sábado, 10 de enero de 2015

ESA MUCHACHA TRISTE QUE SUEÑA CON LA NIEVE 1

Los caminos que duermen en los ojos de un niño

corren más a la espuma de la rosa que el sueño.

Un niño ríe y canta

en la rama del hombre verdadero.

En esa rama todo lo que canta

es el niño que en ella está durmiendo.



Manuel Navarro Luna



Pero es imposible andar por la vida sin confianza: es decir, estar preso en el peor de

los calabozos: en uno mismo.



Graham Greene



Sé que en el mundo hay dolor

Pero no es dolor el mundo



Pedro Luis Ferrer



No me acuerdo de nada que valga la pena recordar. Desde que tengo memoria,

siempre estuve encerrada entre cuatro paredes, en una casa donde nunca se oía

música, donde la puerta y las ventanas de la sala siempre estaban cerradas, donde

las cortinas se desgarraban de viejas y de polvo. Mis hermanos sólo se acordaban

de mí para esconderme los juguetes y los libros de cuentos, para tirarme migajas de

pan, para apagarme la luz cuando yo estaba en mi cuarto por las noches. Mi mamá

no les decía nada, porque siempre estaba encerrada en su cuarto, rezando, o

conversando con algunas amigas que la visitaban, cuchicheando para que nadie

las oyera. Y de mi papá no quisiera acordarme. Siempre en la calle, a veces se iba

con mis hermanos cuando ellos iban a la escuela. No recuerdo que mis hermanos

me hayan dado un beso nunca. Salieron a mi papá, que tampoco era muy amigo

de besarme. Yo, mientras no iba a la escuela, me pasaba todo el día en mi cuarto,

como mi mamá, con mis juguetes y mis libros, y cuando aprendí a leer me pasaba

las horas leyendo los mismos cuentos que me hacía mi mamá, que ya no sólo tenían

figuritas en colores, sino letras, muchas letras. Mis mejores momentos eran antes de

dormir, cuando venía mi mamá, y se sentaba en el borde de mi cama a hacerme

cuentos y a acariciarme y a hablarme de cosas buenas y bonitas que ella decía

que pronto nosotros veríamos y tendríamos. Siempre me contaba cosas de un lugar

que yo no conocía, de una gente que yo no sabía quiénes eran, de una casa muy

grande y muy blanca, con un jardín al frente, con muchas puertas y con muchas

ventanas, con cortinas de colores brillantes y flores en todos los cuartos. Una casa

que nunca estaría cerrada, que estaría limpia y ordenada, alegre. Me decía que en

esa casa nosotros viviríamos felices y yo tendría una habitación pintada de rosado,

con adornos muy finos, con muchas muñecas y muchos juguetes bonitos y muchos

libros de cuentos, y que esa casa estaría en un país lejano donde nadie nos iba a

molestar y donde tendríamos muchas amistades, y que allí podríamos hacer fiestas

y todas esas cosas. Pero yo no la entendía muy bien. Oyéndola hablar tanto me

quedaba dormida. Y volvía a soñar con la nieve...



En la escuela yo me entretenía mucho, oyendo a la seño y jugando en el aula, pues

en las aulas de primaria había muchos juguetes, y yo jugaba con las niñas que había

conocido en la escuela. Hice muchas amiguitas y algunos amiguitos, pero con los

varones yo tenía mucho cuidado, porque mi mamá siempre me estaba advirtiendo:

mira, mi amorcito, tú ten mucho cuidado con los varones, no les des confianza, que

todos son unos malandrines, y si les das confianza y les enseñas los dientes después

se van a propasar, te van a hacer maldades, te van a esconder tus cosas y hasta a

robártelas si te descuidas. A mí me gustaba la escuela, me gustaba mucho, porque

así salía de la encerradera de mi casa, aprendía muchas cosas, podía jugar con mis

amiguitas, corría, hacía bulla, y hasta cantaba. Una seño nos enseñaba canto. Ah,

también podía ver otras calles, otros edificios, parte de la ciudad donde vivía que

apenas había visto. Así pasé los primeros años. Mi mamá me llevaba a la escuela y

me iba a recoger a la hora de salida. Un día le dije: mami, estas dos amiguitas mías

van a ir a la casa a jugar conmigo un rato. Mi mamá se puso muy nerviosa, se me

quedó mirando, me llevó hasta la reja de la escuela, lejos de ellas, y me dijo: mira,

mi amorcito, a la casa tú no puedes llevar a ninguna de tus amiguitas, porque papá

no quiere que nadie vaya a la casa, a no ser alguna de nuestras viejas amistades

que ya tú has visto allí, dile a esas niñas que hoy no pueden ir, que quizás otro día, y

no te pongas triste, que ya pronto podrás tener en tu casa a todas las amiguitas que

quieras... Pero yo me puse triste, me puse muy triste, y fui a despedirme de las niñas

sin saber qué decirles, porque mi mamá tampoco me dejó que yo fuera a sus casas.

Ese día lloré mucho, pero no delante de mi mamá. Me metí en mi cuarto y allí me

desahogué. Me preguntaba por qué yo no podía llevar a mi casa a mis amiguitas

de la escuela y por qué yo no podía jugar y divertirme con otros niños de la escuela

y de la cuadra, porque no entendía nada. Y así pasé toda la escuela hasta que

llegué al sexto grado. En las vacaciones fuimos a la finca de una parienta de mi

papá que vivía con el esposo allí. Sus hijos y sus nueras se habían ido a otro país. Le

pregunté a mi mamá si ese era el país a donde nosotros iríamos a vivir y me dijo que

sí, que ya pronto nos tocaría a nosotros. A los pocos días regresamos y mi vida

continuó sin variación, en mi cuarto, con mis juguetes y mis libros. Ya los juguetes no

me gustaban mucho, porque eran para niños más pequeños, pero no me

compraban otros nuevos. Mi papá decía que no había para niños de mi edad, que

yo estaba en una edad difícil, y muchas cosas más. Y le decía a mi mamá que no

podíamos gastar en esas tiendas que había para gente que podía comprar en ellas,

y yo sin entender nada de eso que hablaban. Todo está muy caro, y pagar con fulas

es peligroso, mujer, te lo he dicho mil veces, le decía mi papá a mi mamá... Ese día

busqué por primera vez una palabra en el diccionario que tenía mi papá en una

vitrina vieja, pero no encontré la palabra. Yo sabía cómo se buscaba porque en la

primaria nos habían enseñado a buscar palabras en el diccionario, pero no

encontré esa palabra tan rara que yo nunca había oído, fula. Y no me atreví a

preguntarle a mis padres, porque en esos días ellos peleaban mucho y mi mamá

siempre estaba en su cuarto llorando y quejándose de unos dolores que le daban. Y

así llegó el primer día de clases en la secundaria...



En la secundaria mi vida cambió. Iba y venía sola, con cierta libertad. Me levantaba

muy temprano, porque las clases comenzaban a las 7.30. Me aseaba, yo misma me

preparaba el desayuno, me ponía el uniforme, y salía a la calle contenta. Me gustaba

caminar, ver la gente, conocer la ciudad, oír el ruido de los vehículos, todo eso. Me

gustaba todo eso. Y tenía la libertad que en la escuela primaria no pude tener. ¡Ah!

Enseguida hice nuevas amistades. El primer día no hubo clases, pase de lista, la

presentación de los profesores, que ahora no eran sólo mujeres, lectura de horarios y

planes de estudios, y todo un berenjenal que nadie entendía. Pero a partir del día

siguiente lo que nos cayó no fue de amigo: había asignaturas para hacer dulce,

algunas que yo ni me imaginaba que existieran, preguntas en las clases, trabajos

para la casa, exámenes fuertes que ya anunciaron ese mismo día, y muchas cosas

más. Ahí yo comencé a familiarizarme con el mundo exterior que en mi casa yo

no conocía. Y sobre todo con la gente. Cuando faltaba algún profesor me iba a

caminar por los alrededores de la escuela o a tomar helados con el dinero que

todas las mañanas al salir me daba mi mamá para la merienda, o a ver las tiendas.

Las tiendas no tenían casi nada en las vidrieras, a no ser las tiendas especiales que

decían, donde no nos dejaban entrar. Al principio daba vueltas yo sola, pero a las

pocas semanas comencé a salir con dos compañeras del aula que se hicieron muy

amigas mías, y cuando faltaban dos profesores de clases seguidas, que teníamos un

par de horas libres, nos metíamos en el cine Abdala y allí nos quedábamos un rato.

Eso cuando nos dejaban entrar porque la película no era prohibida. A veces no nos

daba tiempo de ver la película completa, pero nos divertíamos en la oscuridad, con

miedo de que alguien se metiera con nosotras, pero a esa hora había muy poca

gente. Al cine no podíamos entrar con uniforme, pero nosotras sonsacábamos a un

portero algo viejo y un poco resbaloso que le gustaba tocarnos la cabeza y los

hombros, pero nosotras no dejábamos que pasara de ahí. Por eso nos dejaba pasar,

asustado y mirando a todas partes, y diciéndonos que si lo cogían en eso lo ponían

de patitas en la calle. Yo no podía aparecerme en mi casa ni un minuto más tarde

de la hora que mi papá calculaba, así que cuando faltaban varios profesores no sé

por qué motivo aprovechábamos caminando y observándolo todo. Yo, que de niña

nunca tuve ropa escogida por mí, me quedaba embelesada mirando los vestidos

y las telas que vendían y que nunca podría comprar, pues las daban con una libreta

que tenía todo el mundo, y que la de nosotros mi mamá nunca me dio para que yo

comprara algo. Me decía que cuando yo trabajara y ganara dinero allá donde

iríamos a vivir podría comprarme todo lo que quisiera, y yo seguía en las nubes. Pero

mi papá me decía que una niña no tiene que estar pensando en tiendas ni en ropas

ni en cines ni en la calle ni en nada que se le pareciera. Mi mamá me compraba la

ropa, pero nunca me llevaba con ella a las tiendas para que yo la escogiera. Y así

fui estudiando, pasando las pruebas, los exámenes, y pasando la secundaria, y poco

a poco fui conociendo que fuera de mi casa existía otro mundo y otra vida y otra

gente distinta a mis padres y a la poca gente que visitaba mi casa. Con las niñas de

la escuela me relacioné muchísimo. Ahora ya no eran niñas, sino muchachitas, o

muchachas, aunque los profesores les decían alumnas. Yo me hice de dos o tres

buenas amigas con las que solía pasear, o tomar helados, o ir a ver las tiendas y a

veces al cine. Con los varones tuve mucho cuidado, mi mamá no se cansaba de

darme la cháchara, mira, mi amorcito, no es una exageración de mi parte, tienes

que cuidarte de los muchachos esos y no darle mucha confianza a ninguno, evita

problemas y hazme caso, que yo sé lo que te digo. Pero yo no los veía tan peligrosos

como me decía mi mamá... Y así terminé mis estudios en la dichosa secundaria.

Nuevas vacaciones, nuevas visitas al campo, pero mi vida no cambiaba mucho.

Hasta que comencé los estudios en el Pre...



El Pre fue mi gran descubrimiento. Ya de la primaria no me quedaba ninguna amiga,

y de la secundaria sólo quedaban algunas, repartidas en distintas aulas. Por eso hice

nuevas amistades otra vez. Y con ellas a descubrir la verdad de la calle. Y de la

situación, como decía mi papá cuando hablaba con sus amigotes. Nada, que la

situación está de pinga, decía, porque las palabrotas le salían de la boca como la

saliva. Todavía en la secundaria yo no me atrevía a decir malas palabras, a pesar

de oírselas a mi papá todos los días, pero en el Pre tuve que acostumbrarme,

porque allí todo el mundo las decía. Una de las muchachitas del Pre que se hizo mi

mejor amiga me decía: mira, socia, no se puede vivir comiendo mierda, así que

espabílate, porque te quedas fuera del potaje... Qué tipa. Pero me llevaba bien con

ella y no le hacía mucho caso. Los estudios, durísimos, tenía que estudiar por las

noches hasta tarde, a veces iba alguna compañera del aula que ya mi mamá me

dejaba llevar, otras era yo quien acudía a la casa de alguna a estudiar juntas, con

el sermón de mi papá sobre la hora de regresar y todas esas cosas. Yo tenía algo

más de libertad para moverme, iba sola algunas veces, además de al Pre, a hacer

alguna compra, salíamos del Pre a callejear un poco y nos juntábamos con algunos

varones para ir a tomar helados y a ver las tiendas y a veces nos llegábamos hasta

el zoológico, que estaba cerca. Yo era la más atrasada del grupo en cuestiones

callejeras, eso era acuerdo unánime. Niña, estás en babia, me decía mi amiga cada

vez que se hablaba de algo que yo no cogía. Tremenda rabia que me daba. La

monguita del grupo. Pero se acostumbraron a mí y me abrieron los ojos. Y así seguí

en el Pre con las clases, las tareas, las libretas, los libros, las horas libres por ausencia

de profesores, las escapadillas, los ejercicios en la educación física, los juegos de

salón, las muchas proyecciones con medios audiovisuales, las maldades que

hacíamos escribiendo en la pizarra chistes verdes y groserías contra algún profe o

alguna seño que nos caía mal, tirándole tizas a los bedeles viejos, leyendo novelitas

románticas durante las clases, en fin, todo un mundo para mí fantástico que

descubría mucho después que casi todos mis nuevos compañeros de estudios que

ya conocían el paño. Claro que también estudiábamos mucho, a veces hasta la

madrugada, cuando teníamos pruebas o exámenes, porque no podíamos repetir el

año bajo ningún concepto. Esa era la consigna: la promoción hay que cumplirla,

alumnos, por encima de todo lo demás, así que pónganse a estudiar duro, que el

examen se acerca, decían los profes. Jamás voy a olvidarme de ese tiempo que

tanto me marcó. Sobre todo porque en esos años en la secundaria y en el Pre

descubrí todo lo que no había descubierto metida entre las cuatro paredes de mi

casa como una monja de clausura. Eso, hasta que conocí a Tony...

(continuará)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

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sábado, 3 de enero de 2015

ESA MUCHACHA TRISTE QUE SUEÑA CON LA NIEVE

PROLOGO

Cuando yo era una niña mi mamá me peinaba por las noches antes de dormirme.

Me acuerdo muy bien, porque ese es uno de los pocos recuerdos que yo quisiera

conservar de mi niñez. Mi mamá me peinaba y me arrullaba, y hasta me cantaba

algunas veces, me cantaba una canción muy linda que decía era un día una

princesa / que vivía en un castillo... y no recuerdo más. Mi mamá tenía una voz

melodiosa y cuando me cantaba se ponía más bonita, porque mi mamá era muy

bonita. A mí me lo decían: ¡qué bonita es tu mamá! Yo le decía muchas cosas:

mami, yo quisiera ser una princesa de ésas, de los cuentos que tú me haces, y

quisiera vivir en un castillo muy grande, y quisiera perderme en el bosque de los

árboles gigantes para que me rescatara un caballero de ésos, de capa y espada,

montado en un caballo blanco, y todas esas boberías. Mi mamá se reía cantidad

y me pasaba las manos por el pelo, despeinándome, para empezar a peinarme

otra vez, hasta que yo me rendía... Yo siempre me quedaba dormida cuando mi

mamá me acariciaba la cabeza. Me rendía y soñaba. Y siempre soñaba con la

nieve, porque mi mamá me hacía muchos cuentos de la nieve, de cuando ella

conoció la nieve allá en el Norte, antes de que yo naciera, y yo veía la nieve con los

ojos de mi mamá. Y ¿cómo es la nieve?, le preguntaba, y ella me decía que la

nieve es blanca y fría, se parece al azúcar, pero si la pones al sol se derrite, porque

la nieve es mágica. ¿Y dónde está la nieve? Está lejos, mi amorcito, muy lejos de

aquí, por eso tú no puedes verla ni jugar con ella. Y mi mamá me contaba que ella

había visto la nieve cuando era más joven y más fuerte y más bonita, y podía correr,

brincar y retozar horas enteras, así como yo. Pero a veces se ponía a mirar las fotos

que estaban encima de la cómoda o en la mesita de noche, al lado de mi cama, y

se ponía triste. Se ponía muy triste. Después me acariciaba la cabeza y yo me

dormía... Cada vez que pienso en esas cosas yo también me pongo triste, por eso no

me gusta recordar, porque el único recuerdo agradable que tengo de cuando yo

era una niña es mi mamá. Y mi mamá no está conmigo...

(continuará)

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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domingo, 30 de noviembre de 2014

EL AULA SUCIA - CAPITULO FINAL


...hasta que apareció aquel dolor y comenzó su ciclo de quejarse, de sentirse mal,

de tirarse en la cama y no desear otra cosa que permanecer en esa posición, en

espera de lo imprevisible, postrada, mirando un punto fijo del techo o las paredes,

y angustiándose hasta la desesperación, sólo pensando en lo que creía su gran

desgracia, preguntándose por qué a ella, mientras Mario y Mercy intentaban,

inútilmente, apartarla de la idea permanente que se había hecho fuerte en su

cerebro. Y comenzó a ausentarse del trabajo: primero varios días, después varias

semanas, al final solicitando permisos y presentando los certificados que ya le

expedían en la policlínica, en el hospital, y en los centros especializados a donde

acudía con Mario o con Mercy, y algunas veces sola, sin más compañía que su

dolor agudo intermitente, que a veces atenuaba sus punzadas, pero que siempre

volvía con más fuerza, atenazándola con la desesperación de la impotencia para

descifrar y resolver su enfermedad. Y así fue como le descubrieron una cervicitis

crónica, y así fue como llegó al Oncológico, donde el doctor Julio César la conminó

a predisponerse para una operación urgente, que después del resultado negativo

de la biopsia se fue posponiendo, hasta que por fin, tras pasar quince días ingresada

en el hospital "Ambrosio Grillo", en el materno-sur le practicaron una criocirugía en

el cuello del útero... todos esos recuerdos se amontonan ahora, dispersos, pero

reincidentes, en los pensamientos de Marnia, recostada al muro del balcón, mirando

a la distancia, allá a lo lejos, a los edificos de la Universidad, de su Universidad, que

ya no lo sería más... y Marnia recuerda aquella reunión del nújcleo del Partido de su

Departamento, presidida por Elvira, y con la asesoría de la doctora Morell, de cuyos

pormenores se enteró por Liliana, que en un arranque de sinceridad incontenible

se los enumeró, sin ocultarle ni un solo detalle:

               Elvira planteó que a pesar de tu intervención en aquella asamblea, a ellos

               les resultaba difícil justificar una sanción por algo que aunque era

               considerado como grave desde el punto de vista político, no aparecía

               fundamentado en ningún documento oficial. Enseguida agregó que de

               todos modos a ti había que sancionarte, y repitió como un papagayo todo

               lo que había dicho en la reunión donde se discutió tu caso. Oyeme, no sé

               cómo pude contenerme cuando esa mojona se atrevió a decir que ahora

               ellos sí tenían una razón válida, oficial, estipulada por el reglamento ramal

               de la enseñanza universitaria, para tomar una medida disciplinaria contra

               ti, y que esa razón era tu ausencia del trabajo. ¿Te imaginas? Declararte

               ausentista. Dijo que así podían sancionarte dentro de los límites legales, y

               que no pareciera algo político, sin cometer ningún desliz que pudiera usarse

               contra ellos. Ah, pero lo mejor del caso no fue lo de Elvira. De ella se podía

               esperar cualquier cosa. Lo mejor fue lo que dijo la doctora Morell: "yo he

               tratado de localizarla, le he enviado varios avisos, pero ella no responde, no

               se ha presentado aquí para aclarar su situación, y yo creo que eso es una

               falta de respeto inadmisible que..." Mira, la sangre se me enciende cada vez

               que me acuerdo. Claro que yo intervine y hablé hasta por los codos, y solté

               allí todo lo que me salió del papo, de la rabia que tenía. Oír decir eso de

               una mujer enferma, que ha pasado por lo que tú has pasado, y que sólo

               por decir lo que piensa le están arreglando la cama para quitársela de

               encima, y de ñapa agarrarse de eso, de tu ausencia al trabajo, no, mi

               amiga, un ser humano que tenga sangre corriendo por sus venas y aunque

               sea un mínimo de vergüenza, no se puede quedar en silencio ante tanto

               descaro. Pues como te lo cuento: la doctora Morell planteó, óyeme, te lo

               juro que así mismo fue, que tú debías ser separada del Departamento... así

               mismo, imagínate, y ahí mismo doña Elvira se lanzó, ella que quizás ni había

               pensado en una separación, y Oscar entonces señaló las cosas que según

               él tú tienes en contra, y nadie más tuvo el coraje y la decencia de señalar

               ni una sola cosa buena de las que siempre te han señalado. ¿Te acuerdas

               lo que dijo todo el mundo cuando se analizó tu clase abierta? Pues así

               mismo fue: todos arratonados, haciéndose cómplices de semejante

               desvergüenza. Cuando yo terminé de hablar, lo único que dijo Elvira fue

               que mi caso, sí, así mismo, mi caso, sería analizado en una reunión del

               núcleo que próximamente se celebraría, porque... oye esto: porque yo me

               estaba apartando de la línea de conducta trazada por el Partido para sus

               militantes... ¿Para qué seguir contándote toda esta mierda que...? Si me

               dan deseos de vomitar, pero de vomitarle encima a esos pendejos...

De esa reunión había salido, ya Marnia no tenía dudas, la resolución decanal que

la separaba definitivamente de la Universidad, atendiendo a sus reiteradas

ausencias, sin tomar en cuenta certificados médicos, ni solicitudes de licencias sin

sueldo, ni lo más importante: su estado de salud, tan evidente que sólo un miserable

podía pensar que no era para tanto, como había dicho -según Liliana- la doctora

Morell en esa reunión posterior donde por fin se decidió su separación definitiva. "Yo

creo -dijo entonces la doctora Morell- que lo que ella tenía no era para tanto. Ella

podía haber venido aquí a justificar sus ausencias, y podía haber comenzado a

trabajar desde el mismo comienzo de curso"... Marnia recuerda todo eso ahora en el

balcón, y no puede evitar que sus lágrimas le rueden copiosas, ni que sus labios se

aprieten en un gesto de dolor, de rabia, de impotencia. Ya todo estaba hecho. Ya

todo estaba decidido. Ya ella había visitado lo que fue su centro de trabajo, su

segunda casa, por última vez. Ya había recibido su último salario por correo

certificado, su tiempo acumulado de vacaciones que no se contaron, su expediente

laboral lacrado con su historial como trabajadora, que debía acompañarla de por

vida casa vez que acudiera a optar por algún nuevo empleo. "Ya todo es inútil.

Mejor no pensar más en eso"... El día comenzó a nublarse. Marnia notó que la

temperatura había subido. Se volvió. Mario no se veía por ningún lugar. Entró al

apartamento y se quedó de pie, en medio de la sala, y su vista se dirigió al estante

donde tenía sus libros, sus folletos, las conferencias y los seminarios que había

impartido, las notas, los trabajos que le habían servido para dar sus clases durante

esos cinco años pasados en la Universidad... De pronto se dijo en voz alta: "voy a

quemar toda esta mierda", y se desplomó en una butaca. Casi sin fuerzas, respirando

con dificultad, comenzó a llorar estrepitosamente...



Santiago de Cuba, 1992 – 1994

Augusto Lázaro

@augustodelatorr


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sábado, 22 de noviembre de 2014

EL AULA SUCIA 50

--Pase, compañera.

No le contestaron los buenos días que había dado al pararse en la puerta de la

Secretaría de la Facultad. En la oficina, además de la secretaria, se encontraban

dos mujeres jóvenes sentadas en un sofá pullman, conversando, pero ambas

callaron cuando Marnia entró. La Secretaria le extendió un sobre manila sellado con

presillas, tomó una hoja de imprenta escrita, y le dijo "firme aquí". Cuando Marnia le

entregó la hoja firmada, la Secretaria le dijo "gracias" y continuó revisando los

papeles que tenía sobre su buró. Al salir de la Secretaría, Marnia volvió a decir

buenos días, a lo que tampoco respondieron las mujeres que se mantuvieron en

silencio. "Hasta hace poco me decían profesora, ahora me dicen compañera,

dentro de poco me dirán ciudadana", pensó, bajando por las escaleras de las

oficinas de la Facultad. En sus manos llevaba su expediente laboral, documento

que tendría que conservar y presentar ante cualquier posible empleador cada vez

que aspirara a una plaza en algún organismo, dependencia o empresa: el patrón

sería siempre el mismo: el Estado. No podría ocupar ninguna otra plaza en ningún

otro centro laboral sin presentar ese expediente, en el que aparecía la sanción,

además de las observaciones que el Partido, el Sindicato, la Administración y la FEU

habían escrito y archivado en su historia laboral, cosa que prácticamente impediría

que pudiera obtener un buen empleo en el futuro, pues todos sus posibles

empleadores tomarían como sagradas las opiniones vertidas sobre ella en ese

expediente. "¿Habrán colocado mis evaluaciones, mis chequeos de clases, mis

certificados médicos, mis solicitudes de licencia sin sueldo?", se preguntaba, frente a

la puerta de su apartamento, imaginándose que Mario abriría el expediente y leería

todo lo que había dentro, ya que su marido no era de los que se dejaban coger

desprevenidos, ni siquiera en estos trámites de papeleo que él consideraba carentes

de la más mínima importancia. Y Marnia abrió la puerta, apretando contra sí el

dichoso documento, agregándole la página con la certificación de entrega que

había firmado y recibido de parte de la Secretaría de la Facultad de Ciencias

Sociales y Humanísticas de la Universidad de Oriente, de lo que había sido, hasta ese

momento, su centro de trabajo, su segunda casa, la prolongación de su vida

profesional que la iba encaminando hacia empeños mayores dentro del magisterio,

interrumpidos por una enfermedad crónica aguda que la apartó de su dedicación

por un período de seis meses...

--Aquí tienes mi expediente laboral -le dijo a Mario tan pronto lo tuvo frente a sí,

dentro del apartamento-. Ahora sí creo que jamás volveré a poner un pie en la

Universidad.

(Próxima semana: capítulo final)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


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sábado, 15 de noviembre de 2014

EL AULA SUCIA 49


Qué sucios son, ninguno de ellos tuvo la decencia de decirme para qué me citaban,

y todos lo sabían, porque todos me citaron, parece que Elvira los atosigó con el

recado, si ven a Liliana díganselo, que tiene que estar aquí a primera hora en la

oficina del Partido, y como yo hace varios días que no me porto por allí,

preparándome para mi tesis sobre Manzano, tan pronto me vieron la cara me

cayeron encima como auras, Liliana, muchacha, te están buscando como cosa

buena, dice Elvira que tienes que estar en la... y así todos, todos, con sus caras de

disimulo blando, y a pesar de que le pregunté a la zorra de Adita, me salió con eso

de no, mija, yo no sé, la verdad que no sé, y cuando llego a la oficina del Partido

me encuentro allí con todos ellos, muy calladitos, muy formalitos, y Elvira con su cara

de yonofuí, y Oscar haciéndose el sueco, y Milagros, la pobre, como siempre, con la

vista en el piso y silencio en la noche aunque sea de día, y la misma Adita

mirándome como si estuviera despidiéndome en el aeropuerto para un viaje a

Europa... ¿y todo para qué?, ¡ah!, primero porque me sacaron del colectivo de

Literatura General, claro, eso era de esperar, porque sacaron a Ernesto del

Departamento, y ni el gato se escapó de los cambios, y a mí no me iban a dejar,

después de las puyitas de Elvira y de mi viaje postergado hasta lo infinito, no, a mí no

me iban a dejar de ninguna manera, y ahora esta mierda, no me imaginaba que

esta gente pudiera llegar hasta ese punto, yo sabía que estaban en algo conmigo,

¿cómo no iba a saberlo?, pero no pensé que serían tan sucios como para esto, sí,

porque eso es lo que son todos, unos sucios, hace tiempo que estaban girados para

mí, y al fin se decidieron, me dan ganas de tirarles el carné por las narices y decirles

métanse el Partido por el culo, cabrones, ah, pero no, de eso nada, primero tengo

que serenarme, porque en estas circunstancias cualquier paso que dé puede ser

desacertado, no, primero tengo que irme para mi casa y darme un buen baño de

agua caliente, tomarme un té, poner un disco de música relajante, serenarme un

poco, que el tiempo me pase con los ojos cerrados, tomando té y oyendo música,

porque tal vez esta gente lo haya hecho a propósito, para ver si yo salto, qué cosa,

y se van a joder, porque no me voy a dejar provocar, Elvira siempre me ha lanzado

sus puyitas, una vez dijo en una reunión, como quien no quiere la cosa, pues sí,

compañeros, hay que estar siempre alertas, vigilantes, porque hasta en el Partido

puede haber ovejas negras, y no tenía necesidad de decir nada más, porque allí

todo el mundo sabía que se estaba refiriendo a mí, la muy... bueno, está bien, esta

vez me ganaron, me prepararon la cama muy habilidosamente, cómo no, y Elvira

con su miradita soñolienta, la calabacita, como le dicen los alumnos, compañeros,

tenemos una situación que nos está golpeando, el Departamento de Extensión se

va a quedar sin director, ahora con el viaje del compañero Ramón a Burdeos,

ustedes saben... y ahí mismo empezó a elogiarme, qué pedazo de hipócrita, ustedes

conocen perfectamente a la compañera Liliana, y saben que no hay otra como

ella tan idónea para sustituir a Ramón, y claro que vamos a perder por un tiempo a

una de nuestras mejores profesoras, pero ustedes saben que en este curso la

compañera Liliana está enfrascada en la preparación de su tesis para el doctorado,

y tiene muy pocos grupos, y yo creo que en definitivas eso será una ayuda para

ella, pues le va a permitir disponer de un fondo de tiempo más amplio y... qué perra,

como si yo no la conociera, por un tiempo, claro, como todas las cosas aquí, te

dicen por un tiempo, te dan una coba, te ponen por las nubes, tratan de

demostrarte que eso es casi como un ascenso, y te vas a donde te manden, y pasa

el tiempo y te quedas allí definitivamente con cualquier excusa, que para eso son

campeones, ah, si yo no lo supiera, cuántas veces ha pasado, mira la misma Delia,

la sacaron del Departamento y le dijeron que se fuera a la Preparatoria, y de eso

hace ya cuatro años, y la pobre Delia allí comiéndose un cable, haciendo lo que no

le gusta, y sobre todo, estancándose, porque allí lo que tiene que hacer es repetir

las clases que ella misma recibió cuando estudiante, qué bárbaro, y todo eso

sucediendo sin que nadie se rebele, ah, pero conmigo la cosa será distinta y

diferente, sí señor, que yo soy profesora y lo mío es impartir clases y conferencias con

mis alumnos, que para eso me pagan el salario, educarlos, y compartir con ellos,

que me quieren y se llevan bien conmigo y les gusta que yo les dé clases, mis

alumnos, qué pensarán ellos de toda esta mierda, verme ahí metida en esa oficina

de Extensión, oliendo a cagadas de perro, en las quimbambas, donde nunca va

nadie, donde jamás voy a trabar una relación con alguna personalidad que visite la

Universidad, llenándome de papeles inútiles, de planillas, de gente sin importancia

que va allí a comer mierda cuando no tiene nada que hacer, anquilosándome,

poniéndome vieja sin ver ni la portada del último libro que sacan en los talleres

literarios y en las librerías de los edificios centrales, ¡los fósforos!, vamos a ver... tengo

que pensar muy bien qué pasos voy a dar, lo que debo y no debo hacer, le voy a

demostrar a esta gente que yo no soy Delia, ni Pardo, ni Ramón, que ahora le dan

un viajecito mierdero de una semana a Burdeos acompañando a la ilustrísima

Carola, para que se jubile feliz y contento, que él se conforma con poco, pero yo

no, no señor, y lo que más rabia me da de todo esto es que ellos lo hacen porque

yo defendí a Marnia en aquella reunión donde todo el mundo le echó con el rayo,

que desde aquella vez se pusieron para mí, algunos hasta propusieron sacarla de

aquí, y yo la defendí, porque se me subió la sangre oyendo tanta desvergüenza, a

una mujer que lo único que hace es dar sus clases y decir lo que piensa, lo que

siente, que es lo que piensan y sienten muchos que no tienen cojones para pararse y

decirlo en una reunión, por eso la defendí, y seguiré defendiéndola, ya lo creo que

seguiré defendiéndola, aunque me destarre aquí con estos hijos de puta, porque ya

me he dado cuenta de que no son otra cosa que unos hijos de puta, casi todos,

sobre todo Elvira, y esa nueva Decana, tan fina, tan decente, tan educada, tan

circunspecta, que es una víbora, nada más que atenta al menor paso en falso que

tú des para caerte encima, para machacarte y echarte al Partido de verdugo para

que te haga talco, pero ya verán... ya verán que no siempre se van a salir con la

suya estos hijos de puta...

(continuará)

Augusto Lázaro

@augustodelatorr


http://laenvolvencia.blogspot.com

sábado, 8 de noviembre de 2014

EL AULA SUCIA 48

El primero de noviembre de 1992 Marnia presentó sus descargos ante la Secretaría

de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanísticas, respondiendo a una diligencia

decanal que había recibido un día antes en la que se le informaba que se estaba

procediendo a enjuiciarla por sus continuadas ausencias al trabajo, ignorando en

la misma toda referencia a sus solicitudes de licencia sin sueldo que desde el mes

de agosto ella venía presentando. Nunca le habían comunicado que esas

licencias carecíeran de valor y mucho menos que no habían sido aceptadas. En su

carta de descargos, dirigida a la Decana, Marnia exponía, entre otras cosas que

               desde mi primera solicitud de licencia sin sueldo, en ningún momento se

               me aclaró ni especificó que éstas llevaban una manera

               institucionalizada de fundamentación, de ahí que siempre elaboré en las

               mismas una forma similar de solicitud, por lo que pensé que fueron

               recibidas y al parecer aceptadas por la dirección departamental...

Agregaba que desconocía las varias vías por las que, según su diligencia, la

Universidad había tratado de localizarla, pues en su casa siempre estaba ella o

cuando menos su esposo o su hija, y allí nunca había ido nadie oficialmente a

ninguna gestión de ese tipo,

               y me pregunto que si la dirección departamental entendía necesario y

               urgente comunicarse conmigo, así como dejar constancia de los

               esfuerzos que había hecho a tal efecto, ¿por qué en ningún momento se

               me hizo llegar un documento oficial por una vía testimoniante que se

               llama certificado de correos a mi dirección particular?

Y por último, informaba su desconocimiento del referido enjuiciamiento si es que se

estaba realizando sin su presencia, y de si quienes lo hacían habían llegado a

alguna conclusión, enumerando una vez más su proceso médico y hospitalario, por

todos conocido, pero que algunos, aparentemente, pretendían ignorar en la

Universidad.

--¿Y entonces?

Liliana se le quedó mirando. Marnia se había encontrado con ella a la salida de la

Secretaría y le contó los pormenores de su gestión. Hacía tiempo que no se veían y

decidieron caminar un poco y conversar para -según Liliana- descargar el vapor

que Marnia contenía sin desahogare.

--No sé. Ya no sé nada. Esta es la primera vez que se me comunica algo referente a

mi ausencia del trabajo, y mira qué tiempo hace que estoy sin trabajar.

--Vamos a mi casa. Necesitas refrescarte.

Se dirigieron a la parada del ómnibus. Por suerte pasó un Lada vacío al que hicieron

una seña, y el hombre que lo conducía las recogió y las llevó hasta Ferreiro.

--Por lo menos con el transporte hoy no estamos tan mal.

La casa de Liliana estaba en las afueras de Santiago. Era una casa grande, con un

jardín enorme a la entrada, y con un perro no menos enorme que enseguida que las

vio comenzó a ladrar estrepitosamente.

--Si no fuera por Guardían ya me hubieran robado hasta a mí misma.

Entraron. Liliana se puso cómoda y le brindó un té que tenía en un termo, todavía

caliente.

--Lo hago todos los días. Siempre estoy tomando té, a falta de otra cosa que me

calme...o me estimule.

--Dime una cosa, Liliana, ¿cómo tú, viviendo sola y trabajando tan lejos, te las

arreglas para las compras y para las tareas de la casa?

--Yo misma no lo sé. A veces una vecina me recoge los mandados, a veces yo

cuando regreso por la tarde, o los días que no voy a la Universidad. Pero eso sí: aquí

en la casa... -echó una ojeada a las cosas regadas y tiradas en cualquier lugar-,

aquí me las arreglo sola... -y mirando la cara de Marnia, suspiró y se dirigió hacia el

fondo- pero por lo menos está limpia, ¿no? Anda, siéntate y acomódate.

Liliana regresó con una botella de ron en la que sólo quedaban unos dedos. Vertió

el té en las tazas y echó una pizca de ron en la suya, pues Marnia rechazó su

porción, diciéndole que se lo echara todo.

--¿Y tu hija?

--Mi hija bien. Sigue en La Habana. Ya está a punto de graduarse.

--¡Ay! Cuando yo pueda decir lo mismo de la mía...

--Te vas a arrepentir, porque entonces te vas a creer que ya eres una vieja y cada

vez que te mires al espejo encontrarás alguna nueva arruga, o una línea más de las

patas de gallina -y se echó a reír. Las dos se rieron a carcajadas. Liliana, aunque ya

mayorcita, se conservaba tanto que tenía un cuerpo casi perfecto. Marnia la miró

un instante sin decir una palabra. Sí: Liliana era una belleza, sin lugar a dudas.

Mirándola, Marnia comprendió el embobecimiento de algunos en la Universidad.

Después del té conversaron sobre cosas intrascendentes, hasta que inevitablemente

cayeron en el asunto de Marnia.

--Lo que no me explico -Liliana encendió un cigarro y recostó la cabeza en la

butaca- es por qué no te avisaron de que tu ausencia se estaba analizando.

--Yo tampoco me lo explico, pero eso no me sorprende.

--No, a mí tampoco, no vayas a creer. Ya estoy acostumbrada a estas cosas. Eso no

se organiza jamás.

--¿Y tú crees que eso sea falta de organización?

--¿Lo tuyo?

--Sí, lo mío. ¿Es falta de organización?

--Tú estás pensando que detrás de todo esto hay mala fe.

--¿Qué otra cosa voy a pensar? No se le hace un proceso disciplinario a ningún

trabajador sin avisarle por falta de organización. ¿Verdad que no?

--Sí, tienes razón, pero...

--Pero tú eres militante del Partido, Liliana, y tienes que justificar de alguna forma

esos desmanes.

--Mira, no jeringues, que tú me conoces muy bien para pensar eso de mí. El que yo

tenga un carné rojo en la cartera no significa que me voy a poner de parte de

cualquier abuso. Eso te lo he demostrado, ¿no?

--Claro... perdona, es que este problema me tiene alterada de los nervios... lo que

quise decirte es que... de todos modos, tú no puedes mirar el asunto como yo misma.

Mirarlo así... de una forma totalmente imparcial...

--Quizás no totalmente, sí. El Partido nos presiona bastante, pero yo no soy de ésos

que repiten como el papagayo y dicen sí y alzan la mano sin analizar.

--Pero dime una cosa: tú, como miembro del núcleo del Departamento, debes

haber oído algo sobre mí. ¿Por qué no me dices lo que sabes?

Liliana se quedó mirándola. Admiraba a esa muchacha que en sus escasos años

como profesora se había desenvuelto tan bien, pero comprendía que a Marnia le

faltaba madurez.

--Mira, niña, no te preocupes demasiado por lo que se diga de ti. ¿De quién no se

habla en este país?

--De todo el mundo, sí, pero a mí no me interesa lo que se habla de todo el mundo,

sino lo que e habla de mí.

--¡Ay, muchacha! -Liliana movió la cabeza-. Me recuerdas una máxima de Lord

Henry, el personaje cínico de El retrato de Dorian Gray. ¿Lo leíste?

--Claro, me gusta mucho Wilde. ¿Cuál es la máxima?

--Pues... dice Lord Henry que "sólo hay una cosa en el mundo peor que el que

hablen de uno y es... que no hablen".

--Sí, ya me acuerdo. Mucha filosofía, pero no me has dicho nada de lo que te

pregunté.

--Pues no, no he oído nada del otro mundo. Cosas normales, lo que siempre se

comenta, lo que te he contado -se levantó, tomó el termo de té, y vertió el fondo

en su taza-. Y déjame decirte que siempre he oído, al menos mayoritariamente, muy

buenas opiniones sobre ti. ¿Quieres más? Puedo hacer más en un minuto.

--No, gracias -Marnia cruzaba y descruzaba las piernas casi constantemente. Liliana

se sentó otra vez-. Creo que es mejor no hablar más de este asunto. Me voy.

Marnia se levantó. Liliana la imitó, acompañándola hasta la puerta.

--¡Guardián! -tranquilizó al perrazo-. Bueno, sé que no puedes quedarte hoy, pero

planifica para que te pases un día aquí conmigo. Vienes desde por la mañana,

preparamos un almuerzo campestre, y conversamos bastante. Ahí tengo unos

cuantos discos, no muchos, pero hay algunos de la música que a ti te gusta.

Embúllate y me avisas. ¡Ah! Y no te atrevas a traer absolutamente nada de

comer, ¿eh?

--Está bien, yo te aviso. Vamos a esperar a ver qué dicen en el Decanato cuando

lean mis descargos.

Cuando Marnia llegó a la parada del ómnibus, cercana a la casa, Liliana entró,

se detuvo en el medio de la sala, cogió el termo del té y la botella de ron, ambos

vacíos, y pensó que tenía que ayudar a su compañera y amiga de algún modo.

"¿Pero cómo?", se preguntó, caminando hacia el fondo de la casa.

(continuará)

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


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