domingo, 23 de junio de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 23


La prensa, la radio, la televisión, variaciones sobre el mismo tema y ni siquiera del

 

gran Paganini. Cualquiera se cansa, a no ser que sea un mequetrefe que disfrute

 

con las cuatro constantes de la vida en esta sociedad: 1) el fútbol, 2) la política, 3) el

 

famoseo indecente, y 4) la publicidad. Del fútbol no se escapa nadie (inocente de

 

mí que pensé que podía hacerlo). De la política tampoco, pues dondequiera que

 

mire y que oiga ahí está, ubicua, con la misma cantaleta. Lo del famoseo pasa ya

 

de tontería y se convierte en una lamentable perdedera de tiempo. Y la publicidad,

 

mejor ni acordarse, te la encuentras hasta en los servicios de las terminales de

 

autobuses. Sí, cualquiera se cansa, y yo estoy cansadísimo, física, mental, emocional

 

y espiritualmente. Física, porque a ocho años de distancia en este puñetero paraíso

 

todavía tengo que dedicar una parte importante de mi tiempo a gestionar mi

 

continuidad en la dulce sobrevivencia del exilio de los pobres y los desconocidos.

 

Mental, porque el ametrallamiento con las mismas caras y los mismos gestos en

 

periódicos, emisoras y canales de tv desarticula la más degustada estabilidad.

 

Emocional, porque como Selene no se decide y mi bolsillo permanece impávido ni

 

pensar siquiera en un encuentro agradable que alivie en algo mi carencia de cariño

 

femenino. Y espiritual, porque la satisfacción de ver alguna de mis obras en imprenta

 

ya ha pasado a un recuerdo resignado (uno más) en el capítulo de la nostalgia, a

 

pesar de que Cortázar dijo un día que "todo lo que se escribe hoy y que vale la

 

pena leer etá orientado hacia la nostalgia" (más o menos sic). El caso, es, Xoximín,

 

que aquí estoy porque llegué y aunque vine ni vi ni vencí, y lo demás es la Balada

 

del café triste de Carson McCullers, si es que esa novelita es de esa autora, que ya

 

estoy que casi no me queda nada que perder. Manuel insiste en darme ánimos,

 

parece que le gusta la palabrita, porque en cada encuentro que tenemos me la

 

suelta: "hombre, que no es para tanto, por lo menos tienes un subsidio, algo es algo,

 

ánimo". Pero sigo cansado y con el peso de que llevo ocho años intentando ser útil y

 

la burocracia por un lado y los tres nadies por el otro, es como para salir corriendo.

 

--Tú y yo nos parecemos hasta en la manera de hablar. Perdimos el lenguaje de

 

nuestros países de origen y tampoco hablamos como los habitantes del país de

 

adopción. O sea, que no se sabe con qué acento ni con qué vocabulario

 

nos hacemos entender, si es que nos hacemos entender, cosa no muy fácil en estos

 

tiempos que galopan.

 

--Precisamente esa circunstancia es lo que hace a nuestra fraseología interesante,

 

cuando alguien que no nos conoce nos escucha no sabe de dónde diablos somos.

 

--Por eso cuando escribo me doy cuenta de que el lenguaje que utilizo se

 

entremezcla, lo que puede ser bueno o malo según el lector que me lea, si es que

 

alguno me lee, que ya me estoy temiendo que aparte de ti, de Ana, de Leila,

 

Ningunita Soledad Unaida.

 

--Pues mira, yo creo que si pones esos nombres que inventas en tus obras, al menos

 

los que te lean, que siempre habrá idiotas para todo, disfrutarán con esas

 

ocurrencias, y no dudes de que a alguna parturienta que tenga tu libro en la

 

cabecera se le ocurra ponerle alguno de esos nombres al que acaba de traer al

 

mundo.

 

--¡Eureka!, como dijo... no me acuerdo si fue Arquímedes o Jacinto el loco... ya

 

ahorita no me voy a acordar de quién soy ni de dónde estoy ni de qué carajo hago

 

aquí... pero recórcholis, me acuerdo del refrán que me soltó mi ex allá en el

 

aeropuerto, en la despedida. Porque no sé si sabes que yo me llevo mejor con mis

 

mujeres después de los divorcios que cuando hemos estado conviviendo bajo el

 

mismo techo...

 

--No, no me lo habías dicho, pero ya van tres veces que me citas ese refrán de tu ex

 

y no me acabas de decir en qué consiste su virtud.

 

--¿La del refrán o la de mi ex?

 

--Por cierto, ¿cuál de tus ex te despidió en el aeropuerto? ¿O se pusieron de acuerdo

 

todas para ir en conjunto a darte el último adiós?

 

--No, mi querer, fue la última, sólo la última, la que más cerca me tenía a la hora de

 

subirme al avión y emprender mi nuevo derrotero y que me quiten lo bailao, como

 

dice Juan Pringao.

 

--No te vuelvas cutre, hortera, vulgar, que esas cualidades no van con tu

 

personalidad.

 

--Tienes razón, querida mía, perdóname, es que uno se contagia con la tele y con el

 

aire que se respira mayoritariamente. Eso no puede evitarse. Por eso me cuestiono y

 

no acabo de encontrar la respuesta a mi pregunta perpetua, permanente, vitalicia y

 

eterna.

 

--Mira, déjate de buscarle las cuatro patas al gato que sólo tiene cinco si contamos

 

con el rabo y óyeme una cosa: si no me dices ahora ese refrán que te dijo tu ex,

 

estás castigado.

 

--¿Castigado? ¿Y cómo, cosa linda?

 

--Pues como más te duele... a no verme durante una semana.

 

--¡Ajá! Así que sabes que eso es lo que más me dolería. Ten cuidado, negra, que a

 

veces los castigos se vuelven contra quien los impone. De todos modos, como yo me

 

cuestiono a partir de ese refrán, si es que es un refrán, te lo voy a endosar: "vale más

 

fracasar intentando triunfar que no triunfar por temor a un fracaso". Puedo repetirte

 

el dialoguito que ejecutamos inmediatamente después: yo: échale, ese no lo había

 

oído, ¿de quién es?, ella: quizás sea de mi cosecha, no me menosprecies, yo: nunca

 

menosprecio a las mujeres, lo sabes muy bien, ella: sigue con esa técnica, quizás allá

 

en tu nueva patria caiga alguna, yo: eres mi mejor ex, ella: y tú serás mi último

 

recuerdo... ¿Qué te parece?

 

--Hombre, tu memoria está de academia, y luego dices que la estás perdiendo.

 

Digo, si fue así exactamente, aunque creo que lo has inventado ahora mismo.

 

--Fue así exactamente, como te lo estoy contando. Y lo que te decía, que me guío

 

por esas palabras de mi ex para saber si vale la pena fracasar intentando triunfar,

 

porque a estas alturas ya yo no estoy seguro de que mi decisión forzosa haya sido la

 

correcta. Mira, este exilio es un paraíso para algunos y un infierno para la mayoría, y

 

lo peor, no hay término medio, porque el término medio es casi un infierno también,

 

y yo, querida, estoy entre el medio y el fondo. Dice una información del diario

 

gratuito que a juzgar por lo que yo recibo estoy por debajo del nivel de pobreza. Y

 

estoy al borde del nivel de indigencia, porque fíjate en esto: lo que yo cobro por

 

subsidio es menos de la mitad de la media de pensiones mínimas para jubilados.

 

¿Qué te parece?

 

--Sin comentarios, querido. Voy a ver cómo están mis huéspedes, que al menos ellos

 

no me atolondran con sus quejas y sus lamentos.

 

--Anda, ve a ver a tus huéspedes, pero reconoce que yo he sido tu huésped

 

preferido en toda la historia del hostal Odessa.

 

--¡Qué engreído estás! ¡Y qué atrevido eres! ¿Cómo sabes lo que me ha ocurrido en

 

todos estos años en que tú no te habías aparecido en mi existencia?, tan tranquila

 

hasta que tú llegaste con aquella chica, que Cecilia me dijo que era muy mona y

 

que parecía tu hija y no tu mujer, porque ella se creyó que ustedes eran una

 

pareja que venía buscando un lugar para...

 

Si Leila se entera. El caso es que actualmente, librado ya de ciertas aprehensiones,

 

me ha dado por cuestionarme en todos los aspectos de mi vida, que por supuesto, si

 

la repitiera no haría nada exactamente igual, pero que lo hecho, hecho está y hay

 

que joderse y arrastrar las charranadas que uno ha cometido. Una vida inútil es algo

 

lamentable, sobre todo si esa inutilidad te la han impuesto y no la sientes por tu

 

propia culpa, como en mi caso, que a mí me impusieron el camino para que ahora

 

me sienta totalmente inútil y sin poder remediar esa inutilidad tras innumerables y

 

vanos intentos por ser útil y por serme útil a mí mismo, pues como dice Marcelo, si tú

 

no te ayudas, ¿cómo carajo vas a ayudar a los demás? Cuando estaba aquí recién

 

llegado no quería ni siquiera tomar leche, pensando que mis hijos no tenían leche en

 

mi país, hasta que me di cuenta de que con no tomarla no resolvía nada, pues no

 

podía enviársela a ellos, y empeoraba mi situación al no lograr mantenerme en buen

 

estado físico y mental para algún día poder ayudarlos. Pero ¡ah, Catana!, el canto

 

de las sirenas es mierda comparado con las maravillas que yo de tonto imaginaba

 

que me iba a encontrar en esta patria nueva, la tierra de las oportunidades, el país

 

de los sueños, la panacea, el non-plus-ultra, la salvación, el fin... y de aquello nada y

 

de lo otro ¿quién se acuerda?

 

--Ya te lo dije desde la primera vez que hablamos, querido: idealizar a alguien o a

 

algo es una muestra de inmadurez y además es una tontería. Pon los pies en la tierra

 

de una vez, que esta no es la tierra de Jauja.

 

Estoy solo, metido en mi cuarto, cansado de pensar, analizar, recordar, y sobre todo

 

de dudar, y hasta he llegado, en los momentos de mayor incertidumbre, a

 

preguntarme si hice bien o mal en venir a este país, donde paso y pasaré ignorado,

 

pobre, inédito, y totalmente inútil en el límite de la frustración: sin poder hacer nada

 

por esta sociedad y sin que esta sociedad haga nada por mí. Hace días no sé nada

 

de Ana ni de Leila. Hace meses que Radhis no me escribe. Hace un siglo que Manuel

 

no me llama. De mis hijos sé tan poco que casi no sé nada. Y para colmo, los

 

periódicos de esta mañana traen en sus primeras planas el último atentado de los

 

terroristas: muertos, heridos, destrucción, ruina, y lo que más duele: impunidad... Es

 

como para tomarse un pomo entero de Fenobarbital... ¿O no?

 

 

Augusto Lázaro


 

@augustodelatorr

 

(continuará)

domingo, 16 de junio de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 22

Los ánimos están caldeados: llegó el albañil ya cerca de las siete de la tarde y se

encontró el mismo panorama, pero más cargadito, lo que lo hizo montar en cólera

morbis y: recogió del patio dos jerseys viejos y sucios tirados sobre una escalera

plegable, varios calcetines igualmente viejos y sucios tirados en el suelo, una toalla

ídem de lienzo colgada en la soga de la tendedera del patio, varias cajitas de

cartón estrujadas llenas de pedazos de papel arrugado y de trapos mojados, un par

de tennis rotos abandonados en una esquina, con media docena de pinzas de

tender la ropa dentro de uno de ellos, unas chanclas desteñidas con un agujero en la

punta cada una, y algunas cosillas más que se me han olvidado, y... ¡PAAAF!, todo lo

echó en una de las cajas y salió de un tirón llevándosela y dando un portazo y "esta

mierda a la basura", me dijo al descubrir mi presencia asombrada de su cólera

aquilina. El vigilante no estaba presente, por lo que cuando regrese seguro habrá

candanga, y esa no me la pierdo. Es mi entretenimiento preferido, porque dentro de

su tragedia ambos son por igual cómicos, al menos para mí, porque ni el uno se

enmienda ni el otro se va, y están así desde que tuve la suerte (?) de instalarme en

este piso que pudiera brillar como la casa de los tres chanchitos, pero como está

repleto de periódicos viejos regados por todos los rincones y demás pertenencias

del ahora ausente, pues... en fin, que como dice Juan Ramón: esto es un vacilón...

--Podrías filmar esas escenas entre tus coinquilinos y llevarlas a la tele, a lo mejor te

buscas una fortunita, porque esas cosas las pagan muy bien en la pantalla chica.

--¿Tienes alguna cámara de vídeo?

--Yo no tengo ni... bueno, pues no, no tengo cámara de vídeo ni de nada, así que

búscate una por ahí y manos a la filmación.

--Acompáñame a uno de esos centros comerciales donde los cacos campean y

verás cómo consigo esa cámara enseguida, sin riesgos, sin peligros, sin castigo.

--Tú vas a terminar, como dice mi huésped italiano, in galera.

Para calmar sus ímpetus el albañil me dijo, en la cocina, calentándose una olla de

algo que olía riquísimo, que “un día voy a quemar todos esos periódicos y a la mierda,

coño, que esto parece una cochinera, una cabrona cochinera, y toda la mierda que

hay aquí es de ese asqueroso”, pero apagó el gas y se llevó la olla a su cuarto para

darse el banquete vespertino. Porque supongo que lo que hay en la olla sea para él

un banquete, a juzgar por la cara que pone cuando se la lleva. Yo nunca he visto

el contenido, sólo conozco el olor.

--¿Y para qué quieres que te acompañe si tú sabes ir solito a esos lugares?

--Pues... verás, es que necesito un cómplice para la operación que tengo en mente.

--Tú tienes tantas operaciones en mente que ya no sabes cuál de ellas es la que vas

a acometer. Mejor sigue con tus libros y con tu ordenador, que con ellos al menos no

te buscarás problemas.

--Agenciándome el vídeo o cualquier otra cosa tampoco, nenita. ¿O es que no sabes

que aquí no se condena a nadie por robarse un vídeo o cualquier otra cosa? No, la

justicia está de nuestra parte, mujer. Nos invita a delinquir. ¿O es que no lees los

periódicos? ¿No te enteraste de ese juez que dejó en libertad al tipo que lanzó a su

novia por la ventana? Dijo el magistrado que el hombre no tenía intenciones de

matarla. Hombre, claro que no, lo que pasó fue que la chica tenía calor y el tipo, tan

tierno y cariñoso él, quiso que tomara el fresco aterrizando en plena calle desde su

ventana en un cuarto piso... ¡ah!

--Creo haber oído algo de eso en la radio. Pero a eso ya estamos acostumbrados, ya

te lo he dicho. A eso y a cosas peores. No sé por qué te llaman la atención.

--No, si yo también me estoy acostumbrando, por eso te pido que me acompañes a lo

de mangarnos el vídeo y después me dedicaré a grabar los enfrentamientos y las

acciones del albañil y el vigilante, que son diarias, y por lo que observo, eternas, pues

no parece que por ahora se muera alguno de los dos. Gozan de buena salud y creo

que las peleas los alimentan. Cuando no se enfrentan porque uno de los dos está de

viaje veo al otro algo tristón y el silencio se apodera del piso. Pero tanto el uno como el

otro persisten en insultarse mutuamente sin llegar hasta ahora a las manos. El casero nos

da sus vueltas esporádicas, siempre acompañado del cuñado que le sirve además de

ejecutor de sus brillantes ideas, como la de programarnos un plan de limpieza que

acaba de pegar en la pared de la cocina, sin reunirse con nosotros para ver si estamos

de acuerdo, por lo que le vaticino a dicho plan el destino de los periódicos que tiene el

vigilante esparcidos por todos los rincones.

--¿Sabes una cosa? No te creo capaz de hurtar ese vídeo en ningún centro comercial.

Tú presumes de que eres un duro y en realidad no eres capaz de matar una mosca.

--Bastantes moscas he matado en mi vida, monadilla, y eso que no soy capaz... lo que

te pasa es que temes convencerte por ti misma, por eso no te decides a

acompañarme.

--Te acompañaría para ver si lo haces o no, pero tú me has pedido que sea tu cómplice

y hasta hoy todavía no me ha dado por meterme a ladrona de centros comerciales.

--¿Y no te apetecería experimentar nuevas emociones?

--A mi edad ya no existen las nuevas emociones, querido.

--Te estás autocalificando de vieja, cosa que distas mucho de ser.

--Quizás lo aprendí de tus lamentaciones... y ahora que hablo de eso, deberías ir al muro

de Jerusalén a desahogarte, así me dejarías tranquila con tus vicisitudes, que tanto me

las repites que casi me las sé de memoria.

--Y pensar que en tus manos está resolver todos mis problemas.

--¡Anda ya! Ni que yo fuera el genio de la lámpara de Aladino.

Por la noche llegó el vigilante y se encontró con la ausencia de la mayoría de sus

preciadas pertenencias. Dio tres golpes fuertes en la puerta del albañil y cuando éste

la abrió con cara de perro bulldog achuchado, el vigi le espetó que por qué la tenía

cogida con él o algo así y ahí mismo el alba le gritó una sola palabra: “¡CERDO!”, y le

cerró la puerta en las narices. El vigilante, que a pesar de su insistencia ya está muy

acostumbrado a estas acciones intempestivas de su gran compañero de piso, lanza

palabrotas e improperios al aire que le escucha en calma y sin protestas, y se mete en

su cuarto rezongando bajito, “repugnante, eso es lo que eres, ya me tienes hasta las

narices, picha, que todo te molesta, estás loco, eres repugnante”, y etc. Yo sigo en lo

mío, y así las tres puertas habitacionales se mantienen cerradas, cada cual en su juego

como Antón Pirulero y otra vez parece que no hay nadie en el dichoso piso, mientras

los vecinos se estarán divirtiendo o recondenando con las alteraciones del orden

producidas diariamente en el encanto de lugar donde a ratos sobrevivo según el

color del cristal.

--¿Quieres apostar?

--¿A qué?

--A que me birlo el vídeo y salgo ileso.

--¿Y qué podemos apostar? Porque lo que es dinero no pienso arriesgarlo.

--Ah, pues... podemos apostarnos una cena por todo lo alto... y con baile y demás.

--¿Y qué debo entender por eso de demás?

--Bueno, Selene, ya sabes... lo demás... ¿no?

--Mejor te contesto mañana, porque ahora lo que me dan son ganas de mandarte al

carajo y seguro que eso no te va a gustar.

--Tú te lo pierdes, platinada.

--Ya me he perdido muchas cosas mejores, así que no me voy a resentir por eso.

--Eres deliciosa, por eso me gustas tanto.

--Y tú eres... ¡hasta mañana, hombre! Vete a dormir, que te hace mucha falta.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


(continuará)

sábado, 8 de junio de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 21


--Te noto nervioso, estás exaltado y sudado, ten cuidado, el infarto es la segunda

causa de muerte en el país.

El primer certificado médico que me pidieron cuando me asignaron al CAT me

obligó a hacerme análisis de sangre, de orina, de heces, tomas de presión,

radiografías, electros, peso, medida, examen odontológico, auscultación pulmonar,

archivo con la hoja clínica o como se llame ese mamotreto, y en fin, que aquello al

menos SI era un certificado que hacía constar que yo no padecía ninguna

enfermedad contagiosa que me impidiera convivir con otras personas. Escobita

nueva barre bien.

--Estoy nervioso, exaltado y sudado, ¿qué tú te crees, que mi vida es tan plácida

como un colchón acuático?

El último, o sea, el que tuve que presentar en el club comedor San José, consistió

en lo siguiente: buenas tardes, doctor, buenas tardes, usted... deje ver... usted no

suele venir nunca o es la primera vez que viene, sí, doctor, nunca vengo porque no

me siento nada, hombre, eso es estupendo, mejor nos vemos en la calle, sí, es lo

mejor, ¿y a qué ha venido hoy?, pues verá, doctor, es que voy a ingresar en uno de

esos comedores sociales y me han pedido, entre otros papeles, un certificado

médico donde conste que yo no tengo... ah, sí, ya, espere un momento, por favor...

y el médico abre una gaveta, saca un papel impreso, consulta su reloj y un

almanaque de pared, firma el papel, le pone un cuño y me lo entrega, aquí

tiene, amigo, y lo felicito por su salud, pero doctor, ¿y no tengo que hacerme...?,

no, hombre, si se ve que usted está más sano que las manzanas Golden, y salí de

la consulta con mi certificado médico a los cuatro minutos de entrar.

--¿Cómo sabes que un colchón acuático es tan plácido?

Cuestión, que esto es mejor que Bachiche, compa, como dice Marcelo, que aquí

lo mismo te limpian el estómago aunque lo tuyo sea de la oreja izquierda, que te

declaran fiambre sin tomarte el pulso.

--No obstante todo eso que me cuentas creo que deberías dedicar más tiempo al

ocio, no puedes pasarte todo el tiempo leyendo y escribiendo metido en tu cuarto.

Aunque digas y repitas que tu oficio es la soledad.

--¡Ay, querida mía! ¿Así que debo dedicar más tiempo al ocio? ¿A qué tipo de ocio?

Porque el ocio cultural hay que pagarlo, el ocio científico hay que pagarlo, el ocio

Ilustrativo hay que pagarlo. Y para ir a sentarme en el banco del parque a ver a la

señora que le tira pan a las palomas, prefiero quedarme en mi cuarto con mis libros y

con mi literatura. Ah, y cuando sienta deseos de ocio, siempre que sea gratis, tú me

acompañas.

--Lamento no poder acompañarte siempre, podría demostrarte que para el ocio

saludable no hay que gastar dinero.

Selene se había acercado a mis requerimientos, pues salía conmigo a merendar, a

comer de vez en cuando, al cine, al teatro, y una vez me llevó a un pueblecito

cerca de la Sierra donde el frío ponía tieso hasta el pan con tocino que llevamos.

Claro, eso cuando podía escaparse del hostal, que era de San Juan a Pascuas. Por

eso yo tenía que verla en su propio elemento, donde era interrumpida por algún

huésped tan inoportuno como pesado, y nuestra relación se resistía a traspasar la

etapa amistosa aunque íntima a la que ya nos estábamos acostumbrando. Pero en

mi soledad me ponía a pensar y a valorar las dos opciones que siempre aparecían

en estos trances: ¿sería mejor Selene como amante que como amiga? ¿Lo

descubriría alguna vez? ¿Habría renunciado definitivamente al amor, al placer, al

sexo, a la compañía de un hombre? Porque a pesar de pasar de la media rueda y

yo de las seis décadas, ambos nos conservábamos de buen ver.

--¿Sabes? Si me preguntaran cuál es el placer que más me gusta disfrutar, no

vacilaría en contestar que leer, por encima del sexo. ¿Qué te parece? A que no

esperabas esta confesión, chulita.

--De acuerdo con nuestras conversaciones... sí, me la esperaba. A pesar de tu

insistencia en lo erótico, porque tú eres medio viciosillo, me parece.

--Te parece mal, querida, soy un hombre sin vicios, o apenas con un par de ellos, los

que me salen gratis: leer y escribir. Hace muchos años tomaba café como un

obseso, y fumaba, porque no hay... o en mi caso no había placer mayor que

tomarse una taza de café y encender un pitillo... ¡ah! Quien no lo ha experimentado

en carne propia no puede valorar lo que se siente. Y hace muchos años tenía

también otros vicios o placeres, porque casi siempre los vicios son placenteros. Si no,

nadie los tuviera.

--¿Las drogas también son placenteras?

--Estamos hablando de vicios... ¿cómo llamarlos? Vamos, de vicios digamos

civilizados, o menos dañinos, no sé...

--Civilizados son todos los vicios, pues los vicios nacieron con el hombre, querido.

--Bueno, bueno, bueno. Tú ganas. El caso es que... ¿de qué carajos estábamos

hablando?

--Del ocio.

¡Ah! El ocio. Selene todavía se empeña en que yo me dé al esparcimiento, que

según ella es gratis. Lo que ella no sabe ni siente como yo es que después de ocho

años de tantas gestiones ininterrumpidas, por uno u otro motivo, con la Cruz Roja, la

CEAR, el ACNUR, la Operación Rescate, Amnistía Internacional, Asti, Fedora,

Comrade, Caribú, Cáritas, y las parroquias, los comedores, las Juntas de Gobierno,

los roperos, Asistencia Social, Servicios Sociales, Tarjeta Sanitaria, Abono de

Transportes, solicitudes de subsidios, búsqueda de vivienda, mudanzas y traslados

con la ayuda inestimable de mi amiga Ana (y de su coche), documentos en

instituciones, organismos y organizaciones, fotocopias, muchas fotocopias, etc., y eso

sin contar el tiempo y el esfuerzo y el gasto dedicados a gestiones literarias y

laborales, todas infructuosas, a cualquiera le quedan deseos de disfrutar del ocio

gratis, o del ocio saludable como ella lo llama... con estos truenos a cualquiera lo

que le quedan son deseos de mandarse él mismo al recoño de su puta madre que

lo parió sin pedirle permiso ni al Papa... Nada, Wenceslao, que a conjugar los verbos

fundamentales del exilio: pensar, recordar y caminar... y sobre todo, esperar.

--Alégrate de caminar y de subir y bajar escaleras, así matas dos pájaros de un tiro:

desarrollas músculos y evitas el infarto.

--Y el infarto mental, ¿cómo lo evito? Porque óyeme, mis datos y mis fichas están en

todos los ordenadores de todos los lugares donde he estado gestionando algo. Y yo,

de tontuelo que soy, me figuraba que sólo en mi país controlaban a la gente tan

minuciosamente.

--La burocracia lo controla todo, querido, y la burocracia es universal. La libertad no

existe, o sólo existe para quienes la pueden ejercer, como los políticos, los famosos,

los periodistas, la gente importante y poderosa. Nosotros, los de a pie, como tú nos

llamas, ¿dónde vamos a dejar salir nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestros

puntos de vista? Y la privacidad, la intimidad, nada de eso existe en nuestro súper

desarrollado mundo.

--¡Bravo! Ya puedes postularte.

--No jeringues. Tú hubieras podido sacarle dividendos a la política y no lo hiciste,

ahora tienes que aguantarte y vivir, como dijo... caramba, siempre se me olvida

el nombre... bueno, el que dijo que vivimos en el mejor de los mundos posible.

--¿Ves lo que te digo? Te gusta lo cómico, ya va siendo hora de que te desprendas

de esa sombra trágica de tu personalidad.

--No es que yo sea cómica o trágica, es que la vida es así: a veces hay que reírse, las

más de las veces habría que llorar, aunque la gente prefiera reír y escapar de la

tragedia, cosa muy humana, claro.

--Hombre, si todo el mundo se pusiera a llorar no haría falta la lluvia. Y todo el mundo

tiene motivos para llorar, aunque como tú dices, prefiera mostrar los dientes a hacer

muecas y pucheros.

Los huéspedes fijos de Selene me saludan y de vez en cuando cruzan conmigo algo

más, pero como también son solitarios se ensimisman y no es fácil encontrarlos en el

pasillo o en la recepción. Don Anselmo es monotemático: sólo habla de fútbol, lo

demás lo ignora, creo que todavía no sabe que ya hay naves terrestres en

Marte. Doña Isolina, al contrario de todos, es habladora y gritona, y odia el fútbol a

muerte, pero cuando no está en su cuarto trajinando (es bastante limpia por lo que

me cuenta la hostalera) está en la calle, de compras o de chisme, a ver qué

encuentra para entretener su curiosidad de programa basura. El ilustre Don Emeterio

Santovenia está muy viejo el pobre, ya matungo como quien dice, ya medio del

lado de allá, aunque insiste en no morirse todavía, pero tampoco sale mucho de su

habitáculo y apenas se deja notar. Esta mañana ha ingresado una pareja de

tórtolos que no hacían más que toquetearse, besarse y susurrar cursilerías

corintelladescas el uno al otro con sus bocas mostrando sus magníficas dentaduras

todo el tiempo. Los vi de chiripa, pues llegué en el momento preciso en que se

registraban. Bueno, creo que mis visitas a la rubia son una especie de ocio y de alivio

para mi soledad literaria y humana. Es que dice Selene que yo ya renuncié a la

compañía de la raza bípeda.

--Pues oye otra confesión, cariño: me gustaría ser un mono. Pero no estar en el

zoológico, sirviéndole de ídem a los muchachos impertinentes, no: en plena selva,

donde no existe la maldad. Allí sí podría disfrutar del ocio permanente, libre y gratis.

--Claro que sí, pero te falta decirme que quisieras que yo fuera la mona que paliara

tu sempiterna soledad... ¿me equivoco?

--Tú nunca te equivocas, monísima.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

(continuará)


domingo, 2 de junio de 2013

NO ES UNA FLOR QUE VUELA 20

A la par que crecían mis gestiones iba conociendo las cosas malas del país. Las

buenas había que pagarlas. Casi todas.

--Aquí todo hay que pagarlo. ¿Qué esperabas?

--Lo único que espero es que no espero nada. Me niego a seguir conjugando ese

maldito verbo.

--¿Eso quiere decir que te vas a suicidar? Porque me has dicho que el ser humano

debe tener algo que lo impulse a seguir. ¿Has perdido la memoria?

--Puede ser. Es que con el almanaque se va perdiendo todo, hasta que se pierde la

vida, que es lo último, no la esperanza como dice el refrán. La esperanza es lo

penúltimo que se pierde.

--Tonterías. Tú tienes que tener algo que te impulse a vivir. Que no me lo digas es otra

cosa.

--Te lo digo si tú me dices qué es lo que te impulsa a ti a vivir. Porque si no tienes

nada te acompaño al híper a comprar la soga.

--No, querido, hasta ahora no se me ha ocurrido esa idea. Compra tú la soga y si

quieres cuélgate, pero por favor, no te cuelgues aquí en el hostal, que ya tengo

bastantes problemas sin un muertecito. ¡Ah! ¿Te ríes? Nada, que eres un jodedor

empedernido y como siempre te estás burlando de mí.

--No me digas eso que me pongo a llorar aquí mismo.

--Tú no tienes cara de ponerte a llorar por cualquier cosa.

Me preguntaba si aquí viviría mis últimos años, si no podría regresar nunca más a mi

patria, si me quedaba mucho o poco, si mejoraría, si podría publicar mis obras, si

volvería a ver a mis hijos y mis nietos (a uno de ellos no llegué a conocerlo), si algún

día sentiría otra vez la dicha bajo el cielo que era el hogar, si... pero no encontraba

respuesta a ninguna de mis inquietudes y me estaba cansando. Porque el cansancio

es una etapa dentro de la etapa irreversible de la senectud y comienza de

improviso, cuando el viejo todavía no se ha dado cabal cuenta de que se ha

convertido en un viejo con todas las de la ley.

--Dime una cosa: ¿para integrarse en esta sociedad hay que estar toda la vida

haciendo gestiones y buscando papeles? ¿O es tu caso específicamente?

--No es mi caso específicamente, aunque los asilados políticos tienen que gestionar

muchas más cosas. Los inmigrantes económicos, o sea, los que no vienen porque los

hayan echado de sus respectivos países, sino porque quieren mejorar de vida, como

se dice en la prensa, pues ésos sólo tienen que acceder a los permisos de residencia

y de trabajo y ya. En cambio, a mí me trajinan desde que llegué, pasando por la

larga etapa de solicitante, después de asilado, más tarde de nacionalizado y ahí

terminan las ayudas, porque si eres un ciudadano nacional, arréglatelas como los

demás ciudadanos nacionales, y al obtener el asilo pierdes automáticamente todas

las ayudas que recibías como solicitante.

--¿Así que tú no eres inmigrante, sino asilado político?

--No, ya no soy asilado político, ya obtuve la nacionalidad. Pero nunca fui un

inmigrante, aunque no tengo nada contra esa denominación, sólo es que no lo

fui porque fui un refugiado o algo de eso. Yo no vine, me mandaron de una patada

al aeropuerto, ¿comprendes? ¡Bah! Mejor no hablar de eso, el tema es aburrido y a

ti, no sé, pero a mí me produce un escozor mitad rabia mitad no sé qué carajo por

verme en esta situación que no tenía por qué habérseme dado. Tú misma lo dijiste: lo

peor que le puede pasar a un ser humano es tener que vivir fuera de su patria.

--Tienes razón, querido, mejor no hablar de eso, que no tiene remedio. No te pongas

tristón y vamos a comernos un helado. Anda, ven, acompáñame, ahora que aquí todo

está en calma.

Los inmigrantes crecían como la hiedra y se reproducían como los curieles y dondequiera

que yo iba me los encontraba: organizaciones, instituciones, comedores, comisarías,

servicios sociales, ambulatorios, incluso cuando me convertí en ciudadano del país de

adopción seguí encontrándomelos, pues cada día aumentaba su número y en todas

partes ya había más que las posibilidades de atención de que el Estado disponía. Pero

lo curioso es que a pesar de que la mayoría no era mala gente, la gente del patio

comenzaba a rechazar la gran cantidad de inmigrantes que pululaban, achacándoles

incluso más barbaridades de las que cometían, aunque cuando los entrevistaban

decían todo lo contrario a lo que de verdad pensaban. La sinceridad era ya parte de un

pasado que no iba a volver. Si es que algún día lo hubo. Una noche en el hostal, cuando

Selene era La Rusa, salió a relucir por primera vez el tema de la inmigración.

--Pero usted es un inmigrante. No veo cómo pueden molestarlo sus compañeros de

andanza como usted los llamaría.

--Yo no los llamaría compañeros de andanza, que no lo son en realidad, a mí no me

molestan como a tanta gente que se queja de ellos, y sobre todo, yo no soy un

inmigrante, sino un exiliado, que no es lo mismo ni se escribe igual, señora.

--Pues para mí es lo mismo un inmigrante que un exiliado que un extranjero cualquiera.

Como ese filipino que usted encontró en la Cruz Roja.

--Tanto como encontrarlo no, pues si él estaba perdido yo no lo estaba buscando, y en

cuanto a su unificación de los de fuera, la respeto, pero no la comparto, porque sí

hay diferencias, y muchas, entre los extranjeros que vienen aquí. Ojalá yo fuera uno de

esos inmigrantes que salió de su país porque allí pasaba hambre o no tenía trabajo o

cualquier otra cosa, pero otra cosa muy distinta es tener que salir forzosamente por

pensar con la cabeza propia y no aceptar lo que orienta, manda, ordena y obliga un

gobierno despótico y totalitario. Me extraña que usted, que vivió bajo una dictadura

comunista, no sepa ahora distinguir entre la arena y la cal.

--Vamos, no se enfade, es que ya a mí ese tema... mire, yo tengo un hostal y de eso

vivo, y muchos extranjeros me ayudan a mantenerlo, aunque últimamente vienen

pocos. Pero de ellos muchos son inmigrantes pobres que por eso se hospedan aquí. O

sea, que a mí me da lo mismo que vengan por economía o por política. ¿Me entiende?

--La entiendo. Usted mira a través del cristal de su negocio, lo que es muy humano. Pero

de todos modos sería saludable que los distinguiera, porque no todos los que vienen

son de la misma catadura y los hay que cuidado, porque pueden ocasionarle problemas.

--Entonces he tenido suerte, porque a mí, los pocos que han venido no me han causado

ni uno solo. Y en cuanto a lo que piensa y dice la gente esa que entrevistan, no sé qué

decirle... la gente es hipócrita, querido huésped, todos tenemos algo de hipócritas y

todos tenemos derecho a guardarnos ciertas ideas para nosotros solos. ¿Por qué

pregonar a los cuatro vientos lo que pensamos de los inmigrantes, de los terroristas, del

gobierno? ¿Qué sacamos con eso?

--Quizás tenga razón. Si yo hubiera actuado según su criterio, quizás estaría en mi país

y quizás con un buen cargo en el gobierno, viviendo como Carmelina. Es verdad que

nadie es sincero del todo, pero por las cosas que he notado, en este asunto de la

inmigración creo que las autoridades deberían tomar ciertas medidas, porque tampoco

por congraciarse con las ONGs o con la oposición el gobierno tiene que admitir a

cincuenta millones de inmigrantes... en este país no caben todos los que quisieran

venir, supongo. Yo pienso que aquí les deberían abrir las puertas a quienes son

perseguidos en sus propios países por alguna razón. Pero en cuanto a quienes quieren

mejorar sus vidas... porque óigame, si esto sigue así... ¿se imagina cuántos millones de

seres humanos hay en el planeta que quisieran mejorar sus vidas? ¿Y dónde se van a

meter? ¿No sería mejor ayudarlos a que dedicaran sus esfuerzos a desarrollar sus países

y quedarse en ellos?

--Usted podría ser profesor, orador, académico... ¡oiga! Tiene madera.

La Rusa insistía en que escribiera mis puntos de vista y en que los enviara a algún diario,

cosa que comencé a hacer en aquellos días de recién llegado y de inocente, porque

aún me quedaba mucho de inocente, y ya se sabe que la inocencia es tan bonita como

tonta. En mis primeros pasos encontré a Marcelo en el primer comedor que me

asignaron, que era uno para refugiados solamente, en la calle Canarias. Allí conocí

también a algunos inmigrantes que habían solicitado el asilo político como yo. Entre

ellos había no sólo diferencias, sino discrepancias, y en algunas ocasiones se armaban

bandas en barrios de la capital según conversaciones que solía escuchar. “Claro, mi

hermano, aquí hay mucha gente que viene a joder y a armar líos, porque quiere vivir

de panza, sin disparar un chícharo, a costa del Estado, y el Estado es un bobalicón que

los mantiene y hasta les concede privilegios que a los propios de aquí no les da y eso,

macho, no puede caerle bien a estos tíos”, me decía Marcelo. A La Rusa tampoco le

caían muy bien algunos, sobre todo los de Europa de Este, quizás porque ella era de allá.

--Precisamente esta mañana leí en el periódico un artículo de un periodista que comenta

el asunto de la inmigración. Dice este periodista que la mayoría de los actos delictivos que

se cometen los cometen los inmigrantes.

--Bueno, yo creo que ese periodista está un poco pasado de rosca. ¿Usted qué cree?

--Ya le he dicho que yo recibo aquí a todo el que venga, y que he tenido suerte, pero

hay cosas que hay que reconocer. Mire, algunos periodistas comparan los delitos que

cometen los habitantes del país con los que cometen los inmigrantes, y vamos, hombre,

que se creen que somos estúpidos, porque dicen que los del país cometen muchos más.

Pero el país tiene cuarenta millones y los inmigrantes no llegan a dos.

--O sea, que tendría que sacar el porcentaje comparativo a ver qué sector comete más

delitos.

--Eso mismo. Usted me entiende. Pero en fin, que estamos tocando un tema que no tiene

solución. En todo el Primer Mundo hay cada día más inmigrantes y cada día habrá más y

con el tiempo habrá muchos países del tercer mundo que desaparecerán.

--¿Quiere decir que se quedarán sin población?

--Más o menos. Todos se mudarán a nuestros países y aquí estaremos como latas de

sardinas. Aunque no creo que eso usted y yo lo veamos.

Los inmigrantes continúan llegando por aire, mar y tierra. Y las encuestas señalan a los

inmigrantes como la tercera, cuarta o quinta preocupación de los habitantes del país.

Siempre después del desempleo, del terrorismo y de la seguridad ciudadana (¡qué

nombrecito!). La prensa, la radio y la televisión hacen su agosto con estos temillas que

siempre están en el orden del día. Y no se acaban: sigue el desempleo, sigue el terrorismo,

sigue la inseguridad ciudadana, siguen los inmigrantes, y sigue la jodienda con otros

tantos problemas importantes que parece que los políticos quieren olvidar, como el

maltrato a las mujeres (que se mantiene sobre todo con la complicidad de los jueces que

no castigan a los maltratadores) y dentro de este maremágnum de asuntos sin resolver yo

también sigo pero no jodiendo sino jodiéndome porque mi situación continúa sin variación

a más y mejor como tantas voces amigas quieren vaticinarme: “yo creo que este año tu

situación va a mejorar” (Ascensión, mi asistenta social), “pero claro que vas a mejorar,

todo el mundo si se lo propone mejora su vida” (Ana, mi mejor amiga, ingenua como una

amapola), “pues yo me pasé seis años comiéndome un cable, hasta que encontré este

trabajo, y ahora me siento mucho más desahogada, así que no te desesperes” (Leila, mi

mejor compatriota, alumbrada por la suerte y sus esfuerzos), “ya tendrás trabajo y ganarás

un sueldo, y tendrás amor y una familia, ánimo, hombre” (Manuel, el optimista a ultranza).

--Bueno, pensándolo bien, tú y yo formamos parte de esa mitad de la población que está

arriba. ¿Te imaginas cuántos millones de negros, de indios, de suramericanos, de asiáticos,

no tienen ni una cama donde acostarse a dormir y a soñar que un día serán ricos?

Pues a dormir la siesta, Victoriano, que se me cierran los ojos después de la enorme paella

que me tocó en el comedor de ancianos (esto no es un eufemismo) San José, a donde

voy a almorzar vía dos metros y un tren de cercanías, ¡ah, Catana! Y gracias, que

conozco a unos cuantos que con un bocadillo a las dos de la tarde se despiden hasta el

día siguiente.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr


(continuará)