lunes, 27 de junio de 2016

YO LO UNICO QUE QUIERO ES UN,,,

Le puso el zapato encima a la colilla del cigarro. Todavía lo pensó un poco más,

hasta que ya decidido subió la escalera, le dijo "buenas" al portero, empujó la

puerta, caminó unos pasos y se detuvo frente a la muchacha que le sonreía detrás

de un buró sobre el que descansaban un teléfono, una guía telefónica vieja, una

agenda abierta, un almanaquito de bolsillo, una carpeta, un bolígrafo gris, un

lápiz mocho, fails repletos de papeles y papeles sueltos de distintos tipos, tamaños

y colores.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes.

--Compañera, yo venía a...

--Un momento, por favor. ECONADA, buenas tardes... no, no se encuentra el jefe de

atención... no, está reunido... tampoco, está de viaje... la verdad que no sé qué

decirle, unas veces viene más temprano, otras veces viene más tarde... sí, cómo no,

se lo diré... por nada, compañero... adiós. Un momentico, eh, enseguida lo atiendo.

--Sí, sí, no tenga pena.

Miró la habitación, las personas sentadas, la muchacha que registraba unos papeles

y anotaba algo en uno de ellos.

--Siéntese, compañero.

--No, si yo nada más venía a...

Entraron dos hombres por la puerta del pasillo. Uno de ellos tocó a la muchacha en

el hombro y le dijo algunas cosas que ella respondió con bisílabos como claro,

hombre, claro, anjá, segu, "entonces, ¿contamos contigo?", "está bien, después que

atienda al compañero", "ok, cosa linda, eso tú lo resuelves en un santiamén", "eso

para ti es como probarte una pitusa nueva", "por algo te dicen el meteoro de la

máquina", "está bien, está bien", hasta que los dos hombres lo miraron y se fueron

por la misma puerta por donde habían entrado.

--¡Qué calor, eh?

--Sí, la verdad, tremendo calor.

--Pero siéntese, compañero.

--Gracias.

--Y aquí que no tengo ni un ventilador, imagínese... déjame ver, antes que se me

olvide, que tengo que sacar el porcentaje de mis horas voluntarias, porque esta

compañerita nueva me ha puesto por abajo y eso no va, ¿dónde estará el papel

donde yo tenía eso apuntado?, como si yo nada más que me dedicara a mis ocho

horas de trabajo normal, ¿qué se habrá figurado?, ¿y las horas que me paso aquí

todos los días después de las seis?, porque todos los días aparece algo, si no es el

jefe que quiere que le copie una carta a última hora es el otro que viene con una

llamada telefónica urgente, o alguno que se antoja de cualquier bobería a la hora

de irse una, ¡ah!, eso ella no lo pone, eso ella no lo ve, pero claro, ¿cómo lo va a

ver si ella es la primera que se va echando a las mismas seis justicas?, ¿dónde rayos

se habrá metido el papelito ese?, aquí todo se pierde, y ahora el par de monos

esos con su apurillo, siempre la misma jodedera, un poblema, una tiñosa, un

cohete, como si una no tuviera sus propios problemas, ¡ah!, pero a mí no me van

a atosigar, ah, no, yo sí que no me voy a enfermar de los nervios como Melania, la

pobre, la pobre no, la idiota, ¡ay!, este puñetero papel, se lo ha tragado la tierra,

una se pasa el día aquí sudando y no la consideran a una, por eso fue que Jacinta

pidió su traslado, porque esta rebambaramba no hay quien se la dispare, y el muy

condenado papel este brillando por su ausencia que quiere decir olvido como dice

la canción, no, si cuando yo lo digo, bueno, ya aparecerá, en algún lugar tiene que

estar metido, después lo seguiré buscando con más calma, a ver qué es lo que

quiere este guanajo ahora... dígame, compañero.

--Mire, la cosa es que...

Sonó el teléfono otra vez. La muchacha hizo un gesto, como disculpándose, tomó

el auricular y se puso a conversar al parecer con alguna amiga suya, porque

mencionó la tremenda cola que tuvo que hacer para comprar el último corte que

le quedaba, que la tela estaba preciosa, azul marino con ondulaciones blancas,

que una mujer de las cañoneras esas que siempre las hay le había caído detrás y se

formó un titingó que eso fue de película, que perdió una hora en el médico porque

desde la semana pasada se sentía una molestia ahí en el vientre que... "¿cómo tú

dices?... mira, no embromes... no, hija, no, ¡qué va!, ni lo sueñes, qué barbaridad...

no me hagas reír... si te oye Joselito... no, muchacha, si lo que me mandó fue

Bicomplex y un pomito de pastillas que ni me acuerdo del nombre que tienen... no,

esta noche Joselito tiene guardia, no podemos... él es así, atravesado como una

rastra en la curva de Moya"... y después de unos minutos más de cháchara, de tao

tao tao y toco toco toco, ella dijo hasta luego o bueno mija o chao manita, y

colgó.

--Oigame...

--Irma, ¿tú tienes ahí los informes del último trimestre?

--Deja ver. ¡Ay!, usted perdone, eh. Es que aquí no la dejan a una ni rascarse la nariz.

--Mire, si yo lo único que quiero es un...

--Sí, compañero, sí. Un momentiquito nada más. No se impaciente. ¿Qué informes

son esos que tú quieres, Gerardo?

--Los informes generales del último trimestre, querubín. Los que tú copiaste.

--Ah, sí, ya. Es que oye, la atosigan a una aquí y no digo yo. Así no se puede trabajar,

¿verdad, compañero?

--No, claro.

--Yo siempre tengo todas mis cosas ordenadas, porque si algo no me gusta a mí es

el reguero, eh. Lo que pasa es que aquí viene todo el mundo y busca y registra y

trae y deja y quita y pone y dígame usted... déjame ver por aquí... ¡ah!, al fin. Aquí

están. Aquí están los informes, Gerardo.

--Gracias, cariño.

--Oigame, por favor...

--Ay, sí, cómo no, perdone, compañero. Bueno, usted se habrá fijado que yo no

paro ni un minuto, ¿no?

--Sí, pero...

--A ver, a ver, dígame qué es lo que usted desea, compañero.

--Mire, el problema es que a mí me dijeron que yo tenía que venir aquí para que me

entregaran un certificado, porque...

--¿Quién se lo dijo?

--¿Cómo dice?

--Que quién le dijo que tenía que venir aquí.

--Ah. El jefe de Recursos Humanos de mi unidad.

--¿Dónde trabaja usted?

--En un taller que está...

--No no no, ¿dónde?, quiero decir, ¿en qué organismo?

--Ah, en el sectorial de...

--¡Irmaaa!

--¡Dimeee!

--Te llama el Director, querida.

--Voy enseguida. Con permiso.

La muchacha salió por la puerta del pasillo y lo dejó con la boca a medio abrir. Se

puso de pie, haciendo muecas, y se desabrochó un botón de la camisa. "Pero qué

es esto, mi madre. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Porque yo no entiendo nada.

Y el calor que jode. La verdad que esto no hay quien se lo dispare. No no no, para

resistir esta jelenguera hay que tener sangre de chinche. Y ahora esta mujer sale y se

pierde y lo deja a uno aquí al garete, como si uno no tuviera nada que hacer. ¡Le

zumba la berenjena!" A los diez minutos se abrió la puerta del pasillo y la muchacha

apareció toqueteándose el pelo y contoneándose de acuerdo con las posibilidades

del espacio.

--Compañera... oiga... ¡compañeriiita!

--Espérese un momento, señor, ¿no ve que estoy ocupada?

--Pero... ¡óigame!

La muchacha desapareció otra vez y él tuvo que conformarse con echarle la

maldición del negro prieto a la hora en que se le había ocurrido ir allí. Se abrió más

la camisa, tirando un botón en el suelo, y estrujó la gorra con ambas manos. Se

secó el sudor, miró a las demás personas que esperaban sentados, vio la hora en

su reloj de pulsera y por supuesto, tuvo que esperar. Quince minutos después la

muchacha reapareció triunfante y volvió a tocarse el pelo y a contonearse, esta

vez discretamente, hasta que se sentó de nuevo en su buró.

--Oigame, joven, ¿me va a hacer el favor de...

--Sí, cómo no, pero siéntese, que ahí parado me pone nerviosa. Dígame qué es lo

que usted quiere.

--Mire, yo necesito un certificado para...

--¡Ay!, este teléfono... me tiene mareada.

--Oigame...

--ECONADA, dígame.

--Pero óigame, joven...

--Buenas tardes... espérese, que me van a hablar de distancia.

--Oigame, yo no me voy a pasar la tarde entera aquí esperando por usted...

--Sí, sí, le habla Irma.

--Yo tengo que trabajar...

--Irma, la secretaria.

--Yo no soy ningún lumpen ni la cabeza de un guanajo...

--Sí, póngamela enseguida.

--Pero ¿qué es lo que se figura usted? ¿Que yo me voy a quedar aquí esperando

que caiga la noche?

--Señor, ¿no ve que estoy hablando con La Habana?

--Mire, mijita, yo no me voy a pasar la tarde entera aquí esperando que usted hable

con La Habana o con Cumanayagua, ¿me oyó? ¡Está bueno ya!

--Señor, pero... ¿usted se figura que yo estoy aquí nada más que para atenderlo a

usted? Un momento, operadora.

--A mí eso no me interesa, a mí...

--Pues mire, que le interese, ¿sabe?, porque por fin es que yo no estoy aquí en esta

oficina echándome fresco en la cara ni nada por el estilo.

--Yo no tengo nada que ver con eso, mijita, yo no puedo seguir aquí esperando

toda la...

--¡No me diga! Pues mire, siéntese y espere, que aquí todo el mundo tiene que

esperar, y el que no pueda o no quiera esperar...

--¡Hace más de dos horas que estoy esperando!

--Hágame el favor de no alzarme la voz, eh, que a mí usted no me va a atosigar.

Ni usted ni nadie, ¿me oyó?

--No quiero oír ni timbales, lo que quiero es que me atienda de una puta vez.

--¡Pero...! ¡Oiga! ¿Cómo se atreve a hablarme así?

--¿Qué sucede, Irma?

--Este señor que...

--¡Este señor que nada, coño!

--Oigame, compañero, ¿qué manera de hablar es ésa?

--¡A LA MIERDA!

El hombre se fue, maldiciendo hasta a María Santísima, dejando a Irma y a Gerardo

con las bocas abiertas y a las demás personas de pie y en silencio, le dio un

empujón al portero, tumbó un latón de basura que había al pie de la escalera,

tropezó con una señora que venía por la acerca, miró por última vez a la oficina,

hizo una mueca, y se acordó de toda la parentela de la muchacha, de los demás

empleados, del público que estaba allí esperando, y hasta de la pobre señora con

la que había tropezado, que ahora lo miraba extrañada y se quejaba débilmente...



Augusto Lázaro


http://laenvolvencia.blogspot.com



Le puso el zapato encima a la colilla del cigarro. Todavía lo pensó un poco más,

hasta que ya decidido subió la escalera, le dijo "buenas" al portero, empujó la

puerta, caminó unos pasos y se detuvo frente a la muchacha que le sonreía detrás

de un buró sobre el que descansaban un teléfono, una guía telefónica vieja, una

agenda abierta, un almanaquito de bolsillo, una carpeta, un bolígrafo gris, un

lápiz mocho, fails repletos de papeles y papeles sueltos de distintos tipos, tamaños

y colores.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes.

--Compañera, yo venía a...

--Un momento, por favor. ECONADA, buenas tardes... no, no se encuentra el jefe de

atención... no, está reunido... tampoco, está de viaje... la verdad que no sé qué

decirle, unas veces viene más temprano, otras veces viene más tarde... sí, cómo no,

se lo diré... por nada, compañero... adiós. Un momentico, eh, enseguida lo atiendo.

--Sí, sí, no tenga pena.

Miró la habitación, las personas sentadas, la muchacha que registraba unos papeles

y anotaba algo en uno de ellos.

--Siéntese, compañero.

--No, si yo nada más venía a...

Entraron dos hombres por la puerta del pasillo. Uno de ellos tocó a la muchacha en

el hombro y le dijo algunas cosas que ella respondió con bisílabos como claro,

hombre, claro, anjá, segu, "entonces, ¿contamos contigo?", "está bien, después que

atienda al compañero", "ok, cosa linda, eso tú lo resuelves en un santiamén", "eso

para ti es como probarte una pitusa nueva", "por algo te dicen el meteoro de la

máquina", "está bien, está bien", hasta que los dos hombres lo miraron y se fueron

por la misma puerta por donde habían entrado.

--¡Qué calor, eh?

--Sí, la verdad, tremendo calor.

--Pero siéntese, compañero.

--Gracias.

--Y aquí que no tengo ni un ventilador, imagínese... déjame ver, antes que se me

olvide, que tengo que sacar el porcentaje de mis horas voluntarias, porque esta

compañerita nueva me ha puesto por abajo y eso no va, ¿dónde estará el papel

donde yo tenía eso apuntado?, como si yo nada más que me dedicara a mis ocho

horas de trabajo normal, ¿qué se habrá figurado?, ¿y las horas que me paso aquí

todos los días después de las seis?, porque todos los días aparece algo, si no es el

jefe que quiere que le copie una carta a última hora es el otro que viene con una

llamada telefónica urgente, o alguno que se antoja de cualquier bobería a la hora

de irse una, ¡ah!, eso ella no lo pone, eso ella no lo ve, pero claro, ¿cómo lo va a

ver si ella es la primera que se va echando a las mismas seis justicas?, ¿dónde rayos

se habrá metido el papelito ese?, aquí todo se pierde, y ahora el par de monos

esos con su apurillo, siempre la misma jodedera, un poblema, una tiñosa, un

cohete, como si una no tuviera sus propios problemas, ¡ah!, pero a mí no me van

a atosigar, ah, no, yo sí que no me voy a enfermar de los nervios como Melania, la

pobre, la pobre no, la idiota, ¡ay!, este puñetero papel, se lo ha tragado la tierra,

una se pasa el día aquí sudando y no la consideran a una, por eso fue que Jacinta

pidió su traslado, porque esta rebambaramba no hay quien se la dispare, y el muy

condenado papel este brillando por su ausencia que quiere decir olvido como dice

la canción, no, si cuando yo lo digo, bueno, ya aparecerá, en algún lugar tiene que

estar metido, después lo seguiré buscando con más calma, a ver qué es lo que

quiere este guanajo ahora... dígame, compañero.

--Mire, la cosa es que...

Sonó el teléfono otra vez. La muchacha hizo un gesto, como disculpándose, tomó

el auricular y se puso a conversar al parecer con alguna amiga suya, porque

mencionó la tremenda cola que tuvo que hacer para comprar el último corte que

le quedaba, que la tela estaba preciosa, azul marino con ondulaciones blancas,

que una mujer de las cañoneras esas que siempre las hay le había caído detrás y se

formó un titingó que eso fue de película, que perdió una hora en el médico porque

desde la semana pasada se sentía una molestia ahí en el vientre que... "¿cómo tú

dices?... mira, no embromes... no, hija, no, ¡qué va!, ni lo sueñes, qué barbaridad...

no me hagas reír... si te oye Joselito... no, muchacha, si lo que me mandó fue

Bicomplex y un pomito de pastillas que ni me acuerdo del nombre que tienen... no,

esta noche Joselito tiene guardia, no podemos... él es así, atravesado como una

rastra en la curva de Moya"... y después de unos minutos más de cháchara, de tao

tao tao y toco toco toco, ella dijo hasta luego o bueno mija o chao manita, y

colgó.

--Oigame...

--Irma, ¿tú tienes ahí los informes del último trimestre?

--Deja ver. ¡Ay!, usted perdone, eh. Es que aquí no la dejan a una ni rascarse la nariz.

--Mire, si yo lo único que quiero es un...

--Sí, compañero, sí. Un momentiquito nada más. No se impaciente. ¿Qué informes

son esos que tú quieres, Gerardo?

--Los informes generales del último trimestre, querubín. Los que tú copiaste.

--Ah, sí, ya. Es que oye, la atosigan a una aquí y no digo yo. Así no se puede trabajar,

¿verdad, compañero?

--No, claro.

--Yo siempre tengo todas mis cosas ordenadas, porque si algo no me gusta a mí es

el reguero, eh. Lo que pasa es que aquí viene todo el mundo y busca y registra y

trae y deja y quita y pone y dígame usted... déjame ver por aquí... ¡ah!, al fin. Aquí

están. Aquí están los informes, Gerardo.

--Gracias, cariño.

--Oigame, por favor...

--Ay, sí, cómo no, perdone, compañero. Bueno, usted se habrá fijado que yo no

paro ni un minuto, ¿no?

--Sí, pero...

--A ver, a ver, dígame qué es lo que usted desea, compañero.

--Mire, el problema es que a mí me dijeron que yo tenía que venir aquí para que me

entregaran un certificado, porque...

--¿Quién se lo dijo?

--¿Cómo dice?

--Que quién le dijo que tenía que venir aquí.

--Ah. El jefe de Recursos Humanos de mi unidad.

--¿Dónde trabaja usted?

--En un taller que está...

--No no no, ¿dónde?, quiero decir, ¿en qué organismo?

--Ah, en el sectorial de...

--¡Irmaaa!

--¡Dimeee!

--Te llama el Director, querida.

--Voy enseguida. Con permiso.

La muchacha salió por la puerta del pasillo y lo dejó con la boca a medio abrir. Se

puso de pie, haciendo muecas, y se desabrochó un botón de la camisa. "Pero qué

es esto, mi madre. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Porque yo no entiendo nada.

Y el calor que jode. La verdad que esto no hay quien se lo dispare. No no no, para

resistir esta jelenguera hay que tener sangre de chinche. Y ahora esta mujer sale y se

pierde y lo deja a uno aquí al garete, como si uno no tuviera nada que hacer. ¡Le

zumba la berenjena!" A los diez minutos se abrió la puerta del pasillo y la muchacha

apareció toqueteándose el pelo y contoneándose de acuerdo con las posibilidades

del espacio.

--Compañera... oiga... ¡compañeriiita!

--Espérese un momento, señor, ¿no ve que estoy ocupada?

--Pero... ¡óigame!

La muchacha desapareció otra vez y él tuvo que conformarse con echarle la

maldición del negro prieto a la hora en que se le había ocurrido ir allí. Se abrió más

la camisa, tirando un botón en el suelo, y estrujó la gorra con ambas manos. Se

secó el sudor, miró a las demás personas que esperaban sentados, vio la hora en

su reloj de pulsera y por supuesto, tuvo que esperar. Quince minutos después la

muchacha reapareció triunfante y volvió a tocarse el pelo y a contonearse, esta

vez discretamente, hasta que se sentó de nuevo en su buró.

--Oigame, joven, ¿me va a hacer el favor de...

--Sí, cómo no, pero siéntese, que ahí parado me pone nerviosa. Dígame qué es lo

que usted quiere.

--Mire, yo necesito un certificado para...

--¡Ay!, este teléfono... me tiene mareada.

--Oigame...

--ECONADA, dígame.

--Pero óigame, joven...

--Buenas tardes... espérese, que me van a hablar de distancia.

--Oigame, yo no me voy a pasar la tarde entera aquí esperando por usted...

--Sí, sí, le habla Irma.

--Yo tengo que trabajar...

--Irma, la secretaria.

--Yo no soy ningún lumpen ni la cabeza de un guanajo...

--Sí, póngamela enseguida.

--Pero ¿qué es lo que se figura usted? ¿Que yo me voy a quedar aquí esperando

que caiga la noche?

--Señor, ¿no ve que estoy hablando con La Habana?

--Mire, mijita, yo no me voy a pasar la tarde entera aquí esperando que usted hable

con La Habana o con Cumanayagua, ¿me oyó? ¡Está bueno ya!

--Señor, pero... ¿usted se figura que yo estoy aquí nada más que para atenderlo a

usted? Un momento, operadora.

--A mí eso no me interesa, a mí...

--Pues mire, que le interese, ¿sabe?, porque por fin es que yo no estoy aquí en esta

oficina echándome fresco en la cara ni nada por el estilo.

--Yo no tengo nada que ver con eso, mijita, yo no puedo seguir aquí esperando

toda la...

--¡No me diga! Pues mire, siéntese y espere, que aquí todo el mundo tiene que

esperar, y el que no pueda o no quiera esperar...

--¡Hace más de dos horas que estoy esperando!

--Hágame el favor de no alzarme la voz, eh, que a mí usted no me va a atosigar.

Ni usted ni nadie, ¿me oyó?

--No quiero oír ni timbales, lo que quiero es que me atienda de una puta vez.

--¡Pero...! ¡Oiga! ¿Cómo se atreve a hablarme así?

--¿Qué sucede, Irma?

--Este señor que...

--¡Este señor que nada, coño!

--Oigame, compañero, ¿qué manera de hablar es ésa?

--¡A LA MIERDA!

El hombre se fue, maldiciendo hasta a María Santísima, dejando a Irma y a Gerardo

con las bocas abiertas y a las demás personas de pie y en silencio, le dio un

empujón al portero, tumbó un latón de basura que había al pie de la escalera,

tropezó con una señora que venía por la acerca, miró por última vez a la oficina,

hizo una mueca, y se acordó de toda la parentela de la muchacha, de los demás

empleados, del público que estaba allí esperando, y hasta de la pobre señora con

la que había tropezado, que ahora lo miraba extrañada y se quejaba débilmente...



Augusto Lázaro


http://laenvolvencia.blogspot.com



domingo, 5 de junio de 2016

LA ULTIMA NOCHE DE SAN JUAN


¿de qué te sirvió el verano, / oh ruiseñor en la nieve?

Julio Cortázar (Rayuela)



Estoy parado en una esquina desde donde puedo ver el final de la avenida por la

que ella puede aparecerse de un momento a otro. Hoy deseo verla como tantas

otras veces en que la he llamado por teléfono y le he preguntado "¿salimos esta

noche?" y me ha dicho "ay, querido, esta noche... es que esta noche tengo que ir

a la empresa a llevar un informe y a discutir unas cosas ahí" y le he insistido "¿y no

puedes llevar ese informe mañana?" y me ha ripostado "es que... figúrate... tú sabes

los problemas que yo tengo en el trabajo" y yo "sí, yo lo sé, pero bueno, ¿no puedes

mandar ese informe con alguien?" y ella "esa es la cosa, que hoy fue el Contador

por mi oficina y me dijo que no dejara de llevarle el informe esta noche, que se lo

llevara yo misma, que tenía que hablar conmigo".

--Yo creo que ese contador está girado para tu cartón.

--Tú sabes que no.

--O será que hoy tú no tienes muchos deseos de verme.

--Tú sabes que sí.

--Entonces...

Y ella se ha puesto a pensar seguramene con el teléfono pegado a la oreja y un

dedo en la boca y "no sé... la verdad... deja ver" y después de darle muela durante

cinco minutos más ella ha inventado alguna descomposición estomacal y no ha

ido a la empresa a llevar ese informe y discutir unas cosas ahí. Pero estoy molesto,

porque a pesar de mis años, de mi experiencia, de mi sonrisa, etc., siempre he sido

yo quien ha tenido que esperar en cada cita. El caso es que estoy parado en esta

esquina desde hace un buen rato y ella no acaba de llegar. Y cuando llegue

seguro que me mira, me sonríe, y me dice "hola, querido". Y yo le diré "¿por qué no

me dices alguna vez mi amor o mi vida o cariño? Para variar, ¿no?"  Y ella me

dirá "no sé... pero tú sabes que aunque yo no te diga esas cosas, yo las siento". Y

encenderé un cigarro mientras pasa un ómnibus que no va a ser el que esperamos

para ir a donde siempre vamos.



=====



--¿Hace mucho que estás aquí?

Su voz (ahora real, porque la tengo junto a mí, de cuerpo presente -llegó muy

sigilosa, sin que me diera cuenta-) me saca de mis rememoraciones, o mejor de mis

elucubraciones, para usar una palabra más exacta.

--No, si acabo de llegar -le miento, porque en realidad ya me tenía impaciente y

nervioso.

--Menos mal, querido -me suelta por fin, con una espléndida sonrisa de verano, a

pesar de que estamos en invierno.

Entonces nos ponemos a conversar sobre lo mismo que nos ponemos a conversar

cada vez que nos vemos y mientras esperamos la dichosa guagua, porque yo sé

que sería tonto que yo le hablara a ella (nada menos que a ella) de la novela de

William Saroyan que estoy leyendo, que me parece una gran cosa, o que le dijera

que no me gustó la interpretación que hizo la orquesta mal llamada sinfónica de la

obertura Egmont, o que le informara que mañana domingo, después de comer

pizas y espaguetis en La Fontana Di Trevi iré a ver (por supuesto que jamás le diría

que con mi mujer) Deus e o Diabo na terra do sol (así mismo en portugués) al

Florencia, o que le explicara que la teoría del señor Marcuse del amor es una mierda

si en definitivas ella (nada menos que ella) no va a entender ni hostia, aunque eso sí,

es muy dulce y muy tierna y a mí, la verdad, me encanta estar con ella.



=====



La susodicha guagua penetra en la Avenida del Zoológico (oscura y sugestiva como

un poema de Ezra Pound) y se envuelve con los árboles que salen de las anchísimas

aceras y con el murmullo de los insectos y con el susurro de las parejas que pululan

(esa es la palabra) por los alrededores buscando un poco de tranquilidad para

decirse o hacerse lo que se dicen y se hacen cuando están tranquilas y no las ve ni

el sereno del parque. Nos bajamos en el Arbol de la Paz. El amor, después de todo,

es una cosa bella. Recuerdo un cuento de Oscar Wilde que leí hace veinte años:

"dijo que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas -lamentábase el joven

estudiante-, pero en todo mi jardín no hay una sola". Pensar que un ruiseñor tiñó de

rojo con la sangre de su corazón aquella rosa que el joven estudiante le llevaría a su

amada... nada, que Oscar Wilde tenía razón, pero mejor no sigo, porque me veo

diciéndole al oído un montón de verracadas que ya en los tiempos de mi tía

Filomena se consideraban picuencias.



=====



Entramos en la casita de madera (que es el lugar que más nos gusta) después de

subir la lomita (y también el más propicio) casi tropezando con otras parejas que

seguramente piensan que la vida no importa un comino si no hay unos ojos, unos

labios, unas manos, y que es mejor, mucho mejor amar que odiar, y que sería

muchísimo mejor que esta gran humanidad pudiera dedicarse al amor y no a la

guerra, como dicen que dijo no sé quién.

--Estás fumando demasiado, querido.

 Me saca por segunda vez de mis pesquisas su voz dulce y tierna.

--Sí, creo que sí, que estoy fumando demasiado.

Me siento junto a ella en el banquito de piedra y miro el interior de la casita que

tantas veces nos ha servido de refugio contra "la mierdosa situación del mundo"

como dice Cortázar. Boto el cigarro, le aprieto el mollero, la atraigo hacia mí.

--¡Qué frío! Tengo un frío tremendo y no traje el abrigo, y eso que mami me lo dijo,

que no saliera sin el abrigo, que iba a pasar frío.

Sus manos buscan mis manos y su cuerpo el calor de mi cuerpo. Decididamente es

dulce y tierna, sí. Eso no hay quien se atreva a negarlo.

--Ahorita vas a sentir calor.

Nos reímos. Increíble, pienso, las cosas que uno dice. Y que uno hace. Si se enteran

mis compañeros del banco me desgracio.

--Traje caramelos, si quieres.

Ella cruza las piernas, la abrazo, nos apretamos un poquito, y trato de concentrarme

más en lo que estoy haciendo.

--No, ahora no, déjalos para ahorita.

Le froto el lóbulo de la oreja. A ella le encanta eso. Qué jodedor se ha puesto este

Cortázar con eso de ponerle al gato el nombre del filósofo alemán.

--Y te tengo una sorpresa para después.

Ella me acaricia. Yo la beso en la mejilla y en el cuello.

--Hueles rico hoy. ¿Qué te echaste?

Son maravillosos los sentidos.

--Chico, no, déjate de estarme oliendo.

Pero insisto.

--¿Qué es? No conozco ese perfume.

Ella se aparta y mira a todas partes, como si estuviéramos en el parque Céspedes.

--Nada, lo mismo que me echo siempre.

Vuelvo a apretarla, vuelvo a olerla, y me parece que no, que no es lo mismo.

--No, eso es algo que tú tenías para una ocasión especial. Vamos, confiésalo.

Pausa lógica.

--¿Tenías muchos deseos de verme?

Nos besamos enfurecidamente y ya sin disimulos ni más preámbulos nos

acariciamos plenamente mientras el viento ataca los ramajes espesos produciendo

un sonido como de tormenta lejos que se reparte entre los merenderos vacíos, los

bancos propicios, la vegetación y las demás casitas de San Juan y la noche y el

tiempo se olvidan de nosotros, acurrucados aquí en un rinconcito que parece

perdido del mundo, como perdidas parecen las demás parejas que se acarician, se

poseen, se devoran, porque piensan que unos ojos, unos labios, unas manos les

hacen comprender como a nosotros que están vivas, que respiran, aman y forman

parte de esta maravillosa vida que a pesar de todo es, también, como el amor en

su totalidad creadora, una cosa bella y digna de vivirse...

--...y para mí, eso es una entrega, un sacrificio, una demostración de que te quiero,

querido.

--¿Eh?

Salgo de mis abstracciones (por tercera vez) después de no haber podido

convencerla (una vez más) y me acuerdo de otra noche igual a ésta porque ahora

me doy cuenta (otra vez) de que estamos haciendo y discutiendo lo mismo que

hicimos y discutimos la última noche que estuvimos aquí...



=====



Deben ser las diez cuando enciendo un cigarro para disipar esta especie de

impasse acostumbrado.

--No sé por qué eres así -me dice, con un timbre de voz que sería capaz de

conmover hasta a Antonio das Mortes.

--Por favor, no dramatices -le digo, cruzo mis piernas, ella descruza las suyas, y nos

quedamos en silencio como si estuviéramos cumpliendo algún rito orientalista.

Pero fuera de esta casita habrá seguramente otros impasses, otras discusiones, otros

problemas, y a pesar de todo eso el amor no se detiene.

--Yo conozco otros casos. Mira: en mi trabajo hay una compañera que se entregó a

un hombre y después se ha quedado así... -me dice, lamentosamente, como el

cuarto movimiento de la sexta sinfonía de Tchaikovski.

--Así... ¿cómo?

--Así... vaya, se quedó así, con el niño, y el hombre nananina.

--¿Con el niño? ¿Con qué niño? ¿De qué tú estás hablando, criatura?

--Sí, tú me vas a decir ahora que eso no importa, que la gente siempre habla, que la

opinión, que esto, que lo otro, pero no. ¡No puede ser!

--Elina... -pronuncio su nombre con resignación cristiana. Y me parece que yo

también estoy haciendo la verdadera pavana de la noche.

--¿Qué?

--Mira, yo creo que lo mejor sería que nosotros...

Pero me detengo, porque mis palabras suenan tan huecas que yo mismo no las

creo.

--¿Que nosotros qué?

--No sé, chica, es que siempre caemos en lo mismo.

--Pero es que no hace tanto tiempo que estamos saliendo, querido. Tú quieres que

las cosas vayan demasiado rápido. Le matas la emoción a las cosas.

--¿Y cuándo vas a ser tú más comprensiva conmigo?

--Cuando tú seas más comprensivo conmigo -hace una pausa, abre su cartera, y

saca los caramelos, deliciosamente-. ¿Quieres?

 Me alcanza un caramelo con una sonrisa inocente y monalísica.

--Sí, dame uno acá.

Otra pausa, no menos lógica que la anterior.

--Yo te quiero, chico, no pongas esa cara.

Ni Cumbres Borrascosas. Si mi madre nos estuviera viendo me diría que estoy en

decadencia.

--Sí, sí, ya.

Me ofrece el caramelo que se ha colocado entre sus dientes y le voy a decir una

barbaridad, pero la noche está efectivamente hermosa y fría y los minutos que nos

quedan no pueden convertirse en discusiones estériles (por no decir ya bizantinas) y

decido que como no soy un estudiante de noveno grado, si esta es la última noche

que voy a pasar aquí con ella, en vez de ponerme a cantar Reloj como un

enajenado lo que tengo que hacer es disfrutar al máximo este mínimo placer. Y si no

lo es, también.



=====



--Bueno, cuando quieras nos vamos -le digo después de un último intento por

supuesto inútil. Me arreglo la camisa y el pelo revuelto y no la aprieto contra mí, no

la abrazo, no la toco.

--¿Ya tú te quieres ir? -y no me mira.

Se arregla. Nos ponemos en pie. Suspiramos.

--¿Cuándo nos vemos otra vez? -me pregunta mientras bajamos la lomita y nos

acercamos al portón dejando atrás un montón de sensaciones que a pesar de

todo vamos a recordar por unos días.

--No sé... deja ver -le respondo, con otro cigarro en la boca y unos deseos terribles

de llegar a mi casa y acostarme a dormir junto a mi esposa.



=====



La Avenida del Zoológico está callada y quieta y como no estamos muy cansados y

no es muy tarde aún preferimos caminar y meternos en las áreas verdes del reparto

Sueño hasta llegar a dos escasas cuadras de su casa. Ahí mismo nos miramos a los

ojos, pensamos lo infantiles que hemos sido otra vez, sentimos deseos de decirnos

montones de cosas, de volver a encontrarnos mañana o el próximo fin de semana,

y besarnos y abrazarnos y acariciarnos hasta el delirio como hemos hecho hoy, que

no importa que en la nueva despedida ella continúe siendo virgen si algún día...

pero no, volvemos a mirarnos a los ojos y una sonrisa (triste o resignada) suya y una

mirada mía (nostálgica o decepcionada) nos hacen pensar que hemos vivido una

noche igual a tantas otras noches en las que hemos estado al borde de la dicha y

que la vida ha sido eso y ha sido otra cosa a pesar de unos ojos, unos labios, unas

manos...



=====



Estoy parado en una esquina esperando el ómnibus que me lleve de regreso a mi

casa. Fumo. Siento el aire fresco de la noche. Y recuerdo el cuento de Oscar Wilde

que leí hace veinte años, que después que el ruiseñor tiñó de rojo con la sangre de

su corazón la rosa aquella, cuando el joven estudiante se la ofreció a su amada,

ésta le dijo: "temo que esa rosa no vaya bien con mi vestido. Además, el sobrino del

chambelán me ha regalado algunas joyas de verdad y es sabido que éstas cuestan

mucho más que las rosas". Y algo dentro de mí se rebela y pienso que el amor,

después de todo, nunca será como lo vio el ilustre irlandés cuando terminó su

cuento diciendo el estudiante: "¡qué cosa más tonta es el amor!" y metiéndose en su

cuarto a leer un libro, porque hace apenas un momento ella me decía "te llamo

después de las cinco" y yo le decía "espero ansioso tu llamada" y nos separamos a

unas cuadras de aquí, ya convencidos los dos de que sí, de que mañana mismo,

de que tal vez (¿o tal vez no?) mañana mismo después de las cinco podamos

comenzar de nuevo...



Augusto Lázaro


Santiago de Cuba, 1971

www.facebook.com/augusto.delatorrecasas










domingo, 15 de mayo de 2016

NADA MAS QUE TUS COSAS


Me despierto y te busco. En el olor a café fuerte que llega hasta mi cama. El sueño

se aleja y me doy cuenta de que ya no estás aquí, aunque apenas ayer te apreté

contra mí por un impulso último, inútil, de retenerte. Oigo la música del radio cuando

mi madre me alcanza la tacita de café. No me ha sido posible quitarle esa

costumbre. Me levanto. Ya pronto tú serás un recuerdo. Un recuerdo que siempre

llegará hasta mí como una gota de ternura. Pero sólo eso...



Nos conocimos en la escuela. Tropecé con ella a la entrada del laboratorio. Tenía

un pomo en las manos con un líquido oscuro que se le derramó y le echó a perder

la saya.

--Pedone.

Me miró con rabia y siguió su camino sin decirme una palabra. La segui con los ojos

hasta que dobló por el pasillo. Enseguida averigüé quién era, en qué grupo estaba,

todo lo que pude. Esa misma tarde, a la hora de salida, la busqué.



Ahora me contarás en la primera carta desde el aeropuerto de Barajas cómo te

sentiste ajena en ese espacio frío y atractivo del avión, cómo te sonreíste, nerviosa,  

con la cara pegada al cristal doble de la ventanilla, y cómo después, desde el cielo

de nadie, los pedazos de hormigón se hicieron manchas en tus ojos desde una

superficie que se te alejaba demasiado rápido. Me contarás cómo mirabas desde

la ventanilla del Iberia tan cómodo, lujoso, moderno, el saloncito donde esperaste

a última hora, los cristales de la cafetería donde te comiste la última merienda, las

cosas que ya no ibas a ver más. Lo que pensaste cuando la azafata española se

acercó a tu asiento y te entregó un bolígrafo, un sobre y unas hojas de papel con

el timbre de Iberia, cortesía de la empresa. Escribir, escribir enseguida. Escribir,

mientras te sonreías y se te salían las lágrimas...



Comencé a acercarme a ella.

--¿Todavía está enojada?

--Ya no... pero figúrese, esa saya estaba acabadita de lavar.

--Sí, claro. Yo me hubiera puesto furioso también.

--Bueno, con permiso.

Por fin logré que sonriera y se olvidara del mal rato. Pero no me fue fácil porque me

esquivaba cada vez que podía. Después supe que esquivaba a todo el mundo. Al

cabo de un par de semanas ya conversábamos todos los días en el patio de la

escuela. Me dijo que era santiaguera desde hacía diez y siete años. Una tarde nos

fuimos a tomar helados. Me dijo que lo único que hacía, además de venir a la

escuela y estudiar, era ir al cine con algunas amigas.

--Y a veces a la playa.

--Bueno, pues en lo adelante no vas a ir más al cine ni a la playa con esas amigas.

--¿Y se puede saber por qué?

--Pues... porque en lo adelante vas a ir conmigo.

Pero de la sorpresa pasó a la sonrisa. "Qué atrevido eres", me dijo, riéndose. Entonces

todo aquello era hermoso.



¿Te acuerdas que una vez me dijiste que tú no eras libre porque no podías hacer

todo lo que querías y yo te dije, ingenuo como siempre, que cuando se hace lo que

se cree que se debe hacer se es realmente libre? Ahora recuerdo los nombres, los

lugares, las nuevas caras que conocíamos en el reparto Sueño, cerca de tu casa, a

la que nunca me invitaste, nuestras conversaciones en las cuales las ideas se

transformaban en el curso violento de los días que vivíamos, que aunque tú lo

intentaras, no podías apartarte de ellos. "¡Oh, libertad, cuántos huyen de ti,

buscándote!". "¿Quién dijo eso?", me preguntaste aquella vez. Pero no, tú sentías

que a ti te llamaba la civilización occidental, que en tus oídos resonaban los

nombres de Harvard, de Oxford, de Sorbonne, mientras yo te hablaba, muy bajito,

pegado a tu oído, del "verde y verde, / azul y azul, / palma y palma bajo el cielo"

que llegaste a confesarme que "me gusta mucho ese poema". Santiago palpiataba

rodeándonos como una madre cariñosa y alerta. ¿Quién tenía razón? Apenas

ahora me acuerdo y las palabras me suenan tan ajenas como si no las hubiéramos

pronunciado nosotros. ¡La verdad! ¡Quién pudiera encontrarla algún día!...



Me costó mucho trabajo covencerla para ir a la playa.

--Ya te he hablado de mami, ya te he dicho cómo es.

--Me lo has dicho, pero tu mamá tiene que comprender que algún día tendrás que

salir sola, ¿no?

--Mami no comprende nada. Imagínate hasta qué punto llega mami que cuando

yo voy a salir de noche con alguna amiga, con alguna amiga de su entera

confianza, ¿oíste?... pues, esa amiga es la que tiene que ir a mi casa a recogerme

y aguantarle el sermón. Y no le digas nada porque te come.

--No sé... pero yo creo que si hicieras un esfuerzo...

Era la playa que quedaba más lejos: cincuenta kilómetros por el litoral, al oeste de

Santiago. El mar siempre, a la izquierda, a la derecha las montañas de la Sierra

Maestra. La escogí por eso mismo, pero además, porque me gustaba su arena tan

limpia y a esa playa no iba mucha gente. Un poco de soledad nos convenía,

pensaba. Todavía cuando regresábamos a la ciudad me resonaban sus primeras

palabras de aquel día: "es la primera vez que me escapo, ¿comprendes?, tengo

que estar en la casa a la hora del almuerzo". Pero a pesar de las preocupaciones,

del nerviosismo, de las miradas constantes al reloj guardado en la bolsita, en la

arena, cuando llegamos a Santiago eran más de las dos de la tarde.



Encuentro esos recuerdos en tu cuarto, entre pomitos de perfume, hilo de coser,

algunos ganchitos de pelo, un creyón de labios, centímetros desenrollados, dos

sandalias muy usadas, una toalla blanca y una astilla de jabón en la ventana. Y en

la mesita de caoba aquel despertador pequeño que marca todavía su tic tac

monótono. Las últimas cosas que tuviste en las manos, en este mismo cuarto, en

esta misma casa ahora vacía que todavía no tiene la nostalgia de tu risa, de tus

manías, de tus prendas, de tus secretos íntimos. Ahora, dentro de unos días, cuando

te acostumbres a caminar por otras calles, pasearás por la Puerta del Sol y yo

descansaré en la Plaza de Dolores, te asombrarás de las vidrieras llenas de rarezas

mientras yo registre librerías y estanquillos, correrás por La Gran Vía cuando yo

atraviese el parque Céspedes para esperar el ómnibus, entrarás en esas tiendas

grandes llenas de tantas cosas que no podrás comprar, pero que soñarás que un

día quizás puedas comprar. Y gritarás, eufórica. Y en cada nuevo amanecer de tu

cuarto serán menos las imágenes de esta ciudad de ensueño...



Después, casi todas las tardes nos íbamos al cine, a la Alameda a sentarnos en un

banquito roto a mirar los marineros sin camisa que cargaban cajas o manipulaban

sogas y herramientas en los barcos anclados en el puerto. A veces comentábamos

una película, pero nunca nos poníamos de acuerdo. Otras veces llegábamos a La

Granjita y nos quedábamos allí estudiando. Yo la repasaba en Matemáticas, me

acordaba de los ejercicios que tres años antes había practicado cuando comencé

mis estudios en aquella escuela donde ella recién comenzaba. Allí en La Granjita

me lo dijo, una tarde de mucho calor.

--Mira, después de andar contigo para arriba y para abajo el tiempo no me rinde.

Estudio poco, no ayudo casi nada a mami en las cosas de la casa, un desastre. No

sé lo que me pasa. A veces pienso que... no sé... no sé por qué tenemos que

matarnos tanto, y por gusto.

--Bueno, pero... ahora estamos estudiando, ¿no?

--Estamos estudiando, sí... pero tú sabes cómo terminamos siempre. Pero no es eso.

Mira, yo me he puesto a pensar en serio en todas estas cosas: una estudia y estudia,

y se sacrifica, y se mata, y... no sé, creo que no vale la pena.

--Yo creo que sí, que sí la vale.

--Yo creo que no. Pero bueno... tú sabes que aquel día de la playa, la primera vez

que fuimos, ¿te acuerdas? Ah, no te lo había contado. Tú sabes que mami me dijo

horrores, pero horrores. Me pasé toda la tarde en mi cuarto, llorando como una

criatura, por las cosas que mami me dijo.

--Cosas de las madres. Todas las madres son así. Además, era la primera vez que te

escapabas, tú misma me lo dijiste, ¿no?

--Tú no conoces a mi mamá, no te la puedes imaginar.

--Pues créeme que me gustaría conocerla.

--Quiero decirte algo -hizo una pausa, se quedó callada y me miró fijamente-. Algo

que te va a sorprender. No, espérate. He tratado de no hablarte de eso, pero ya no

lo puedo demorar por más tiempo.

--Suéltalo, a lo mejor no me sorprendo.

--Pues... la cosa es que... mi familia se va del país.

--¿Quieres decir... tus padres?

--Claro. Mis padres, mi hermano, mi tía, y...

--¡Y tú!

No demoró mucho en contestarme. Tenía que irse con ellos, naturalmente. Ya yo lo

sabía, lo había oído comentar en la escuela, pero nunca le había hablado de eso.

Me quedé mirando el merendero de La Granjita, donde había otra pareja

acariciándose discretamente, los árboles, los bancos vacíos. Recogí los cuadernos y

ella se dio cuenta de que las palabras en aquel momento eran inútiles. Nos fuimos,

caminando muy despacio, separados. Cuando estuvimos cerca de su casa se me

quedó mirando, sin pronunciar una palabra. En sus ojos no había una lágrima.



En Madrid amanece seis horas antes que en Santiago. Tú estarás en tu primer piso

ibérico, quizás mañana mismo, quitándote la ropa de la calle, dispuesta a dormir

otra noche de otro meridiano, mientras yo salgo de mi casa cuando aún no se

encienden las bombillas en los postes de los parques. Entonces, con el aire frío y los

árboles sin hojas de parques desconocidos, con tu pelo deshebrado en ese aire que

te oprimirá y hará mover tu encía y hará que tu cuerpo busque el calor de otro

cuerpo, la distancia será palabra muda, una exclamación pueril, tal vez romántica,

un aire tibio que se mete entre las ramas de los árboles y arrastra muchas hojas por

los adoquines de cualquier calle vieja parecida a estas calles que no recordarás

seguramente...



--Desde aquí se ve la ciudad como si se estuviera hundiendo en la bahía. Qué

curioso.

--Sí, es curioso. Está como metida en un hueco o algo así, ¿no?

Estábamos en el murito, frente al Museo de la Lucha Clandestina, en pleno barrio

Tivolí, típico y pintoresco. La había llevado allí para que viera cosas, pero cuando

salimos del museo no hizo ningún comentario.

--Dicen que por eso hace tanto calor.

--No, no es por eso. El calor de Santiago lo tiene su gente.

--Se te sale el poeta, dondequiera que estés.

Se reía, se reía mucho, pero en el fondo ella también amaba la ciudad.

--Tú no sabes lo que es querer un lugar y tener que dejarlo.

Me lo dijo muy seria, volviéndose hacia mí. Casi no había nubes. El cielo de metal

caía suave, transparente, sobre la bahía. Unos niños se acercaron. Corrían detrás de

otro niño, pequeñito, que le había quitado la carpeta a alguno de ellos. La miré.

Acaricié su pelo largo. Mis ojos buscaron otra vez la bahía, allá abajo, el movimiento

de punticos que se hacían difusos con el resplandor, y aquí arriba los niños que

retozaban en el callejón. Nos llegaba una música que siempre se escucha desde

algún balcón abierto. Desde el puerto escapó como un relámpago la sirena de un

barco. Entonces la besé, furiosamente, como se besa a alguien que se quiere y que

se sabe que no va a besarse más.



Me escribirás desde Madrid y me dirás que el frío no te impide oler las flores de El

Retiro, ni saborear las fabadas de El Greco, ni admirar con tus nuevos amigos la

majestuosidad de El Escorial. Y cuando el frío sea algún recuerdo perpetuado en

fotos, te irás a las piscinas de los pobres a ponerte la piel como si te la hubiera

calentado el sol de Siboney. Para entonces ya no soñarás con el Puerto Boniato

o Punta Gorda o Juraguá. El Morro no será una vista fija en algún proyector que te

compres. La Granjita saltará en tu memoria cuando te escriba alguna amiga de

luna de miel. Y las calles de Santiago no serán capaces de sacarte ni un solo

sollozo. Qué guapa lucirás entonces, posando para una nueva foto, con tu gorrito

y tu sonrisa abriéndose en la Puerta de Alcalá, y con un gramo de nostalgia que

salió de tus ojos cuando te acercabas al Mediterráneo por primera vez, a punto

de brotar de tus entrañas convertido en risa. Qué guapa lucirás en la semana

santa de Sevilla, con diez mil velas encendidas quemando la noche de la fiesta

brava, en la Alhambra de las cuerdas morunas, con el colorido andaluz que verás

como un mito, en los piropos que se llevan las españolitas que pasean su gracia

morena en las verbenas de Valencia, de Jaén, de La Coruña, con el vinillo de Jerez

y la viuda de Wenceslao Monerris y los turrones de almendra de Jijona y los litros de

aceite de oliva, calidad suprema. Qué guapa y qué joven... ¡y qué sola! lucirás

en España...



Pero la vida la tiene todavía. No ha perdido su olor ni su color ni su sabor a carnaval

con chivo y con cerveza fría y el vapor de la conga y la corneta china arrollando en

la anchura de Trocha. En cada prenda que dejó se palpa alguna instancia suya y

en cada lugar donde ella estuvo alguien se acuerda de sus ojos. Repaso sus

imágenes, porque ahora me doy cuenta de que la nostalgia se puede someter y

que ya pronto ella será un recuerdo, un recuerdo que siempre llegará hasta mí

como una gota de ternura. Pero sólo eso.



Augusto Lázaro

Santiago de Cuba, 1969

www.facebook.com/augusto.delatorrecasas