domingo, 3 de junio de 2018
POEMA 8
ELLA NO ERA MI TIPO
Ella no era mi tipo de mujer
(eso que, hablando en plata, se conoce como
tipo de mujer).
Pero las sombras que sin darme un minuto de tregua
emponzoñaban mis escasos días de sol
junto a ella desaparecían
casi mágicamente.
Ella no era mi tipo.
Quizás era -demasiado- natural:
sin maquillaje, sin pintura, sin perfume notable
(ni siquiera se peinaba y dejaba su pelo
-no tan largo ni tan negro, pero largo y negro al fin-
al antojo del viento que apenas lo rozaba
porque yo estaba con ella -siempre- bajo techo).
No era mi tipo, decididamente.
Pero cuando la tenía junto a mí
(sólo un breve retazo de tiempo junto a mí)
y tan cerca que a veces sentía su olor de mujer
todo lo demás que me rodeaba
y que sin ella se regocijaba en recordarme
que yo vivía rodeado de cosas carentes
de la más mínima importancia,
se deshacía en burbujas como olas que alcanzaban
los rompientes
y elevaban sobre la superficie azulgris
(como sus ojos azulgrises donde se refugiaba
un pedacito del mar Mediterráneo)
su blancura de espuma.
Porque ella era eso, sólo eso: un mar azulgris
cuyos rompientes tenían la enorme facultad
de llenar mi pobre vida de algo muy parecido
a la felicidad.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
@lazarocasas38
domingo, 20 de mayo de 2018
POEMA 7
LA MUCHACHA DE LOS OJOS DE MIEL
Aquel hombre cargaba demasiado peso
sobre sus espaldas
(sobre sus endurecidas y añejas espaldas)
y se había rendido a la evidencia
de que al final del túnel no había ninguna luz
sino un camino árido que anegaba el terreno
húmedo y tan lúgubre como un réquiem de Haëndel...
Pero de pronto ella se incrustó en su vida
casi de zopetón,
y él descubrió en sus ojos una nueva ternura,
una mirada candorosa quizás melancólica
que lo llenaba de deseos de vivir
y de otra vez confiar,
y en aquella muchacha donde convergían
picardía y candor arcoirizados
por una nobleza carente de imposturas
que le brindaba su cariño sin pedirle
ni una pizca de reciprocidad,
él encontró una brisa rejuvenecedora
que lo animó a recuperar sus viejas ilusiones,
a mirar con optimismo el entorno vital
que había obviado desde hacía ya mil años-luz,
porque en esa muchacha de mirada dulcísima,
de trato tan limpio como el cáliz sagrado
y de una exquisita sensibildiad capaz
de conmoverlo,
él asumió, mirándose en sus ojos
demasiado jóvenes quizás,
que era cierto, que la vida podía
ser hermosa, muy hermosa todavía...
Augusto Lázaro
Aquel hombre cargaba demasiado peso
sobre sus espaldas
(sobre sus endurecidas y añejas espaldas)
y se había rendido a la evidencia
de que al final del túnel no había ninguna luz
sino un camino árido que anegaba el terreno
húmedo y tan lúgubre como un réquiem de Haëndel...
Pero de pronto ella se incrustó en su vida
casi de zopetón,
y él descubrió en sus ojos una nueva ternura,
una mirada candorosa quizás melancólica
que lo llenaba de deseos de vivir
y de otra vez confiar,
y en aquella muchacha donde convergían
picardía y candor arcoirizados
por una nobleza carente de imposturas
que le brindaba su cariño sin pedirle
ni una pizca de reciprocidad,
él encontró una brisa rejuvenecedora
que lo animó a recuperar sus viejas ilusiones,
a mirar con optimismo el entorno vital
que había obviado desde hacía ya mil años-luz,
porque en esa muchacha de mirada dulcísima,
de trato tan limpio como el cáliz sagrado
y de una exquisita sensibildiad capaz
de conmoverlo,
él asumió, mirándose en sus ojos
demasiado jóvenes quizás,
que era cierto, que la vida podía
ser hermosa, muy hermosa todavía...
Augusto Lázaro
lunes, 7 de mayo de 2018
POEMA 6
EN EL CARACOL QUE NO ENCONTRASTE
No pudimos encontrar el sol.
No había algún excursionista merodeando
ni un bote en la distancia muerta
ni un pelícano.
Sólo las olas despreciaban el silencio.
No por eso nos desanimamos:
Yamilé se ajustó un viejo látex,
Roberto no se decidió a temblar
desde el primer momento,
"está muy fría el agua", dijo sonriéndose,
Cuqui no hizo nada: se acostó en la balsa,
yo tiré algunas fotos...
Pero tú no venías a gastar tu domingo
ni a hundir entre la espuma tus últimos secretos
ni a esperar, confiada, que saliera el sol...
Un cangrejo asomó sus largos ojos,
se asustó,
regresó a lo oscuro de su cueva.
Después, tu última silueta atravesó la orilla...
El agua buscó inútilmente tu imagen
en las piedras,
pero ya había demasiadas voces,
ya el sol picaba duro nuestros cuerpos.
La tarde vino de repente
y se llevó nuestro domingo.
En las olas se quedaron todas las palabras
y en la arena tus ojos
prendidos en el caracol que no encontraste...
Augusto Lázaro
(publicado en blog y Facebook)
Amiga que dejó Santiago y desapareció en las oscuras profundidades del recuerdo. Jamás volví a verla, jamás he sabido nada de ella, pero quiero confiar en que, en el lugar donde esté, todavía recuerde aquel mágico domingo en la playa, donde nuestros cuerpos estuvieron juntos en el agua, con el goce casi infantil que tu rostro reflejaba, porque disfrutabas del mar y del sol como un niño. Hasta siempre, querida amiga. El cariño que supiste enraizar en mi corazón jamás te dejará sin la nostalgia de aquel día único…
No pudimos encontrar el sol.
No había algún excursionista merodeando
ni un bote en la distancia muerta
ni un pelícano.
Sólo las olas despreciaban el silencio.
No por eso nos desanimamos:
Yamilé se ajustó un viejo látex,
Roberto no se decidió a temblar
desde el primer momento,
"está muy fría el agua", dijo sonriéndose,
Cuqui no hizo nada: se acostó en la balsa,
yo tiré algunas fotos...
Pero tú no venías a gastar tu domingo
ni a hundir entre la espuma tus últimos secretos
ni a esperar, confiada, que saliera el sol...
Un cangrejo asomó sus largos ojos,
se asustó,
regresó a lo oscuro de su cueva.
Después, tu última silueta atravesó la orilla...
El agua buscó inútilmente tu imagen
en las piedras,
pero ya había demasiadas voces,
ya el sol picaba duro nuestros cuerpos.
La tarde vino de repente
y se llevó nuestro domingo.
En las olas se quedaron todas las palabras
y en la arena tus ojos
prendidos en el caracol que no encontraste...
Augusto Lázaro
(publicado en blog y Facebook)
Amiga que dejó Santiago y desapareció en las oscuras profundidades del recuerdo. Jamás volví a verla, jamás he sabido nada de ella, pero quiero confiar en que, en el lugar donde esté, todavía recuerde aquel mágico domingo en la playa, donde nuestros cuerpos estuvieron juntos en el agua, con el goce casi infantil que tu rostro reflejaba, porque disfrutabas del mar y del sol como un niño. Hasta siempre, querida amiga. El cariño que supiste enraizar en mi corazón jamás te dejará sin la nostalgia de aquel día único…
lunes, 19 de marzo de 2018
POEMA 5
COMO LA LLUVIA
QUE REFRESCA Y CALMA...
Ya yo estaba
cansado de ser piedra,
vaga idea,
ausencia, erial.
Ya yo estaba al
borde de buscar la nada
como única
puerta de escape
a tanto
desamparo.
Ya yo estaba
convencido del encuentro imposible...
y apareciste tú,
sin previo aviso,
como la lluvia
que refresca y calma,
aquella tarde de
ningún presagio que no fuera
mi rutina
lúcida.
Apareciste tú y
en esos ojos tan de todos
a quienes
regalas el placer de contemplarlos
vi un amanecer
lleno de copos
de la nieve
eventual, tan blanca como hermosa,
y golpeaste mi
tiempo rescatándolo
de toda abulia
posible y absurda.
Y a partir de
entonces
cuando me
amenaza la congoja del atardecer
me acuerdo de
tus ojos que destilan amor y ternura
y de tu sonrisa
que se abre ante el mundo
como una
alfombra persa...
y me pregunto,
¡ay!, cómo pude vivir hasta hoy
sin conocerte...
Augusto Lázaro
lunes, 5 de marzo de 2018
POEMA 4
NOSTALGIA DE LO
QUE VENDRA
Ya no te busco
cuando me despierto
del último sueño
ahora siempre plácido
porque después
de tanto insomnio
al fin has
escapado de mis madrugadas
cuando ya yo
pensaba que tú serías siempre
un componente
casi físico de mi andar por la vida.
De mi andar
esquivando tropezones
intentando
ensartar un arcoíris
con mis ojos
humedecidos siempre
por esta pesada
nostalgia
anticipada
de lo que
volveré a vivir
cuando otra vez
me rinda ante el fantasma
del amor posible
sabiendo lo que
me traerá ese amor posible
cuando envuelto
en la bruma de una tarde
quizás fría o
lluviosa
pueda ensartarlo
en una idea peregrina
como a un
peregrino arcoíris
imposible de
materializar con el amor posible
y engañarme
pensando que la varita mágica
ha tocado, ahora
sí, mi tan cansada anatomía...
Augusto Lázaro
Siempre la
separación evoca la nostalgia, especialmente cuando se ha tenido y se deja de
tener de pronto: es un golpe difícil de soportar, pero como todo en la vida,
también pasa, y al final nos quedamos convencidos de que vivimos sin ese amor y
podremos seguir viviendo sin ese amor, aunque añoremos aquellos momentos que con
ese amor pasamos…
lunes, 19 de febrero de 2018
POEMA 3
EVOCACION DE ENCARNI
Toco tu piel y florecen los lirios
que desde tu cuerpo delicioso
y mío
perfuman mi piel.
Beso tus manos y me siento
ligero como un pez
en su agua salada y misteriosa
mientras tus dedos me rozan las
mejillas.
Degusto el néctar de tu lengua
(manantial inagotable de placer)
y me sacia un bálsamo cremoso
tan dulce como el jugo de la caña.
Aprieto mi boca en tu sexo
sorprendido y húmedo
que se estremece con la inusitada
caricia
hasta calmar mis ansias
de sentirte mía
.
más allá de todos los deseos,
de todos los goces conocidos,
del ensueño, de la dicha...
Augusto
Lázaro
Inédito
¿Poema
erótico? Quizás. El erotismo forma parte imprescindible del amor, y cuando no
lo hay, tampoco hay amor. Siempre se agradece recordar estos momentos que quien
no los haya pasado no sabe nada de ese sentimiento tan hermoso del que
lamentablemente muchos han convertido en sólo sexo. Y el amor tiene tantas
aristas que es imposible definirlo con una sola palabra. Puede amarse lo mismo
a una novia o esposa que a un perro que se tenga como mascota, y lo más
curioso: que a veces a ese perro mascota llega a amarse incluso más que a un ser
humano que al principio nos pareció amar y con el tiempo se fue desvaneciendo su
idealización. Pero no se asusten, no quiere esto decir que siempre suceda así:
yo soy de los que creen en el amor. Siempre he creído, aunque esa creencia me
haya dado, además de momentos muy gratos e inolvidables, grandes decepciones.
Hay de todo en el amor, porque hay de todo en la vida. Pero sin él estaríamos
viviendo como en las cavernas: con porras y taparrabos…
lunes, 5 de febrero de 2018
POEMA 2
(glosando, con
perdón, a dña. Hildegardis Goyenechea)
ESTA CASA MIA
DONDE YA NO RESPIRO
tu perfume, el perfume que siempre dejabas en
la almohada
después del
intermedio a un nuevo encuentro
desenfrenado y a
la vez tan lleno de ternura en el epílogo
esta casa mía
donde sólo ha quedado la rememoración
de nuestro
atormentado amor amenazado siempre
por tus
nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos
para dedicarnos
por entero a amarnos sin más paliativos
que la muerte
cuando al fin nos separara
aunque nos
habíamos jurado en el vórtice
del placer
disfrutado hasta el clímax
amarnos hasta
después de muertos
¡qué ilusos!
¡qué desatinados tan inmersos
en el escaso
tiempo y en el reducido espacio
que cobijó
nuestro inusual cariño!
y ahora ¡ay! ya
no queda más que el resto
de lo poco que
pudimos permitirnos
en esta casa mía
tan llena de tarecos
de cosas
inútiles que me rodean
cuando
inevitable y repetidamente
te echo tanto de
menos
Augusto Lázaro
(inédito)
domingo, 7 de enero de 2018
POEMA 1
APRENDIENDO A VIVIR SIN TI
cada nuevo amanecer abro los ojos
intentando desperezarme de tu ausencia
rendirme a la evidencia de que ya no estás
tras las persianas sólo veo árboles sin hojas
aceras que ya no sostienen tus pasos
calles por donde ya no cruzas para acercarte a mi añoranza
entonces la soledad es un martillo golpeando mi cabeza
y lacerando mis horas inútiles
qué difícil este empeño de creerme que estoy aprendiendo
a vivir sin tu amor
asfixiándome en la pesadez de los domingos
que reptan en mi entorno lentos y agobiantes
porque ya no estamos juntos en ese mismo espacio
donde quizás recuerdes el tiempo de los dos
que absurdamente se nos ha escapado
me esfuerzo inútilmente en deshacer nostalgias
en olvidar recuerdos
en no pronunciar en voz alta tu nombre
pero qué difícil qué imposible este empeño
de creerme que estoy aprendiendo a vivir sin tu amor
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
(publicado en blog, Cinosargo, Liter-aria, Facebook)
Comenzamos el nuevo año con un poema de esos que alguien determinó “de amor”, como si todas las acciones que una persona realiza en la vida no tuvieran alguna relación con el amor. Pero en fin, que espero que estos poemas les ayuden al menos a no pensar siempre en lo malo que la vida nos ofrece, porque la vida, a pesar de eso malo que nos ofrece, también nos da momentos de bienestar y felicidad, duren lo que duren y sean con quienes sean. Y esto último no depende de nadie más que de nosotros mismos. ¡Feliz año nuevo!
cada nuevo amanecer abro los ojos
intentando desperezarme de tu ausencia
rendirme a la evidencia de que ya no estás
tras las persianas sólo veo árboles sin hojas
aceras que ya no sostienen tus pasos
calles por donde ya no cruzas para acercarte a mi añoranza
entonces la soledad es un martillo golpeando mi cabeza
y lacerando mis horas inútiles
qué difícil este empeño de creerme que estoy aprendiendo
a vivir sin tu amor
asfixiándome en la pesadez de los domingos
que reptan en mi entorno lentos y agobiantes
porque ya no estamos juntos en ese mismo espacio
donde quizás recuerdes el tiempo de los dos
que absurdamente se nos ha escapado
me esfuerzo inútilmente en deshacer nostalgias
en olvidar recuerdos
en no pronunciar en voz alta tu nombre
pero qué difícil qué imposible este empeño
de creerme que estoy aprendiendo a vivir sin tu amor
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
(publicado en blog, Cinosargo, Liter-aria, Facebook)
Comenzamos el nuevo año con un poema de esos que alguien determinó “de amor”, como si todas las acciones que una persona realiza en la vida no tuvieran alguna relación con el amor. Pero en fin, que espero que estos poemas les ayuden al menos a no pensar siempre en lo malo que la vida nos ofrece, porque la vida, a pesar de eso malo que nos ofrece, también nos da momentos de bienestar y felicidad, duren lo que duren y sean con quienes sean. Y esto último no depende de nadie más que de nosotros mismos. ¡Feliz año nuevo!
domingo, 3 de diciembre de 2017
¿TAMBIEN ESTE DOMINGO?
ESTE DOMINGO MI CITA ES CON LA PATRIA,
decía una valla colocada en la acera
del patio del círculo infantil. El
hombre hizo una mueca, recordando que todavía
le faltaba la hamaca para completar su
aditamento y poder declararse miliciano
cumplidor cuarenta aniversario del
ejército rebelde. "Seguro que el domingo van a
chequear eso". Su unidad estaba
comprometida a declararse lista para la defensa
en la tercera etapa y saludar el día del
miliciano con la totalidad de sus
combatientes debidamente avituallados.
Al pasar por el estanquillo compró el diario
local, que ahora salía una vez a la
semana. En la primera plana de las cuatro que
tenía podía leerse en letras de enormes
caracteres: DOMINGO: DIA DE LA DEFENSA.
Hojeó el periódico, lo dobló, y siguió
caminando hasta su casa, a media cuadra,
frente al círculo. Repasó todas las
cosas que había conseguido y que había comprado
para completar su atuendo. En su casa no
había nadie. Al entrar, recogió un papelito
que alguien había echado por debajo de
la puerta. Escrito a lápiz, en letra de imprenta
grande, el papelito decía: compañero,
te recordamos que el domingo tenemos defensa.
No faltes. Entró al dormitorio, colocó el diario y el papelito encima
de la cómoda, se miró
en el espejo, y se dijo que necesitaba
un baño. Sacudió la cabeza y contrajo la nariz.
Quitándose la ropa, recordó que el primer
domingo de ese mes había dedicado casi
toda la mañana a recoger papeles y
basuras y a limpiar las yerbitas en el círculo. junto a
algunas tías y a otros vecinos de la
cuadra, que se organizaron para cumplir la tarea # 17
del plan de trabajo del trimestre de su
comité de defensa. Encendió el radio y escuchó el
final de una canción de moda que
repetían cada treinta minutos, por un cantante
extranjero que parecía tener un gato arañándole la
garganta. Inmediatamente
que finalizó la canción el locutor lo
hizo reaccionar: todos el domingo a la defensa
para alcanzar la condición de listos en
la tercera etapa, no faltes a esta cita con la
patria.
Apagó el radio. Recordó que el segundo domingo, o sea, el anterior, había
ido con sus compañeros de trabajo a una
granja hortícola cercana a la ciudad,
donde se pasaron la mitad de la mañana
esperando que apareciera algún jefe de
lote o algún responsable que les
indicara lo que debían hacer y cómo y dónde. "Y ahora
este tercer domingo la defensa. “¡Manda
pinga!". Entró en el baño. "Menos mal que
todavía me queda el último". Volvió a mirarse en el espejo, encima del
lavabo, y
se pasó los dedos por las mejillas.
"También tengo que afeitarme". No había agua en
la ducha y comenzó a echarse jarritos
sobre el cuerpo, de un cubo que su mujer
siempre tenía lleno por si acaso. Se
enjabonó con una astilla y pensó que ella y el
niño gastaban demasiado jabón, y que la
cuota de la bodega tenía ya cuatro
meses de atraso. Miró la mitad de otro
jabón colocado en la jabonera
de la ducha, aunque éste era de lavar, y
lo tomó en sus manos, pero volvió a
colocarlo donde estaba. "Estos casi
no hacen espuma, y la picazón que dan es del
carajo". Terminó de bañarse y al
acercarse al espejo y buscar en el interior del
botiquín descubrió que no tenía ni una
sola cuchilla de afeitar. “Menos mal
que todavía no hemos sacado las que nos
tocan este mes en la bodega". Se secó y
salió del baño. Regresó al dormitorio.
Volvió a encender el radio. Ahora la voz del
locutor insistía en la importancia de
llegar puntualmente el domingo a la defensa.
Comenzó a vestirse, y se puso un short
viejo sobre el calzoncillo y un pulóver desteñido
Que usaba solamente para estar en la
casa, pues no le gustaba tener el torso al aire.
Recordó la defensa: no se podía apartar
de esa idea, porque el domingo había
pensado ir con su mujer y su hijo al
monte, a casa de sus suegros, a pasarse el día
lejos de esta avalancha de tareas,
actividades y reuniones que durante toda la
semana lo atosigaban, y a buscar frutas
y viandas. La defensa, o sea, las prácticas
de la llamada preparación combativa de
todos los ciudadanos menores de cincuenta
años, lo había marcado. "Total, ir
allí a perder dos o tres horas, oyendo al sargento leer
un mamotreto que nadie oye en realidad,
y después repetir malamente una parte de lo
que leyó". Pensó que si fueran
prácticas de tiro se pasaría mejor. "El tiro le gusta a todo el
mundo, es entretenido y
emocionante". Se dirigió a la cocina y calentó un poquito
de café. Encendió un cigarro y se sentó
a leer el periódico. "Ahora sí estoy fresco. A
ver si este serial español de esta noche
sirve para algo". Su mujer demoraba. Pensó
que probablemente la habrían citado para
alguna reunión urgente de última hora,
cosa que acostumbraban a hacer en su
centro de trabajo, y no se preocupó.
Vendría con el niño, seguro. Cuando
terminó de leer el periódico volvió al dormitorio
y mecánicamente apagó el radio que había
dejado encendido al salir. Eran las
siete en punto y comenzaba el noticiario
resumen de esa emisora, cuyos titulares no
llegó a oír. "Me vuelven a repetir
lo del domingo en la defensa y lo reviento contra
el piso". No tenía nada que hacer y
al llegar a la sala se le ocurrió encender el
televisor. Al aparecer la imagen vio el
rostro lindísimo de una joven que anunciaba,
con énfasis, que esa noche la televisión
retrasmitiría el discurso pronunciado por el
Primer Secretario del Partido en el acto
de recibimiento a las tropas que habían
cumplido una misión internacionalista en
un país de Africa. Apagó el televisor y se
quedó en el medio de la sala como en
éxtasis. Se tocó las mejillas. Se asomó por
las persianas y al mirar afuera sus ojos
se clavaron en el letrero de la cerca del
círculo: ESTE DOMINGO MI CITA ES CON LA
PATRIA... Movió la cabeza, cerró las
persianas, se dirigió al dormitorio y se
tiró en la cama. "Así que el discurso del
Primer Secretario otra vez. Al carajo el
serial". Se recostó y cerró los ojos. Pensó
que tenía que cuidarse, porque el infarto
había pasado a ser la segunda causa de
muerte en el país.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
(recuerdos de
aquellos años en la “nueva Cuba”)
pd: a partir
de enero de 2018 no se publicarán más cuentos en este blog. En su lugar, se
publicarán poemas y otras menudencias literarias y similares. Podrán encontrar
cualquier cuento que deseen leer acudiendo al blog y buscando el índice o en la
barra de búsqueda
domingo, 12 de noviembre de 2017
HORA DE ESTAR
(Cuento independiente de la novela EL
AULA SUCIA, publicada en El Cuiclo por entregas semanales. Interioridades de
una universidad cubana)
Cuando Marnia regresó de Dos Caminos,
donde había pasado tres días ayudando a
su mamá, convaleciente de un fuerte
ataque de asma, se encontró un papelito
que alguien había echado por debajo de
la puerta. No había nadie en la casa.
Tomó el papel y lo leyó: "en la
Plaza de Marte, a la una de la tarde". A lo mejor se
equivocaron, pensó, lamentándose esta
vez de no haber participado en la anterior
asamblea donde se informó sobre el acto
que se celebraría este sábado, "así no
tendría dudas". Ella estaba
justificada, pero la molestaba no tener la información
exacta. Seguro que la trajo Adita,
razonó, porque Adita era, de todos sus
compañeros del Departamento, la que
vivía más cerca, y siempre que había algo
en el tapete, acostumbraba a pasar por
su casa y darle la noticia. "Pero qué raro, a
la una de la tarde. Si el acto es a las
cuatro". Colocó la citación encima del frío.
Esperaría a Mario a ver si él sabía
algo, y si no, se llegaría a casa de Adita, después
del baño, la comida y las cosas de Aimée.
"Y así saldré de dudas". Porque Marnia no
era de las que se quedan con algo por
dentro sin saber a ciencia cierta, eso la
ponía nerviosa, y ella no estaba en esos
días para nerviosismos inútiles...
Mario no sabía nada, por lo que ella
decidió ir a casa de Adita después de comer.
Dejó a Aimée jugando en el parque y a
Mario embobado con una novela de terror
de John Saul. Adita no estaba en su casa
y Marnia se sintió frustrada por esa gestión
infructuosa. De regreso, la duda seguía
molestándola, pues si la citación era
correcta, ella debía estar mañana sábado
en la Plaza de Marte a la una en punto, y
aunque este tipo de actos no le
interesaban, para Marnia la puntualidad -todavía-
era una virtud que seguía apreciando y
practicaba, en la medida de sus
posibilidades, diariamente, en la
Universidad. "Pero... ¿por qué me citan para la una,
si el acto es a las cuatro?". Lo
había leído en el periódico y el periódico no podía
equivocarse. "Bueno, sí, puede
equivocarse, se equivoca bastante, pero en una
cosa así, de esta envergadura, en
primera plana y con letras enormes... no no no, no
puede". Ya frente a su edificio,
miró su reloj y se dio cuenta de que había terminado
la novela extranjera que pasaban por la
tele, por el silencio que se notaba en los
apartamentos, algunos de los cuales
subían el volumen de sus aparatos hasta el
límite de decibeles que cualquier oído
podía soportar. "Dentro de poco este será un
país de sordos". Mañana quería
llevar a Aimée al zoológico, porque Marnia era de
los que piensan que se debe estudiar,
trabajar, y dedicar tiempo y espacio al
descanso y al esparcimiento. A las doce
de la noche ya Mario y Aimée se
acercaban al segundo sueño y Marnia
seguía en la cama, pensando en el papel.
"¿Será posible que un papel de
porquería me tenga desvelada?". Pensó que la
gente del sindicato siempre exageraba,
pero que ahora había apretado, por eso
creía que a lo mejor sería algo más
serio que un simple acto político como tantos
que se realizaban diariamente.
"Seguro que Adita estaba apurada y se le olvidó
aclararme en el papel". Pero de
pronto Marnia recordó que el papel decía algo así
como hora de estar y después la
una de la tarde. Se levantó cuidadosamente para
no despertar a su marido y tomó la
citación que ahora descansaba sobre la
cómoda. Se dirigió al baño y encendió la
luz para leerla por enésima vez. Y la leyó:
punto de reunión: Plaza de Marte. Hora
de estar: 1.00 pm. "¿Hora de estar?" Se rascó
la cabeza, tratando de penetrar el
misterio, pero llegó a la conclusión de que lo
mejor que podía hacer era acostarse y
tratar de dormir. Mañana se enteraría
cuando llegara a la Plaza de Marte...
La mañana se le fue lentamente. Mario se
llevó a la niña a casa de su hijo en El
Salado, y cuando regresó con Aimée se
encontró a Marnia leyendo el papel.
¿Todavía con eso?, le dijo y le hizo
señas a Aimée girando una mano alrededor
de la oreja. Los dos se pusieron a
trajinar en la cocina y el almuerzo mientras Mario
le contaba de su visita y de los niños.
Cuando el digital del edificio dio las doce, ya
Marnia tenía listo un almuerzo digno del
mejor de los sábados. Mario la miró y le
dijo báñate enseguida, nené, porque yo
tengo que satisfacer el estómago y
acuérdate, querubín, que tienes que
estar en la Plaza de Marte a la una en punto,
y se carcajeó con gusto....
Y a la una en punto Marnia entró en el
área de la Plaza de Marte, sofocada, y se
metió entre el gentío que comentaba,
reía, sudaba, con banderas en las manos,
cartones, telas con consignas, y
enseguida buscó a sus compañeros de la
Universidad. Por fin divisó a Violeta, a
Elvira, al doctor Oropesa y a Neysa, que
conversaban muy entretenidos, como si todos
estuvieran en un baile de graduación.
Marnia llegó junto a ellos y los saludó.
Recordó que en el periódico salió una
orientación de alguien que enumeraba una
a una las consignas que debían
enarbolarse en la concentración. Parece
que quien orientó esto se cree que somos
mongólicos... ¿o es que lo somos de
verdad?, comentó con Violeta en voz baja.
Hace poco leí en una revista extranjera
que Cuba es el único país del mundo donde
los trabajadores jamás desfilan para
protestar por algo, le dijo Violeta en un susurro y
mirando a todas partes. Y ambas se
integraron al grupo. ¿Un nuevo horario de
verano?, le preguntó Marnia a Adita tan
pronto ésta llegó, enseñándole el papelito.
No, muchacha, le dijo Adita riéndose, es
que el sindicato marcó como hora de estar
aquí la una, parece que para tener más
tiempo para que la gente se organice, y
suspiró resignada, tú sabes cómo es la
gente de regada y de impuntual, hay que
salir en bloques y bajar por Aguilera
hasta el área del acto. Marnia se quedó
perpleja, más por la aceptación de sus
compañeros (y de ella misma después de
todo) que por la exageración de citar a
la gente tres horas antes del comienzo del
acto. ¿Qué haría ella allí una hora
antes de salir en bloques, aparte de cuchichear
de lo lindo sobre cosas intrascendentes?
Liliana se apareció a la una y media y
Marnia se distrajo, pensando que bien
pudiera haber terminado la blusita que le
estaba haciendo a Aimée en esa hora allí
perdida, pues ella había llegado a la una
en punto a la Plaza de Marte...
A las dos alguien gritó ¡nos fuimos! y
el gentío se acomodó en sus bloques y
comenzó a bajar por Aguilera alzando las
telas y coreando las consignas que
alguien repetía como solista de pie.
Estaba nublado y no hacía mucho calor,
por lo que Marnia se sintió mejor
caminando calle abajo. ¿Así que hora de estar?,
se repetía mientras caminaba muy
despacio, pues la avalancha se detenía en
cada esquina al encontrarse con otros
grupos que también participaban. Adita y
Violeta la sacudían de vez en cuando,
porque Marnia caminaba abstraída, dándole
vueltas a ese invento de la hora de
estar y de la hora de partir y de la hora de
llegar, que si salieron a las dos de la
Plaza de Marte y a ese paso y con semejante
aglomeración en cada esquina, con más
paradas que el tren lechero que iba a
Camagüey, llegarían a la Alameda a las
tres, aunque el comienzo del acto sería a
las cuatro. Sin dudas, le dijo a Adita
en un aparte, los que utilizan este recurso
subestiman el valor del tiempo, y con
las responsabilidades que todos tenemos...
pero Adita se le quedó mirando como si
no hubiera oído nada...
Faltando diez minutos para las tres el
bloque llegó a la Alameda. Ahora todos
debían esperar allí mirando,
conversando, pero sobre todo, en el caso de Marnia,
repitiéndose por qué razón la habían
citado para la una si a las tres se encontraban
en el área del acto y todavía faltaba
una hora larga para su comienzo. ¿No
dormiste anoche?, le preguntó Neysa,
encendiendo un cigarro, y Marnia le confesó
que durmió mal, sin decirle por qué, y
sin oír la bulla y la música de los altavoces
que aturdían por su volumen
exageradamente alto. Y mientras salía el sol Marnia
sacó la cuenta de que para estar allí a
las cuatro tenía que llegar a las tres, y para
llegar a las tres tenía que salir de la
Plaza de Marte a las dos, y para salir de la Plaza
de Marte a las dos tenía que estar allí
a la una, y para estar allí a la una tenía que
salir de su casa a las doce y cuarenta y
cinco (suerte que vivía cerca), y para salir de
su casa a las doce y cuarenta y cinco
tenía que almorzar a las doce, y para...
¡VIVAAA!, Adita la sacudió al corear el
grito unánime, y Marnia volvió la cabeza, miró
su reloj y suspiró, comenzando a sudar:
las tres y media...
A las cuatro menos cinco Marnia parecía
más calmada. Pensó que también podía
haber arreglado la olla de presión que no ajustaba bien y hasta dormir
su siestica
sabatina, ¿por qué no?, si no la
hubieran citado para la una (o si ella hubiera hecho
caso omiso de la citación), y otra vez
se desentendió de la masa que envolvía su
grupo, pocos en realidad por el
Departamento de Literatura. Marnia tenía deseos
de gritar, pero no para corear
consignas, sino para quejarse, no sabía a quién, que
"óigame, con este método lo que se
garantiza es la irritación, y se relaja el concepto
de puntualidad, y se crea una atmósfera
de caos y de desconcierto al leer la
citación, y la hora de estar y la hora
de comenzar y... ¡nooooo!", ahora, además de
pensarlo lo dijo, lo gritó, si para cada
uno de los mil y un asuntos que tenemos entre
manos se necesita un tiempo para estar y
otro para comenzar, y alzó la voz al
máximo de su garganta, llamando la
atención entre la gente que rodeaba su
grupo, no, recoño, cerró los puños,
pateó el suelo, el tiempo no es cosa de juego, y
entonces sintió la sacudida de Violeta y
de Neysa y se dio cuenta de que sus
compañeros y parte del público cercano
la miraban, y Violeta: ¿no almorzaste?,
y Neysa: ¿te sientes mal, muchacha?, y
todos murmurando, mirándola fijamente,
pasmados, porque nunca la habían visto
así... Cuando logró calmarse y les dijo que
no había problemas, que se sentía bien,
etc., Adita le hizo señas y le dijo mira quién
acaba de llegar, y Marnia vio por encima
de su hombro la sonrisa de Oscar y su cara
entalcada sin una gota de sudor. Oscar
la saludó y le dijo ¿qué es lo que hay, cosa
linda? Marnia miró su reloj que marcaba
exactamente las cuatro de la tarde, y fue
a decirle una barbaridad al Secretario
del Sindicato, pero tuvo que pararse en firme
porque en ese momento comenzaron a
escucharse las notas del himno nacional...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
domingo, 15 de octubre de 2017
LOS COMPLICES
La vecina la encontró tirada en el
suelo, con la cara ensangrentada, y quejándose.
Cuando pudo reaccionar tras la
impresión, corrió junto a ella, se arrodilló, le tomó la
cabeza entre las manos, ensartando
palabras de consternación y aliento, tratando
de levantarla y colocarla en el sofá, y
cuando lo logró, miró a todas partes, como
buscando algo o alguien que la ayudara a
atenderla. Había oído gritos y golpes
que le hicieron temer lo peor, lo
acostumbrado, pues no era la primera vez que eso
sucedía. Se sentó junto a ella, y sin
preguntarle lo que había pasado, cosa que sabía
muy bien, sólo atinó a exclamar:
"¡Dios mío!, pero esta vez ha sido mucho peor, mi
amiga", y sin poder evitarlo
comenzó a sollozar, uniendo sus lágrimas al llanto que
ahora sustituía los quejidos de su
amiga. Entonces le dijo:
--Pero Julia, ¿hasta cuándo vas a
soportar esta situación?
En el Congreso de los Diputados, el
portavoz del gobierno lanzaba improperios que
él consideraba críticas justas contra el
principal partido de la oposición, que era en
realidad el único, pues todos los demás
minoritarios se habían puesto de parte del
mandamás de turno, lo que era muy común
en los cobardes y en los oportunistas.
Cuando tocó el turno al portavoz del
único partido de la oposición, éste comenzó
a lanzar improperios que consideró
críticas justas al gobierno y a lo que llamó sus
secuaces, provocando una señora
algarabía, una más, entre los asistentes, aunque
éstos ya no se asombraban por tales
minucias. La mañana había estado movida,
plagada de gritos, aplausos, abucheos,
silbidos, golpes en los escaños y alguna que
otra ausencia de los llamados padres
de la patria, nombre algo irónico si se tiene
en cuenta lo mal que en realidad querían
a sus hijos estos próceres que ocupaban
su tiempo en insultarse mutuamente, como
buenos políticos, y ni se acordaban de
que existía una patria a la que tenían
que dedicar sus vidas por entero, pues para
eso habían sido elegidos, unos por votos
y otros por dedos, pero daba lo mismo:
todos tenían en común su convencimiento
de que cada cual tenía la razón, de
que cada cual era el dueño de los
caballitos y poseía la llave de los truenos, por lo
que los demás, naturalmente, estaban
equivocados. A las dos de la tarde seguía
activo el ring, sin que se vislumbrara
un claro vencedor ni un oscuro vencido. Fuera
del sagrado recinto, el único perdedor
era el pueblo. Pero ¿a quién podía importar
ese mísero detalle? Curiosamente, sus
señorías no habían conversado ni un minuto
sobre el fútbol en los intermedios de
las sesiones.
Muchas veces habían conversado sobre esa
situación, insostenible según la vecina
y demasiado prolongada según su madre y
algún que otro familiar cercano. Pero
Julia no se decidía a hacer nada para
poner freno a tanto sufrimiento. Hasta que
ese día ya no pudo más y por consejos y
alientos de su vecina y amiga, tomó una
decisión:
--Iré a la policía. Tú tienes razón,
esto no puedo seguir aguantándolo.
En la Comisaría presentó la denuncia,
rellenó el formulario correspondiente, y oyó
que le prometían tomar nota de su caso.
Para ella tomar nota no significaba nada,
pero al menos salió de la Comisaría con
un poco de alivio. No le duró mucho: al
llegar a su casa, el hombre la estaba
esperando. Un detalle que habían olvidado
ella y su amiga del piso colindante:
cambiar la cerradura, detalle que estuvieron
lamentando muchos días después de aquél
en que ella regresara de la Comisaría
y el hombre le propinara la paliza más
brutal que ella había recibido. Desde que
por fin él se había ido de la casa sólo
había vuelto un par de veces, y en ambas sólo
había vuelto para insultarla, golpearla
y romper algunas cosas que él argumentaba
que eran suyas, pues las había pagado
mientras vivió con ella allí. La paliza esta
vez fue tan bestial que ella perdió el
conocimiento, y no se enteró de que algunos
vecinos, al oír los golpes, los ruidos y
los gritos, tocaron a la puerta, alarmados. El
hombre salió y les pasó por delante,
ignorando los insultos que varias mujeres le
gritaron, muy airadas, y las protestas
de algunos hombres que no se sintieron con
valor para enfrentarse a aquel
mastodonte de seis pies y unos músculos que podrían
competir con los de Arnold
Schwarzenegger. Cuando llegó el Sámur, Julia ya no
podía hablar. No podía ni siquiera
llorar.
Los magistrados comentaban el partido de
fútbol de la noche anterior, en el que
el equipo estrella se había dejado meter
nada menos que tres goles, provocando
reacciones furiosas en sus fans, tan
furiosas que uno de los deportistas recibió en la
frente un botellazo lanzado desde el
graderío enardecido. Porque perder en propia
casa no se lo perdonaban ni al mejor
futbolista millonario que casi no sabía articular
palabras cuando lo entrevistaban en la
tele.
--Es una vergüenza. Con lo que les pagan
y mira qué chorrada.
--Ya. Me imagino lo que sucedería si a
este equipo le sacaran los extranjeros que son
los que le dan los pocos triunfos que
tienen a la hora de la verdad. Y otra cosa, eso
del público también es una vergüenza.
Vamos a tener que hacer algo al respecto.
--Sí. Hay cosas que no pueden tolerarse.
¿Otra cañita?
Ambos jueces, pasados de peso y de
tripa, con rostros del color del tomate maduro,
se repocharon en los pullmans mientras
se deleitaban con un filme de acción en el
vídeo del televisor de pantalla plana
colocado en el salón del magistrado mayor.
Su invitado le había comentado que él
también pensaba comprarse uno igual. De
algunos asuntos pendientes no hablaron.
Entre ellos estaba la última denuncia por
malos tratos recibida días atrás, pero
entre tantas, ¿quién podía acordarse?
Les costó mucho esfuerzo convencerla,
pero los reporteros del canal 3 conquistaron
a Julia para acudir a una entrevista
donde pudiera denunciar a su maltratador ante
todo el país.
--Señora, créame, lo que sale en la tele
se resuelve. Los que mandan le tienen terror
a la tele, a lo que dice, y sobre todo,
a que sus nombres, y mucho más sus caretos,
salgan en la pantalla chica. Créame, no
se va a arrepentir.
Y llegó la noche de la entrevista. Hacía
muchos días que Julia no sabía nada de su
ex y estaba preocupada, pensando siempre
lo peor. La vecina la acompañó al
plató, donde no la maquillaron, con el
fin de que pudiera mostrar los moretones
de la última paliza ante las cámaras. En
su familia hubo voces que la aconsejaron
que no fuera, pero la mayoría la apoyó,
al igual que casi todos sus vecinos que
conocían la tragedia. Era un paso que
había pensado bastante, pero su situación
no podía continuar así. Porque su vida
peligraba y ella no sabía a quién podía ya
acudir.
--Ya no sé qué hacer, ya no puedo más.
Por favor, necesito que me ayuden. Ese
hombre me ha amenazado varias veces y me
va a matar. Por Dios que sí, me va a
matar. Por favor... necesito que me
ayuden...
Habían formado un grupito en la
cafetería: dos vigilantes del Metro y dos policías
con sus armas cortas, comentando un
partido de fútbol y el coche nuevo que se
había comprado uno de ellos, dos de los
cuales fumaban pitillos, precisamente
frente a la pared donde había una señal
de prohibido fumar. Cerca del grupo se
veía a varios viajeros con cigarros en
las bocas, pero nadie se daba por enterado.
Uno de ellos los miró y cambió de tema.
--Lo que yo les digo. ¿Ven cómo la gente
sigue fumando? ¿Y qué vas a hacer?
--Hombre, podíamos multarlos, eso está
prohibido.
--¿Multarlos? Mira, tío, no te enrolles.
En primera, que esa multa no la van a pagar
jamás, y en segunda, ¿qué pasa si te
dicen que te han visto fumando aquí mismo?
--Bueno, pero...
--Mira, tío, esto es como todo: esto de
las prohibiciones es un paripé, nadie cumple
nada y además, ¿para qué vamos a
buscarnos problemas, si cuando tú detienes
a un delincuente, al día siguiente el
juez lo deja en libertad? No quieras arreglar el
mundo, tío, que este mundo no hay quien
lo arregle.
Al día siguiente de su comparecencia por
televisión, Julia sintió unos golpes fuertes
en la puerta. Enseguida supo que se
trataba de su ex. Había cambiado el cerrojo,
pero el hombre, al darse cuenta de que
su llave no servía, comenzó a llamarla a
toda voz y a dar golpes estruendosos en
la puerta.
--Abreme, Julia, que sé que estás ahí.
Vamos, ábreme. No voy a hacerte nada, lo
que quiero es llevarme algunas cosas que
tengo y nada más. Vamos, ábreme, no
empieces a cabrearme. Acaba de abrirme
de una vez, recoño. ¡Joder!
Mientras Julia temblaba, alejándose de
la puerta, el hombre se desesperó. En esa
planta no había casi nadie a esa hora y
la vecina estaba en su trabajo. El hombre
insistió una vez más, y al ver que no
podía lograr que ella le abriera, le dio una
patada a la puerta.
Las calles estaban, como siempre, llenas
de gente que caminaba de prisa. Frente a
la tienda El Corte Inglés, dos mujeres
maduras comentaban las rebajas, otras más
jóvenes hojeaban revistas de famosos y
de otras tonterías. El tránsito fluía, no sin
dificultades a esa hora temprana. El
ruido y el polvo campeaban en todos los
rincones. Un hombre joven, vestido como
un espantapájaros, lograba sonrisas en
los menos exigentes que lo miraban
admirados. Un pequeño grupo esperaba el
semáforo para cruzar. En la parada del
autobús se agrupaba mucha gente de
mirada ansiosa, esperando y comentando
la tardanza en esa línea, que según un
hombre joven y algo escuálido, era la
peor de la ciudad. No había ningún niño
alrededor. Los vendedores ambulantes
pregonaban sus ofertas, colocadas sobre
mantas y sábanas en las aceras de la
concurrida calle. El día estaba nublado, pero
no acababa de llover. Muchos jóvenes
hablaban por sus móviles, entusiasmados.
Otros conversaban sobre el fútbol,
mostraban el último compacto de U-2, y uno de
ellos hizo un comentario sobre la moto
que pensaba comprarse cuando pudiera
sacarle el dinero a su padre, con el
cual no se llevaba muy bien. Más allá de la
cafetería, una adolescente con uniforme
escolar se lamentaba del mal rollo que se
había ligado con un tal Joaquinito, por
culpa del dichoso examen de física, sobre
todo porque el profesor no era de los
que se desviven por acercarse a sus alumnos
y ayudarlos. Hizo una mueca y se dirigió
a su compañera:
--Ese está allí por el dinero que le
pagan, tía. No le interesa nada más.
--¿Y qué me dices de la profe nueva, con
su ropa de pija y sus modales tan...
--Tan finolis, sí. Es eso, tía. Se ve
que está en otra onda. No se ha dado cuenta de
que en estos tiempos hay que estar en la
calle y con vaqueros.
La ciudad era la misma del día anterior,
y seguramente sería la misma del día
siguiente: activa, dinámica,
atolondrada, sucia, bulliciosa, repleta de obras, con
transportes lentísimos y aglomeraciones
en las paradas y en las tiendas con rebajas,
inmigrantes caminando sin destino
cierto, bodas de homosexuales, discusiones de
grupos de amigos en los bares sobre
fútbol, política, coches, y si había mujeres en
esos grupos, sobre el famoseo, que
ocupaba una gran parte del tiempo femenino.
Julia había sido enterrada en familia,
en un funeral discreto a donde sólo acudieron
unos pocos vecinos y algunos familiares
cercanos. Al día siguiente, unas doscientas
mujeres del barrio salieron a la calle
en manifestación, en silencio, con pancartas y
telas, denunciando una vez más lo que
llamaban la violencia de género. El canal
3 no asistió. Tampoco había ningún cargo
político, judicial ni policial. El ex marido
de Julia, muy bien asesorado por un buen
abogado que le recomendó demostrar
alteraciones del sistema nervioso en el
momento del asesinato, cuando declarara
ante el juez, había quedado en libertad
condicional con cargos bajo fianza, y por
el momento debería presentarse ante el
juzgado cada quince días, hasta que se
celebrara el juicio. O hasta que el
delito prescribiera.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
La vecina la encontró tirada en el
suelo, con la cara ensangrentada, y quejándose.
Cuando pudo reaccionar tras la
impresión, corrió junto a ella, se arrodilló, le tomó la
cabeza entre las manos, ensartando
palabras de consternación y aliento, tratando
de levantarla y colocarla en el sofá, y
cuando lo logró, miró a todas partes, como
buscando algo o alguien que la ayudara a
atenderla. Había oído gritos y golpes
que le hicieron temer lo peor, lo
acostumbrado, pues no era la primera vez que eso
sucedía. Se sentó junto a ella, y sin
preguntarle lo que había pasado, cosa que sabía
muy bien, sólo atinó a exclamar:
"¡Dios mío!, pero esta vez ha sido mucho peor, mi
amiga", y sin poder evitarlo
comenzó a sollozar, uniendo sus lágrimas al llanto que
ahora sustituía los quejidos de su
amiga. Entonces le dijo:
--Pero Julia, ¿hasta cuándo vas a
soportar esta situación?
En el Congreso de los Diputados, el
portavoz del gobierno lanzaba improperios que
él consideraba críticas justas contra el
principal partido de la oposición, que era en
realidad el único, pues todos los demás
minoritarios se habían puesto de parte del
mandamás de turno, lo que era muy común
en los cobardes y en los oportunistas.
Cuando tocó el turno al portavoz del
único partido de la oposición, éste comenzó
a lanzar improperios que consideró
críticas justas al gobierno y a lo que llamó sus
secuaces, provocando una señora
algarabía, una más, entre los asistentes, aunque
éstos ya no se asombraban por tales
minucias. La mañana había estado movida,
plagada de gritos, aplausos, abucheos,
silbidos, golpes en los escaños y alguna que
otra ausencia de los llamados padres
de la patria, nombre algo irónico si se tiene
en cuenta lo mal que en realidad querían
a sus hijos estos próceres que ocupaban
su tiempo en insultarse mutuamente, como
buenos políticos, y ni se acordaban de
que existía una patria a la que tenían
que dedicar sus vidas por entero, pues para
eso habían sido elegidos, unos por votos
y otros por dedos, pero daba lo mismo:
todos tenían en común su convencimiento
de que cada cual tenía la razón, de
que cada cual era el dueño de los
caballitos y poseía la llave de los truenos, por lo
que los demás, naturalmente, estaban
equivocados. A las dos de la tarde seguía
activo el ring, sin que se vislumbrara
un claro vencedor ni un oscuro vencido. Fuera
del sagrado recinto, el único perdedor
era el pueblo. Pero ¿a quién podía importar
ese mísero detalle? Curiosamente, sus
señorías no habían conversado ni un minuto
sobre el fútbol en los intermedios de
las sesiones.
Muchas veces habían conversado sobre esa
situación, insostenible según la vecina
y demasiado prolongada según su madre y
algún que otro familiar cercano. Pero
Julia no se decidía a hacer nada para
poner freno a tanto sufrimiento. Hasta que
ese día ya no pudo más y por consejos y
alientos de su vecina y amiga, tomó una
decisión:
--Iré a la policía. Tú tienes razón,
esto no puedo seguir aguantándolo.
En la Comisaría presentó la denuncia,
rellenó el formulario correspondiente, y oyó
que le prometían tomar nota de su caso.
Para ella tomar nota no significaba nada,
pero al menos salió de la Comisaría con
un poco de alivio. No le duró mucho: al
llegar a su casa, el hombre la estaba
esperando. Un detalle que habían olvidado
ella y su amiga del piso colindante:
cambiar la cerradura, detalle que estuvieron
lamentando muchos días después de aquél
en que ella regresara de la Comisaría
y el hombre le propinara la paliza más
brutal que ella había recibido. Desde que
por fin él se había ido de la casa sólo
había vuelto un par de veces, y en ambas sólo
había vuelto para insultarla, golpearla
y romper algunas cosas que él argumentaba
que eran suyas, pues las había pagado
mientras vivió con ella allí. La paliza esta
vez fue tan bestial que ella perdió el
conocimiento, y no se enteró de que algunos
vecinos, al oír los golpes, los ruidos y
los gritos, tocaron a la puerta, alarmados. El
hombre salió y les pasó por delante,
ignorando los insultos que varias mujeres le
gritaron, muy airadas, y las protestas
de algunos hombres que no se sintieron con
valor para enfrentarse a aquel
mastodonte de seis pies y unos músculos que podrían
competir con los de Arnold
Schwarzenegger. Cuando llegó el Sámur, Julia ya no
podía hablar. No podía ni siquiera
llorar.
Los magistrados comentaban el partido de
fútbol de la noche anterior, en el que
el equipo estrella se había dejado meter
nada menos que tres goles, provocando
reacciones furiosas en sus fans, tan
furiosas que uno de los deportistas recibió en la
frente un botellazo lanzado desde el
graderío enardecido. Porque perder en propia
casa no se lo perdonaban ni al mejor
futbolista millonario que casi no sabía articular
palabras cuando lo entrevistaban en la
tele.
--Es una vergüenza. Con lo que les pagan
y mira qué chorrada.
--Ya. Me imagino lo que sucedería si a
este equipo le sacaran los extranjeros que son
los que le dan los pocos triunfos que
tienen a la hora de la verdad. Y otra cosa, eso
del público también es una vergüenza.
Vamos a tener que hacer algo al respecto.
--Sí. Hay cosas que no pueden tolerarse.
¿Otra cañita?
Ambos jueces, pasados de peso y de
tripa, con rostros del color del tomate maduro,
se repocharon en los pullmans mientras
se deleitaban con un filme de acción en el
vídeo del televisor de pantalla plana
colocado en el salón del magistrado mayor.
Su invitado le había comentado que él
también pensaba comprarse uno igual. De
algunos asuntos pendientes no hablaron.
Entre ellos estaba la última denuncia por
malos tratos recibida días atrás, pero
entre tantas, ¿quién podía acordarse?
Les costó mucho esfuerzo convencerla,
pero los reporteros del canal 3 conquistaron
a Julia para acudir a una entrevista
donde pudiera denunciar a su maltratador ante
todo el país.
--Señora, créame, lo que sale en la tele
se resuelve. Los que mandan le tienen terror
a la tele, a lo que dice, y sobre todo,
a que sus nombres, y mucho más sus caretos,
salgan en la pantalla chica. Créame, no
se va a arrepentir.
Y llegó la noche de la entrevista. Hacía
muchos días que Julia no sabía nada de su
ex y estaba preocupada, pensando siempre
lo peor. La vecina la acompañó al
plató, donde no la maquillaron, con el
fin de que pudiera mostrar los moretones
de la última paliza ante las cámaras. En
su familia hubo voces que la aconsejaron
que no fuera, pero la mayoría la apoyó,
al igual que casi todos sus vecinos que
conocían la tragedia. Era un paso que
había pensado bastante, pero su situación
no podía continuar así. Porque su vida
peligraba y ella no sabía a quién podía ya
acudir.
--Ya no sé qué hacer, ya no puedo más.
Por favor, necesito que me ayuden. Ese
hombre me ha amenazado varias veces y me
va a matar. Por Dios que sí, me va a
matar. Por favor... necesito que me
ayuden...
Habían formado un grupito en la
cafetería: dos vigilantes del Metro y dos policías
con sus armas cortas, comentando un
partido de fútbol y el coche nuevo que se
había comprado uno de ellos, dos de los
cuales fumaban pitillos, precisamente
frente a la pared donde había una señal
de prohibido fumar. Cerca del grupo se
veía a varios viajeros con cigarros en
las bocas, pero nadie se daba por enterado.
Uno de ellos los miró y cambió de tema.
--Lo que yo les digo. ¿Ven cómo la gente
sigue fumando? ¿Y qué vas a hacer?
--Hombre, podíamos multarlos, eso está
prohibido.
--¿Multarlos? Mira, tío, no te enrolles.
En primera, que esa multa no la van a pagar
jamás, y en segunda, ¿qué pasa si te
dicen que te han visto fumando aquí mismo?
--Bueno, pero...
--Mira, tío, esto es como todo: esto de
las prohibiciones es un paripé, nadie cumple
nada y además, ¿para qué vamos a
buscarnos problemas, si cuando tú detienes
a un delincuente, al día siguiente el
juez lo deja en libertad? No quieras arreglar el
mundo, tío, que este mundo no hay quien
lo arregle.
Al día siguiente de su comparecencia por
televisión, Julia sintió unos golpes fuertes
en la puerta. Enseguida supo que se
trataba de su ex. Había cambiado el cerrojo,
pero el hombre, al darse cuenta de que
su llave no servía, comenzó a llamarla a
toda voz y a dar golpes estruendosos en
la puerta.
--Abreme, Julia, que sé que estás ahí.
Vamos, ábreme. No voy a hacerte nada, lo
que quiero es llevarme algunas cosas que
tengo y nada más. Vamos, ábreme, no
empieces a cabrearme. Acaba de abrirme
de una vez, recoño. ¡Joder!
Mientras Julia temblaba, alejándose de
la puerta, el hombre se desesperó. En esa
planta no había casi nadie a esa hora y
la vecina estaba en su trabajo. El hombre
insistió una vez más, y al ver que no
podía lograr que ella le abriera, le dio una
patada a la puerta.
Las calles estaban, como siempre, llenas
de gente que caminaba de prisa. Frente a
la tienda El Corte Inglés, dos mujeres
maduras comentaban las rebajas, otras más
jóvenes hojeaban revistas de famosos y
de otras tonterías. El tránsito fluía, no sin
dificultades a esa hora temprana. El
ruido y el polvo campeaban en todos los
rincones. Un hombre joven, vestido como
un espantapájaros, lograba sonrisas en
los menos exigentes que lo miraban
admirados. Un pequeño grupo esperaba el
semáforo para cruzar. En la parada del
autobús se agrupaba mucha gente de
mirada ansiosa, esperando y comentando
la tardanza en esa línea, que según un
hombre joven y algo escuálido, era la
peor de la ciudad. No había ningún niño
alrededor. Los vendedores ambulantes
pregonaban sus ofertas, colocadas sobre
mantas y sábanas en las aceras de la
concurrida calle. El día estaba nublado, pero
no acababa de llover. Muchos jóvenes
hablaban por sus móviles, entusiasmados.
Otros conversaban sobre el fútbol,
mostraban el último compacto de U-2, y uno de
ellos hizo un comentario sobre la moto
que pensaba comprarse cuando pudiera
sacarle el dinero a su padre, con el
cual no se llevaba muy bien. Más allá de la
cafetería, una adolescente con uniforme
escolar se lamentaba del mal rollo que se
había ligado con un tal Joaquinito, por
culpa del dichoso examen de física, sobre
todo porque el profesor no era de los
que se desviven por acercarse a sus alumnos
y ayudarlos. Hizo una mueca y se dirigió
a su compañera:
--Ese está allí por el dinero que le
pagan, tía. No le interesa nada más.
--¿Y qué me dices de la profe nueva, con
su ropa de pija y sus modales tan...
--Tan finolis, sí. Es eso, tía. Se ve
que está en otra onda. No se ha dado cuenta de
que en estos tiempos hay que estar en la
calle y con vaqueros.
La ciudad era la misma del día anterior,
y seguramente sería la misma del día
siguiente: activa, dinámica,
atolondrada, sucia, bulliciosa, repleta de obras, con
transportes lentísimos y aglomeraciones
en las paradas y en las tiendas con rebajas,
inmigrantes caminando sin destino
cierto, bodas de homosexuales, discusiones de
grupos de amigos en los bares sobre
fútbol, política, coches, y si había mujeres en
esos grupos, sobre el famoseo, que
ocupaba una gran parte del tiempo femenino.
Julia había sido enterrada en familia,
en un funeral discreto a donde sólo acudieron
unos pocos vecinos y algunos familiares
cercanos. Al día siguiente, unas doscientas
mujeres del barrio salieron a la calle
en manifestación, en silencio, con pancartas y
telas, denunciando una vez más lo que
llamaban la violencia de género. El canal
3 no asistió. Tampoco había ningún cargo
político, judicial ni policial. El ex marido
de Julia, muy bien asesorado por un buen
abogado que le recomendó demostrar
alteraciones del sistema nervioso en el
momento del asesinato, cuando declarara
ante el juez, había quedado en libertad
condicional con cargos bajo fianza, y por
el momento debería presentarse ante el
juzgado cada quince días, hasta que se
celebrara el juicio. O hasta que el
delito prescribiera.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
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