domingo, 18 de agosto de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 31

Los primeros quince días que pasé en la nueva patria fueron como para subirse otra

vez en el avión y regresar. Todas las noches sacaba las fotos de mis hijos de la

mesita de noche de mi habitación en el hostal, las colocaba en la cama, estaba

horas enteras mirándolas, y a llorar se ha dicho. Y por supuesto sin dormir, o a veces

durmiendo ratitos con sobresaltos y súbitos despertares del sopor sudoroso. La Rusa

fue un bálsamo en aquellos días, pues Cecilia lo único que hacía era entrar en mi

cuarto cuando yo no estaba y ejecutar el paripé de limpiar, recoger y ordenar. Lo

recuerdo ahora y me parece que nada de eso ocurrió realmente, y que yo no estoy

en el país que desde allá se idealiza hasta el límite, porque desde allá se idealiza

hasta un islote de marabú, con tal de largarse. Pero desde aquí, una vez pasado el

primer golpe de ilusión, se convence el más pinto de que no es más que un tonto

que se creyó que esto era el paraíso terrenal donde encontraría los más finos frutos

de la tierra de Jauja. Alguien dijo que el nombrecito era la onomatopeya de una

risa sarcástica: jau ja jau ja jau ja, riéndose de nuestra ingenuidad que nos hizo

venir en busca del becerro de oro donde sólo encontramos una cabra montañesa

cubierta sólo por su piel curtida. Ahora recuerdo las palabras de Cortázar: "todo lo

que se escribe hoy y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia". ¡Qué

tipo! Tan gran escritor como tan buen amigo, aunque se dejó engatusar por las

ideas "luminosas" de los nuevos césares isleños, como si en la historia hubiera habido

una sola revolución que no convirtiera la tierra en que triunfó en algo peor que lo

que desbancara del poder.

--¿Y por eso usted está en contra de las revoluciones?

--Pues claro, las revoluciones siempre son movimientos de extrema izquierda o filos

que generan terror y cometen más barbaridades que los gobiernos contra los cuales

se hacen. Mire usted misma: en su país, ¿qué fue lo primero que hizo el comisario jefe

al tomar el poder? ¡Ah! Pues mandar a asesinar a toda la familia real, incluyendo a

los muchachos que no eran culpables de nada. Una verdadera mafia.

--Usted está bien informado, porque en este país casi nadie conoce ese aspecto

de la llamada gran revolución socialista de octubre.

--Pues claro que conozco el paño, no en balde sufrí una revolución durante más de

treinta años. Pero aquí la gente desconoce la historia, aunque hay muchos que se

hacen los que la desconocen, pues no les conviene conocerla. Además, señora mía,

la historia cuenta lo que ha sucedido según el punto de vista del historiador, y cada

historiador tiene su propia versión de la historia, así que cuando se enseñe en las

escuelas dependerá del maestro que la enseñe y del autor por el que se guíe para

enseñarla.

--Vaya, todo un profesional. Usted podría dedicarse a enseñar. Habla con un total

convencimiento y con una total seguridad, y aunque no diga la verdad los que lo

escuchen se la creerán.

--No, señora, no voy a caer en lo mismo que tanto critico. Allá cada cual con lo que

pueda o quiera entender y conocer. En cuanto a mí, yo no me dejo engatusar por

nadie, bastante que he hecho el idiota en mis seis décadas y media. ¿Revoluciones?

Para implantar el terror y enviar la guillotina a América, para apropiarse de todos los

medios y ahogar la libertad, para tachar de personas no gratas a quienes no piensen

de la misma forma que sus dirigentes endiosados, para hacer guerrillas que combatan

gobiernos democráticos o no, y secuestrar, chantajear, amenazar, masacrar... ¡no

me jodan!

--¡Huuuy! De verdad que está usted bien despachado con las revoluciones. Mejor no

diga lo que piensa de ellas, pues en este país hay una gran cantidad de personas

que se sienten revolucionarias o son simpatizantes de las revoluciones.

--Eso ya lo he notado, pero gracias por el consejo. Sí, lo mejor es no hablar mucho,

que mi padre decía que quien mucho habla mucho yerra.

Pero como todo en la vida, aquellos primeros días pasaron vertiginosamente, y con

ellos yo fui superando el adagio adaptante de mi nueva situación, hasta que me

resigné a que no me quedaba otro remedio que vivir como extranjero en una nueva

patria, porque la mía ya la había perdido quizás para siempre. Y ya hace ocho años

que estoy convenciéndome cada nuevo día de que me tocó bailar con la más

fea, y como no creo en que después de ésta haya otra vida mejor ni peor, pues a

esperar, nené, que si te descuidas te sorprende la de la guadaña sin que tú te des

cuenta de tan macabra visita. Para evitar eso lo que tienes que hacer es estar muy

preparado, siempre preparado para lo peor, y así, si lo peor te llega no te coge en el

aire, y si no llega, felices pascuas y recuerdos a las muchachitas.

--Usted es el hombre de los dicharachos... ah, perdone un momento.

--Ese teléfono es chillón e impertinente. Siempre suena en el momento menos indicado

y menos mal que si suena por la madrugada yo ni me entero, aunque mi habitación

está aquí mismo, casi junto a él.

La Rusa se desenvolvía con soltura y atendía a todos sus huéspedes, sobre todo a los

que según me contó se hospedaban allí con carácter permanente, porque no tenían

familia o porque no querían irse a una residencia de desamparados o de viejos

cañengos, o porque quién puede saberlo. Con la suya y la mía eran cinco las

habitaciones ocupadas seguras (la mía al menos hasta que me avisaran sobre la

llamada admisión a trámite o algo parecido), y además tenía alquiladas otras

cuatro. Pero había varias habitaciones vacías, porque el negocio andaba mal. En el

mismo edificio había tres hostales y en la acera del frente de la calle Valverde había

más de diez, uno casi al lado del otro. Mucha oferta y la demanda no era muy de

fiar según opiniones de varios propietarios, porque acudían muchos inmigrantes

esteuropeos y de otras tierras migratorias que no inspiraban ni una pizca de confianza.

--Pero usted me ha dicho que los inmigrantes le ayudan a mantener el hostal.

--Me ayudan algunos, sí, no voy a negárselo, pero últimamente no vienen en bandadas

y cuando llega alguno me pongo nerviosa. Por eso le dije a Cecilia que cuando llegara

uno de esos tipos lo mirara bien y le exigiera la documentación en regla, y si no le

gustaba, ¡pum!, a la calle, está todo lleno, señor, o señora, lo sentimos mucho. Y no

dude usted de que gracias a ese sistema me he librado de muchos problemas.

Una noche La Rusa me contó cómo había conocido a su esposo, la relación que con

él tuvo, y su boda, el nacimiento de sus hijos y cómo crecieron y estudiaron, hasta que

uno de ellos se ganó una beca para estudiar en Inglaterra y el otro, envidiosillo, se

quemó las pestañas hasta que también se fue a especializarse fuera del país. Un poco

llorosa me contó sobre la muerte de su esposo, en un accidente automovilístico, y

cómo ella se salvó y después tuvo que hacerle frente a su nueva y complicada

situación administrando el hostal, tarea de la que no sabía ni hostias, hasta hoy. Esa

noche la admiré muchísimo y en reciprocidad le hablé de mi azarosa vida, de mis

malogrados matrimonios, de mis hijos. Ella me enseñó algunas fotos y yo le mostré las

que me hacían llorar de madrugada cuando me levantaba a contemplarlas

todavía, presintiendo primero y convenciéndome después de que ya nunca los

volvería a ver.

--¿Sabe? Es que la añoranza de lo que se ha querido mucho y se ha perdido duele

más, Por eso a mí me duele mucho más el estar separado de mis seres queridos,

sobre todo de mis hijos, que son los seres más queridos que me quedan allá.

--Lo comprendo, a mí me sucedió algo parecido, sobre todo con mis padres y con

mi marido, ya que mis hijos, aunque los tengo lejos, puedo verlos una o dos veces

cada año, y estar con ellos sin sentir ese malestar que siente usted de que los ha

perdido para siempre.

--De todos modos yo siempre he estado condenado a separarme de las personas que

más quiero, eso me ha sucedido en mi propio país y ahora me sucede con mucha más

fuerza. Es la vida: para unos es un jardín de rosas como usted me dijo, para otros es

un pantano lleno de fango y mal olor. A algunos les sale bien el baile, gozan y disfrutan

y tienen el dinero necesario para disfrutar del lado bueno de las cosas. ¡Ah! Pero para

otros, ni el baile ni el gozo ni el disfrute, y mucho menos el dinero dichoso y maldito

sin el cual la vida no es muy agradable que digamos.

Hoy me parece que todo ha pasado como en un relámpago. Ya hace mucho tiempo

que dejé de llorar ante las fotos de mis hijos, incluso he recibido muchas otras fotos de

ellos gracias a Ana que de  vez en cuando se da una vueltecita por la isla perdida y me

trae noticias, cartas y fotos. El tiempo endurece, me lo dijo Leila cuando yo iba a su

casa de soltera a lagrimear con ella y a soltarle la nostalgia que amenazaba con

pulverizarme. Ella fue mi primera gran ayuda, después Ana se encargó de aliviarme

las dificultades inherentes al exilio, y al final Selene ha colmado mi esperanza rescatada

del fondo de un pozo totalmente oscuro donde imaginé que caería en picada y

terminar mi vida sin poder realizar ninguno de mis pocos sueños. Y aquí estoy, como

siempre, esperando a ver si ocurre algo que estremezca mi cuerpo y renueve mi

cerebro, ya que en el alma no creo ni en muchas otras cosas que en un tiempo tuve

por veraces y fehacientes, ¡ay de mí! (como en los coros griegos).

--Lo único que puede darme hoy un poco de alegría es que vengas conmigo al

planetario o a algún lugar extraño que se salga de lo cotidiano y aburrido. No puedes

negarte, Selene.

--Está bien, lamentoso, no me negaré. Dime dónde quieres ir, iré contigo a cualquier

sitio si eso alegra un poco esa cara de doliente sin muerto que tan poco me gusta.

--Eres un ángel. Creo que siempre lamentaré no haberte conocido treinta años atrás.

--Treinta años atrás yo era una jovencita que no sabía nada de la vida, querido.

Quizás entonces te hubieras decepcionado a los tres días.

--Así y todo, creo que me hubiera gustado haber corrido el riesgo.

--Venga ya, dejémonos de cosas tristes y vámonos por ahí a ahogar las penas

aunque sin emborracharnos como hacen los que creen que las penas no saben

nadar.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

(continuará)

domingo, 11 de agosto de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 30



Suena el timbre de la puerta de la calle. Nadie responde. Suena otra vez. El albañil

no se inmuta, el vigilante no se inmuta, yo no me inmuto. Suena por tercera vez. Es

el casero. Tiene esa costumbre de tocar 3 veces antes de abrir con su llave y entrar

en el piso que tenemos alquilado los tres mosqueteros a un precio exorbitante que

no podemos rechazar ni decirle señor casero, esto está un poquito caro, ¿no le

parece?, porque la ley es así y el inquilino tiene que joderse y pagar si no quiere ir a

dormir a la calle solitaria y fría si es invierno y además sin llavín. Y yo no quiero ir a

dormir a la calle ni siquiera con llavín ni aunque no sea invierno. El casero es una

persona decente, amistosa, comprensiva, a pesar del alquiler tan elevado. Ese es

su negocio y él tiene que defenderlo. Si yo fuera casero puede que cobrara igual,

porque "no se piensa lo mismo en una choza que en un palacio" y esto no es mío,

pero no sé de quién carajo es. Y me suena, quién sabe si lo dije ya, pero eso qué

importa, la literatura tiene que repetirse, si no, se acaba pronto el tema. Y sí, la

literatura actual es el arte de buscar dinero repitiendo lo que otros han dicho, y

mejor. Y en eso estoy. Pues bien, amiguete, como te iba diciendo, el casero trae

(no faltaba más) a su cuñado, que es a la vez una especie de secretario, ayuda

de piso, colaborador en decisiones difíciles, llevaitrae y correveidile, aprendiz de

todo y maestro de nada, pues lo mismo destraba un tornillo mohoso que se

carga la lavadora si ésta funciona bien. El cuñado es un tipo simpático, a veces

viene un poco borrachín y entonces habla que te habla, otras veces viene muy

sobrio y entonces silencio en la noche, aunque sea de tarde, pero siempre viene

con un paquete de pitillos estrujado del cual saca uno de ellos cada 5 minutos.

Como ninguno de nosotros (los 3 inquilinos) fuma (por suerte, porque con tanto

periódico almacenado y disperso por todo el espacio esto se hubiera ido al

carajo ya hace mucho rato con nosotros dentro) tenemos que aguantar el

humo y la peste a tabaco y lo demás. Pero hoy el casero y su cuña vienen con

un señor alto y delgado que se parece al cobrador del frac y más serio que una

tusa de maíz viejo. Este es el inspector, nos dice el casero (ya los 3 hemos salido

de nuestros cubículos privados porque es inútil fingir que no estamos presentes)

sin aclarar de qué o de quién es inspector, y añade que viene a hacer una

visita de chequeo habitual aunque los 3 sabemos que no se trata de ningún

chequeo habitual ni la mona de Tarzán sino de que los vecinos de quejaron de

las discusiones entre el alba y el vigi y aquí está el hombre para ver, oír y callar.

Así que el casero, el cuñado del casero, el inspector, el albañil, el vigilante y

un servidor recorremos el piso sin prisa a paso lento, deleitándonos con el

paisaje encantador de los montones de periódicos colocados a la bartola en

todas las áreas colectivas sin dejar una sola libre de la papirolagia, y por lo

tanto inutilizándolas para su uso también colectivo por tener abarrotados

sus espacios de la prensa escrita nueva, vieja y prehistórica. Además, el hombre

se deleita ídem de lienzo con una docena de piezas de ropa sucia tirada

encima de los periódicos y de las partes de los muebles que quedan libres de

ellos, o sea, sillas, mesas, butacas, así como de toallas malolientes colgadas

en el baño y en la tendedera del patio, papeles estrujados y húmedos en la

ventana del baño, en la cocina y en el espacio entre la lavadora y el frigo,

pedazos de trapos multicolores, manchas en el suelo, revistas, separatas,

suplementos, tabloides, folletos, propaganda, en la mesita del salón y encima

de los closets, latas vacías y medio llenas de alimentos, pomos sin nada en

su interior, una maleta vieja hinchada dentro de una vitrina, 3 mecheros en

el aparador, vasos con líquido y sin líquido, sandalias en la escalerita que da al

patio, calcetines tirados en la escalera plegable del patio, cajas de cartón

vacías o con restos de telas y papeles, y no sigo enumerando porque mi

cerebro no es un IBM PC, que si no... El inspector está, aparentemente claro,

tan asombrado, que no sabe qué decir, y por eso no dice nada. El albañil

suelta su perorata y dice que aunque él todos los días tira en la basura todo

lo que ahora estamos viendo, al día siguiente el vigilante lo llena otra vez

de porquerías y es el cuento del gallo capón y ya está bueno, coño, que está

hasta los cojones, y se los toca, de pasar por celador del mierda de piso este,

y no va a aguantar más y etc. etc. etc. El vigilante interviene para aclarar

que no todo lo que hemos visto es obra suya, pues el otro (el otro es el

albañil, por supuesto) es el verdadero cerdo, ya que jamás pasa la escoba

y la fregona no existe para él, y etc. etc. etc. Yo callado, pues Nereida, mi

amiga limosnera de La Covadonga, aunque es limosnera tiene dotes de

sabiduría callejera y dice (creo que esto también lo dije) que mejor es ver,

oír y callar, como está haciendo el supuesto inspector ahora y aquí. Pues

eso, que al cabo de una media hora de acusaciones, desmentidos, ayes, oes,

insultos, chillidos, nerviosismo y demás, el albañil se larga y nos deja, ¡ay!, en los

tímpanos el tremendo portazo que da, el vigilante se mete en su cuarto, y yo me

quedo, por educación, atendiendo a la visita que no hace más que tomar nota de

todo cuanto ve y oye, que no es poco. Cuando se retiran los 3 villalobos tras darnos

apretones de manos y desearnos un buen día, etc., yo cierro la puerta y me quedo

en el salón pensando que a pesar de esta baraúnda de objetos visibles identificados (ovi)

este piso es de lo mejorcito que he encontrado para sentarme a esperar una de dos: 1) el

carrito, 2) el piso tutelado que mi asistenta social quedó en esforzarse (sic) en

conseguirme.

--Mi viejo, si aquello está como me lo has descrito, no quiero ver los demás pisos donde

has estado viviendo.

--Bueno, aparte de las molestias para mí pequeñas, pues como me paso el día metido en

mi cuarto no me estorban los periódicos ni las otras cosas desparramadas en los espacios

colectivos como dice el casero, por lo demás el piso tiene todo lo que puede tener un

piso para un viejo exiliado y sin cartera porque sería inútil por desuso... así que ojalá no

tenga que mudarme otra vez a no ser para el piso tutelado si es que me lo conceden,

que según me dijo Ascensión hay mil solicitudes por cada cien plazas. Aunque... tengo

otra opción, que es la que más felicidad me proporcionaría...

--¿Qué quieres, que te pregunte cuál es esa otra opción? Si ya lo sé, listillo, ya...

--¡Bingo! Eres genial, querida mía: has acertado. Mi mejor opción es venirme a vivir aquí

contigo, si al fin no caes ante mis asedios tempestuosos, en una habitación de esas que

nunca se completan, pero cobrándome lo que me cobra mi casero. ¿Qué te parece?

--Eres... sí, eso mismo, eres insostenible como el desarrollo de los países pobres.

--¿Y por qué no me sostienes tú? O mejor dicho, ¿por qué no nos sostenemos

mutuamente? Mira, cariño, tú no te imaginas lo que yo podría ayudarte en el hostal.

Pondríamos esto que en 3 meses tendrías una cola allá abajo esperando que se

desocupara alguna habitación.

La idea del inspector fue del casero: a ver si así este hombre se asusta y se enmienda,

me dijo cuando fui a pagarle a la bodega-bar donde siempre está atendiendo a sus

clientes, lo que me reafirma en mi idea de que a) no conoce al hombrín, o b) lo conoce

bien y hace este numerito para quedar bien con el otro (el otro es el albañil,

naturalmente), que se pasa la santa vida (cuando no está en su trabajo o mirando la tele)

exigiéndole que exija al vigilante que se ponga para la cosa, o sea, que elimine de una

vez los sacrosantos periódicos viejos y los demás enseres inservibles que tiene ocupando

espacios que pertenecen, como dice y repite, a todos los que aquí vivimos con envidiable

armonía. Pero nada, Ambrosía, que desde que alquilé la habitación que ocupo, como

decía Daniel Santos (el inquieto anacobero), “el cuartito está igualito” y a pesar de los

cambios en el país y en el mundo, los dos personajes no van a cambiar. Estoy seguro de

que si cambiaran se morirían de nostalgia.

--¿Pensaste en lo que te propuse, luna lunera?

--Hombre, esa es nueva, menos mal que no te repites esta vez.

--Bueno, estoy seguro de que sabes que Selene significa luna.

--Tú estás seguro de muchas cosas y yo de otras muchas, así que formamos una pareja

ideal... para aburrirnos cuando la vejez nos golpee.

--Más de lo que nos está golpeando querrás decir, por lo menos en mi caso.

--Como quieras, querido. Y pensándolo más objetivamente, tú serías un buen hostalero si

te decidieras a dedicarte al giro. Lo que pasa es que tú no tienes interés en dedicarte a

ningún giro.

--Ya te dije y te reitero que aquí en el hostal, lo que tú digas, querida, como dicen los

maridos que dicen las últimas palabras en sus casas haciéndose creer los muy tontos que

ellos son los que mandan.

--De todos modos me gustaría que me contaras qué ideas se te han ocurrido para hacer

de este chollito un buen negocio, porque tal como está y como yo lo veo, dentro de dos

o tres meses esto se va a ir a volina como el papalote de... de Cuquito. Coño. Me acordé

del nombre. ¿Ves que no todo lo tuyo lo olvido? ¡Ah!, y me acordé del dicho ese de se va

a ir a volina. Anda, que me estás atiborrando de tus dicharachos trasatlánticos.

--Ya veo que estás progresando, queridísima. Pero mucho más progresarías si atendieras a

mis solicitudes bienintencionadas. Mira, ahí viene don Anselmo.

--Seguro que a pedirme el periódico para leer los comentarios del partido de anoche.

--¡Salve, dios del futbol!, que sin ti no hay vida en esta tierra madre.

A don Anselmo lo carterearon hace unos días en el Metro. “Por eso nunca salgo, porque

esto se está convirtiendo en el paraíso de la delincuencia”, dice Selene que le dijo

cuando llegó con la cara más tristona que un sueño con hambre. A doña Isolina le

arrebataron el bolso una mañana lluviosa en el mercado de la esquina y ella sólo pudo

gritar y pedir el auxilio que no llegó a tiempo de impedir que el caco saliera a la calle y se

perdiera con su bolso entre la multitud indiferente. Don Emeterio se ha escapado de estos

raterismos, pues no sale a la calle ni con una pareja de guardias civiles bien armados

custodiándolo (la comida y lo demás se lo trae Selene). A Selene la han querido atracar y

estafar varias veces, pero esteuropea al fin ha podido escaparse, pues se las sabe todas.

A mí nunca, no sé si porque he tenido la suerte que dicen que es loca o porque soy tan

quisquilloso que siempre estoy tocándome los bolsillos y apretando el portafolios cuando

salgo con él y cuando entro en el Metro estoy a cuatro ojos más las gafas, el tacto, el olor

y el oído a millón por si acaso. Pero es cierto que como van las cosas, ahorita vamos a

tener que comprarnos pistolas para defendernos de tanto malandrín que hay suelto por

ahí. Un día interrogué a un policía en el parque: ¿por qué ustedes no aplican mano dura

con los delincuentes?, le pregunté, respetuosamente. El agente se me quedó mirando

con lástima como pensando ¿de qué montaña se habrá bajado este tipo? Y al ver mi

consternación por su silencio y su mirada, me dijo, muy bajito: ¿para qué vamos a

detenerlos si al día siguiente el juez los suelta?

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

(continuará)

domingo, 4 de agosto de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 29

Cuando yo era sólamente un solicitante del asilo político me enviaron a un piso de 4

habitaciones a compartir con otros solicitantes, situado en Fuenlabrada, y la Cruz Roja me

atendía en mis necesidades perentorias: cuando tuve que cambiarme las dioptrías me

facilitaron el dinero y la óptica donde me practicaron un examen a fondo y de donde

salí, después de dos semanas de espera, con mis nuevas y flamantes gafas, sin soltar una

peseta. Eran mis tiempos felices dentro de la trágica novedad del exilio. Cuando al fin me

concedieron el dichoso asilo me entregaron una suma con la cual alquilé mi primera

vivienda, aunque por inocentada propia de los nuevos tontos me metí en un

estudio (como si yo tuviera derecho a vivir solo en un estudio todo para mí) del que tuve

que salir echando a los tres meses y comenzar mi vida de ente compartido y soportante

de mis coinquilinos. Pero Yeya, tan pronto adquirí la nacionalidad con DNI y Pasaporte

incluidos, se acabó lo que se daba, socia, pues a partir de entonces arréglatelas como

puedas, monina, que hasta aquí te duraron las ayudas. Claro que actualmente sigo

recibiendo ayudas, no faltaba más, pero no como antes de ser un nacionalizado que

tenía muchas más y más garantizadas sin mover un dedo ni llenar un formulario. Ahora mi

vida se reduce a eso: llenar papeles y gestionar la manera de continuar sobreviviendo

hasta que la pelona se acuerde de mí, que según Javier será dentro de casi quince años,

y según el Destino (consuelo de tontos que no quieren pensar en la parca) puede ser

mañana mismo. Eso no lo sabe ni el sabio coreano Tse Mu-chong. Ah, y me faltó decir que

tanto el DNI como el inútil -en mi caso-. pasaporte, tuve que pagarlos, pues de gratis

Nananina la billetera.

--Hombre, Juan Quejiña, hace días que no me hacías el honor. ¿Dónde has estado?

--Muy graciosa, parece que la gracia es contagiosa, menos mal. Pues verás, ángel mío, he

estado por ahí haciendo gestiones importantes, pero esta vez privadas, nada de papeles

ni entrevistas ni datos personales en ningún ordenador.

--¿Y no vas a contarme esas gestiones?

--Ya te las imaginas, sólo que me gustaría más que tú me acompañaras a algunas de ellas

y así la productividad de las mismas aumentaría el doble.

--Mira, déjate de jaranitas conmigo que yo sé que eso tú me lo dices para buscarme la

lengua... aunque a veces creo que es verdad que andas en malos pasos por ahí.

--Pues mejor vive la intriga, mujer, y no indagues, que indagar demasiado perjudica la

salud mental, según dice Juan Canal.

Mis hijos me escriben tan poco que cuando recibo una carta de alguno de ellos ya no me

acuerdo de lo que me dijo en la anterior si es que hubo una anterior. Ahora andan con

eso del correo electrónico, la mayor del esposo, el segundo de su trabajo, y el tercero de

un amigo de correrías juveniles, y gracias a eso recibo algunos emilitos de vez en cuando,

porque lo que es la vía normal, olvídate, mulato, que la artrosis los cogió a los tres en las

manos y en otros lugares que intervienen en la correspondencia. Pero el caso es que sé

poco de ellos y esa ausencia de noticias no es un flan de calabaza que digamos.

--¿Así que si ellos no te escriben tú tampoco les escribes? Hombre, la verdad que estás

pasado de raya. ¿Por qué eres tan estricto? ¿No los trajiste al mundo sin preguntarles si

querían venir? Pues ahora carga con esa responsabilidad.

--Oyeme una cosa, platinada: es una costumbre que yo tengo desde el tiempo de las

trompetas: cada carta que recibo la contesto, pero ¿por qué tengo que escribirle dos y

tres y más a quienes no me escriben o no me contestan las que les escribo? Es que nadie

es mejor que nadie, ¿comprendes?

--Pero mira que eres... ¿acaso vas a colocar a tus hijos en el mismo saco donde metes a

todo el mundo? ¡Son tus hijos, viejo! Me parece que a veces lo olvidas.

--Te equivocas, querubín, mis hijos son lo único que no olvido ni siquiera un segundo de mi

vida, ni siquiera en mis peores momentos aquí los he olvidado. Lo que sucede es que

están muy mal acostumbrados: yo les escribo y ellos no, pues se afincan en esa

circunstancia y no hay quien los saque de ese sedentarismo epistolar. Y gracias a que con

eso del e-mail de vez en cuando me entero de algo, y gracias a que puedo usar el

equipo de mi amiga Ana, pues yo no tengo ni sobres de correos.

Pues sí señor: situación de calma chicha, con DNI y pasaporte como cualquier pariente,

en fase de espera permanente y estática, aumentando cada nuevo enero el coste de

todo lo que tengo que pagar, como el alquiler de mi habitación pequeñísima, como dice

Ana, que ha sido la única de mis amistades que la ha visto (en la mudanza), los alimentos,

el correo, el transporte... suerte que con los 65 obtuve al fin el abono de la tercera edad,

que es un ahorrito que conservo para incrementar (¡) mis reservas, porque me es

imprescindible, ya que la Cruz Roja no me va a resolver ni cueros por ser nacionalizado, ir

reuniendo una alcancía para los imprevistos que pueden sorprenderme, como: 1) rotura

de alguno de mis electrodomésticos –la mayoría regalados- que me alivian un poco en

momentos de nostalgia al cuadrado en soledad, 2) problemas con la dentadura, que ya

los tuve, pero que gracias a Manuel –a veces soy injusto con el hombre- pude salir airoso y

así no verme con un hueco feísimo en la boca al sonreír, 3) cambio de dioptrías, que por

cierto, ya casi me toca y esta vez tendré que sufragar su coste con mi propio bolsillo, 4)

cambio del móvil cuando el que ahora tengo liquide, pues aquí con móvil estás mal, pero

sin él no existes, y 5) gastos varios no planificados por imprevistos y... ¿por dónde iba? En

fin, que esto de la situación es como repetir una escena de una filmación que no acaba

de cuajar.

--Anoche llegó un huésped sui sui: cuando se me paró delante no supe enseguida si era

hombre o mujer.

--¡Cojontra! Qué lástima no haber estado aquí. Lo hubiera ingresado en mi novela y así se

enriquecerían los personajes de tu hostal.

--¿Cómo? ¿Es que los has metido a ellos también?

--Pero claro, querida, a ellos y además a ti, a mis coinquilinos, a mis amigos, a todo el

mundo mondo y también al lirondo, qué caray. Esos personajes enriquecen mi novela,

como la enriqueces tú que eres la protagonista.

--Mira, te voy a dar una tregua: escribe, hombre, escribe un montón, pero óyeme bien:

cuando termines esa novela me la vas a enseñar completita, sin quitarle ni ponerle ni una

sola coma, ¿me entiendes?

--Te entiendo, mujer, despreocúpate, que tú serás mi crítica principal y única, mi voz del

intelecto, mi iluminadora, mi Pepita Grilla que...

--Ya basta, por favor. Me aturdes. Yo no seré nada de eso, además, no soy crítica literaria

ni nada que se le parezca, que ya por ahí sobran los críticos, yo sólo quiero leer esa

novela para ver el tratamiento que me das en ella. ¿Vale?

--Vale mucho, limoncito. Despreocúpate y duerme plácidamente hasta que llegue al final

de mi obra maestra. Ya verás que vale la pena esperar. Y ahora que hablas de los críticos,

déjame decirte que aunque tú no lo seas, te prefiero a ellos, pues serás sincera conmigo y

no tendrás que ajustarte, como se ajusta la mayoría de ellos, a lo que ordenen sus jefes o

al dinero que está en juego según lo que digan de cada libro que analizan.

Pero no es fácil asumir esa sentencia de primero yo, después yo, y siempre yo, porque

para asumirla hay que tener poder para ejecutar el YO en las tres etapas: presente,

pasado y futuro, y yo no tengo ni poder ni dinero ni relaciones ni influencia ni fama ni

nombre ni cargo ni un carajo. Por lo tanto, Zenobia, el abajo firmante declara que no

tiene solvencia de ninguna índole para hacer frente a la eventualidad de la situación

imperante en su exilio de mierda, y no le queda más remedio que seguir conjugando el

verbo en jefe de todos los verbos: esperar, esperar, y esperar (y repetido para más

convicción). Que conste. Y firmo la presente, a las doce de la noche del día doce del

mes doce del año de cruce del charco número ocho hasta ahora (el muerto en la

charada)... y vale.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


(continuará)