domingo, 12 de marzo de 2017

HAY MOTIVOS... Y HAY SON

¡Qué día! La verdad que te has ganado el derecho a sentarte ahí con tu querida

máquina de escribir, en paz. ¿Cómo se te ocurrió la idea de dedicarte a las letras? Y

en este país nada menos. Tu padre te lo decía, el pobre, desde que te metiste en el

taller literario y te olvidaste de tu propósito -y su sueño- de estudiar ingeniería: hijo,

vas a cambiar la vaca por la chiva, y le faltó agregar que la chiva estaba enferma.

Pero tú eres cabezón: engavetaste los manuales y te enredaste con Vargas Llosa,

Cortázar, Carpentier, y otras yerbas que andan por ahí pinchando a inocentes

como tú para que se enfrenten con estoicismo y decisión a la siempre impresionante

cuartilla en blanco. ¡Ah! Pero dejemos eso, hijo, tu mal no tiene cura. Te picó el

bichito y ahora, aunque te riegues un cartón entero de Micocilén en todo el cuerpo,

vas a sentir la picazón hasta dormido. Mírate ahí sentado, listo para arremeter contra

esa Remington que increíblemente todavía funciona después de cincuenta años de

uso en varias manos y comenzar a llenar esa hoja, que eso sí fue un milagro que

pudieras conseguir, porque aquí ya no se ve papel ni en la Junta Central de

Planificación. La suerte te llevó a pasar por EL SIGLO XX y descubrir al negro de las

agenditas y los almanaquitos de bolsillo y las oraciones mimeografiadas -esas

menudencias que encuentran presa fácil en el río revuelto- y cuando notaste

aquellos bloques de hojas de papel gaceta -y sin rayas- por poquito le das un beso

al negro. ¿Y cuánto vale el bloque?, le preguntaste, y el negro se te quedó mirando

porque encima de cada trozo había una tarjetica con el precio que tú no notaste

porque estabas en éxtasis. Pero en fin, seis pesitos por un bloque de cien hojas no

estaba nada mal. No tenías dinero para más y decidiste ir comprando poco a poco

lo que te hiciera falta, pues el negro te dijo que él siempre tenía esas hojas. Eso no lo

compra nadie, te informó, y tú le sonreíste, alegrándote de que eso no lo comprara

nadie, pensando que ningún escritor había pasado por allí, porque no quedarían ni

los cartoncitos con el precio. Los escritores no entran en las tiendas de ropa, ¿para

qué?, razonaste, concluyendo en que tú eres un tipo raro de escritor. Pues desde

ese día te hiciste cliente del negro, pero como necesitabas pasar la novela con

copias tuviste que comprarle una docena de cuadernos: setenta y dos pesos

contantes. Pero al fin, después de padecer la espera de la búsqueda inútil ya tenías

tu papel para la novela y para ese cuento que ahora vas a comenzar a escribir.

Claro que la cosa no se resolvió tan fácil: cada vez que llegabas a la casa con un

bloque y lo colocabas junto a lo que te quedaba del anterior te dabas cuenta de

que las hojas no eran iguales: más largas, más cortas, más anchas, más estrechas,

y los colores y el grosor tampoco eran idénticos, pero qué importaba todo eso si por

fin tenías lo principal: papel para escribir. Bueno, pensaste, lo llevaré a cualquier

imprenta para que me lo emparejen con la cuchilla, y una mañana metiste lo que

tenías escrito y el resto de los bloques en un bolso de CUBALSE y te llegaste a la

imprenta de la Industria Gráfica de la calle Calvario, la que te quedaba más cerca.

¡Ja! La cuchilla, o sea, lo que llaman la guillotina, estaba rota. Te tomaste un café

aguado en un timbiriche particular y buscaste otra imprenta, y en la otra, que no

estaba muy lejos, te dijeron que el operador de la guillotina había salido a resolver

un problema personal urgente, que no se sabía cuándo regresaría, si regresaba, y

que allí nadie sabía usar ese aparato. No desesperarme, te dijiste, y con tu Cubalse

a cuestas, que ya te pesaba bastante, te encaminaste hacia el tercer intento. Y

efectivamente, el que persevera triunfa, en aquella otra imprentica que parecía un

puesto de frituras pudiste resolver tu problema. ¡Qué alivio! Un batido de zapote y

un boncito con pasta en el timbiriche de la esquina y a casa con tus mil doscientas

hojas exactamente iguales. O casi. Al menos en la forma, aunque de distintos

colores y espesores, que eso la guillotina no pudo unificar. Pero en fin, pudiste pasar

la novela en un mes y una semana, dando tecla a todo tren, y ahora vas a

comenzar a escribir ese cuento que ya tienes estructurado en la cabeza. No te

preocupes, tú verás qué bien te va a salir, después ya verás qué haces con él.

Quizás pudieras enviarlo a España. Pero no, eso sería abusar del gallego que está

parando arriba en el apartamento de Pilar y no, ya está bien. Ahora es mejor pensar

en el cuento. Y qué suerte ese gallego, que te prestó una revista con convocatorias

de concursos, porque aquí las convocatorias extranjeras brillan por su lejanía y

cuando llega alguna se queda en la piña de La Habana que controla todas esas

tramas. Así que esmérate, conecta el ventiladorcito polaco y métele manos, ya que

escribes con ambas, que viste en esa revista un concurso que da mil dólares por un

solo cuento de ocho páginas, porque aquí en tu país por ocho páginas no te dan ni

las gracias por participar. Por un libro completo -que para crearlo, bosquejarlo,

revisarlo, pulirlo, corregirlo, copiarlo, encuadernarlo y enviarlo hay que tener más

cojones que Ulises- el CASA, que es el que más paga, te da sólamente tres mil pesos

cubanos, que al cambio callejero serían menos de doscientos dólares. Claro, eso si

te llevas el premio, cosa hartísimo difícil, hijo mío, por la competencia y por todo lo

demás. Y si acaso una foto en el Granma y muchas gracias, ¿desea tomar un café?

Bueno, hijo, la cosa es escribir. Escribir e insistir a ver si un día tocas la flauta como el

burro de la fábula, sin alusiones personales, ¿eh? Después de todo has estado

dichoso: mira qué fácil conseguiste ese papel carbón para pasar las copias de la

novela: en un descuido de la secretaria de Cultura le sacaste de la gaveta el

celofán que tan celosamente guarda y enseguida lo metiste en tu carpeta: treinta y

seis hojas del bueno, Pelikan, que a ella le manda su cuñada desde Canadá,

porque Cultura no da ni del opaco de la máquina del teletipo viejo que aparte de

ensuciarte las manos, cuando lo usas una vez ya tienes que tirarlo al cesto. Claro,

otra cosa fue conseguir la cinta de la máquina, ahí sí tuviste que sudar y gastar suela

de zapatos y si no desenvaninas los veinte que te pidió Erasmo ahora estarías ahí

sentado maldiciendo la hora en que el bichito te picó. Y menos mal que tenías la

máquina de tu papá, porque escritores con máquina de escribir que tú conozcas

son nones y no llegan a tres. Ese artículo no se encuentra ni en las tiendas de dólares

y quién te viera a ti zancajeando de aquí para allá, en las Casas de Cultura,

cogiendo turno para usar uno de esos tarecos que usan las secretarias cuando se

desocupara. Ah, no, eso para aficionados de los talleres literarios, tú ya pasas del

nivel y no puedes caer tan bajo. Lo tuyo es así como estás ahora, con la soledad

imprescindible, que esa al menos no te falta nunca. Short y chancletas, un termo de

café, el ventiladorcito cerca, y si acaso una que otra asomadita a las persianas para

ver si ya salió la niña del tercero que siempre sale a esta hora bien apretadita a

sentarse con otras de su especie a mostrar sus cualidades físicas y logorreicas. No es

fácil. Hay que tener sangre de cangrejo moro y además encomendarse a la divina

providencia, porque ¿de qué puede vivir un escritor aquí? Si se dedica a otra cosa

siempre será un aficionado o una promesa incumplida, y si nada más escribe se

muere de hambre. No en balde tu tía Carola te lo dice cuando se encuentra

contigo en la calle: sobrino, hazme caso, deja los libritos y la maquinita y ponte para

Cubanacán, que eso es lo que da, lo demás es intentar sacarle punta a un lápiz

mocho. Tu tía Carola, sí. Mira lo de la novela: mandarla a una editorial ni soñarlo,

tú no eres ningún consagrado ni una de esas figuras nacionales establecidas que

tienen un pequeño espacio para sus ocurrencias, y para quienes no viven en la

capital los recursos son pobres y de solemnidad: te mandan una carta sin haber

leído la novela y te dicen que está bien, pero que le faltan algunos detallitos y te

quedas con las copias y con la resaca del esfuerzo y el tiempo dedicados a ese

menester de dar tecla, y sin el dinero que te costó certificar el paquete, que ese es

otro capítulo digno de Arrabal: en el correo siempre le encuentran -¡oh casualidad!-

algunos detallitos al bulto que llevas: que no está bien pegado o amarrado,

compañero, que tiene que cortarle las esquinas, joven, que el papel de la envoltura

es muy flojo, óyeme, es como para incrustárselo a la empleada de la ventanilla en

la cabeza. Mejor deja eso, muchacho. ¿Y a un concurso? Idem de lienzo. Podrías

enviarla, pero llevarse el premio es como la aparición de la virgen de Fátima a las

doce a. m. en la Plaza del Mediodía de Marianao. Además, tanto esfuerzo por si

acaso quinientos pesitos que se te irían en frituras y batidos a los quince días. No vale

la pena. Por eso te decidiste: ¿por qué no se la doy al gallego de los altos para que

la entregue en alguna institución de su país? Y a mandar la obrita para la Madre

Patria a ver qué suerte corre, que con probar no pierdes más que lo que ya has

perdido aquí sentado mirando a la Remington con cara de idiota. Pero imagínate

si te publican la novela en España: serías un escritor internacional y entonces aquí

enseguida te publican cualquier bobería que escribas de un tirón y sin pulir. ¡Ja ja!

Se te eriza la piel de pensar en la cara que pondrían algunos por ahí. ¡La novela!

La odisea de las hojas, del trabajo, de conseguir la ponchadora, las presillas, las

carátulas, no, hijo, Ulises es un comemierda al lado tuyo. Pero es inútil regodearse

con esos recuerdos calamitosos carentes de sustancia. Ya pasaste el puente, ahora

no mires a las cataratas no vaya a ser cosa que te marees y te caigas en plena

cascada. Si hasta goma de pegar conseguiste con la señora de los cucuruchos de

maní, que la hace de almidón, porque ni en el correo existe eso. Vamos, ahora a lo

tuyo, que con tu método casi siempre las cosas te salen campanudas: no sentarte

frente a esa hoja en blanco hasta tener bien alineada la historia que vas a contar,

sólo cuando te sientas, como ahora, en condiciones óptimas para darle a las teclas

(deberías ser pianista) que aunque ya son casi las ocho de la noche y todavía ni

baño ni comida ni nada, te ha entrado la corcomilla de escribir, y si aprovechas

va y lo escribes de un tirón, porque estás inspirado y no puedes dejarlo para luego.

Después lo guardas y a las dos o tres semanas lo revisas y comienzas a pulirlo, que

para eso tú nunca te has apurado. Y gracias que ya llenaste los tanques de agua,

no te pase como cuando escribías la primera versión de la novela, que cuando más

disposición tenías para armar un capítulo, ¡pum!, llegó el agua, movimiento

doméstico impostergable: los tanques, los latones, los cubos, el fregado, la cocina,

y el papel se quedaba esperando la caricia del lápiz, o de la máquina si ya habías

hecho un bosquejo, y cuando terminabas con esos trajines caseros ya ni tus manos

ni tu cabeza estaban para ninguna hoja en blanco.  Otras veces tenías aue correr

a la calle, que llegaron las papas, que hay huevos en la carnicería (y que hace

como un mes que no entregan, por cierto), que por fin trajeron el faltante del arroz

a la bodega... Así que ahora tienes que clavarte ahí, en esa banqueta ortopédica,

y a teclear se ha dicho, que después podrás bañarte feliz y comerte contento el

jurel y las papas hervidas y a dormir, porque esta noche en la tele lo único que van

a pasar es la comparecencia número mil ciento ochenta y seis del Presidente de la

Asamblea Nacional del Poder Popular repitiendo lo mismo que dijo en la número

mil ciento ochenta y cinco la semana pasada, por los dos canales, y eso tú no te

lo vas a disparar. Vamos, frótate las manos, que lo que tienes en la chola va a dejar

chiquito al pobre Rulfo, trae el Predom y ponlo cerca, que el barómetro está al

romper los 35 y la humedad por encima del 90, y escribir sin aire en este calorcito

delicioso y húmedo es una idea casi inquisitorial. Y a ver la vuelta que le das a eso

que quieres escribir, por si acaso, acuérdate de lo que le pasó a Armandito, el

pobre, que muy poco faltó para que lo acusaran de diversionismo ideológico por

aquel poema oscuro (como dijo Rubén) y ambiguo (como señaló la asesora del

taller literario) y hasta sospechoso (como recalcó ese gordo que aunque no es

escritor ni miembro del taller siempre acude a las reuniones a observarlo todo).

¡Cuidado! Y a ver después, porque fuera de la capital sólo puedes aspirar a la

benevolencia de Cultura que edita plegables de ocho paginitas recortadas de los

desperdicios de la imprenta y gracias, con doscientos ejemplares de tirada única

que circulan entre la misma gente que ya conoce el cuento o los poemas. No, no

es fácil. Y mira el mismo Carpentier que escribió en la misma cárcel en agosto de

1927 (preso por actividades políticas) la versión completa de su primera novela,

Ecué Yamba-o. ¡Ay, muchacho! Mírate ahí tú, que no estás en la cárcel, lo que

tienes que inventar para escribir el cuentecito ese... Pero vamos, hombre, acaba

de empezar de una vez, que ahorita te cogen las diez y no has tecleado ni la

primera frase... Así, así, tú verás que te va a quedar de rechupete. Estás en tu

mejor momento. Sigue, sigue... pero... ¡recoño! ¿Qué es esto? ¡Mameyes! Lo que

faltaba. Ahora sí... Precisamente ahora que tienes la musa en estado de gracia:

¡el apagón! Nada menos que el dichoso apagón. ¡Cojones! Y que hoy no estaba

programado...

Augusto Lázaro

(en días del primer período especial en Cuba)

Lea mañana en http://laenvolvencia.blogspot.com el post 372 titulado HAY MOTIVOS... Y HAY SON






    

domingo, 12 de febrero de 2017

LOS COMPLICES

La vecina la encontró tirada en el suelo, con la cara ensangrentada, y quejándose.

Cuando pudo reaccionar tras la impresión, corrió junto a ella, se arrodilló, le tomó la

cabeza entre las manos, ensartando palabras de consternación y aliento, tratando

de levantarla y colocarla en el sofá, y cuando lo logró, miró a todas partes, como

buscando algo o alguien que la ayudara a atenderla. Había oído gritos y golpes

que le hicieron temer lo peor, lo acostumbrado, pues no era la primera vez que eso

sucedía. Se sentó junto a ella, y sin preguntarle lo que había pasado, cosa que sabía

muy bien, sólo atinó a exclamar: "¡Dios mío!, pero esta vez ha sido mucho peor, mi

amiga", y sin poder evitarlo comenzó a sollozar, uniendo sus lágrimas al llanto que

ahora sustituía los quejidos de su amiga. Entonces le dijo:

--Pero Julia, ¿hasta cuándo vas a soportar esta situación?



En el Congreso de los Diputados, el portavoz del gobierno lanzaba improperios que

él consideraba críticas justas contra el principal partido de la oposición, que era en

realidad el único, pues todos los demás minoritarios se habían puesto de parte del

mandamás de turno, lo que era muy común en los cobardes y en los oportunistas.

Cuando tocó el turno al portavoz del único partido de la oposición, éste comenzó

a lanzar improperios que consideró críticas justas al gobierno y a lo que llamó sus

secuaces, provocando una señora algarabía, una más, entre los asistentes, aunque

éstos ya no se asombraban por tales minucias. La mañana había estado movida,

plagada de gritos, aplausos, abucheos, silbidos, golpes en los escaños y alguna que

otra ausencia de los llamados padres de la patria, nombre algo irónico si se tiene

en cuenta lo mal que en realidad querían a sus hijos estos próceres que ocupaban

su tiempo en insultarse mutuamente, como buenos políticos, y ni se acordaban de

que existía una patria a la que tenían que dedicar sus vidas por entero, pues para

eso habían sido elegidos, unos por votos y otros por dedos, pero daba lo mismo:

todos tenían en común su convencimiento de que cada cual tenía la razón, de

que cada cual era el dueño de los caballitos y poseía la llave de los truenos, por lo

que los demás, naturalmente, estaban equivocados. A las dos de la tarde seguía

activo el ring, sin que se vislumbrara un claro vencedor ni un oscuro vencido. Fuera

del sagrado recinto, el único perdedor era el pueblo. Pero ¿a quién podía importar

ese mísero detalle? Curiosamente, sus señorías no habían conversado ni un minuto

sobre el fútbol en los intermedios de las sesiones.



Muchas veces habían conversado sobre esa situación, insostenible según la vecina

y demasiado prolongada según su madre y algún que otro familiar cercano. Pero

Julia no se decidía a hacer nada para poner freno a tanto sufrimiento. Hasta que

ese día ya no pudo más y por consejos y alientos de su vecina y amiga, tomó una

decisión:

--Iré a la policía. Tú tienes razón, esto no puedo seguir aguantándolo.

En la Comisaría presentó la denuncia, rellenó el formulario correspondiente, y oyó

que le prometían tomar nota de su caso. Para ella tomar nota no significaba nada,

pero al menos salió de la Comisaría con un poco de alivio. No le duró mucho: al

llegar a su casa, el hombre la estaba esperando. Un detalle que habían olvidado

ella y su amiga del piso colindante: cambiar la cerradura, detalle que estuvieron

lamentando muchos días después de aquél en que ella regresara de la Comisaría

y el hombre le propinara la paliza más brutal que ella había recibido. Desde que

por fin él se había ido de la casa sólo había vuelto un par de veces, y en ambas sólo

había vuelto para insultarla, golpearla y romper algunas cosas que él argumentaba

que eran suyas, pues las había pagado mientras vivió con ella allí. La paliza esta

vez fue tan bestial que ella perdió el conocimiento, y no se enteró de que algunos

vecinos, al oír los golpes, los ruidos y los gritos, tocaron a la puerta, alarmados. El

hombre salió y les pasó por delante, ignorando los insultos que varias mujeres le

gritaron, muy airadas, y las protestas de algunos hombres que no se sintieron con

valor para enfrentarse a aquel mastodonte de seis pies y unos músculos que podrían

competir con los de Arnold Schwarzenegger. Cuando llegó el Sámur, Julia ya no

podía hablar. No podía ni siquiera llorar.



Los magistrados comentaban el partido de fútbol de la noche anterior, en el que

el equipo estrella se había dejado meter nada menos que tres goles, provocando

reacciones furiosas en sus fans, tan furiosas que uno de los deportistas recibió en la

frente un botellazo lanzado desde el graderío enardecido. Porque perder en propia

casa no se lo perdonaban ni al mejor futbolista millonario que casi no sabía articular

palabras cuando lo entrevistaban en la tele.

--Es una vergüenza. Con lo que les pagan y mira qué chorrada.

--Ya. Me imagino lo que sucedería si a este equipo le sacaran los extranjeros que son

los que le dan los pocos triunfos que tienen a la hora de la verdad. Y otra cosa, eso

del público también es una vergüenza. Vamos a tener que hacer algo al respecto.

--Sí. Hay cosas que no pueden tolerarse. ¿Otra cañita?

Ambos jueces, pasados de peso y de tripa, con rostros del color del tomate maduro,

se repocharon en los pullmans mientras se deleitaban con un filme de acción en el

vídeo del televisor de pantalla plana colocado en el salón del magistrado mayor.

Su invitado le había comentado que él también pensaba comprarse uno igual. De

algunos asuntos pendientes no hablaron. Entre ellos estaba la última denuncia por

malos tratos recibida días atrás, pero entre tantas, ¿quién podía acordarse?



Les costó mucho esfuerzo convencerla, pero los reporteros del canal 3 conquistaron

a Julia para acudir a una entrevista donde pudiera denunciar a su maltratador ante

todo el país.

--Señora, créame, lo que sale en la tele se resuelve. Los que mandan le tienen terror

a la tele, a lo que dice, y sobre todo, a que sus nombres, y mucho más sus caretos,

salgan en la pantalla chica. Créame, no se va a arrepentir.

Y llegó la noche de la entrevista. Hacía muchos días que Julia no sabía nada de su

ex y estaba preocupada, pensando siempre lo peor. La vecina la acompañó al

plató, donde no la maquillaron, con el fin de que pudiera mostrar los moretones

de la última paliza ante las cámaras. En su familia hubo voces que la aconsejaron

que no fuera, pero la mayoría la apoyó, al igual que casi todos sus vecinos que

conocían la tragedia. Era un paso que había pensado bastante, pero su situación

no podía continuar así. Porque su vida peligraba y ella no sabía a quién podía ya

acudir.

--Ya no sé qué hacer, ya no puedo más. Por favor, necesito que me ayuden. Ese

hombre me ha amenazado varias veces y me va a matar. Por Dios que sí, me va a

matar. Por favor... necesito que me ayuden...



Habían formado un grupito en la cafetería: dos vigilantes del Metro y dos policías

con sus armas cortas, comentando un partido de fútbol y el coche nuevo que se

había comprado uno de ellos, dos de los cuales fumaban pitillos, precisamente

frente a la pared donde había una señal de prohibido fumar. Cerca del grupo se

veía a varios viajeros con cigarros en las bocas, pero nadie se daba por enterado.

Uno de ellos los miró y cambió de tema.

--Lo que yo les digo. ¿Ven cómo la gente sigue fumando? ¿Y qué vas a hacer?

--Hombre, podíamos multarlos, eso está prohibido.

--¿Multarlos? Mira, tío, no te enrolles. En primera, que esa multa no la van a pagar

jamás, y en segunda, ¿qué pasa si te dicen que te han visto fumando aquí mismo?

--Bueno, pero...

--Mira, tío, esto es como todo: esto de las prohibiciones es un paripé, nadie cumple

nada y además, ¿para qué vamos a buscarnos problemas, si cuando tú detienes

a un delincuente, al día siguiente el juez lo deja en libertad? No quieras arreglar el

mundo, tío, que este mundo no hay quien lo arregle.



Al día siguiente de su comparecencia por televisión, Julia sintió unos golpes fuertes

en la puerta. Enseguida supo que se trataba de su ex. Había cambiado el cerrojo,

pero el hombre, al darse cuenta de que su llave no servía, comenzó a llamarla a

toda voz y a dar golpes estruendosos en la puerta.

--Abreme, Julia, que sé que estás ahí. Vamos, ábreme. No voy a hacerte nada, lo

que quiero es llevarme algunas cosas que tengo y nada más. Vamos, ábreme, no

empieces a cabrearme. Acaba de abrirme de una vez, recoño. ¡Joder!

Mientras Julia temblaba, alejándose de la puerta, el hombre se desesperó. En esa

planta no había casi nadie a esa hora y la vecina estaba en su trabajo. El hombre

insistió una vez más, y al ver que no podía lograr que ella le abriera, le dio una

patada a la puerta.



Las calles estaban, como siempre, llenas de gente que caminaba de prisa. Frente a

la tienda El Corte Inglés, dos mujeres maduras comentaban las rebajas, otras más

jóvenes hojeaban revistas de famosos y de otras tonterías. El tránsito fluía, no sin

dificultades a esa hora temprana. El ruido y el polvo campeaban en todos los

rincones. Un hombre joven, vestido como un espantapájaros, lograba sonrisas en

los menos exigentes que lo miraban admirados. Un pequeño grupo esperaba el

semáforo para cruzar. En la parada del autobús se agrupaba mucha gente de

mirada ansiosa, esperando y comentando la tardanza en esa línea, que según un

hombre joven y algo escuálido, era la peor de la ciudad. No había ningún niño

alrededor. Los vendedores ambulantes pregonaban sus ofertas, colocadas sobre

mantas y sábanas en las aceras de la concurrida calle. El día estaba nublado, pero

no acababa de llover. Muchos jóvenes hablaban por sus móviles, entusiasmados.

Otros conversaban sobre el fútbol, mostraban el último compacto de U-2, y uno de

ellos hizo un comentario sobre la moto que pensaba comprarse cuando pudiera

sacarle el dinero a su padre, con el cual no se llevaba muy bien. Más allá de la

cafetería, una adolescente con uniforme escolar se lamentaba del mal rollo que se

había ligado con un tal Joaquinito, por culpa del dichoso examen de física, sobre

todo porque el profesor no era de los que se desviven por acercarse a su alumnos

y ayudarlos. Hizo una mueca y se dirigió a su compañera:

--Ese está allí por el dinero que le pagan, tía. No le interesa nada más.

--¿Y qué me dices de la profe nueva, con su ropa de pija y sus modales tan...

--Tan finolis, sí. Es eso, tia. Se ve que está en otra onda. No se ha dado cuenta de

que en estos tiempos hay que estar en la calle y con vaqueros.

La ciudad era la misma del día anterior, y seguramente sería la misma del día

siguiente: activa, dinámica, atolondrada, sucia, bulliciosa, repleta de obras, con

transportes lentísimos y aglomeraciones en las paradas y en las tiendas con rebajas,

inmigrantes caminando sin destino cierto, bodas de homosexuales, discusiones de

grupos de amigos en los bares sobre fútbol, política, coches, y si había mujeres en

esos grupos, sobre el famoseo, que ocupaba una gran parte del tiempo femenino.

Julia había sido enterrada en familia, en un funeral discreto a donde sólo acudieron

unos pocos vecinos y algunos familiares cercanos. Al día siguiente, unas doscientas

mujeres del barrio salieron a la calle en manifestación, en silencio, con pancartas y

telas, denunciando una vez más lo que llamaban la violencia de género. El canal

3 no asistió. Tampoco había ningún cargo político, judicial ni policial. El ex marido

de Julia, muy bien asesorado por un buen abogado que le recomendó demostrar

alteraciones del sistema nervioso en el momento del asesinato, cuando declarara

ante el juez, había quedado en libertad condicional con cargos bajo fianza, y por

el momento debería presentarse ante el juzgado cada quince días, hasta que se

celebrara el juicio. O hasta que el delito prescribiera.



Augusto Lázaro

www.facebook.com/augusto.delatorrecasas



domingo, 22 de enero de 2017

¿VEINTE EUROS POR UN LIBRO?

Hola, verraco. Sí, contigo mismo que me estás leyendo ahora. ¿Así que te gastaste

la pastica en este libro? Ja. Lo que hay que ver. Se ve que no te enteras de nada,

hijo. Se ve que no sabes que gastar dinero en libros es como atracarse de virutas de

pino ruso. ¡Ah! A que no pensaste cuántas pizzas te podías comer con ese dinerito. O

cuántos cafés te podías tomar. O cuántas otras cosas que seguramente necesitas

más que ponerte a leer esta mierda. Sí, hombre, sí, no pongas esa cara de cuiclo.

Este libro es una mierda. Ya te darás cuenta según vayas leyéndolo, si es que pasas

de esta primera página. Porque no creo que seas tan gilipollas, más de lo que has

demostrado ser al comprar lo que únicamente un mequetrefe como tú sería capaz

de comprar, y pasarte de la raya sería ya un caso patológico. Así que ponte en

onda, nene. Y despabílate, que el mundo es de los livianos, y si acaso te gusta leer,

lo que yo pongo en duda en esta época, pues vete a una biblioteca y lee gratis,

que con la que está cayendo no se puede estar despilfarrando la pasta, y parece

que tú no estás forrado que digamos. ¿Que si este libro es una mierda por qué lo

han publicado? ¡Ay, muchacho! De verdad que vives en la inopia perpetua. ¿Es que

todavía no te has enterado de que aquí, mientras más basura escribas más chance

tienes de que te la publiquen? Eso es lo que vende, hijo mío. Como esas revistas de

idioteces para los idiotas, o esos programas de estupideces para los estúpidos, o esas

tertulias políticas donde todos quieren hablar al mismo tiempo, o sobre el fútbol,

donde ídem de lienzo, o sobre cualquier memez que pueda atraer público para

ver y oír. Pues eso, majín. Pero lo tuyo es de anjá, porque a estas alturas ya va

siendo cosa rara encontrarse con alguien capaz de desembolsar tremenda suma en

un libro de esos que llaman serio. Y total, para después, cuando llegue a la página 4

cerrarlo, lamentarse de la tontería y de lo cretino que se ha sido, y lanzarlo al latón

de basura, ja ja, y esperar que Jacinta lo saque hasta el contenedor junto al resto de

la mierda que genera cualquier casa de vecino diariamente. Me das pena, chico.

Mucha pena. Porque hasta El Tato se ha dado cuenta de que aquí la literatura se ha

convertido en un negocio, como el fútbol, y ha dejado de ser arte, si es que algún

día lo fue, pues siempre he leído (sí, yo también cometo esa estupidez de ponerme

a leer algo de vez en cuando, no creas que tú eres el único) que las artes son seis:

música, danza, teatro, pintura, escultura y arquitectura, y que al cine lo han llamado

los contertulios de cafetería barata el séptimo arte. Y en esa relación no veo nada

que se parezca a las letras, pues por eso, vamos, tengo dudas. A ti no te voy a dar

cuerda, un sanaco como tú que se gasta 20 euros en un libro como éste, vaya,

estaría perdiendo facultades, como me decía mi madre. Pues ¿por dónde iba? Ah,

pues mi madre va a tener razón. A ver... ¡qué memoria! Tendré que ir a ver a Montse

a la farmacia y preguntarle si es verdad que De Memory te pone como un elefante

con un par de ampollas diarias. En fin. Ya. Las artes, la literatura. Eso. Me pregunto

qué carajo es entonces la literatura, si no es un arte. ¿Una ciencia? ¿Un tratado?

¿Un entretenimiento como los play station esos? Ni el mismísimo Cervantes podría

sacarme de la oscuridad. Pero dejemos eso a los expertos, que ni tú ni yo lo somos,

y tú menos, por lo que has hecho con tus 20 euritos. A lo mejor buscando en un

diccionario. Pues como te decía, que sigo sin saber qué rayos es la literatura, y a

estas alturas ya no quiero saberlo, ¿de qué me serviría? Bueno, ¿estás en la onda de

coger al vuelo palabritas de lujo? Pues anda. Ni el filósofo japonés Hemero Teka. No.

Pero bueno, ¿qué nos importa eso a ti y a mí? Mira, no sé tú, pero a mí lo que me

importa es sacar una modesta cantidad de pasta vendiendo esta mierda que

escribo y que siempre encuentra guanajos como tú que la compran, que son tipos

con su masa encefálica reducida, lo que no les impide vivir y quizás disfrutar de las

cosas que pueden disfrutar así seborucos como son, y que por eso compran libros

que se escriben y se venden hoy como baguettes acabaditas de sacar del horno, y

ten por seguro que cuando se siguen escribiendo y publicando es porque se siguen

vendiendo, porque en el mundo hay más idiotas que sabios, sin dudas. Y mientras

más cretinos sean los autores, más compradores encuentran. Es natural. Y mira si esto

de la letra impresa es un negocio gordo que oye esto que voy a contarte: resulta

que termino de escribir un libro de relatos que además de mí y de algunos como tú

yo no creo que haya nadie que pase del primero, pero bien, el caso es que como te

decía, encuaderno el libraco, me presento en una editorial de tercera, me dirijo a la

señorita (!?) que parece ser la cancerbera de turno que además de leer revistas de

famosos mierderos y arreglarse las uñas, de vez en cuando contesta el teléfono para

decir NO, o atiende a un inocente que llega creyéndose el próximo Premio Nobel, y

le digo: buenos días (siempre educado, mano, que con la grosería no conquistas ni

a María Caracoles), mire, por favor, quiero hablar con el Jefe de Publicación, 

para presentarle este libro -y le enseño la obra de arte que al fin pude empaquetar-,

sonriéndole como si estuviera viendo La cena de los idiotas y ja ja ja. Pero ¡ay1,

amigo, la inocencia se parece a la ignorancia o viceversa. O es casi lo mismo, quién

sabe. Pues la aludida sonríe esplendorosamente, me mira, mira el paquete (del libro,

no vayas a  pensar otra cosa), y me suelta sin floreo en voz baja, casi suplicante:

señor, lo siento mucho, pero tiene que pedir una cita por teléfono. Ante respuesta

semejante me quedo sin habla un minuto. Al cabo reacciono y le espeto: pero

señorita, ¿por qué por teléfono?, si estoy aquí de cuerpo presente creo que puede

darme la cita ahora mismo, ¿no? Entonces la muñeca que suspira me mira con

lástima, me compadece para sus interioridades y piensa: otro bobo y ya van tres

esta mañana, Dios mío, la gente no escarmienta, y en voz algo menos susurrante

me dice que eso es así porque así está establecido y que en esa editorial (no sabe

si en las demás) las citas se solicitan por teléfono y que si estoy de verdad interesado

en presentar mi obra que por favor llame a este número -y me entrega una tarjeta

con el membrete de la editorial, la dirección y un número de teléfono- y solicite una

cita con el señor Jefe de Publicaciones (en plural, me aclara), y estoy segura de que

el señor Doimeadiós lo atenderá con muchísimo gusto. Y no me queda más remedio

que salir de allí volando a buscar una cabina y llamar al número indicado. Porque te

repito: cuando se me sube la vena de la tontería creo hasta lo que dice el Jefe del

Gobierno. Pues niño, sigue oyendo: cuando llamo, me sale una musiquita de lo más

riquita que me adormece de momento pero cuando llevo ya cinco minutos oyendo

me entra el desespero y a los nueve cuelgo de un tirón lamentando el gasto de la

llamada inútil. ¡Ah!, pero soy persistente, no en gastar mi dinero volviendo a llamar,

sino en averiguar dónde está el gato encerrado que vislumbro maúlla en todo este

truco. Y lo consigo: resulta que la editorial tiene un convenio con la Telefónica para

ganar dinero sin publicar ni hostias, pues cuando cada tonto llama y le disparan esa

musiquita, la operadora telefónica está ganando euros y la editorial recibe una

parte de esos euros. Eso fue lo que mi persistencia averiguó, contactando con otros

cretinos como yo que habían pasado por ese coladero. ¿Qué te parece? Ah, no lo

crees. Era de esperar, tu cabeza no da para creer esas cosas, majín. Pues como no

pude conseguir las bases para el concurso que me interesaba, tuve que

encuadernar mi obra maestra y llevarla a esa puta editorial que ya ves. Sí, porque

esa es otra, monada, aquí las bases están dirigidas a quienes no viajan en Metro,

porque cada vez que sale la propuesta de un certamen te ponen: bases completas

en www.premiotal.ondacual.com y como ni tú ni yo ni nosotros los bienaventurados

que tendremos el reino de los cielos según la Biblia, pero que aquí en la Tierra no

tenemos ni un euro para tomarnos un descafeinado en la cafetería del centro de

mayores que lo cobra a esa cantidad, ya tú sabes: a joderse, que el dinero se le

entrega a quienes lo tienen de sobra y los que sí lo necesitamos al carajo la vela.

Que se jodan, dirá algún hijo de la gran de esos que controlan esos premios. Ya me

lo dijo Marcelino K Gao (le dicen así porque tiene los ojos achinados, aunque hay

quienes aseguran que se lo dicen por otra razón que no sé cuál podrá ser). Pues me

dijo: aquí para hacer dinero tienes que tener dinero, hermano, y en eso de las letras

eso es una verdad más alta que las 4 torres de Chamartín de noche. Pero eso es lo

que es, lo demás es confiar hasta en el alunicero Virulo (que por cierto va por su

sexto coche estrellado contra escaparates de joyerías y en la calle paseando como

si fuera el Ciudadano Modelo 2009). Fíjate si la literatura es un negocio. Y redondo,

para más ganar. Pero no creas que eso es todo, no. Parece mentira que seas tan

cándido. Hay más, hijo, hay mucho más. Mira si no: los premios literarios. ¿Sabes

algo de eso? No, claro que no, ¿qué coño vas a saber si ni siquiera sabes que ir a

comprar un libro de 20 euros es comer de la que pica el pollo? Pues oye esto otro:

fíjate si la literatura está aquí manipulada y emputecida que hace unos años leí en

un suplemento de esos que se llaman culturales de algún periódico independiente

(como todos los periódicos, claro) comentarios elogiosos sobre la que se aseguraba

en el artículo que sería "nuestra próxima flamante Premio Tal", quince días antes de

que se concediera el premio. Si es como para reírse, oye. Colega, que aquí los

premios de alto calibre ya están concedidos de antemano, y siempre a un nombre

establecido, porque nunca he leído que ese Premio Tal o cualquier otro de nivel se

ha concedido este año a Juan José Pérez Pérez, el carnicero del mercado de la

esquina, que en sus horas de asueto se dedica a emborronar cuartillas anotando lo

que sucede en su carnicería, que él considera lo más interesante de su vida, o a Luis

González, ese joven escritor que sólo ha podido publicar un cuentecito en una

revistica de provincia lejana, pero que según algunos críticos, también lejanos, el

hombre tiene madera, escribe bien, es una lástima que... etc. Pues este muchacho

envió un libro al concurso Nuevo Aniversario del Ayuntamiento de X, para ver si...

y no vio ni mierda. Pero oye bien, esteniño: ni el carnicero ni el joven aludido eran

conocidos antes de la anécdota. El carnicero sigue siéndolo y el joven más o menos

aunque de vez en cuando saca un cuentecito en alguna publicación de barrio y

envía, otra vez y van... a algún certamen anunciado en un periódico gratuito... Por

eso yo me pregunto ¿cómo se dieron a conocer estos que hoy son conocidos y

pueden publicar cualquier cosa que escriban?, aunque lo que escriban sea punto

menos que un flato. Eso no se lo dispara ni Tata Cuñengue, mi socio. Sí, porque el

despabilado José el Santo (no sé por qué le dicen así, porque santería tendrá

mucha, pero para embaucar a los idiotas que se consultan con él y sus figuras de

yeso, frente a las cuales siempre hay un montón de maíz tierno, céntimos sucios,

cartas de la baraja y otras menudencias que dan a su cuartucho un aire místico que

embulla), me dijo hace poco: "mira, buen hombre, en este país para darte a

conocer tienes que publicar, pero para publicar tienes que ser un conocido", oye,

chúpate ésa. El cubo de Rubik. La cuadratura del círculo. El bayú de Lola. Lo

nonplusultra. El despelote. María Caracoles. El hombre del saco. Un sudoku. Una

envolvencia. Recoño. Le roncan los cojones, mi socio. ¡Ah! Pues yo me quedé con

la boca a todo tren y respirando gordo. Entonces, ¿qué carajo hacer para verse

uno en blanco y negro? Y para ponerle las tapas a los potes que tiran en La Latina

a las 5 de la tarde (hora fatal según García Lorca)  entérate del caso: hay concursos

en los que el organizador, que responde a la empresa o a la organización que lo

convoca y demás, se pone de acuerdo con el conocido Mascual, autor de culto

entre la gente del bronce, y le suelta así de zopetón: oye, Manolón, ¿qué te parece

si te presentas al certamen de novela que ya está en publicidad con una de esas

obritas tuyas que tienes engavetadas desde el tiempo de las trompetas? Te damos

el premio y compartimos después las ganancias. ¡Ah, Catana! Seguro que te ríes

enterándote. Pues sí señor. Lo demás es apagar la luz y a dormir pensando en lo

bueno que sería estar tumbado a pleno sol en la costa del ídem con una azafata en

bikini, un cubalibre en la mesita con parasol, unas gafas oscuras que permitan mirar

lo mirable sin ser descubierto en el rascabucheo, y a vivir, que son dos telediarios. Y

por si todo lo que te he contado fuera poco, ¿qué me dices de esos jurados que se

premian unos a otros?, pues en cada concurso siguiente siempre ponen al ganador

del concurso anterior y ya tú sabes cómo son las relaciones humanas y todo eso. Sí.

Amiguetes se hacen lo mismo en un karaoke que en un velatorio que en una lista de

entrega de premios literarios, no te dejes engañar. Y las críticas adulonas, eso es otra

cosita. ¿Dónde metemos el enjambre de dimes y diretes del mundillo literario este?

Que uno publica maravillas de otro para que cuando le toque a él sacar su libro ese

otro publique maravillas de él, con menos pudor que la muy puta de Marilyn Monroe

en sus mejores fotos. Y los lanzamientos donde sólo se ven caras conocidas amigas o

pros que están pensando en la hora en que repartan el brindis o el refrigerio para así

ahorrarse la merienda de la tarde, que por algo estamos en crisis y demás. Y óyeme,

los recitales, ¡ah!, los recitales. ¿Sabes que al principio me invitaban? A asistir, por

supuesto, como  público, a llenar un espacio, a poner mis nalgas en una silla y

atender, embobado con la maestría del elegido que nos deleitaba con su pluma

delicada y certera capaz de dejar en una posición inferior al mismísimo Lord Byron.

Pues dejé de ir porque sentía envidia de los que estaban en la mesa presidencial,

presentando a los leyentes o leyendo ellos mismos sus obras publicadas. Ah, ¿para

qué acordarme de eso? Total, no me perdí nada mejor que irme al bar de Juanillo

a tomarme un carajillo, con rima y todo lo demás.  Si oyes a esos presentadores te

embuten con el mismo sonsonete: amigos, quien hoy nos visita es uno de los más

destacados poetas líricos de la actualidad, y al cabo resulta que hay más de cien

más destacados poetas líricos de la actualidad, porque antes de ése ya ha dicho lo

mismo de otros noventa y pico que han pasado antes por allí. Como para salir a

paso doble, ¿eh? Como sentenció García Márquez al final de su ejemplar novela:

"ahí les dejo esta mierda", y voló. ¿La literatura? Hombre, si no tienes otra cosa en

que perder tu tiempo, mejor te pones a leer uno de esos libros de autoayuda que

nos enseñan cómo sobrevivir cualquier crisis sin dejar de comer caliente tres veces

al día, como ese best seller del italiano Pino Aprile: Elogio del imbécil (el imparable

ascenso de la estupidez), que te recomiendo que vayas a una biblioteca y lo leas,

y no te atrevas a gastarte otra vez 20 euros en otra mierda de libro como éste que

estás a punto de tirar al cesto. Búscatelo de alguna manera y léelo, ya que al fin se

ha publicado en la España del siglo XIX en pleno siglo XXI, porque aquí todavía

estamos un poquito, un poquito nada más, con los convencionalismos de aquella

sociedad, pero en fin, que esto no viene al caso. Pues eso, chato, que la vida es

corta y el sufrimiento es largo. Pero ten presente una cosa: yo escribo, no se lo digas

a nadie, para ver si puedo vivir del cuento sin disparar un chícharo, por eso procuro

enviar mis libros a ciertas editoriales (que no todas son corruptas, vamos, ni todos

los jurados sinvergüenzas). Para eso. Y te doy las gracias por haber llegado hasta

aquí, que tienes un aguante digno de mejores menesteres, hijo. Tantas cosas que

para ti son nuevas que vas conociendo, ya ves, que ni Perico Saltamontes podría

asombrarse, pero te dejo, bróder, que tengo que ponerme a escribir el último

capítulo de la novela que estoy terminando y con la que pienso forrarme para

vivir de panza al menos por un par de añitos, que para eso hay idiotas suficientes

que comprarán el libro cuando se publique. Así que sigue, que ya falta poco para

llegar al The End. No me negarás que de algo te he servido. Quién sabe si estas

cosas que has aprendido te ayudan a mejorar tu estado de vitalidad tan esmirriado

y vacío como hasta ahora has padecido. Así que... te saludo, pagarete, y no te

olvides del título de mi próximo éxito: Cómo buscarse el pan diario sin sudar ni

siquiera en agosto, para que estés al tanto y seas de los primeros en adquirir un

ejemplar. Y si vas al lanzamiento te lo dedico con sumo placer. Créeme, no te vas

a arrepentir. Y que pases un buen día, consorte.

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas