvencia.blogspot.com