domingo, 6 de octubre de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 38

Los milagros existen y en este caso dobles: ha pasado un dia entero sin que el alba y el
vigi se insulten (eso no sucede en el Congreso de los Diputados) y además han hablado
conmigo de otros asuntos. "Ya estoy hasta las narices de la tele: anuncios y más anuncios
y política y más política y ahora con las elecciones no hay quien la aguante", me dice el
albañil saliendo de su cuarto y dirigiéndose hacia la puerta de la calle para coger fresco
después de manejar el mando inútilmente buscando algo en la pantalla chica que no
fuera ninguna de esas dos cosas. Ese aparato ha dejado de ser la caja tonta para ser la
pantalla de los anuncios y el chismorreo de los políticos, y un mueble de adorno que
dentro de poco nadie perderá su tiempo en fijar sus ojos en él, pues dice el alba que
cuando se le rompa no piensa ni arreglarlo ni mucho menos comprar otro, "no me gasto ni
un euro en otro de estos aparatos de mierda". Y le falta señalar que también ese aparato
se encarga de la idiotización masiva de la población, lo que conviene a los políticos, pues
así la dominan más fácilmente. Yo estoy por inventar alguna tecla que elimine los
anuncios para cuando esté viendo la película de las diez, que es lo único que veo en la
tele. El vigilante no se queda atrás, pero con otra perorata, pues el hombre, como tenía
que mostrar algo positivo, es un lector de libros (dice él), de periódicos (eso sí), de revistas
y suplementos que colecciona por toneladas y está bastante bien (?) informado de
cuanto ocurre en el planeta verdiazul que está a punto de reventar por tanto desatino de
sus moradores. "Dice aquí que el nivel cultural de los universitarios está por el suelo
comparado con otros países de la Unión Europea", me dice, con un diario en las manos.
"Estamos a la cola en muchas cosas, pero en esto de la educación y del coeficiente
intelectual ni siquiera llegamos a los pelos del rabo", añade, y vuelve a concentrarse en
el periódico. Y yo vuelvo a mi espacio a concentrarme en que no le envío ni un puñetero
euro a mis hijos desde que llegué aquí, porque no tengo ni puedo, y sólo les he enviado
baratijas que quizás no les hayan gustado, pues para gustos los hijos. Pero eso no lo
comprenderán, como yo no comprendía  por qué mis padres no me compraban algunas
cosas que yo les pedía (entonces yo no sabía que eran  caras y que estaban por encima
de sus posibilidades económicas, ¡ah!, qué injustos y qué crueles pueden ser los niños).
Por eso y como esto no hay santo que lo arregle, mejor es meneallo como dijo don
Mario.
--Ultimamente te veo muy serio, querido, ya no sueltas tanto aquellos chistes, aquellas
anécdotas que me entretenían tanto y que llegaron a serme imprescindibles. Estás muy
serio, sí. No quiero decir que estés triste, porque la tristeza en ti es tan natural que el día
que te desprendas de ella dejarás de ser tú. Pero tan serio...
--Pues no sé. Motivos me sobran para estar así tan serio como dices, o algo tristón  a veces.
¿Sabes lo que pasa? Que cada día cuando me despierto me acuerdo del filósofo que
exclamaba todas las mañanas un día más, un día menos, y me veo aquí sembrado sin
poder abrazar a mis hijos otra vez, a mis amigos, sin ver a mi patria una vez más antes del
fin, y eso, como quiera que lo pongas, queda mal puesto. Tú puedes comprenderme
mejor que nadie, tu situación es la misma, o parecida. Tú has sentido el dolor del exilio
como yo y en ambos casos el exilio ha sido demasiado duro, aunque en tu caso al menos
tienes la esperanza o la posibilidad de regresar a lo tuyo, yo ni eso. Y tengo que cargar
con esta cruz y el reloj es una máquina maldita que jamás se detiene.
--Bueno, tampoco vamos a clavarnos ahora un puñal en el pecho y a llorar de lo lindo,
con eso empeoramos el ánimo y no vamos a ninguna parte. Nos tenemos ahora el uno al
otro y eso ayuda.
--Nos tenemos, sí. ¿Realmente nos tenemos, Selene? A veces cuestiono esa tenencia. No
es fácil afirmar que se tiene a una persona. Esa condición tiene muchos factores.
--No te pongas más pesimista de lo que siempre has sido y alegra esa cara de Cristo en la
cruz, que a ti nadie va a crucificarte.
--Físicamente no.
--Ni de otra forma si no eres tú mismo quien te clava los clavos, querido. Ríete, cuéntame
algo de tu amigo Marcelo, o de Cuquito el del papalote que se fue a volina, o de la tal
Nereida con sus dicharachos filosóficos. Anda, hombre, que de todos modos la vida es
una mierda. Ya me has convencido de eso. Y de muchas otras cosas.
--La vida es una mierda, sí. Y yo dentro de ella me estanco hasta el límite. Ahora mírame y
dime: ¿qué puedo esperar? Pues no puedo esperar nada. Seguir gestionando, seguir
esperando, y mantenerme así sin ningún cambio positivo hasta que llegue la pelona.
--¿Y yo no cuento en esa vida estática que dices que tienes?
--¡Querida mía! Perdóname. Claro que cuentas, fíjate si cuentas que gracias a ti no me he
tirado del puente de Segovia... ¡coño! Si hasta me has hecho reír.
--Eso está mejor. Mucho mejor. Y vas a mejorar, porque mira: si te conceden ese piso que
has solicitado... ¿cómo se llama eso?
--Piso tutelado.
--Pues eso, piso tutelado. Si te lo conceden no tendrás que volver a mudarte, y eso de las
mudanzas para ti ha sido como una patada en los... sí, en los huevos, ¿eh? Pues eso, que
al menos es un problema serio que vas a resolver definitivamente. Y el alquiler. Y todas
esas gestiones de buscar una habitación, llamadas, visitas, etc.
--Eso si no te convenzo antes de que nos establezcamos juntos bajo un mismo techo.
--Ya hemos hablado de eso y mucho. Mejor continuamos así. Tú me has contado que tus
matrimonios no han durado, en parte porque vivir juntos bajo el mismo techo las 24 horas
del día no es un cuento de hadas.
--No, no lo es, es verdad. Y mira este tabloide, mira lo que escribe aquí Carmen Rigalt:
“cuando cambian de casa no lo hacen para ganar metros sino para perder recuerdos.
Los que tienen  buenas relaciones con su propio pasado siempre permanecen en el
mismo nido”. Me retrató, carajo, como si me hubiera tomado de modelo.
Y me pongo a pensar en lo que sería mi vida a mi edad con Selene en el mismo lugar
las 24 horas de cada día y me doy cuenta de que soy un hombre lleno de
contradicciones y de que en realidad no atino a convencerme de qué es lo que yo
quiero en realidad: cuando estoy solo deseo compañía pero cuando estoy acompañado
deseo soledad y esto me ocurre con más fuerza en ambas direcciones a medida que me
pongo más viejo. Por tanto, mi vida continuará como hasta ahora, pendiente del tiempo y
nada más, y mientras, a seguir las palabras de Selene, continuar así como estamos cada
uno vkiviendo su vida rutinaria y monótona porque somos incapaces de arriesgarnos a
convivir en lo que yo tanto he añorado cada vez que lo he perdido: un hogar.
--Querido, ojalá todo fuera tan fácil en la práctica como en la teoría, ojalá que con los
buenos deseos pudiéramos resolver tantos problemas que se presentan ante dos personas
que tan bien se comprenden porque no están juntas todo el tiempo, pero tú y yo
sabemos que en la realidad las cosas no son como nos las imaginamos y mucho menos
cuando se tienen tantos años como tú dices en las costillas. Y en cuanto a mí... ¿qué
quieres que te diga?, o ¿qué quieres que haga para complacerte? A nuestra edad hay
que pensar muy bien cada paso que se da. Yo tampoco tengo mucho que esperar: mi
vida tampoco va a mejorar y en lo que me queda de ella no creo que ocurra un milagro
que me salve de esta mecánica. Y como no puedo o no podemos hacer nada, porque
ya hemos hecho demasiado por cambiar la perspectiva, creo que mejor que ponernos
a llorar es, creo que ya te lo he dicho, disfrutar mientras podamos de lo que podamos
disfrutar, y lo demás al cesto.
--Me has soltado el sermón de carretilla. ¿No te sientes sofocada?
--Así es mejor. Vamos, vuelve a ser aquel señor que una mañana me dio los buenos días y
se me quedó mirando como si yo fuera un bichejo, ¿te acuerdas? Y que después
comenzó con sus refranes y sus dicharachos y me alegró un poco la mecánica aburrida
del hostal y de sus huéspedes. ¿Te acuerdas de aquellos primeros días?
--Me acuerdo y no me arrepiento de haberte conocido, sino todo lo contrario, pero daría
la mitad de los años que me quedan por vivir por volver a ser niño, por volver a ser aquel
niño que fui, pobre y feliz, sin siquiera imaginarme que pudiera existir tanto horror.
Me acuerdo de mis padres, sobre todo de mi madre en sus últimos años de soledad sin
el único hombre que conoció y amó y con el que compartió más de cincuenta años de
vida en común. Ya no existen esos grandes amores que sostenían la convivencia a pesar
de sus más y sus menos, porque en lo que fue mi hogar siempre reinó la armonía, y de esa
armonía yo aprendí a desear una vida igual o al menos parecida a la de mis padres... El
casero se ha ido después de prometernos una limpieza total en el piso y de presentarnos
al pintor que va a encargarse de aplicarle una lechada a las paredes para que mejoren
su aspecto. Entro en mi cuarto y me pongo a pensar y a recordar, las dos constantes que
en los últimos años no me dan un respiro, porque haga lo que haga y esté donde esté los
pensamientos y los recuerdos se mantienen pegados a mí como la hiedra a la pared en
tempos húmedos. ¡Ah, Catana! Mis amigos hace tiempo que no me procuran, ni yo a
ellos. Es cierto que la soledad y la vejez dan a veces esa sensación de que todo lo que
se haga es inútil y que es mejor que te refugies en tu mundo interior alejado de todo lo
que te rodea, hasta que vuelvas a sentir una brisa de necesidad de otros que te haga
salir a buscar compañías de amigos. Radhis no me escribe desde hace muchos meses
y mis hijos no me envían correos ni de vez en cuando como antes, telegramáticos, sí,
sintéticos, cómo no, pero así me mantenían al tanto con sus opiniones escuetas. Tengo
una nueva asistenta social que se llama Marina, una señora ya mayor, amable y
sonriente, que se toma muy en serio este asunto del piso tutelado. Y como para otro
asunto cualquiera, salgo otra vez a gestionar papeles, que a eso se limita mi vida desde
hace ocho años, casi nueve: de gestión en gestión y de papel en papel, y lo demás,
como dice Selene: la mecánica.
--Me gusta esa palabrita. La voy a incorporar a la novela. Mecánica. Es exacta.
--Es exacta porque nuestra vida lo es.
--Y nuestra vida no va a mejorar, ¿no?
--No va a mejorar con una solución ficticia que quizás al principio saborearíamos como
un tazón de miel de abejas pero que enseguida nos aplastaría en la repetición de esas
situaciones que tanto tú como yo, pero sobre todo tú, ya estás cansado de experimentar.
Piénsatelo.
--Me lo pensaré. Quizás tengas razón, quizás no seamos cobardes sino realistas. Las
mujeres casi siempre son más prácticas. Nosotros nos dejamos arrastrar por la pasión y
por el romanticismo engañoso y traicionero.
--Voy a darte un beso, querido. Te lo has ganado.
--Muy bien, pero no aquí. Aquí pueden sorprendernos tus huéspedes. Mejor nos metemos
en tu habitación. ¿Ok?
--Pues claro. Has tenido una idea estupenda. Venga, vamos allá.

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

(continuará)

domingo, 29 de septiembre de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 37

Manuel camina más rápido que yo, me va dejando atrás, y yo no me considero muy
lento que digamos. Muy nervioso, quien lo ve casi trotar se imagina que su casa se
está quemando o inundando. Es diputado del Congreso y me ha invitado a comer
donde comen los padres de la patria, como él los llama. Le pregunto por qué si aquí
todo el mundo es (aparentemente) antiyanqui ya casi todo lo dicen en inglés, que
es el idioma de los malos. "Hombre, que tampoco somos tan antiyanquis, pero eso
del idioma no tiene nada que ver, es el idioma universal, para bien o para mal, y
hay que adaptarse al tiempo, ¿vale?" ¿Y no te parece -le pregunto- que ese
antiyanquismo a ultranza es un poco estúpido? Y le digo que siempre he pensado
que hablar mal del que está por encima se parece a la envidia más que al odio. "No
me jodas. Qué envidia ni qué carajo vamos a tenerle a esa gente". Pero si te pones
a calibrar la situación de ambos países, éste tiene más cosas de que avergonzarse
que aquél, y aquí siempre le están viendo la paja en el ojo de los cabrones yanquis
pero no se ven el gajo que tienen en el propio. ¿Estás de acuerdo, Manu? "Contigo
no se puede estar de acuerdo, siempre exageras y las exageraciones no son
objetivas", me riposta. Claro que no, pero me gustaría conocer a alguien que no
crea que siempre tiene la razón. Como ese asunto de la botella que ya hemos
comentado, ¿me sigues? "Ya. Eres...¿cómo te dice esa rusa amiga tuya?"
--¿También le has hablado de mí a ese diputado que te sacó de tu país?
--De ti le he hablado a mis amigos íntimos, que son tan pocos como buenos, y
Manuel es uno de ellos. No te he contado lo que el pobre hombre pasó para
poder sacarme de allá. Ni lo que pasé yo para salir. ¡Ja ja! Eso sí es una novela, y
sin ficción, como la de Truman Capote.
Pues Manuel se empeñó en traerme aquí, prometiéndome más de lo que al final
pudo cumplir, como todos los políticos, pero en fin, que soy agradecido y vale.
Primero el papelelo y al final los dólares, que es lo que cuenta. Muchos dólares.
Hasta para estampar un cuño en un papel que le pidieron no sé dónde, tuvo
que aflojar los verdes, que en realidad no son verdes como generalmente se
acepta y se pregona. En definitivas se impuso lo que siempre se impone: money,
que según Marcelo con él se compra lo mismo a una puta que a un ministro. Pues
bien, allá me entrevistaron y acomódate, Felipe, que la avalancha hay que
recibirla con paciencia: ¿quién o quiénes lo han invitado?, ¿?por qué a usted?,
¿por qué a ese país?, ¿piensa visitar otros países?, ¿qué tiempo va a permanecer
allá?, ¿con qué personas e instituciones va a contactar allá?, ¿va usted solo?,
¿piensa presentar alguna obra a alguna editorial?, ¿ha tenido relaciones epistolares
con personas o instituciones de ese país?, ¿recibe algún tipo de material informativo
de allá?, ¿conoce escritores residentes en ese país?, ¿mantiene correspondencia con
ellos?, ¿ha enviado anteriormente material informativo o literario a personas o a
instituciones del país que va a visitar?, ¿alguna persona de aquí le ha pedido que lleve
algún tipo de material o escrito a alguna persona de allá?, ¿algún paquete?, ¿le han
entregado nombres, teléfonos, direcciones de allá para que haga contacto con
personas residentes en aquel país?, ¿qué conocimientos históricos, culturales, literarios,
o de otra índole tiene usted de ese país?, ¿de qué va a vivir mientras dure su estancia,
o le van a sufragar los gastos quienes le invitan?, ¿qué tipo de actividades va a
desarrollar en su visita y en qué lugares o instituciones?... y etc., porque mi paciencia, que
en aquella entrevista no pudo agotarse por imperativo de interés personal, ahora, para
enumerar las tantas y tales preguntas, se ha agotado ya.
--No puedo creerme que te hayan hecho pasar por ese interrogatorio. Nunca me habías
contado esa entrevista.
--¿Para qué rememorar las páginas oscuras? Ah, pero tengo que decir que a pesar de las
preguntas me trataron con mucho respeto, cortesía y amabilidad. Nada de amenazas ni
de presiones psicológicas ni nada de eso. Para los intelectuales ellos tienen otra política. Y
al final no falta la invitación al café compulsado, la palmada en el hombro, los deseos de
éxito, y los inobviables consejos para el comportamiento en el extranjero, y ésos sí se los
dan al más pinto.
Cuando uno está comiendo en un lugar donde comen personas de tan alto calibre uno
se da cuenta de que todos los seres humanos son contradictoriamente iguales y distintos:
lo que nos diferencia no es la nariz respingona sino el cargo que ocupemos y que nos
hace sentirnos mejores o peores ante la sociedad. El Manu, al igual que la mayoría de las
personas que han nacido en este país, piensa que este país es la novena maravilla del
mundo, y que mejor que aquí no se vive en ningún otro lugar, como si hubieran estado
y vivido en todos los lugares de la Tierra. “Somos la octava potencia económica, pero eso
no es lo más importante, sino lo que representamos como seres humanos, lo que hacemos
y estamos dispuestos a hacer por los demás, y eso es muy difícil de encontrarlo hoy en día
en otras sociedades”, me dice y me señala a un personaje con bigote y barba que ocupa
un alto cargo en el gobierno y que en ese momento está comiendo lo mismo que él y yo,
y está sentado en una silla similar a la nuestra, y quizás sus ideas, pensamientos, gustos,
costumbres, sus puntos de vista, sean parecidos a los nuestros. Pero le digo al Manu que
eso que me dice quizás pudiera decírmelo un islandés o un surcoreano o un chileno, si le
preguntáramos al respecto, así que mira, Manu, déjate de chovinismos, quizás este país
sea una maravilla en muchos aspectos fundamentales de la vida, pero no te olvides de
citarme también lo negativo, que ustedes, los llamados padres de la patria, suelen obviar
en sus filípicas. Y es una lástima, porque lo que tú dices: aquí se podría vivir de puta
madre, si no hubiera tantos peros, y sobre todo, si no hubiera terrorismo.
--¿Así le hablaste? Tienes una lengua que si te la estiran te llega al ombligo.
--No tan larga, querida. Le dije la verdad, lo que pienso y siento. Entre él y yo siempre ha
existido esa sinceridad que hoy casi nadie ejerce. Por eso nuestra amistad es tan sólida.
Y le dije más: mira, a mí me preocupa este país porque aquí vivo, tengo su nacionalidad y
aquí voy a morir posiblemente sin regresar jamás al mío de origen ni volver a ver a mis
hijos ni a mis amigos ni a las palmas ni a las playas ni a los lugares donde un día fui feliz ni
a las mujeres que tanto amé y con las que fui feliz o desgraciado, porque ambas cosas
son válidas al recordar. Y no debía preocuparme, total, los que deberían preocuparse no
parece que se preocupen, ¿por qué tendría yo que erigirme en un Crisantemo Cristiano?
Pero como él insistía en oír lo que yo creo que debe saber...
--¿Y le soltaste todo lo que tienes dentro?
--Se lo solté, no todo, sólo lo imprescindible de comentar con él. Me guardé los detalles
que también molestan un montón, pero no teníamos tiempo de sobra.
--Me imagino la cara que pondría el señor diputado.
--No sé si hay que llamarle su excelencia o su ilustrísima o su señoría o como carajo se les
llame en el Congreso... creo que esto último. Pero sus señorías están demasiado ocupadas
insultándose los unos a los otros mientras el terrorismo, el desempleo, la inseguridad, el
maltrato a las mujeres, las hijeputadas de jueces y magistrados que amparan a muchos
delincuentes y criminales, va... óyeme, chulina, no me conviene enervarme, que como tú
me dijiste una vez, el infarto está acabando con la quinta y con los mangos.
--Ya veo que te estás superando. Me alegro de haber contribuido en algo. Sin embargo,
el problema mayor de este país a mi entender es que se está yugoslavizando... y eso sí es
harina de otro talego, querido.
Pues Manuel de ninguna manera considera que eso sea un problema. “¿Yugoslavizando?,
ja, estás en lista de espera para el psiquiátrico, amigo”, y sonríe, mirándome con lástima.
Lo comprendo: yo también lo miro con lástima, porque no quiere aceptar que así empezó
el país en que mientras Tito gobernó no se movía ni una hoja. “¿Eso quiere decir que tú
eres partidario de que aquí haya una dictadura?” Claro que no, querido Manu, ya te he
dicho que odio las dictaduras y con conocimiento de causa como tú bien conoces, pues
las he sufrido durante más de 40 años, que no es poco, ¿verdad? Pero esta democracia
no me convence, eso es todo. Es una democracia del libertinaje y de la falta de respeto
de la gente a las leyes, las autoridades, los demás. Aquí todo el mundo hace lo que le
sale de sus partes y se caga en lo que está prohibido y en lo que no debería hacerse por
consideración a los demás.
--¿Y cómo reaccionó?
--Echándome una soberana descarga que incluía el sonsonete de que por muy mal que
esté en la democracia libertina, que fue la expresión que puso en mis palabras, estoy mil
veces mejor que bajo una dictadura, y que le parecía mentira estar oyéndome decir
tamañas necedades.
--Bueno, en parte tenía razón, porque el hecho de que esta democracia tenga mil
defectos no quiere decir que la solución sea una dictadura. Yo la he padecido, al igual
que tú, más de... ¡oye! Ahora que caigo en esa apreciación: somos hermanos gemelos
en soportar regímenes totalitarios.
--¿Ves lo que te digo? Hemos nacido, amor de mis amores, el uno para el otro. Así que no
hay más que hablar.
Cuando salimos del Congreso de los Diputados (¿vendrá eso de diputados de alguna raíz
etimológica de puta?) el Manu retomó el temilla. Porque al Manu le gusta discutir y sabe
que conmigo puede hacerlo civilizadamente, no como lo hacen sus compañeros del
Congreso de los Dipuinsultos. “Cuando Yugoslavia estaba bajo la dictadura de Don Tito
manos duras todo estaba muy tranquilo y nadie pensaba en separarse, claro que no. Al
Igual que en tu país, que allí nadie abre la boca ni para quejarse de un dolor de muelas.
Pero no creo que tenga que decirte por qué, así que como dice el refrán, rectificar es de
sabios. Estás a tiempo”. Estoy a tiempo, sí, de ver en poco tiempo (por eso estoy a) cómo
se va desmembrando este país si no se ataja a tiempo el cáncer del nacionalismo de
café con leche y pan con mantequilla que ha pasado a ser el problema vital que tiene
esta sociedad, aunque en las encuestas la gente ni se acuerde de que eso existe. Se
acordarán cuando ya sea demasiado tarde.
--Cómo me gustaría verlos en una de esas discusiones tan interesantes.
--No te burles. La política tiene eso, que es a la vez asquerosa e interesante. Fíjate que en
todas las latitudes, además de cocer habas, como me dijiste aquella vez, se cuecen en la
olla de la dichosa política.
--Pues yo que no sé nada de política lo veo venir: la yugoslavización. Mira, por ahí tengo
un libro que analiza esa cuestión. Te lo voy a prestar.
--¿A qué problema te refieres? Porque hay tantos...
--No te me hagas el tonto. El problema del por qué Yugoslavia se desintegró. El autor se
ve que simpatizaba con Tito. Dice que a estos pueblos tan indisciplinados y tan poco
amigos de la ley y el orden hay que meterlos en cintura con mano de hierro.
--Me imagino lo que voy a encontrar en el libro, no tengo que leerlo.
--Pues deberías, así te enriqueces para tus discusiones con el diputado. Por cierto, ¿es de
izquierda?
--Claro. En este país todo el mundo es de izquierda, aunque vote por la derecha. Como si
ser de derecha fuera una vergüenza.
--Lo que sucede es que como hubo una dictadura de derecha tantos años, la gente optó
por ir en contra, lo mismo sucede en mi país pero al revés: setenta años con una
dictadura de izquierda y ahora nadie es comunista.
Nos separamos el Manu y el Menda en la boca del Metro quedando en encontrarnos otra
vez para seguir dándole al monigote hasta ver cuánto aguantamos. “Yo te llamo, pero no
creas que me vas a convencer con esas ideas tan descabelladas, así que despreocúpate
que aquí ni hay ya un Tito ni sucederá nada que se parezca a eso que me dices de la
antigua Yugoslavia. La situación no es la misma ni el país es el mismo, chaval”. Y punto. El
abrazo y las sonrisas y el optimismo suyo mezclado al pesimismo mío porque hay que
repetirlo: no se piensa lo mismo en una choza que en un palacio. Y yo no vivo en un
palacio.
--Veo que aunque dices que no sabes nada de política estás enterada del meollo.
--Hombre, que una lee y oye y ve. No me tomes, a estas alturas de conocerme, como si yo
fuera una fan de los programas idiotas de la tele.
--Yo a ti sólo te tomo como... bueno, ya entiendes.
--Suprime las indirectas, que ya pasaron esos manejos entre nosotros.
--Aceptado. Te tomo como lo que eres: como una mujer con todas las de la ley.
Selene se sonríe, me da un pellizco y me sirve una taza del consabido té fuerte con mucha
azúcar pues ya domina casi todos mis gustos. Yo sigo dándole vueltas a la situación del
país donde vivo que ya es más o menos mi país. Y la situación aquí no está para sentarse
en la chaise-longue a fumar y esperar a la mujer que quiero como dice el tango. Si esto
sigue como va dentro de un tiempo que nadie puede determinar si será largo, medio o
corto, esto se convertirá en un conglomerado de pequeños países cada uno hablando
una lengua distinta con una bandera distinta y una economía distinta, y esto será como
una Babel en plena Europa del siglo XXI. Exactamente, sí, igual que en Yugoslavia. Al final
habrá que gritar sálvese el que pueda y se acabó lo que se daba, Gregoria. Ojalá que
no. Yo quisiera pensar que no, que estoy equivocado, que Selene está errada sin hache,
que el Manu está en lo cierto, pero... algo habrá que hacer para impedir esta cagástrofe
que nos amenaza desde hace varios lustros. Y que últimamente está cobrando fuerza en
las comunidades a las que les ha picado el culillo de la independencia. ¡Pobres! Como si
eso fuera soplar y hacer botellas...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

(continuará)