domingo, 22 de enero de 2017

¿VEINTE EUROS POR UN LIBRO?

Hola, verraco. Sí, contigo mismo que me estás leyendo ahora. ¿Así que te gastaste

la pastica en este libro? Ja. Lo que hay que ver. Se ve que no te enteras de nada,

hijo. Se ve que no sabes que gastar dinero en libros es como atracarse de virutas de

pino ruso. ¡Ah! A que no pensaste cuántas pizzas te podías comer con ese dinerito. O

cuántos cafés te podías tomar. O cuántas otras cosas que seguramente necesitas

más que ponerte a leer esta mierda. Sí, hombre, sí, no pongas esa cara de cuiclo.

Este libro es una mierda. Ya te darás cuenta según vayas leyéndolo, si es que pasas

de esta primera página. Porque no creo que seas tan gilipollas, más de lo que has

demostrado ser al comprar lo que únicamente un mequetrefe como tú sería capaz

de comprar, y pasarte de la raya sería ya un caso patológico. Así que ponte en

onda, nene. Y despabílate, que el mundo es de los livianos, y si acaso te gusta leer,

lo que yo pongo en duda en esta época, pues vete a una biblioteca y lee gratis,

que con la que está cayendo no se puede estar despilfarrando la pasta, y parece

que tú no estás forrado que digamos. ¿Que si este libro es una mierda por qué lo

han publicado? ¡Ay, muchacho! De verdad que vives en la inopia perpetua. ¿Es que

todavía no te has enterado de que aquí, mientras más basura escribas más chance

tienes de que te la publiquen? Eso es lo que vende, hijo mío. Como esas revistas de

idioteces para los idiotas, o esos programas de estupideces para los estúpidos, o esas

tertulias políticas donde todos quieren hablar al mismo tiempo, o sobre el fútbol,

donde ídem de lienzo, o sobre cualquier memez que pueda atraer público para

ver y oír. Pues eso, majín. Pero lo tuyo es de anjá, porque a estas alturas ya va

siendo cosa rara encontrarse con alguien capaz de desembolsar tremenda suma en

un libro de esos que llaman serio. Y total, para después, cuando llegue a la página 4

cerrarlo, lamentarse de la tontería y de lo cretino que se ha sido, y lanzarlo al latón

de basura, ja ja, y esperar que Jacinta lo saque hasta el contenedor junto al resto de

la mierda que genera cualquier casa de vecino diariamente. Me das pena, chico.

Mucha pena. Porque hasta El Tato se ha dado cuenta de que aquí la literatura se ha

convertido en un negocio, como el fútbol, y ha dejado de ser arte, si es que algún

día lo fue, pues siempre he leído (sí, yo también cometo esa estupidez de ponerme

a leer algo de vez en cuando, no creas que tú eres el único) que las artes son seis:

música, danza, teatro, pintura, escultura y arquitectura, y que al cine lo han llamado

los contertulios de cafetería barata el séptimo arte. Y en esa relación no veo nada

que se parezca a las letras, pues por eso, vamos, tengo dudas. A ti no te voy a dar

cuerda, un sanaco como tú que se gasta 20 euros en un libro como éste, vaya,

estaría perdiendo facultades, como me decía mi madre. Pues ¿por dónde iba? Ah,

pues mi madre va a tener razón. A ver... ¡qué memoria! Tendré que ir a ver a Montse

a la farmacia y preguntarle si es verdad que De Memory te pone como un elefante

con un par de ampollas diarias. En fin. Ya. Las artes, la literatura. Eso. Me pregunto

qué carajo es entonces la literatura, si no es un arte. ¿Una ciencia? ¿Un tratado?

¿Un entretenimiento como los play station esos? Ni el mismísimo Cervantes podría

sacarme de la oscuridad. Pero dejemos eso a los expertos, que ni tú ni yo lo somos,

y tú menos, por lo que has hecho con tus 20 euritos. A lo mejor buscando en un

diccionario. Pues como te decía, que sigo sin saber qué rayos es la literatura, y a

estas alturas ya no quiero saberlo, ¿de qué me serviría? Bueno, ¿estás en la onda de

coger al vuelo palabritas de lujo? Pues anda. Ni el filósofo japonés Hemero Teka. No.

Pero bueno, ¿qué nos importa eso a ti y a mí? Mira, no sé tú, pero a mí lo que me

importa es sacar una modesta cantidad de pasta vendiendo esta mierda que

escribo y que siempre encuentra guanajos como tú que la compran, que son tipos

con su masa encefálica reducida, lo que no les impide vivir y quizás disfrutar de las

cosas que pueden disfrutar así seborucos como son, y que por eso compran libros

que se escriben y se venden hoy como baguettes acabaditas de sacar del horno, y

ten por seguro que cuando se siguen escribiendo y publicando es porque se siguen

vendiendo, porque en el mundo hay más idiotas que sabios, sin dudas. Y mientras

más cretinos sean los autores, más compradores encuentran. Es natural. Y mira si esto

de la letra impresa es un negocio gordo que oye esto que voy a contarte: resulta

que termino de escribir un libro de relatos que además de mí y de algunos como tú

yo no creo que haya nadie que pase del primero, pero bien, el caso es que como te

decía, encuaderno el libraco, me presento en una editorial de tercera, me dirijo a la

señorita (!?) que parece ser la cancerbera de turno que además de leer revistas de

famosos mierderos y arreglarse las uñas, de vez en cuando contesta el teléfono para

decir NO, o atiende a un inocente que llega creyéndose el próximo Premio Nobel, y

le digo: buenos días (siempre educado, mano, que con la grosería no conquistas ni

a María Caracoles), mire, por favor, quiero hablar con el Jefe de Publicación, 

para presentarle este libro -y le enseño la obra de arte que al fin pude empaquetar-,

sonriéndole como si estuviera viendo La cena de los idiotas y ja ja ja. Pero ¡ay1,

amigo, la inocencia se parece a la ignorancia o viceversa. O es casi lo mismo, quién

sabe. Pues la aludida sonríe esplendorosamente, me mira, mira el paquete (del libro,

no vayas a  pensar otra cosa), y me suelta sin floreo en voz baja, casi suplicante:

señor, lo siento mucho, pero tiene que pedir una cita por teléfono. Ante respuesta

semejante me quedo sin habla un minuto. Al cabo reacciono y le espeto: pero

señorita, ¿por qué por teléfono?, si estoy aquí de cuerpo presente creo que puede

darme la cita ahora mismo, ¿no? Entonces la muñeca que suspira me mira con

lástima, me compadece para sus interioridades y piensa: otro bobo y ya van tres

esta mañana, Dios mío, la gente no escarmienta, y en voz algo menos susurrante

me dice que eso es así porque así está establecido y que en esa editorial (no sabe

si en las demás) las citas se solicitan por teléfono y que si estoy de verdad interesado

en presentar mi obra que por favor llame a este número -y me entrega una tarjeta

con el membrete de la editorial, la dirección y un número de teléfono- y solicite una

cita con el señor Jefe de Publicaciones (en plural, me aclara), y estoy segura de que

el señor Doimeadiós lo atenderá con muchísimo gusto. Y no me queda más remedio

que salir de allí volando a buscar una cabina y llamar al número indicado. Porque te

repito: cuando se me sube la vena de la tontería creo hasta lo que dice el Jefe del

Gobierno. Pues niño, sigue oyendo: cuando llamo, me sale una musiquita de lo más

riquita que me adormece de momento pero cuando llevo ya cinco minutos oyendo

me entra el desespero y a los nueve cuelgo de un tirón lamentando el gasto de la

llamada inútil. ¡Ah!, pero soy persistente, no en gastar mi dinero volviendo a llamar,

sino en averiguar dónde está el gato encerrado que vislumbro maúlla en todo este

truco. Y lo consigo: resulta que la editorial tiene un convenio con la Telefónica para

ganar dinero sin publicar ni hostias, pues cuando cada tonto llama y le disparan esa

musiquita, la operadora telefónica está ganando euros y la editorial recibe una

parte de esos euros. Eso fue lo que mi persistencia averiguó, contactando con otros

cretinos como yo que habían pasado por ese coladero. ¿Qué te parece? Ah, no lo

crees. Era de esperar, tu cabeza no da para creer esas cosas, majín. Pues como no

pude conseguir las bases para el concurso que me interesaba, tuve que

encuadernar mi obra maestra y llevarla a esa puta editorial que ya ves. Sí, porque

esa es otra, monada, aquí las bases están dirigidas a quienes no viajan en Metro,

porque cada vez que sale la propuesta de un certamen te ponen: bases completas

en www.premiotal.ondacual.com y como ni tú ni yo ni nosotros los bienaventurados

que tendremos el reino de los cielos según la Biblia, pero que aquí en la Tierra no

tenemos ni un euro para tomarnos un descafeinado en la cafetería del centro de

mayores que lo cobra a esa cantidad, ya tú sabes: a joderse, que el dinero se le

entrega a quienes lo tienen de sobra y los que sí lo necesitamos al carajo la vela.

Que se jodan, dirá algún hijo de la gran de esos que controlan esos premios. Ya me

lo dijo Marcelino K Gao (le dicen así porque tiene los ojos achinados, aunque hay

quienes aseguran que se lo dicen por otra razón que no sé cuál podrá ser). Pues me

dijo: aquí para hacer dinero tienes que tener dinero, hermano, y en eso de las letras

eso es una verdad más alta que las 4 torres de Chamartín de noche. Pero eso es lo

que es, lo demás es confiar hasta en el alunicero Virulo (que por cierto va por su

sexto coche estrellado contra escaparates de joyerías y en la calle paseando como

si fuera el Ciudadano Modelo 2009). Fíjate si la literatura es un negocio. Y redondo,

para más ganar. Pero no creas que eso es todo, no. Parece mentira que seas tan

cándido. Hay más, hijo, hay mucho más. Mira si no: los premios literarios. ¿Sabes

algo de eso? No, claro que no, ¿qué coño vas a saber si ni siquiera sabes que ir a

comprar un libro de 20 euros es comer de la que pica el pollo? Pues oye esto otro:

fíjate si la literatura está aquí manipulada y emputecida que hace unos años leí en

un suplemento de esos que se llaman culturales de algún periódico independiente

(como todos los periódicos, claro) comentarios elogiosos sobre la que se aseguraba

en el artículo que sería "nuestra próxima flamante Premio Tal", quince días antes de

que se concediera el premio. Si es como para reírse, oye. Colega, que aquí los

premios de alto calibre ya están concedidos de antemano, y siempre a un nombre

establecido, porque nunca he leído que ese Premio Tal o cualquier otro de nivel se

ha concedido este año a Juan José Pérez Pérez, el carnicero del mercado de la

esquina, que en sus horas de asueto se dedica a emborronar cuartillas anotando lo

que sucede en su carnicería, que él considera lo más interesante de su vida, o a Luis

González, ese joven escritor que sólo ha podido publicar un cuentecito en una

revistica de provincia lejana, pero que según algunos críticos, también lejanos, el

hombre tiene madera, escribe bien, es una lástima que... etc. Pues este muchacho

envió un libro al concurso Nuevo Aniversario del Ayuntamiento de X, para ver si...

y no vio ni mierda. Pero oye bien, esteniño: ni el carnicero ni el joven aludido eran

conocidos antes de la anécdota. El carnicero sigue siéndolo y el joven más o menos

aunque de vez en cuando saca un cuentecito en alguna publicación de barrio y

envía, otra vez y van... a algún certamen anunciado en un periódico gratuito... Por

eso yo me pregunto ¿cómo se dieron a conocer estos que hoy son conocidos y

pueden publicar cualquier cosa que escriban?, aunque lo que escriban sea punto

menos que un flato. Eso no se lo dispara ni Tata Cuñengue, mi socio. Sí, porque el

despabilado José el Santo (no sé por qué le dicen así, porque santería tendrá

mucha, pero para embaucar a los idiotas que se consultan con él y sus figuras de

yeso, frente a las cuales siempre hay un montón de maíz tierno, céntimos sucios,

cartas de la baraja y otras menudencias que dan a su cuartucho un aire místico que

embulla), me dijo hace poco: "mira, buen hombre, en este país para darte a

conocer tienes que publicar, pero para publicar tienes que ser un conocido", oye,

chúpate ésa. El cubo de Rubik. La cuadratura del círculo. El bayú de Lola. Lo

nonplusultra. El despelote. María Caracoles. El hombre del saco. Un sudoku. Una

envolvencia. Recoño. Le roncan los cojones, mi socio. ¡Ah! Pues yo me quedé con

la boca a todo tren y respirando gordo. Entonces, ¿qué carajo hacer para verse

uno en blanco y negro? Y para ponerle las tapas a los potes que tiran en La Latina

a las 5 de la tarde (hora fatal según García Lorca)  entérate del caso: hay concursos

en los que el organizador, que responde a la empresa o a la organización que lo

convoca y demás, se pone de acuerdo con el conocido Mascual, autor de culto

entre la gente del bronce, y le suelta así de zopetón: oye, Manolón, ¿qué te parece

si te presentas al certamen de novela que ya está en publicidad con una de esas

obritas tuyas que tienes engavetadas desde el tiempo de las trompetas? Te damos

el premio y compartimos después las ganancias. ¡Ah, Catana! Seguro que te ríes

enterándote. Pues sí señor. Lo demás es apagar la luz y a dormir pensando en lo

bueno que sería estar tumbado a pleno sol en la costa del ídem con una azafata en

bikini, un cubalibre en la mesita con parasol, unas gafas oscuras que permitan mirar

lo mirable sin ser descubierto en el rascabucheo, y a vivir, que son dos telediarios. Y

por si todo lo que te he contado fuera poco, ¿qué me dices de esos jurados que se

premian unos a otros?, pues en cada concurso siguiente siempre ponen al ganador

del concurso anterior y ya tú sabes cómo son las relaciones humanas y todo eso. Sí.

Amiguetes se hacen lo mismo en un karaoke que en un velatorio que en una lista de

entrega de premios literarios, no te dejes engañar. Y las críticas adulonas, eso es otra

cosita. ¿Dónde metemos el enjambre de dimes y diretes del mundillo literario este?

Que uno publica maravillas de otro para que cuando le toque a él sacar su libro ese

otro publique maravillas de él, con menos pudor que la muy puta de Marilyn Monroe

en sus mejores fotos. Y los lanzamientos donde sólo se ven caras conocidas amigas o

pros que están pensando en la hora en que repartan el brindis o el refrigerio para así

ahorrarse la merienda de la tarde, que por algo estamos en crisis y demás. Y óyeme,

los recitales, ¡ah!, los recitales. ¿Sabes que al principio me invitaban? A asistir, por

supuesto, como  público, a llenar un espacio, a poner mis nalgas en una silla y

atender, embobado con la maestría del elegido que nos deleitaba con su pluma

delicada y certera capaz de dejar en una posición inferior al mismísimo Lord Byron.

Pues dejé de ir porque sentía envidia de los que estaban en la mesa presidencial,

presentando a los leyentes o leyendo ellos mismos sus obras publicadas. Ah, ¿para

qué acordarme de eso? Total, no me perdí nada mejor que irme al bar de Juanillo

a tomarme un carajillo, con rima y todo lo demás.  Si oyes a esos presentadores te

embuten con el mismo sonsonete: amigos, quien hoy nos visita es uno de los más

destacados poetas líricos de la actualidad, y al cabo resulta que hay más de cien

más destacados poetas líricos de la actualidad, porque antes de ése ya ha dicho lo

mismo de otros noventa y pico que han pasado antes por allí. Como para salir a

paso doble, ¿eh? Como sentenció García Márquez al final de su ejemplar novela:

"ahí les dejo esta mierda", y voló. ¿La literatura? Hombre, si no tienes otra cosa en

que perder tu tiempo, mejor te pones a leer uno de esos libros de autoayuda que

nos enseñan cómo sobrevivir cualquier crisis sin dejar de comer caliente tres veces

al día, como ese best seller del italiano Pino Aprile: Elogio del imbécil (el imparable

ascenso de la estupidez), que te recomiendo que vayas a una biblioteca y lo leas,

y no te atrevas a gastarte otra vez 20 euros en otra mierda de libro como éste que

estás a punto de tirar al cesto. Búscatelo de alguna manera y léelo, ya que al fin se

ha publicado en la España del siglo XIX en pleno siglo XXI, porque aquí todavía

estamos un poquito, un poquito nada más, con los convencionalismos de aquella

sociedad, pero en fin, que esto no viene al caso. Pues eso, chato, que la vida es

corta y el sufrimiento es largo. Pero ten presente una cosa: yo escribo, no se lo digas

a nadie, para ver si puedo vivir del cuento sin disparar un chícharo, por eso procuro

enviar mis libros a ciertas editoriales (que no todas son corruptas, vamos, ni todos

los jurados sinvergüenzas). Para eso. Y te doy las gracias por haber llegado hasta

aquí, que tienes un aguante digno de mejores menesteres, hijo. Tantas cosas que

para ti son nuevas que vas conociendo, ya ves, que ni Perico Saltamontes podría

asombrarse, pero te dejo, bróder, que tengo que ponerme a escribir el último

capítulo de la novela que estoy terminando y con la que pienso forrarme para

vivir de panza al menos por un par de añitos, que para eso hay idiotas suficientes

que comprarán el libro cuando se publique. Así que sigue, que ya falta poco para

llegar al The End. No me negarás que de algo te he servido. Quién sabe si estas

cosas que has aprendido te ayudan a mejorar tu estado de vitalidad tan esmirriado

y vacío como hasta ahora has padecido. Así que... te saludo, pagarete, y no te

olvides del título de mi próximo éxito: Cómo buscarse el pan diario sin sudar ni

siquiera en agosto, para que estés al tanto y seas de los primeros en adquirir un

ejemplar. Y si vas al lanzamiento te lo dedico con sumo placer. Créeme, no te vas

a arrepentir. Y que pases un buen día, consorte.

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas

















domingo, 1 de enero de 2017

EL MEJOR ABONO


A mí no me venga con ésas, compay, que ya hace más de treinta años que me

están engatusando con lo mismo: promesas y más promesas y mameyes verdes.

Mire, le voy a decir: cuando triunfó la Revolución nos reunieron a todos aquí en el

batey del central y nos dijeron: "compañeros, ahora sí los campesinos y los obreros

en general van a cambiar de vida, porque ahora sí hay una Revolución en este

pais, una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, y esta

Revolución sí va a reivindicar...", oiga, qué trabajo nos costó aprendernos esa

palabrita... pues sí señor, nos dijeron eso, "esta Revolución va a terminar de una vez

con la explotación, la miseria y el olvido en que los desgobiernos anteriores tenían

a los campesinos..." y por ahí aquel hombre se destapó a cotorrear y óigame, mire,

a Micaela se le aguaron los ojos, sí señor. Se puso como una Magdalena. Bueno,

todos nos quedamos con las bocas abiertas, figúrese... hasta que empezaron a

intervenir los centrales y las compañías extranjeras y los latifundios y nosotros

empezamos a trabajar en esas tierras que antes pertenecían a los explotadores

extranjeros (y a muchos del patio también, qué caray) y que ahora pertenecían al

pueblo, o sea, al Estado que fue quien las nacionalizó. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Pues bien, a cada rato se aparecía un tipo de ésos, con agendita y papelitos en

las manos, y nos disparaba un teque que... bueno, cuando aquello aquí nadie

sabía que eso era un teque (otra palabrita nueva que tuvimos que aprender, como

tantas), imagínese. Pues sí, llegaba el tipo, se bajaba del yipe, porque nunca venía

a pie por el camino real, no señor, se bajaba del yipe y nos disparaba un discurso

lleno de promesas, que ahora los campesinos ya son libres, que ahora ya son los

dueños de la tierra, de los centrales, de las compañías que antes los explotaban,

en fin, de todo. Oigame, yo me sentí rey del mundo cuando oí todo aquello, y

salí disparado a contárselo a Micaela, la pobre, que estaba en los trajines de la

casa y los muchachos, y se lo dije, Micaela, imagínate, ahora somos los dueños de

la tierra, negra, ¿qué te parece?, ¡qué grande es la Revolución! Y así. Todo lo que

nos decía el tipo eran maravillas: viviendas confortables, escuelas, hospitales,

carreteras, y todas las comodidades que había en la ciudad, porque eso lo repetían

cada cinco minutos, que había que terminar con la diferencia entre el campo y la

ciudad. Oigame, el copón bendito. ¿Quién no se iba a entusiasmar con aquellas

promesas? Mire, si le confieso que hasta yo me emocionaba y todo, sí señor. ¡Ah!

Pero al cabo de unos meses hicieron la primera reforma agraria y le dijeron a la

gente que todavía tenía tierras privadas que se quedarían con treinta caballerías

cada uno, o cada familia, y entonces algunos empezaron a quejarse un poco.

Nosotros no, nosotros pensábamos que con treinta caballerías se podía hacer un

pocotón de cosas. ¿Por qué se quejaban? No lo entendíamos, además de que

nosotros nunca tuvimos tierras de nuestra propiedad. No, nunca las tuvimos, no,

nosotros trabajábamos en la caña y en otras labores agrícolas en el tiempo muerto.

Pero en fin, la gente se fue tranquilizando. Hasta que hicieron la segunda reforma

agraria y oiga, eso fue de arranca pescuezo: cinco caballerías para cada familia.

¡Cinco caballerías! ¿Usted me está oyendo? ¡Cinco! Y ahí ya el mambo sí fue

distinto y diferente, porque coño, ¿qué carajos se puede hacer con cinco tristes

caballerías de tierra? Y además, la tierra  que te toque, no la que tú escojas, que

había alguna que ni marabú. ¡Para qué decirle! Eso fue el alboroto padre en todo

esto por aquí. Pero a pesar de todo seguimos apoyando a la Revolución que tanto

hacía por nosotros, ¿no? Y hasta nos hicimos milicianos cuando se crearon las

milicias serranas, las milicias campesinas, todo eso... Sí señor. ¡Y qué le cuento! Pues

que hasta Micaela aprendió a tirar tiros. Si usted la hubiera visto con su uniforme de

miliciana lo que parecía... por ahí anda una foto de ella de cuando aquello, no sé

dónde estará... pero bien, sigo contándole: cuando soltaron aquello de que esto

era una revolución socialista, entonces sí se alborotó el panal. Imagínese, si aquí

todo el mundo era anticomunista, porque lo único que sabíamos de los comunistas

era que eran unos tipos que venían de vez en cuando a echarnos también un

discursito y a llenarnos el meollo de cosas, pero nunca habíamos visto a ninguno de

ellos con el azadón pegado al surco. Ya usted sabe. Pues aquí la gente por poco se

alza... sí, bueno, la propaganda que habíamos oído, sí, claro, figúrese. No, y hubo

gente que se alzó de verdad en las lomas, aquí cerca, gente que nada más tenía

unas escopeticas viejas, pero al fin se entregaron o los cogieron, el caso es que

aquellos alzados duraron unos meses nada más, no pudieron hacer nada, y chirrín

chirrán. Me acuerdo que aquella gente que venía a echarnos un discurso sobre el

sistema socialista eran muy parecidos a los que después del triunfo de la Revolución

caían por aquí también con sus discursitos y sus papelitos y nos decían más o menos

lo mismo, por eso la gente empezó a desconfiar, aunque eso sí, seguía apoyando a

la Revolución en todo lo que nos pedía, que era bastante. Pero a veces ya no nos

pedían, no, al poco tiempo empezaron a exigirnos, a decirnos que era nuestro

deber y nuestra obligación cumplir esta tarea y esta otra y todo eso, y que había

que apoyar y ayudar a la Revolución. Si señor. Y así empezó todo, como se lo estoy

contando. Empezaron a llevarse a los muchachos para la capital y para otras

ciudades, a estudiar nos decían, porque la Revolución necesitaba gente preparada

y todo eso, la Revolución siempre necesitando, lo mismo gente que trabajo, y

esfuerzos, sacrificios, ¿se da cuenta? ¡Siempre! Pues se los llevaron. Y cuando

pasaron los años no regresó ninguno. Claro, se acostumbraron a las ciudades y

naranjas agrias. Venían a vernos una vez al año y nos mandaban fotos y nada más.

¿Quién va a preferir el sol en el lomo todo el día al asfalto, las tiendas, los ómnibus,

las muchachas con minifaldas, las casas bonitas, todo eso? Pues eso fue tremenda

jodentina, porque nosotros nos estábamos poniendo viejos, ¿sabe?, el almanaque

no perdona... Sí, yo sé que es bueno estudiar y aprender, no vaya usted a creer que

no, aprender a leer y escribir, no se lo oculto, no, yo siempre estuve a favor de

eso. Pero había que pensar en el campo, en la agricultura, porque a pesar de los

equipos que mandaban para las granjas del Estado, nos íbamos quedando sin

gente para producir alimentos, imagínese usted. Yo no sé cómo a ningún dirigente

se le ocurrió pensar en eso. ¿Y los muchachos? Bien, gracias, en la capital, en

Santiago, en Camagüey, haciendo cosas que no eran las que tenían que hacer,

para lo que habían estudiado en las ciudades. De rareza regresaba algún cayuco

que no daba más con los números y los papeles. De rareza. Hasta mandaron a

muchos para los países extranjeros, a estudiar las técnicas de avanzada, así nos lo

dijeron. ¡Ah! ¿Que quién atendía la tierra me pregunta? Bueno, eso fue otro show.

Figúrese que primero mandaban a los presos, ya usted sabe. ¡Un desastre! Los presos

acabaron con la quinta y con los mangos, sí señor. Después mandaron estudiantes,

los pobres, que me acuerdo qué trabajo pasaban, vejigos que no habían visto en

su vida una guataca y que no distinguían entre un boniato y una papa. Oiga, se lo

digo yo: para trabajar en el campo, hay que conocer bien el campo, hay que

vivir en el campo, no venir aquí de picnic los fines de semana y ya. Pues como le

cuento, los estudiantes no sabían hacer nada, algunos querían trabajar de verdad,

querían ayudar, cumplir, pero qué va, no había manera. Mire: hay cultivos, como el

tabaco por ejemplo, que para recoger las hojas que hay que recoger cada día, hay

que ser un guajiro criado entre las matas de tabaco... ¿Cómo dice? Ah, sí, un

especialista, sí, eso mismo, aunque el hombre no sepa ni poner su nombre. Por eso

desgraciaron las cosechas de tabaco por allá por Vueltabajo, y lo poco que había

por aquí, imagínese: cualquiera llegaba y a arrancar se ha dicho, sin saber cuál

hoja se podía arrancar y cuál no, y la calidad del tabaco cubano al carajo. No, no

es fácil, se lo digo yo. Pues bien. Así pasaron los primeros años: presos, estudiantes, y

después trabajadores voluntarios, gente de oficinas, del pueblo, que sólamente

cogían las mochas y a dar guantazos sin ningún control. Las mochas o las guatacas.

Otro show. Y que venían en manadas, se tiraban aquí, allá, y a acabar con la

tierra y con todo lo que hubiera sembrado. Y hasta vinieron unas cuantas brigadas

de jovencitos que querían enseñarnos a nosotros cómo se debía trabajar aquí en el

campo. ¡Manda huevos! ¡A nosotros, sí señor!  Brigadas técnicas de no se sabe qué

mierda las llamaban. Oiga, le zumba la berenjena. "Así se produce más, compañero

agricultor", nos decían esos vejigos, y mire lo más que se ha producido que hoy no

tenemos aquí ni malangas para los niños. Cuando yo se lo digo. En fin, que todo el

mundo pasó por el campo, porque el Partido decía que el hombre debería estar

en todo, integrarse a todo, tener esa experiencia del trabajo físico, y el resultado ya

usted lo conoce. Me acuerdo muy bien, si Micaela me lo decía molesta, que un fin

de semana venía un grupo y otro fin de semana venía otro, que en vez de continuar

lo que había hecho el anterior, empezaba donde le saliera, con un responsable que

ellos mismos traían del pueblo, dígame usted. Pregúntele a cualquiera de los viejos

de por aquí para que vea. Pues sigo: cuando pasaron los años todo esto se

convirtió en una gran agrupación agropecuaria del Estado. Todos nos convertimos

en empleados del Estado, y ahí sí que la mula tumbó a Genaro, porque con el

Estado uno no puede discutir, siempre pierde. Oigame, hay que dejarse de bobería:

uno trabaja bien lo que es de uno, pero lo que es de todos, que no es de nadie,

olvídese. Y eso fue lo que pasó, que cuando la gente empezó a trabajar para el

Estado, que era el nuevo patrón único y que nos pagaba menos por lo que

producíamos y nos quería controlar hasta en la manera de agacharnos en el surco

la gente empezó a majasear, a hacerse el chivo loco, a inventar, porque también

empezaron a escasear las cosas, y si uno se pega a trabajar en el campo desde el

amanezco, y después cuando cobra no puede comprarse lo que necesita o lo que

le da la gana, figúrese. Yo no sé a quién se le ocurrió eso de quitarle la tierra a los

campesinos y hacer agrupaciones estatales. Poner al Estado de dueño. Oigame,

ese tiene que tener cascaritas de calabaza en la azotea. Mire usted, que entonces

aquí nadie se quedó ni siquiera con un conuquito para sembrar plátanos y criar

gallinas, imagínese. La tierra empezó a ponerse triste, los animales empezaron a

languidecer (¿me está oyendo las palabritas que uso?, ¡ah!, porque yo estudié mi

poquito, no vaya usted a creer) y muchos estiraron la pata. No no no, el acabóse

vigueta. En fin, que para qué voy a seguir contándole los desbarajustes de aquellos

años de locuras. No es que yo sea un enemigo de la Revolución, no se vaya a

confundir. No señor. Yo no niego las cosas buenas que la Revolución ha hecho. Pero

óigame, el desastre que provocó poner las tierras en manos del Estado... ¡eso no es

un juego! Ni en cuarenta años se recupera lo que se perdió... Y así hasta hoy, que

mire cómo estamos, que ni el azúcar alcanza para que Micaela pueda hacer un

domingo arroz con leche, si conseguimos la leche, que si no es con dólares hay que

ponerle una vela a San Lázaro a ver. Nosotros, que vivimos al lado de un central. Por

eso le digo, compay, a mí no me vengan con ésas. Mire: eso de que los guajiros

somos los dueños de la tierra, de los centrales, del país, no se lo cree ni el mongo

Masabí. ¿Usted se lo cree? Mire, no se me haga el bobo y perdone, pero el tiempo

de los bobos se acabó. Venga acá y dígame una cosa: ¿quiénes son los que tienen

las mejores viviendas?, porque usted vio dónde vivimos nosotros. Sí, una casita casi

nueva que nos ganamos en la emulación Micaela y yo, trabajando como dementes

pero de madera. ¿Quiénes viven en los mejores edificios de las ciudades? ¿Eh? ¿Y

quiénes son los que tienen carros y no pasan tanto trabajo con esos camiones

repletos de gente con paquetes y sacos y peste a chivo viejo? A ver. ¿Y quiénes se

visten mejor, que todo lo que se ponen encima es de afuera? Porque ni Micaela ni

Rolandito ni Joaquín ni yo nos hemos puesto nunca encima una tela de esas que

dicen que se venden en las tiendas de los dólares que hay en las ciudades. ¿Y qué

me dice de los sueldos? ¿O me va a negar que los campesinos, que somos los que

más trabajamos, los que producimos los alimentos en este país, somos los que menos

ganamos? ¿Eh? Los que producimos la comida que hay, ¿se da cuenta? Y casi no

tenemos ni para nosotros mismos. Ni un pedacito de mantequilla ni un café con

leche para desayunar. ¿Y quiénes se pasan la vida por ahí, viajando de lo lindo, de

avión en avión, con el dinero del Estado, del pueblo? Pregunte por todo esto para

que vea que aquí nadie ha viajado nunca por los países extranjeros ni nada de eso,

no señor. Eso lo hacen los que vienen aquí a echarnos un discurso con su agenda y

sus planillas, y diciéndonos siempre que tenemos que seguir sacrificándonos... Mire,

déjeme callarme, porque si sigo hablando se me va a subir lo que tengo de isleño a

la cabeza y... mejor cerrar el pico que a veces hablar más de la cuenta es peligroso.

Ya me lo decía Micaela al principio y yo no le hice caso: Celedonio, mi marido, no

cojas tanta lucha con la política, que de los políticos no se puede esperar nada,

porque tos son peores...



Augusto Lázaro

en Cuba, últimas décadas del siglo XX


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domingo, 4 de diciembre de 2016

EL PROCER

Aristóbulo Birria y Bustamante nació vivo y sano, aunque no coleando, una mañana

en que los gallos no cantaron a su hora porque hacía tres días y medio que un gran

ciclón de alcance ídem azotaba impíamente el pintoresco poblado de Boniatillo,

desde donde viajaba su madre con rumbo a Santiago de Cuba, para cumplir sus

nueve meses de embarazo, en un carricoche que no llegó a tiempo, porque los

caminos estaban atascados. O sea, que Aristóbulo nació en la carretera y bajo un

huracán, dos circunstancias que desde temprano lo hicieron muy original.

--Eran tiempos malos -dice Aristobulito (el hijo) cuando recuerda el acontecimiento.

Y en efecto, eran tiempos malos aquellos en que no se había inventado la tele, y

los pocos residentes del pacífico poblado entretenían sus noches jugando dominó

o cumpliendo cabalmente las labores propias de sus respectivos sexos.

Birria vio por vez primera (aunque los testigos afirman que nació con los ojos, como

todos los niños, cerrados) el mundo circundante el feliz día 8 de agosto de 1919. Su

advenimiento a este valle de lágrimas (y algunas veces de risas) no fue celebrado

por nadie, porque nadie podía imaginarse lo que el futuro deparaba a esta egregia

figura de nuestra sociedad. Hoy, sin embargo, cada 8 de agosto es recordado este

prohombre, cuyos méritos formarían una lista demasiado larga para reseñarlos.

--¡Una gloria nos ha abandonado! -dicen que fueron las palabras de su médico de

cabecera cuando firmó la defunción, secándose las lágrimas con la toalla que le

había alcanzado la viuda para que se secara las manos, y después de asegurarse

de que era totalmente cierto que el genio había cantado el manisero.

Desde muy pequeño, Aristóbulo comenzó a dar muestras de su precocidad: lloraba

cuando tenía hambre, hacía la gracia en cualquier sitio delante de la gente, con

una absoluta falta de prejuicios, se quedaba dormido sin que tuvieran que cantarle

el arrorró, cada vez que tenía sueño, y daba cariñosas pataditas a los que cometían

el error de acercarse a su cuna para hacerle cosquillas en sus piesecitos.

Viajó intensamente, pues su familia cambió de domicilio diez y siete veces, hasta

que ya cansados de buscar nuevos horizontes se instalaron definitivamente en una

casa vieja de un viejo callejón de Santiago, desde donde Birria conquistó la fama

que aún en nuestros días permanece indeleble. Cursó la enseñanza primaria sin

repetir más de una vez ningún grado, y también la secundaria, pero por desgracia

tuvo que interrumpir sus estudios porque en su casa lo necesitaban, ya que la

situación estaba, como decía su padre, "dura, como un macao terco".

--Eran tiempos peores -dice Aristobulito (el hijo) cuando rememora sus primeros años

en el callejón.

Y en efecto, eran tiempos peores aquellos en que el dinero no frecuentaba mucho

los bolsillos familiares, pero en los cuales, no obstante, se destacó su padre en la

escuela, por su afán desmedido de recoger todos los borradores de ejercicios que

hacían los demás alumnos, contestando, cuando se le preguntaba para qué los

quería, que "es que así voy reuniendo información sobre mis condiscípulos".

Ese afán de saber y de estar informado, de conocerlo y controlarlo todo, le creció

en una oficina donde un tío suyo viejo y olvidado por toda la familia lo colocó, para

que el tan despierto joven se ganara la vida honradamente y ayudara a los suyos.

En cierta ocasión le preguntó a su tío por qué no se conservaban los recibos viejos

que éste lanzaba con brillante puntería (la costumbre lo había hecho diestro) al

cesto de basura que estaba a tres metros del buró de caoba desde donde podía

observar a su sobrino con cautela. En esa y en otras oficinas por donde fue pasando,

cada vez mayores y más importantes, transcurrieron los primeros treinta años de

trabajo del ya gran funcionario. Incansable, observador y súper ordenado fue

Aristóbulo, en ese largo período de su trayectoria laboral, en el cual creó con

encomiable afán e iniciativa algunos elementos muy dignos de mención, como el

archivo multiplicado, con el que se evitaba tener que levantarse para ir a consultar

cualquier asunto, el control de documentos por personas, para que cada cual

pudiera, en un momento dado, disponer de tal o más cuál dato, sin perder el tiempo

y la energía moviéndose de un lugar a otro en cada puesto de trabajo, el

cronograma de colores, contentivo de las actividades por horas y por días de cada

uno de los empleados, en poder de cada uno de los jefes, vicejefes y subjefes de

secciones, cosa de que nadie pudiera ser atrapado in fraganti en una auditoría no

anunciada, con preguntas capciosas sobre cómo anda esto y esto otro, y sobre

todo, su sensacional hoja de ruta, que cada empleado debía colgar en la puerta

de su jefe cada vez que se ausentaba del área de trabajo propia, detallando

pormenorizadamente el recorrido que pensaba hacer, con quién iba a contactar,

etc.

Su fama fue creciendo con cada iniciativa, y varias empresas múltiples solicitaron

sus servicios, tan inapreciables y que tanto contribuían al progreso de la gestión

administrativa.

--¡Es una luminaria! -exclamó en una asamblea su jefe inmediato cuando alguien

propuso que se le concediera la Medalla Honor al Mérito, por tan extraordinarios

inventos ofrecidos altruisticamente a la causa de la organización.

Gracias a Don Aristóbulo, como ya le llamaban en todas las oficinas de Santiago y

en algunas de Camagüey, Santa clara y La Habana, contamos hoy con creaciones

de tan alto calibre como la planilla de 48 tópicos parejos a 4 columnas, el cenicero

portátil, el stencil duplicado, la agenda minutera, el borrador con brocha, el

sacapuntas de doble filo para lápices bicolores, la pluma con tintero intrauterino,

el secante de papel higiénico, las tijeras de 4 tenazas, el libro de firmas por horas,

la tarjeta de control de meriendas y tomas de café, el registro de conversaciones

inter-empleados, los espejos retrovisores de burós, el papel carbón cuadriculado,

los archivos de desglose, el memorándum digital, la cinta de máquina recargable,

el papel de 8 1/2 x 26, el recado diferido, las llamadas retrasmitidas, las reuniones

diarias, los contactos por sesiones, etc., que lograron que su nombre siempre fuera

pronunciado con admiración y respeto en todas las dependencias públicas (y hasta

en algunas privadas) donde laboraban con ingente esfuerzo funcionarios y empleados

que se afanaban fervorosamente por agilizar los trámites de cada ciudadano para

hacerle la vida agradable a cuanto ser humano acudiera a sus servicios.

Pero sin dudas, la obra maestra de Don Aristóbulo fue el centuplicado, que creó

precisamente el 8 de agosto de 1969, cuando alcanzaba sus hermosos y productivos

cincuenta años de vida y creación. El centuplicado revolucionó la historia de la

administración pública. Consistía este maravilloso invento en sacar 99 copias de

todos los papeles, documentos, cartas, memorandos, órdenes de compra y de

servicios, telefonemas, planillas, conduces, informes, planes, borradores, pases,

telegramas, actas de asambleas y reuniones, consejillos, etc., con el fin de remitir

por correo certificado una copia a cada jefe de organismo, organización, empresa,

unidad, institución cultural o deportiva, planteles estudiantiles, fábricas, granjas,

cooperativas agrícolas, unidades militares, puestos de fiambre, etc., para que todo

el mundo estuviera informado de cuanto acontecía en todas partes y así tuviera

cada cual una visión completa de la vida y del mundo.

Aristóbulo Birria y Bustamante falleció el 28 de septiembre de 1975, dejando una

estela de llanto y melancolía entre los que tuvimos el altísimo honor de conocerlo y

de admirar su valiosa obra creativa... Su muerte, sin embargo, nunca quedó del todo

clara, puesto que su cadáver fue encontrado por una empleada de limpieza, al

amanecer, un día nublado y caluroso, ahogado entre montones de papeles diseminados

por toda la superficie de su largo buró...

Hay quienes afirman que Don Aristóbulo fue el inventor del burrocratismo, pero hay

muchos que aseguran que no, que no fue él...



Augusto Lázaro




domingo, 6 de noviembre de 2016

SE ACABARON LOS COLCHONES

Ñico se incorporó de un salto y se quedó en la cama como un monje budista. Se restregó los ojos. Se rascó la cabeza. "Menos mal que no falló", se dijo, cuando encendió la luz y miró el despertador que marcaba exactamente
--las cuatro, chica -le dijo, desamodorrándose, a Mercedes, que también se había despertado, aunque no tan de súbito, y le preguntó qué hora era.
--¿Para qué lo pusiste tan temprano? -exclamó Bola de Sebo, como cariñosamente le decía Ñico a su mujer.
--Mira, no empieces con la embromadera y vuélvete a dormir.
Pero ya Mercedes se estaba calzando las chancletas plásticas y no le hizo caso.
--Voy a colar un buche -dijo.
Después de pensarlo un ratico, volverse a restregar los ojos y rascarse la cabeza por segunda vez, Ñico decidió que no le quedaba más remedio que levantarse. Comenzó a vestirse cuando ya Mercedes le traía una taza echando humo.
--Se te fue la mano con el agua, mija.
Antes de salir, Ñico se tomó un jarro de leche bien caliente, rechazando el pan tostado que le ofreció Mercedes. "Tiene un poquito de mantequilla, muchacho". Pero Ñico se cepilló los dientes, se dio un par de peinazos con el tenedor de pino ruso, y terminando de abrocharse la camisa Benny le dijo: "A ver si amanecí con suerte hoy", y se dobló hacia atrás, apretándose la cintura con las dos manos, "porque ya tengo la espalda que parece una tabla de planchar".
No había nadie en Calvario a esa hora y aunque no hacía frío Ñico sintió el aire de la madrugada pegándosele en las mejillas y restregándole el humo del cigarro en plena cara. "A lo mejor cojo un número bajito", pensó, "porque nada más son diez colchones". Y en efecto, él los había visto ayer cuando el camión de Comercio Interior los descargaba en la tienda NOVEDADES de la Plaza de Marte. Entonces se había aproximado, quedándose en éxtasis ante tanta belleza, comodidad y olor a nuevo. "Y que son de muelles", descubrió al tocar uno, ante la mirada indiferente del manipulador. Hacía varios meses se lo había dicho a Mercedes:
--Oye, Bolita, yo creo que con los ahorritos que tenemos podríamos comprarnos un colchón nuevo, ¿no te parece? Porque la verdad que éste ya está largando el piojo.
Mercedes no dijo ni ¡hum! Sabía que cuando a su marido se le metia algo entre las cejas era inútil tratar de persuadirlo.
--Chica, parece que a ti no te gusta dormir cómoda -le espetó Ñico una noche en que tuvieron que acostarse temprano, porque ni la abuela Amanda resistió la programación de la tele.
--A mí sí me gusta dormir cómoda, Ñiquín, pero es que cada vez que sacan los dichosos colchones tú dices lo mismo, y por tu haraganería siempre llegas cuando ya no quedan ni almohadas.
Ñico se rascó la cabeza y reconoció a su pesar que su mujer tenía razón.
--Por eso la próxima vez me levanto a las cuatro y tú verás.
Y ahora Ñico subía Aguilera, todavía a oscuras, con el cigarro colgándole en laboca y con las manos metidas en los bolsillos. Al llegar a la Plaza de Marte no vio a nadie por los alrededores. "No puede ser", pensó, y buscó con los ojos alguna silueta escondida entre los arbustos o debajo de los bancos o detrás del obelisco, que le dijera que todavía estaba amodorrado por el sueño. Pero no: no había nadie.
--¡Coño! Soy el uno -gritó, sacándose las manos de los bolsillos y lanzando el cabo del cigarro a la esquina de Garzón-. ¡El colchón es mío!
Y cerró los ojos, imaginándose la placidez de un sueño suave junto a su mujercita, en una horizontalidad que invitaba a la caricia y al descanso. Poco a poco fueron llegando los supuestos usuarios y formaron una cola que daba gusto verla, por la disciplina que mantenían tantos cuerpos en fila. Pero Ñico tenía el uno. Y cada vez que miraba su reloj se repetía mentalmente: "¡El colchón es mío!"
Por fin se abrió la puerta de la tienda cuando ya el sol calentaba las cabezas, las pañoletas y los rulos de quienes habían esperado con paciencia de gato, aunque a partir del número once esperaban en vano, porque sólo había diez colchones, y eso lo sabía Ñico, que los había contado uno por uno. "Los pobres", se decía, mirando la cola con benevolencia. Y ahora estaba dentro de la tienda. Y ahora, ¡por fin!, podría comprar su tantos meses deseado flamante colchón. Porque Ñico tenía el uno.
--¿Qué desea? -preguntó sin mirar un hombre grueso que emborronaba vales en el mostrador.
--¡Un colchón de muelles! -casi gritó Ñico alborozado, repasando sus planes de descanso y placidez.
--¡Se acabaron los colchones!
Ñico pensó que había oído mal. "Ya me lo decía Bolita, que tengo que ir a ver al otorrino". En cuestión de segundos pasaron por su mente millares de ideas, todas espeluznantes. Pero reaccionó de inmediato.
--¿Cómo dice?
--Que se acabaron los colchones -el gordo levantó la cabeza por primera vez y lo miró-. ¿Usted es sordo o qué?
--Pero...
Pero Ñico no pudo decir nada. Ahora estaba convencido de que no eran fallos de su sistema auditivo y no podía de ninguna manera admitir esa idea increíble, ilógica, absurda.
--¿Cómo que se acabaron, compadre? -gritó uno de la cola-. Si yo los vi aqui ayer por la noche, que los estaban acomodando en el recibidor.
--Pues se acabaron, compañero. Los vendimos todos ya.
--¿Que los vendieron todos ya? ¿Y a quién? Porque nosotros somos los primeros en la cola y de aquí nadie ha salido con ningún colchón.
--Se los vendimos a los empleados.
Ñico tuvo que alzar mucho la voz, porque los comentarios y las protestas de los demás usuarios aumentaban de tono y de volumen segundo a segundo, hasta hacerse amenazantes. Al encender un cigarro, Ñico se quemó las pestañas con la llamita del fósforo, pero enseguida gritó:
--¿Qué es eso de venderle los colchones a los empleados? ¿Usted se cree que aquí nos chupamos el dedo?
Entonces el resto de la cola se desplayó sin miramientos.
--Sí, sí, sí, ¿qué coño es eso?
--Eso no puede ser.
--Déjate de jodiendas, masa boba.
--No no no, que saquen los colchones, vamos, que los saquen ya.
--¿Qué se ha figurado el gordo pendejo este?
Y el coro de insultos, gritos y malas palabras, se mantuvo in crescendo hasta que el dependiente, en actitud de ofendido, les gritó a todos con su voz de acordeón viejo que cerraran el pico y si no llamaría a la policía, lo que no causó ningún efecto en el público presente. Viendo que no se calmaban, aumentó el volumen de su voz:
--¿Y ustedes qué coño se creen? ¿Eh? ¿Qué coño se creen? Estos compañeros de la tienda son tan trabajadores como ustedes, ¿eh? Y hacen sus guardias, y van al trabajo voluntario, y quieren dormir sabroso como ustedes, ¿eh? ¡Ah! Y tienen los mismos derechos que ustedes. ¡No faltaba más!...
Cuando Ñico dobló por Rey Pelayo, de regreso a su casa, con la cara estirada como un bastidor de colombina remozado y con las manos metidas en los bolsillos observó que en la puerta de su casa, de espaldas a él, Mercedes comentaba con una vecina a voz en cuello:
--Pues sí, mi amiga, el colchón debe estar al llegar. Imagínate lo rico que vamos a dormir esta noche...
Augusto Lázaro
http://laenvolvencia.blogspot.com